Mala palabra es Academia


Hace unos años escuché una entrevista a Alejandro Dolina en la que afirmaba que el peor de males que podemos tener los argentinos es sobrevalorar la “cultura de la calle”, a la que asoció con la viveza criolla, la trampa, la ilegalidad, la reacción espontánea no pensada y el sentimiento por encima de la razón en los momentos donde es crucial la razonabilidad de nuestras decisiones. En mi caso yo podría decir que en Argentina evocar a la Academia es mala palabra. Como si la cantidad de años que venimos siendo sometidos a todo tipo de populismos nos hubiesen enseñado justamente la idea madre de esa ideología: que la verdad está allí, en la calle. O peor aún son las pseudociencias, esas que se disfrazan de ciencia seria, que escriben tratados, producen sus especialistas y publican libros. Esas que tienen mayor adherencia en la población y por supuesto son las más difíciles de desarticular.



Citar un dato respaldándose en la Academia que estudió para eso es “ponerse la gorra”, es tener poca sensibilidad, es no considerar que pueden existir “otras verdades” que no están en libros o aún no fueron estudiadas o son parte de una conspiración enorme. Se apoyan en la existencia del azar, en la relativización constante porque “¿Quién te asegura que…?” “Nadie tiene la verdad absoluta” se agarran de ese 0,1% de probabilidad de falla y los lleva a asegurar que el 99% no te otorga el éxito asegurado. No importa el método científico, la evidencia, la historia o la estadística, importa esa página de procedencia dudosa que nos dice aquello que queremos escuchar o simplemente la sensación que te genera la situación en cuestión: “la historia dice lo contrario pero ¿si esta vez sucede?” “Entiendo toda la evidencia contraria pero tengo la corazonada que este caso es distinto” “Para mí es inocente, mirale la cara”.
Por supuesto que no me voy a meter con las cuestiones de fe que pueda tener cada uno, siempre y cuando se comprenda que aquello es eso: una cuestión de fe, y no una verdad, porque es ahí cuando se vuelve peligroso, y mucho más peligroso aun cuando está ayudado por la difusión de aquellos pequeños porcentajes de casos en los que la ciencia falló.
En la salud es en donde más pasa. El cáncer ha matado tanta gente en el mundo que todos tenemos un caso cercano (en mi caso tan cercano que aun duele), eso hace que muchos se vuelquen a tratamientos homeopáticos o a terapias alternativas como real solución y ¿saben cuál es el desenlace? Se mueren igual. En el año 1978 a la extraordinaria ensayista Susan Sontag le diagnosticaron cáncer de mama y mientras se trataba descubrió la cantidad de mitos que rodean a la enfermedad, los que ella llamó metáforas (refiriendo a un axioma del mismo modo que Jauretche llamó “zoncera” en su Manual de zonceras argentinas). Detectó que la incertidumbre y la fantasía creada alrededor de la enfermedad lleva a muchas personas a la depresión o a no encontrar un tratamiento adecuado. Fue por eso que escribió uno de sus libros más célebres llamado “La enfermedad y sus metáforas”. Allí concluye “Porque nuestros modos de ver de ver al cáncer, y las metáforas que le hemos impuesto, denotan tan precisamente las vastas deficiencias de nuestra cultura, la falta de profundidad, y nuestros justificados temores de que la historia siga un curso cada vez más violento”. Aunque en libro asume que en ese momento todavía faltaba  mucho por estudiar del cáncer, hace un racconto de la evolución de otras enfermedades y cuánto tiempo (y sus consecuentes muertes) llevó encontrar el diagnóstico y el antídoto adecuado, dándonos una llama de optimismo: tarde o temprano, la cura llegará y esto será sólo una gripe. Será por eso que una década después Susan amplió su libro con un anexo llamado “El sida y sus metáforas” dónde también intentó dar una luz de esperanza a aquellos infectados y resulta que una década después la historia le dio la razón a Sontag, hoy nadie que es diagnosticado de VIH muere de SIDA si sigue un tratamiento, cronifica su enfermedad tal como una diabetes e incluso no la transmite.
Susan Sontag curó su cáncer de mamas, pero 20 años después, en el 2004, murió de otro cáncer. Motivo suficiente para dar por inválido todo aquello que alguna vez escribió para que la gente no asocie cáncer con muerte. Y la puerta quedó abierta para que empiecen a proliferar nuevamente ideas extrañas en contra de todo lo investigado en salud. Fue así que en el año 2014 en Estados Unidos una epidemia de sarampión mató a razón de 3 niños por día debido a que sus padres habían decidido no vacunar porque algún mito, metáfora, axioma o zoncera decía que las vacunas generaban autismo. En 2014 esa “otra verdad” generada por la cultura de la calle o la pseudociencia, esa que no fue verificada por la Academia que se “pone la gorra” se llevó puesto 11.000 niños de una enfermedad que es completamente inocua si uno se vacuna.



