¿Cómo no iba a estar ahí?
En alguna otra oportunidad cuando
me referí a las marchas que me gusta ir aclaré que nunca fui y nunca iría a
apoyar a una persona, léase político o celebrity, sin embargo siempre me vi
atraído por aquellos movimientos que abogan por derechos que son transversales
y afectan sin importar la cuestión personalísima. Esos, que cuando los alcanzas
te emocionas hasta las lágrimas y sentís que se rompió un techo, que te quitó
el velo y ahora todo lo que te queda es un nuevo mundo por descubrir y
transitar. Por eso es que quizás no fui a muchas.
Recuerdo mucho aquella primera
marcha de Ni una menos en 2015, todos estábamos entre consternados y
enojados, y aunque fui por motivos muy personales sé que luego de eso no volví
a ser igual, porque de a poco empecé a deconstruirme para darle paso a lo soy hoy
pero también para comprender el porqué de esos pasos ya transitados. Con mucha
escucha y mucha teoría entendí lo que el patriarcado nos había provocado y nos
seguía provocando. Empecé a tener empatía con la causa feminista porque
nosotros los homosexuales sabíamos muy bien lo que es ser un ciudadano de
segunda en esta sociedad, una víctima del chiste fácil o alguien que debe
demostrar el doble que cualquier otro sus capacidades. Entendí que cuando en
2010 fui a la marcha para la aprobación del matrimonio homosexual, no fui por
un simple gay power sino porque sin saberlo era víctima de la opresión de
la sociedad patriarcal que no nos daba los mismos derechos que a los demás.
Y esto mismo fue lo que me llevó
el último miércoles a los alrededores del Congreso de la Nación. Se discutía
una ley de la que me había enterado justamente en el 2010 en la marcha del
matrimonio homosexual por un folleto que me habían dado pero no me interesó,
porque como muchos pensaba (y aun hoy lo sigo haciendo) que la vida comenzaba
en la concepción y por ese entonces lo creía una aberración que no quería ni
pensar, ni entrar en razones. Luego mi acercamiento al movimiento feminista me
fue dando una perspectiva que nunca antes alguien me había dado. Por más que no
me gustara y me duela en mi moral había mujeres que elegían abortar ¿Por qué?
Porque no podían tenerlos, porque no podía asumir los gastos de tener un hijo,
porque interrumpía sus planes de vida, o porque los accidentes suceden ¿Cuántos
de nosotros fuimos un niño buscado y cuántos un accidente aceptado? ¿O cómo se
explica que tengamos el mismo índice que Kenia en cuanto a infección de HIV?
¿Por cuidarnos? ¿Incluso teniendo recursos siempre nos cuidamos?
O quizás simplemente abortan por
un único motivo: porque quieren. Y entonces me pregunté ¿Yo estaba seguro que
quería casarme cuando marché por el matrimonio homosexual? No, por el contrario
pensaba lo mismo que aún pienso, que el matrimonio era una institución antigua,
retrograda y clerical. Pero ¿qué pasaba con aquellos que si querían? No podían
hacerlo ¿Por qué? Porque hasta ese momento éramos ciudadanos de segunda. Y así
le di un giro a mi pensamiento sobre el aborto. Existen chicas que quieren
hacerlo pero no pueden ¿Por qué? Porque es ilegal, porque se las persigue y
criminaliza y todo esto porque ellas también son ciudadanas de segunda. Y lo
peor, van y se lo hacen igual arriesgando su vida o que les mutilen alguna
parte. Pero aun así no importa porque cuando uno quiere algo no le importa
nada, va y lo hace. Como cuando a nosotros no nos importaba vivir igual con nuestras
parejas del mismo sexo en los 80, 90 incluso sabiendo que íbamos a morirnos de
SIDA en un hospital público sin que ellos puedan entrar porque no eran
familiares.
Tanto nosotros en ese momento
como ellas hoy nos tenemos que joder porque todo lo que hacíamos para cumplir
uno de nuestros deseos lo hacíamos en un marco de clandestinidad. Esa es la
forma que tiene el Estado (hecho para cuidarnos a todos) cuando mira para otro
lado e invisibiliza a un colectivo: lo mantiene en la clandestinidad.
