Los pakis me explican cosas

Una ola de outing arrasa el país que siente el más progresista en cuanto a respeto por la comunidad LGBT. Empiezan con luces estridentes en los últimos reductos del cruising (quizás la única opción de sexo para los putos más pobres) y terminamos siendo el blanco de un presidente flojo de papeles que nos acusa de hechos aberrantes, desatando el bombardeo de los que nos dicen tocaniños en potencia y los que nos persiguen para que fijemos una posición ideológica que no sea distinta a la que ellos esperan de nosotros. Una guerra que los heterosexuales libran en nuestro nombre.

 

El lanzamiento de un nuevo tema de Lady Gaga siempre es un evento especial para la comunidad homosexual, para los varones homosexuales especialmente, los putos. Llega, nos embebe y se retira como el agua del mar dejando las opiniones, las comparaciones, la hermenéutica de sus videos. Pero nunca es un evento inocuo. Lady Gaga se metió en nuestra vida a los codazos gritando “I wanna be a star”: se disfrazó, se sexualizó, se sodomizó, aprendió coreografías y siempre acentuó su fealdad y su monstruosidad como modo de exigir aceptación. El mito de su hermafroditismo que no negó, no afirmó e incluso alimentó, nos enseñó que no era tan interesante eso que tenía entre las piernas si su arte conmovía. Los putos la llamamos Mother Monster, la madre de todos estos engendros fuera norma a los que la norma no nos interesa. La ventaja de ser un monstruo: siempre distinto y sin una única forma.

En particular, el lanzamiento del último tema de Lady Gaga, Abracadabra, fue más que un evento especial, fue un evento canónico. Las sensaciones de estar viendo algo que era distinto y diabólico y hermoso e icónico que tuve en 2008 cuando vi por primera vez Bad Romance se presentaron nuevamente como si el pasado fuera circular. La tragedia discursiva y de modos que vivimos diecisiete años atrás hoy se repite en forma de farsa y no es Gaga quien hace algo distinto para incomodar, sino que es la sociedad la que dio toda la vuelta y volvió a la pacatería y al etiquetado de absolutamente todo para que nadie se lleve un sobresalto. La sangre, la fealdad, lo infernal, la vejez, la discapacidad o el grito de sufrimiento sin un aviso previo de protección vuelve a escandalizar a esta sociedad azotada por la literalidad y la nivelación hasta lo infantil con la excusa de incluir a cada vez más gente, y a los putos nos encanta escandalizar. En menos de cuarenta y ocho horas la pusimos en los primeros puestos del ranking mundial de Spotify. En el submundo homosexual de las redes se desdobló en infinitos reels con tutoriales para aprender la coreo, imágenes de los ensayos, viejitos emulando la escena de los bastones, loas constantes al tema, a su letra, al puente final, a la adicción que genera que escucharlo en loop y que no agote.

El sábado siguiente al lanzamiento, como después pudimos comprobar con imágenes de todo el mundo, los boliches gays hicieron leña del robusto árbol que acababa de plantar Gaga. Y allí estaba yo, en mi momento del año, en medio de una pista llena de trolos desaforados viviendo el orgasmo colectivo que provoca la pulsión homosexual de bailar como puto un tema de puto rodeado de putos. Salimos ablandados, consientes de haber participado de un momento coyuntural para la vida de un puto, como habrá sido bailar por primera vez Vogue de Madonna en los ’90. Con el cuerpo completamente vacío me acosté de día y me desperté de noche, satisfecho, agotado, saboreando una vez más los restos de éxtasis con ensoñación y melancolía. Eial Moldavsky apareció en la pantalla de mi televisor diciéndole a Iván Schargrodsky que hoy los putos no salíamos a la calle porque teníamos miedo al peligro inminente. ¿Todo había sido un sueño? ¿el boliche? ¿el nuevo tema de Lady Gaga? ¿la alegría de todos esos chicos en la pista de baile vestidos al borde del escándalo? No iba a ser yo a quien le pidieran esa respuesta.

