Una función del arte
Simor Starling hizo una de la
obras de arte que más me impactó. Se llamó shedboatshed (cabaña/bote/cabaña) y
lo convirtió en el primer ganador menor de 50 años de uno de los premios más
importantes del arte como el premio Turner. La obra consistió en una
cabaña de madera en Suiza a orillas del Rin a la que Simor transformó en un
bote con el cual trasladó las maderas sobrantes por el río hasta llegar a
Londres, allí desarmó el bote y volvió a armar la cabaña dentro del museo inglés
Tate
Modern.
Entre muchas de las funciones del
arte se encuentra la de emitir un mensaje. Y shedboatshed está
plagado. Desde lo ecológico como la reutilización, lo simbólico como la
trasformación, lo funcional como la multiplicidad de usos y hasta lo político:
logró sacar de un país como Suiza donde el concepto de propiedad privada es muy
fuerte justamente una propiedad e instalarla en otro lugar del mundo sin que
esto implicase un robo o delito alguno, solo transformando logró burlar a todo
un sistema.
El domingo pasado llevé a mi
sobrino a ver la apertura de Juegos olímpicos de la juventud de Buenos Aires.
Desde la ubicación que estábamos pudimos ver que al momento del himno nacional
argentino una persona se paró en la punta del obelisco con una bandera
argentina gigante y bajó por el monumento ayudado por arneses mientras de fondo
una chica entonaba las famosas estrofas. Pero lo que no pudimos ver entre el
mar de gente en la 9 de Julio fue eso que tanto revuelo armó en redes y que yo
iba a comprobar al otro día cuando vi la transmisión televisada. La que cantaba
el himno era Ángela Torres y el revuelo se había generado porque en el
micrófono había envuelto un pañuelo verde, símbolo de la lucha por el aborto
legal y gratuito en la argentina.
| Ángela Torres cantando el himno nacional argentino en la apertura de JJOO de la juventud |
Desde periodistas hasta historiadores
criticaron a Ángela por meter un guiño político en un hecho meramente artístico
¿Qué pensarán entonces de Simor Starlig que con su arte conceptual de desarmar
y rearmar en otro lado una cabaña hizo toda una manifestación política? ¿Ese
mensaje crítico, político y social que queremos dar ensucia nuestro arte?
El cine, por ejemplo, nos dice lo
contrario. En el año 1998 al final de la película Carne trémula de
Almodóvar el personaje principal nacido durante la dictadura de Franco se
encuentra en medio de un atasco de tránsito con su mujer a punto de parir y
decide hablarle a su hijo dentro de la panza para que aguante hasta la
maternidad “Sé perfectamente cómo te sientes porque hace 26 años yo estaba en
la misma situación que tú, a punto de nacer, pero tú tienes más suerte que yo
cabrón, no sabes cómo ha cambiado todo esto, mira cómo está la acera, lleno de
gente. Cuando yo nací no había un alma por la calle, la gente estaba en su casa
cagada de miedo. Por suerte para ti hijo mío hace ya mucho tiempo que en España
hemos perdido el miedo”. Esta “conversación” no altera ni produce absolutamente
nada en el guión y en la trama de la historia, porque de hecho la película
trata de otra cosa que no es la dictadura, simplemente es un guiño, una toma de
posición de quien nos está contando la historia tal como lo hizo Ángela.
Si no interfiere con el hecho
artístico, si es un mensaje sutil que subyace y que a la vez está incorporado a
la performance se vuelve mucho más interesante. Confieso que me resultó terriblemente
irritante el día que en el teatro San Martín el elenco de la obra que estaba
viendo con mi hermana interrumpió el aplauso para recordarnos que el Estado
nacional estaba haciendo desaparecer personas como lo había hecho con Santiago
Maldonado (bajada que después se comprobó falsa) un dato completamente
desconexo con lo que habíamos visto, descarnado e imperativo al comprometernos
a aplaudir más por el discurso político que con la obra en sí. Pero aun así
estaban en todo su derecho y a quien no le gustase contaba con la libertad de
retirarse. Yo me quedé, la obra me había gustado e incluso la recomendé porque
sentí que la bajada no ensuciaba el hecho artístico.
Ahora bien, en estos días también
pude leer una rama de los críticos de Ángela y su pañuelo aludiendo al hecho
“sacrosanto” que es cantar el himno nacional, motivo por el cual no debe
politizarse de esa manera. Aplicando esa lógica, deberíamos considerar una
aberración tararear el himno en la canchas y cantarlo a los gritos mientras
tiramos papeles en el aire y tenemos la cara pintarrajeada.
Lo raro es que acusen a esta
anécdota como un mero acto irresponsable típico de argentinos, porque todo
hemos visto a Lady Gaga en el intervalo del Super Bowl cantar el
himno estadounidense mezclado con una canción de protesta para tirarle unos
palitos al recién electo presidente Trump y después tirarse del techo del
estadio mientras una horda de drones formaron con luces la bandera yankee. Pero
parece que a la niña Torres no le alcanza con haber hecho cine, teatro, TV,
cantar, bailar y actuar para tomarse las “licencias irrespetuosas” que se toma
Gaga.
Esas licencias no son sólo
potestad de artistas consagrados porque otra de las funciones de arte es la
revolución, el generar algo incómodo que nos rompa el statu quo. El misterioso
artista británico Bansky conocido por su arte callejero, grafitero con mensaje
social, dejó a todo el mundo anonadado cuando por primera vez puso una obra
suya a la venta en la casa de subastas Sotheby´s y cuando se vendió por un
millón de libras, el cuadro accionó un mecanismo que la autodestruyó. Rebelarse
contra el establishment es típico en los hechos artísticos ¿Acaso no creemos
que Ángela Torres se rebeló de algún modo al usar el pañuelo verde ante un jefe
de gobierno que organizó el evento y que meses atrás había consagrado la cuidad
a la virgen del Sagrado Corazón en un claro guiño antiaborto?
En un país donde escuchamos que
la juventud está perdida una chica de 20 años en una de sus presentaciones más
importantes de su carrera decide jugársela por una causa que ella considera
justa. No importa la causa, importa que ella tiene una causa por la que luchar.
Si el pañuelo hubiese sido celeste también estaría dedicándole este texto.
Pero ahí está el problema, en la
causa que está defendiendo. Esa causa que irrita a un grupo de personas al
punto de disfrazarse de médicos y cometer una serie de ilícitos para hacer que
todos cumplan con su voluntad, y que entre otras cosas los enceguece de modo
tal que no pueden ver una de las funciones del arte. Justamente una de las más
importantes.
Publicado por Juani Martignone
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