Filmame esto, Néstor

 El desastre se había desatado, el drama contaminaba el aire y una Érica Rivas tan sacada como cuando interpretaba a María Elena, interrumpía su discurso envalentonado para pedirle al camarógrafo que filme la escena. La parábola grafica el mundo actual en el que sólo sucede aquello que puede ser mostrado a los demás, lo fotografiado, lo filmado, la lógica que lleva a comportarnos como las celebridades que no somos, porque, en el fondo, todo queremos aquello que vaticinó Andy Warhol: nuestros quince minutos de fama.

 

Es un cansancio que le adjudico a esta etapa en la empiezo a caminar los últimos cuarenta años que me quedan: cada vez que alguien pide foto rompe el hechizo del momento que se estaba viviendo. Pausamos todo aquello que la espontaneidad nos regalaba con imágenes, sonidos, olores y sabores, para hacer un simulacro fijo, mudo, acético, pero estético de aquello que estaba sucediendo antes que se pida la foto. La imagen deberá representar con la mayor eficacia el sabor delicioso de aquella comida que estamos por engullir; la sonrisa será lo suficientemente expresiva para aquel conocido a medias, o directamente desconocido, sienta lo bien que uno la está pasando; la naturaleza tendrá que mostrar esa misma magia que nos hace sentir la clorofila y los olores se nos meten en la piel, cuando la luz pega de un modo tal que ninguna foto le hace justicia. Trabajo complicado si los hay, que probablemente lleve más de una toma, varias pruebas, temporizadores, pedirle al mozo, que nadie parpadee, que la luz, que el foco, que el desenfoque para que parezca accidental y distraída, que no se note que me estoy sacando una foto. El complejo evento de congelar el momento en una imagen para autoengañarnos que durará lo suficiente para que en la posteridad recordemos aquello vivido, cuando, en realidad, solo dura lo mismo que la vida de una mariposa, porque después, la historia habrá desaparecido (exactamente lo que representa en la realidad) y la compensaremos con otra y el que la caza, la caza y el que no, no te conoce.

Supongo que debe ser por los mismos motivos de la edad que una vez que el momento fue pausado para fijar la existencia del momento en una imagen efímera de redes sociales, es que me cuesta cada vez más volver al mood en el que estábamos antes de que la tiranía de cámara del celular lo corte todo. Pero este sopor ante la vida retratada no puedo adjudicarlo sólo a la vejez. De los niños que son instados por sus padres a ser fotografiados para poder presumirlos, la mayoría lo hace con fastidio, es bien visto y aquel querubín que cuando le decimos “foto”, posa y muestra una sonrisa ancha de todos los dientes. “Un amor” decimos. Re buenito aquel niño que se entrega a ser material para las redes sociales de sus padres. Empatizo con niños hinchados las bolas y celebro internamente cuando terminado el encuentro alguno se lamenta de haber retratado el momento, para mí, significa que el encuentro físico nos tomó tanto que ninguna idea externa a la presencialidad se cruzó en nuestras mentes para llevar esa vivencia real a un plano virtual.

Como siempre, Warhol tenía razón: todos buscan ser o sentirse famoso, aunque sea por unos quince minutos, incluso aquellos que reniegan de la fama conocida como banal y plástica, se inventaron la idea de lo aesthetic (que cada uno le da el significado que quiere) para poder ser raros y fuera del sistema, a la vez que comparten las prácticas de influencers como Wanda Nara, para crear su propia popularidad; una popularidad de nicho.

Las redes de tu vecina siguen la misma lógica que las redes de cualquier celebrity: fotos de backstage, capturas de conversaciones con otros, videos de los hijos diciendo cosas graciosas, agradecimientos arrobando a la casa de cosmética que le hizo las uñas, carteles expresando sus posiciones políticas, vlogs al estilo Marley o Iván de Pineda, video-reacciones, cámaras que los toman por sorpresa, comentarios a sus seguidores como si fueran su fandom y no el 90% de sus conocidos, imágenes en las que se quiere mostrar una cosa pero con el fondo bien cuidado porque es realmente eso lo que se quiere mostrar, unboxing, recetas, rutinas de ejercicios, hábitos alimentarios, lifestyle, viajes, antes y después; todo bajo la lógica de lo que Beatriz Sarlo llamó “Celebrityland”, una lógica que busca el amor o la adhesión ajena, tan sólo por la imagen se proyecta, porque la cosmetóloga de uñas no nos dio un canje, la imagen que me toman de sorpresa fue cuidadosamente preparada, porque nada de todo eso que sucede en la redes es la realidad, es la imagen de Elvis Presley muriendo en el inodoro haciendo lo segundo, que nos cuesta imaginar, porque sólo conocemos el Elvis celebridad.

 

En 2015 la socialité Kim Kardashian sacó un libro entero de fotos de ella que acusaban ser selfies que se había tomado, por lo que lo tituló “Selfish” (egoísta en inglés) haciendo un juego de palabras. Al tiempo se supo que ninguna de las fotos se las había tomado ella misma, sino que eran cuidadosas producciones donde fingía la naturalidad de tomarse una selfie espontáneamente.

 

Podría combinarse el deseo de ser famoso que, al final, todos teníamos; el de ser validado por un exterior al que sólo le conmueve aquello que le es agradable a la vista; el de esconder sus dramas internos mostrando una imagen aceptable, como la vida de Chester Bennington de Linkin Park que nadie quisiera tener, pero que se comprende; o la aspiración a una vida que creemos mejor pero que no tenemos, una vida en la que nos regalan lo que estamos comiendo a cambio de una arroba en las redes.

Por supuesto que los límites siempre los pone uno, creo que la idea paternalista de que algún ente por encima de todos nos digite como manejar y mostrar nuestra vida privada siempre tiene derivas fascistas y dictatoriales, pero ¿es este un debate que nos estamos dando? El drama de la tiranía de lo retratado ataña a la mediana edad y mucho más a las mujeres que a los varones, algunos otros estamos de vuelta y los más chicos son los que van a pasar las facturas en el futuro como hoy se las pasamos nosotros a nuestros padres que hicieron lo que pudieron de mejor manera que creyeron, pero, tal como sucede hoy, siempre pensando más en sostener un día a día que cimentar un largo plazo inquebrantable. Mucho se especula con lo que despotricarán los hijos de Luciana Salazar, Marley o Flavio Mendoza el día que crezcan, lo que la hará llorar Momo a Jimena Barón en un futuro cuando el chico reaccione que su madre lo filmó recibiendo la noticia de su abuela muerta para lograr un bait. En algunos casos ya empezó a suceder. Francisco Tinelli, que no deja de aprovechar su beneficio de apellido, decidió no participar del reality de su familia al estilo Kardashian para no exponer su privada, a diferencia de sus hermanas cuarentonas y con hambre de exposición. Esos hijos de famosos, son los mismos que vemos retratados hasta el hartazgo en las cuentas de nuestras primas y compañeros de trabajo.

La intimidad está regalada. Se hace pública bajo las reglas del mundo de las celebridades y nos empuja a todos, incluso a quienes no nos interesan estos bemoles, a la exposición de lo más privado. Veo mi cuerpo amorfo, sudado, extenuado y recontra podrido, esperando que la hora termine en un reel que sube el gimnasio al que voy; está tomado de improviso, como un paparazzi que fotografía a un famoso en una situación denigrante. Así es el mundo que construimos, mientras que aquello que es privadísimo, que azota solo a nuestra mente y nadie puede ver, se ve obturado por las luces de los flashes.      

 

Publicado por Juani Martignone.

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