 

En 2014 Rebeca Solnit publica su libro de ensayos “Los hombres me explican cosas” exponiendo cómo un hombre, desde la supremacía machista, podía explicarle a una mujer cuáles eran los problemas y los peligros a los que estaba expuesta creyendo que no podía darse cuenta por sí misma.

 

El mundo gay que conoce Eial es completamente distinto al que yo conozco. En el mío, los putos nunca dejamos de vivir con un cuchillo en la liga porque nunca dejaron de matarlos, golpearnos y discriminarnos, tampoco nos perdimos ni una sola oportunidad para el puterío, ni aun hoy que somos acusados por la figura más importante del país del más terrible de los crímenes. En mi pueblo se dice “hablar por boca de jarro” cuando alguien tira una sensación, que puede ser desde Eial extrapolando su experiencia con sus dos amigos gay, hasta el jefe de Estado extrapolando los dos casos de putos pedófilos que le pasaron cuidadosamente. Para intentar favorecernos o para intentar perjudicando, en ambos casos son ventrílocuos de sus prejuicios. Volvemos, una vez más, a ser el producto de las ideas preconcebidas que los heterosexuales tiene de nosotros.

¿Somos banales los putos? Las generalizaciones siempre son injustas, pero podría decirse que, al menos los varones homosexuales, sí; es el delito predilecto por el cual solemos ser condenados. La aceptación llega cuando más nos parecemos a los heterosexuales. Cuando tenemos una familia tradicional como la de Ricky Martin, cuando somos comprometidos con la comunidad como Florencia de la V o actores de la política como Carlos Jáuregui. No nos aceptan mediocres, banales, huecos, fachos, discriminadores, gordos, promiscuos, enfermos, feos, hipersexualizados. Sólo podemos movernos entre los límites de un prejuicio de ser puto que moldearon los heterosexuales para no sentirse ofendidos. Se nos celebra cuando accedemos a una libreta de familia roja, y se nos condena cuando descubren nuestros glory holes.

Todo lo que tuiteó Karla Sofía Gascón son los típicos comentarios que le permitimos al tachero porteño que maneja con la camisa sudada, el brazo apoyado en la ventanilla mientras escucha Radio 10; aunque no nos guste, les concedemos la libertad de pensamiento. A Karla, no. Para ella la aceptación también está acotada a los límites ideológicos que imponen las buenas personas que le dan el derecho a ser trans. Una manipulación, un soborno.

Prácticas dignas de los fascismos que se decían combatir se usaron para perseguir, cual macartismo, no a quien desde su posición de poder acusó livianamente a una comunidad de una práctica aberrante, sino a los mismísimos damnificados. Homosexuales famosos como Luis Novaresio, Ángel de Brito o Robertito Funes Ugarte fueron trolleados en redes de parte de los asistentes a la marcha del 2 de febrero, entre los que se encontraba una insistente Natalia Volosin, para que sienten públicamente una posición. A favor, por supuesto, emitir una opinión en contra o directamente no emitirla te volvía responsable de tu propia funa. Un “algo habrán hecho (o no hecho)” remasterizado que también les tocó vivir a cantantes de pop mujeres, por supuesto. Este exigente delivery de opiniones no fue intento de conocernos más para defendernos, sino la quimera de una legitimidad perdida.

Los protagonistas de este cuento nos encontramos en una encerrona entre un presidente desaforado que nos odia y amenaza y el colectivo que, envuelto en la bandera de defender nuestro derecho a simplemente ser, nos exige ser la buena víctima, una con la que pueda empatizar la señora común, la de barrio. Los homosexuales perdemos una vez más. Mientras tanto la homofobia de Nicolás Márquez es real, la homofobia de Agustín Laje es real, y nuestra voz está representada por heterosexuales que debutaron en su primera marcha del orgullo para explicarnos, hoy, dónde está el peligro; a nosotros, que nacimos y moriremos caminando en la frontera del peligro. La infantilización y el uso de una condición ajena para motorizar insatisfacciones propias, también es homofobia.

En este panorama algunos sólo elegimos entregar nuestro cuerpo al movimiento irracional que nos propone la única persona que nos acepta tal como somos: bellos, monstruosos y, sobre todo, difíciles de aceptar tal como somos.

 

Publicado por Juani Martignone.


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