En esta jodita, la sociedad
tampoco se queda atrás. Para ella nosotros somos los putos y ellas las putas,
somos suaves, delicados y frágiles, somos los que cogemos de calientes, no los
que lo disfrutamos. Somos los sensibles, los que lloramos, los que leemos
literatura banal y sencilla, los que sólo sabemos de famosos y de ropa, los que
nos sabemos ganar plata, sabemos gastarla, los que estamos esperando un
príncipe azul.
Por ser puto me han dicho que soy
mujer por dentro, como si el envase fuera engañoso porque dentro hay algo de
menor calidad. Nos insultaban a ambos, tanto a homosexuales como a mujeres.
Entre nosotros el puto que más debe avergonzarse es el pasivo, porque recibe,
no da, es como la mujer, no hace nada. Miles de veces nos han preguntado a mí y
mi novio “¿y de ustedes dos quien es la mujer?” porque al parecer es el que
vale menos, es el más mariposón, al que más se le nota. Nos insultaban a ambos,
tanto a homosexuales como a mujeres.
Imposible no sentir sororidad y
más aun sabiendo que nosotros aunque también la tuvimos y hoy a veces la
seguimos teniendo jodida estamos un escalón más arriba en privilegios porque a
pesar de todo nos cuelga un pito. En plena vigilia esperando la media sanción
de la ley de legalización del aborto con mi cuñada hablamos de un parte de un
cántico que decía “de mi cuerpo decido yo” y le dije “Con todo lo marginal que
somos de mi cuerpo yo si decido, vos no, a vos te obligan a llevar un embarazo
que no querés por 9 meses”
Aun con toda la empatía que pueda
llegar a tener con una mujer jamás sabré lo que es menstruar, el dolor de
ovarios, parir, sentir un bebé dentro de mi cuerpo. Por eso es que, sobre todo,
es injusto que también seamos nosotros los que decimos sobre ellas. Este es un
debate de mujeres, nosotros sólo podemos acompañar y escuchar. Aquel día de
Julio de 2010 en esa plaza del Congreso con un frío que calaba los huesos las
que estaban junto a nosotros caída la madrugada acompañándonos hasta que el
matrimonio igualitario fuera ley, eran ellas, nuestras amigas, nuestras mujeres
de la vida, y entonces el pasado miércoles en la misma plaza del Congreso, con el
mismo frío que calaba los huesos y entrada la madrugada ¿Cómo no iba a estar
ahí?
Empecé a estar ahí desde el 2015
después del primer Ni una menos y seguí estando ahí en febrero cuando los que
marchamos por la legalización del aborto éramos un puñado que no llegaba a
cortar la calle entre la plaza y el Congreso. Y estuve y estoy ahí acompañando,
esgrimiendo argumentos, pacíficamente, sin mostrar imágenes de carnicerías
humanas, sin truchar datos, sin desinformar, sin desacreditar al otro, sin
chicanear, sin descargar mi ira con el piensa distinto, sin reírme de cómo es y
cómo piensa el otro. Como a mí me gusta que sea conmigo.
Por supuesto que decir que no fue
un debate violento sería una mentira, en este país parece que no conocemos el
significado de la palabra adversario sino el de enemigo.
Pero que las caras conocidas del feminismo sean minas que usan lenguaje
violento y que se llevan puesto a varones y mujeres que no piensan como ellas,
no significa que así sea el movimiento. Un millón de personas nos trasladábamos
por Callao desde Corrientes hasta Rivadavia entre un mar de almas de la manera
más respetuosa que vi en todas las marchas en las que estuve, al nivel de pedir
permiso y que te lo den, algo que ni siquiera vi en un recital de Katy Perry
con 10 veces menos cantidad de gente. La solidaridad reinaba, nos abrazábamos entre
desconocidos aunque todavía no hubiera resultado alguno, la grieta se cerraba
cuando las ultra K se abrazaban con las ultra M y viceversa. Se aplaudió con la
misma intensidad el discurso de Fernando Iglesias como el de Gabriela Cerruti
porque este tema es transversal, porque cuando se trata de derechos no importan
las ideologías o los partidos para los que milites, el egoísmo se corre a un
lado como cuando esas 9 periodistas que alzaron la voz porque se estaban
matando mujeres decidieron hacerse a un lado para que no se pierda el foco de que
este es un movimiento para que no haya ni una menos, no para nombrar con
nombres propios a sus fundadoras.