La Academia es mala palabra pero como dice Beatriz Sarlo si me tengo que operar del corazón voy a preferir que quien lleve a cabo la operación sea una persona que se haya formado en una Academia, que tenga experiencia y que esté al tanto de últimos avances que la ciencia y aquello que las academias vienen investigando sobre el tema para que tenga las mayor cantidad de herramientas para llegar al éxito. Y aunque exista una posibilidad de falla lo prefiero a que me opere alguien que escuchó hablar alguna vez de una operación de corazón, o que tiene muchos amigos operados de corazón o que él mismo se operó de corazón, o que tiene la capacidad de sentir lo que siente alguien quien se tiene que operar de corazón, o que a pesar de nunca haber estudiado tiene el coraje, la valentía y la corazonada (justamente) de que todo saldrá bien, porque ¿quién le puede indicar lo contrario?
Pero esta aversión a lo académico no ocurre sólo dentro del ámbito de la salud. En las discusiones por el lenguaje inclusivo el enemigo público es la RAE (Real Academia Española) porque parece que una institución académica que viene durante años estudiando las mejores maneras que podemos implementar para comunicarnos sólo quiere complicarnos y no nos deja hablar como se nos antoja y de la forma que se nos antoja, pretende reglamentar, y “regla” es otra mala palabra.
Las sociedades van cambiando, los usos y costumbres también lo hacen, aparecen nuevas formas y estilos de vida y a medida que esto sucede existe la necesidad imperiosa de poder comunicarse, y el lenguaje es el medio que utilizamos para hacerlo. Pero éste no es una arcilla moldeable en la que todos o cualquiera puede meter mano a su antojo porque existen ciertas reglas, que a pesar del imaginario colectivo no son restrictivas para complicarnos, sino para que pueda existir una convivencia. A uno podría ocurrírsele que el muñeco en rojo a la hora de cruzar me restringe en mi libertad de libre circulación cuando en realidad está cuidándonos de que no nos lleve puesto un auto mientras cruzamos. Con la RAE sucede lo mismo, algunos creen que la Academia mala y gorra nos restringe en nuestras libertades comunicativas pero en realidad lo que hace es decir, por acá si y por acá no para ayudarnos a utilizar esas palabras de la manera más eficiente. Como un médico no nos pide de pura maldad sacarnos sangre sino para acertar en el diagnóstico y la posterior cura, la RAE no nos pide pura maldad que terminemos los verbos sólo en ar, er, ir, or, ur, sino para luego poder conjugarlos en cualquier tiempo verbal.
Pero como la Academia es mala palabra, algún grupo o persona de la que aún desconocemos su origen y procedencia diseñó una única y simple regla que nos dice que si cambiamos una sola letra como sufijo de los sustantivos y adjetivos nos promete tener una sociedad más igualitaria en cuestión de género. No hay un tratado, un estudio de evidencias de evolución del lenguaje, simplemente se dice, la calle lo pide y con eso alcanza y es completamente suficiente. Incluso se enojan cuando un estudio les dice lo contrario ¿Por qué? Porque viene de la Academia, y la Academia no sabe “lo que siente la calle”. Y entre la pulseada calle/Academia gana la calle por lejos.
Hoy alguien que decide utilizar el leguaje inclusivo lo hace por se vio interpelado por la calle no necesitó que la Academia lo avale porque la calle es la calle. Sin embargo esas mismas personas para obtener sus títulos de ingenieras, abogadas o médicas recurrieron a una Academia para que se los avale, no hicieron como el falso ingeniero Juan Carlos Blumberg que se sintió ingeniero sólo porque la gente se lo decía en la calle.



Si queremos seguir ahondando en nuestra desafección por la Academia y lo académico nos daremos cuenta que en la mayoría de los índoles en los que ésta interviene tendemos a rechazarla. Incluso podríamos decir que esta desafección es la culpable de algunos políticos que tenemos. Alguna vez a alguien se le ocurrió que un político formado en política y de toda una vida de militancia no era lo mejor debido a la gran cantidad de fracasos que cosecha el país, entonces creyó que era más sano poner a alguien común, alguien de la calle, alguien que “la vive” y fue así que un cantante popular como Palito Ortega gobernó una provincia, un corredor automovilístico de carrera deportiva intachable como Carlos Reutemann gobernó otra provincia, un motonauta con una historia de resiliencia como Daniel Scioli gobernó otra, un corredor automovilístico de carrera no tan brillante como Marcos D Palma legisla para una provincia y hoy hasta el máximo puesto político al que se puede aspirar, como la presidencia, la ocupa Mauricio Macri que en su curriculum encontramos que manejo las empresas de su padre y presidió un club de fútbol por ser muy hincha, logros suficientes para ingresar al mundo de la política. Pero si somos de esos que nuestro consuelo es el mal de muchos, basta con mirar al norte y ver como una de las potencias económicas con la tradición democrática más antigua del mundo eligió a un bróker inmobiliario, protagonista de reality shows como Donald Trump.
Hacemos esfuerzos para rebelarnos contra la Academia y desligarnos de ella, y una vez que logramos nuestro cometido nos sorprendemos de los resultados. Nos vamos a la homeopatía y holística porque la medicina falló y después nos sorprendemos cuando un niño muere por tomar agua de la canilla. Adoptamos un lenguaje que nadie sabe quien creó y que no resiste análisis semántico alguno porque no nos representa pero después nos sorprendemos que en la era de las comunicaciones estemos cada vez más incomunicados, o peor, nos sorprendemos cuando dos personas pueden mantener una discusión, respetarse y entenderse. Nos alejamos de aquellos políticos de formación porque a la fecha no han podido resolver nuestros problemas y después nos sorprendemos cuando Marcelo Tinelli mide bien en las encuestas de las próximas elecciones.
Si aborrecemos las Academias y las consideramos mala palabra, eliminémoslas y vivamos en el mundo de “haga lo que se le antoja cuando se le antoja” que proponían Los Simpsons. Eso sí, no debemos sorprendernos cuando a alguien no se le antoje ajustar del todo la tuerca de la rueda de la fortuna y ésta desbarranque.

Publicado por Juani Martignone
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