El eslabón más bajo de la cadena


Por alguna razón esa mañana el 12 tardó una eternidad en llegar a mi parada, por dentro temí que esta línea que tomo diario se estuviera transformando en una de esas que tienen pésima frecuencia, esas a las que estas esperándolas como 40 minutos y cuando llega, llegan 5 colectivos juntos y sólo el primero te abre y se llena. Por suerte no volvió a suceder.
Por el horario en que lo tomo el 70% del pasaje son chicos que van a la escuela pero lo peor de eso es que muchos van con sus padres, y digo “peor” porque hoy en día es mucho más coherente un niño que su padre: “sentate acá” “dame la mochila que está muy pesada” “quedémonos cerca de la puerta así no caminas mucho, mi angelito”. Y no me estoy refiriendo a las yummy mummies sino a los padres varones, porque en el 12 la mayoría de los encargados de llevar a sus hijos al colegio son los papás.
Entrar es una odisea, primero porque la montaña de mochilas bloquea el paso. Segundo porque los niños van todos sentados en los asientos de prioridad ancianos, embarazadas y discapacitados. Tercero porque aunque muchos pasan Córdoba, Corrientes, Rivadavia y recién se bajan en avenida Belgrano todos creen que hacen un viaje corto y entonces no pasan de la mitad del colectivo para atrás. Todos provienen de la “exclusiva” avenida Santa Fe (así considerada por el new rich o el venido a más) y todos se bajan en el colegio Los Robles (lo sé porque lo puedo leer en sus uniformes) o bien en el exclusivísimo Colegio del Salvador (porque la última creencia popular es que un colegio de elite es el Cardenal Newman, pero en realidad las familiar de alcurnia eligen El Salvador). Aunque parezca un prejuicio autocumplido, esta gente no pide permiso ni perdón, no tienen conciencia del espacio público compartido y por supuesto creen tener más derechos no sólo por tener dinero sino porque son padres. Llegar a ese fondo vacío del 12 es comparable con una aventura a campo traviesa.
Aquella mañana a los yummy daddies se les sumó todo el caudal de personas que no pudieron tomarse otra unidad debido a la baja frecuencia. El sólo hecho de entrar, empujar un poco y avisar al chofer que ya puede cerrar la puerta era casi una misión imposible. Por suerte debemos decir que algo hemos evolucionado y hoy un bondi ya no arranca con la puerta abierta y la gente colgando, hasta que no se cerró la puerta, no se avanza. Y este fue el quid de la cuestión.
El colectivo venía pesado, por metro cuadrado viajábamos 8 personas, el aire era irrespirable, las paradas estaban atestadas de gente debido a la frecuencia paupérrima. En la parada que está a una cuadra del congreso de la nación subió tanta gente que decir sardinas enlatadas era un lujo, estábamos peor. Y todavía no había subido ni la mitad de la gente que esperaba afuera. Estaba demorando mucho la subida y ya no entraba más nadie y así fue que el chofer, cebado por los ánimos caldeados, intempestivamente cerró la puerta y nadie más subió. Y acá entró en juego un padre de una chica de unos 14 años que más que yummy daddy era un SJW (social justice warrior/guerrero de la justicia social) que empezó a gritarle desaforadamente al chofer por su acto irrespetuoso “¿Cómo vas a cerrarle la puerta en la cara a la gente? ¿Estás loco?” y siguió con una serie de comentarios que lo ponían al conductor en el lugar de delincuente. Pero éste no se quedó atrás “¿No ves que no entra más gente? Es un peligro viajar así”. Y entonces entraron en juego los terceros actores: el resto del pasaje. “Dejemoslo así y arranque chofer” “No te importa cómo trató a los que están afuera porque estás subida y sentada” “Estoy apurado, tardó un montón ¿podemos dejar de discutir?”. Y en un momento, la discusión terminó, el chofer arrancó y el señor se bajó en su parada y pudimos ver cómo su hija que durante todo el episodio permaneció callada, al bajar, le reprochó la intervención.