Lamentablemente no encontré lo mismo
del otro lado de la plaza. La estrategia que primó fue la de la negativa sin
solución alternativa, la de la desinformación para confundir y confundir
constantemente. Que no habrá objeción de conciencia, cuando se corrigió. Que
una nena de 13 va al hospital y se lo hacen sin más, cuando también se corrigió.
Que los países que lo legalizaron aumentaron sus tasas de abortos aunque todas
las estadísticas digan lo contrario. Que lo agarran de una piernita y lo cortan
en pedacitos para sacarlo, como si no supieran que se hace con una pastilla y
no será más que una menstruación fuerte. Que lo sacan y se sigue moviendo como
con ganas de vivir como si no supiéramos que la vida de un feto depende de un cordón
umbilical y una placenta y más aún en esa instancia. Que 14 semanas son entre 6
y 8 meses, como si no pudiéramos contar días en un calendario. Que las perras
no abortan. Que hay que hacer un cementerio de fetos. Que los quieren para el tráfico
de riñones e hígados de fetos, cuando se sabe que los estudios en tejidos
fetales muertos dejaron de hacerse cuando se inventó la ecografía y se mejoró
mucho más con los estudios de células madre. Que son asesinas. Que es un
genocidio silencioso. Y del otro lado “sobre mi cuerpo decido yo”.
Creo que no hace falta explicar dónde
está la violencia, verbal y simbólica, sobre todo, porque sabemos que violencia
es mentir.
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| Nelly Minyersky tiene 89 años, feminista histórica y una de las redactoras de las leyes. Foto de Julieta Ferrario |
Para muchos también el festejo
fue excesivo porque el empoderamiento te hace pecar de soberbio, y es posible.
Pero los invito a pensar por un instante lo que es vivir en una sociedad que te
invisibiliza, te niega, te persigue, te trata como a un ciudadano de segunda, imagínense
el día a día cargando eso. Y luego imaginen juntarse con otros, que son como
vos, que les pasa lo mismo, que te hacen sentir que no estás solo. Y entonces se
ponen a pedir, a decir “acá estoy” “yo también existo” y hablan con unos y
hablan con otros y muestran sus argumentos y te acompañan y lo exponen para que
sea legalmente reconocido. Y te escuchan y te reconocen y se vuelve legal. Ese
día se rompe el techo, ese día ya no sentís esa opresión, ese día te queres
comer el mundo de un bocado. Perdón por pecar de soberbios, cuando esto nos
pasa, es que se vuelve inevitable.
Calculo que debe ser como cuando un futbolero va al obelisco a destruir todo de
la emoción porque Argentina ganó un partido difícil del Mundial.
Tener esa sensación te vuelve
empoderado y te emociona, por momentos no crees que sea real. Y para no ser tan
autoreferencial puedo imaginar que esa sensación fue la misma tuvieron los
negros cuando Barack Obama fue el presidente electo de Estados Unidos. Aún
existían generaciones vivas que no habían podido ejercer su profesión por
cuestiones raciales y después de tanto camino andado vieron como uno de ellos
se metía en la Casa Blanca. Creo que algo de eso es, una especie de euforia que
sentimos los que pertenecemos a una minoría que ahora es reconocida. Pero no se
preocupen luego decantará y volveremos a ser las mismas personas de siempre con
nuestras diferencia ideológicas, políticas, sociales y económicas, solo que ahora
tenemos acceso a más cosas, eso que muchos no pueden verlo porque siempre lo
tuvieron.
Entiendo que aquellas personas
cis se sientan cómodas en el patriarcado y sientan dolor cuando alguien que se
lo cree débil viene a reclamar derechos, pero entiendan que no les queremos
robar nada, sólo queremos que todos podamos tener una sociedad más equitativa
en la que todos tengamos los mismos derechos y las mismas posibilidades para
después decidir si los usamos o no.
Me gusta pensar que la función
del Estado es ponernos a toda la sociedad en una misma línea de partida para
que cada uno corra la carrera que se le antoje, en el ritmo y la cadencia que
se le antoje sin joder al de al lado. Y así no funciona una sociedad
patriarcal, es por eso que aunque nos vean como soberbios, gritamos “Abajo
el patriarcado, se va caer, se va a caer”.
Publicado por Juani Martignone
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