No sé si es un desprecio de clase, un prejuicio o qué, pero siempre no la agarramos con el eslabón más débil de una cadena de irresponsabilidades. La empresa decide sacar a circular pocas unidades, o porque tiene pocas, o porque especula con el subsidio de la SUBE, o porque contrata pocos empleados, o porque le da poco mantenimiento a sus unidades y pocas están aptas para salir a calle, o todas a la vez. Eso provoca que al haber poca frecuencia, se junte más gente en las paradas, por ende más pasajeros subirán por unidad, y cuando lo hagan subirán ya fastidiados del tiempo que estuvieron esperando. A su vez el viaje se volverá más riesgoso porque aunque todos sabemos que no está el colectivo en condiciones de subir, subimos igual, o porque se nos hace tarde, o porque sabemos que algún piquete nos retrasará más y perderemos el presentismo, o simplemente porque creemos el próximo tardará otros 40 minutos y se nos hará demasiado tarde. La cosa es que ese chofer por una decisión de la empresa tendrá que salir a levantar decenas de pasajeros enojados, con malos modos y malos hábitos que no les importará ir apretadísimos, manejará por una ciudad con un tránsito fatal y con poca adherencia a las normas y además tendrá que llegar en tiempo y forma para que el chancho le firme que llegó a horario. En ese nivel de presión y de stress trabaja para cobrar un sueldo bajo por la cantidad de horas y días que trabajará, y es en ese punto donde colapsa y tiene una mala reacción. Reacción que alguien que paga más de $30.000 mensuales por la educación de su hijo se cree con derecho a carajearlo. Porque en toda esta cadena de cosas mal hechas, un progre se cree que el único culpable es el eslabón más bajo de la misma, el laburante, el que tiene ahí a mano para carajear.
Esta pequeña anécdota de la vida cotidiana ilustra el accionar del autoproclamado progresista con conciencia social. Y para no ir muy lejos pensemos en un caso que hace unas semanas volvió a la palestra por el dictamen de la condena. Un político corrupto le asegura la concesión de una línea de trenes a cambio de coimas, a su vez le otorga cantidades fenomenales de subsidios que tienen su retorno y que en el medio unos cuantos muerden de esos “vueltos”. Políticos, funcionarios y empresarios se vuelven extraordinariamente ricos en muy poco tiempo y toda esa plata que se quedaron es la que no fue  a esos trenes y por eso no se mantuvieron, no ofrecieron frecuencia, seguridad y condiciones normales para que un operario pueda hacer su trabajo como corresponde. Quizás ese maquinista no hizo bien su trabajo pero fue el producto de una cadena de negligencias, corrupción y circunstancias que estiró esa situación al límite y pasó lo que pasó: 51 muertos y más de 700 heridos en la llamada “tragedia de Once”.
Los que corrompieron cuanto proceso pudieron se defendieron con los bufetes de abogados más caros del país, esos que defendieron al padre Grassi, a Yabrán, a Videla y escribieron, a pedido de Bergoglio, el manual para dejar libre a alguien acusado de abuso de menores. Los otros se defendieron con familiares que les tendieron una mano o con los mejores abogados que pudieron pagar con sus magros salarios. ¿Y de qué lado se puso el progresismo? ¿Qué dijeron los defensores 2.0 de los descamisados a los que se les derrama el dinero de los bolsillos? “Si vos no frenas, te estrellas, y bueno”.
Esta típica reacción de los adinerados con culpa de clase que se disfrazan de progresistas para lavar esas culpas, se ven sin esa máscara cuando acusan siempre al eslabón más débil de la cadena, es allí cuando demuestran que no tienen un mínimo de empatía por el más pobre de la película, sólo les interesa su imagen. Ya sea su imagen de político preocupado por lo social con una ambición desmedida que se llevó puesto a 51 y dejó a centenares con secuelas violentándose con un operario que se subió igual a una trampa mortal porque tenía que llevar el pan a su casa, o bien a la imagen de un padre comprometido que lleva a su hija al colegio todos los días y se preocupa por aquellos que quedan fuera violentándose con operario que hace lo que puede como puede para trasladarnos a todos porque también tiene que llevar el pan a su casa.
Pero esta reacción no es exclusivamente potestad de este perfil de personas, por eso antes de violentarnos con el que atiende en call center del servicio de internet que no nos funciona, pensemos que ese al estamos acusando como culpable, es el eslabón más débil de toda una cadena nefasta.

Publicado por Juani Martignone
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