A falta de ideas buenos son los escraches


Aunque aún falten unos meses, creo que estoy en condiciones de afirmar que Years and years es la serie del año. Una parábola social vista desde la mirada de familia Lyons. Una familia bien inglesa que a su vez está bien alejada del concepto de “familia tradicional” y que debe transcurrir la tercera década del segundo milenio con todo lo que eso implica.
Seguramente todos nos identificamos más o menos con algún personaje pero es imposible no encariñarse con la abuelita de esta familia clan que es la viene a poner sus comentarios incomodos y los toques del típico humor inglés. Pero sobre todo, la abuela Muriel está allí porque fue la única que nació en un mundo sin televisores y llegó al 2030. Sus reflexiones nos recuerdan que aunque en el futuro todo avance para mejor, vivimos cada vez peor.
En el último capítulo de la historia, en uno de sus típicos almuerzos familiares, Muriel frenó en seco a todos sus nietos quejosos de la realidad y se despachó con gusto (spoiler alert): “(…) pero eso no cambia el hecho de que ustedes tienen la culpa (…) Los bancos, el gobierno, la recesión. Los Estados Unidos, la sra. Rook (la primera ministro). Todo lo que ha ido mal es culpa de ustedes. Nosotros lo somos, cada uno de nosotros. Podemos pasarnos todo el tiempo culpando a otros. Culpamos la economía. Culpamos a Europa. La oposición. El clima. Y culpamos las vastas mareas de cambio histórico como si no tuviésemos control y fuéramos impotentes, pequeños y frágiles. Pero sigue siendo nuestra culpa. ¿Y saben por qué? Por la camiseta de una libra, la camiseta que cuesta una libra. No la podemos resistir. Cada uno de nosotros. Vemos la camiseta de una libra y nos parece una ganga, nos encanta y la compramos. No porque sea la mejor, pero es una buena camiseta para el invierno, para usarla abajo no está mal. Y el dueño de la tienda recibe cinco miserables centavos por esa camiseta. Y un campesino, en alguna parte, le pagan 0,01 centavo. Y eso nos parece bien, a todos nosotros. Damos nuestro dinero y participamos del sistema de por vida. Vi el comienzo de este desastre en los supermercados, cuando sustituyeron a todas las cajeras por un sistema automatizado – Eso no es culpa nuestra, siempre odié esas cosas – Si, pero no hicieron nada ¿Protestaron cuando aparecieron hace veinte años? ¿Escribieron cartas quejándose? ¿Compraron en otro lugar? No. Se enfurruñaron y lo soportaron. Ahora, esas mujeres ya no existen. Y nosotros lo permitimos. Y creo que nos gustan esas cajas automáticas, las queremos. Porque podemos pasar y pagar lo que compramos, sin tener que ver a esa mujer a los ojos. Una mujer que gana menos que nosotros. Ya no está, nos deshicimos de ella. Bien hecho. Sí, es nuestra culpa. Este es el mundo que construimos. Felicitaciones. Salud.”

Years and years la serie de la BBC que HBO emitió el último mes 


A pesar de estar en 2029, Muriel está hablando del presente. Deja de ser la abuelita refunfuñona  que reta a todos sus nietos en la mesa familiar, porque con sus palabras, Muriel nos interpela todos como sociedad, nos pregunta qué estamos haciendo mientras vemos como todo está pudriendo frente a nuestros ojos, cuáles son esas cosas efectivas que llevamos a cabo para lograr nuestra idea de mundo ideal. Como una especie de desarrollo de la idea del No se queje si no se queja.
Sería injusto decir que las sociedades no se quejan, ahora bien, podríamos preguntarnos cómo se quejan, cuál es esa manera que llevan a cabo algunos grupos para expresar su descontento con el rumbo que está tomando el mundo. Y en Argentina encontramos un método no tan novedoso ni autóctono pero que parece ser el que ocupa el puesto número uno a la hora de elaborar una queja: el escrache. Un método que dista de un debate de ideas en un almuerzo familiar, sino que más bien es un acto de imposición sobre el otro u otros que creemos que está haciendo un daño. El escrache no plantea el intercambio de ideas ni las sutilezas: hay que interrumpir a la persona o grupo de personas que se quieren escrachar y directamente se las insulta. Esta situación no permite la exposición de datos que fortalezcan la conclusión que te llevó al insulto y por su dinámica tampoco permite escrachar a un sistema, se escracha a personas, personas que se conciben como malas. Y también es producto de la dinámica con la que se ejercen las reacciones de los escrachados, reacciones que suelen ser desmedidas.
Hace unas semanas vimos como un grupo de veganos irrumpió en la arena de la exposición rural para escrachar a todos los presentes por sus hábitos alimenticios. Del mismo modo que los provida, estos veganos creyeron que gritándole en la jeta al otro que es un asesino o un genocida, iban a cambiar de opinión y automáticamente se volverían al veganismo. Y no, ocurrió la reacción desmedida y súper repudiable. Sin embargo, a los días Greenpeace sacó un informe referido al consumo de carne con estudios y cifras de cuán perjudicial puede ser para no sólo para nosotros y para nuestra empatía con los animalitos, sino para el planeta. Y esas aseveraciones fundadas las expusieron sin interrumpir a nadie, sin insultar a nadie y sin provocar ningún desmán e invitándonos a cuestionarnos cuán saludable es jactarse de ser la sociedad que quiere comer asados todos los domingos.


Protesta de Greenpeace durante el discurso del presidente de la Sociedad Rural


Viendo estas manifestaciones notamos una característica más del escrache: no está hecho para promover el debate. El escrachador escracha para exponer su moral y hacerla ver mejor que la del otro y hasta a veces siento que buscan esa reacción desmedida para fortalecer la idea de quien es escrachado es un violento, un violento que merece ser escrachado. En ningún momento advierten que interrumpir la libertad del otro para insultarlo es un acto violento per sé.
Y sucede con veganos que interrumpen a la gente que pretendía pasar un buen momento y terminan llevándose la acusación de “asesino” de parte de un grupo que no comparte sus ideas, pero también sucede con un señor que está en un bar e interrumpe la comida del hoy candidato Alberto Fernández para acusarlo de ladrón y unas cuantas cosas más. Logró lo que busca el escrachador, la reacción desmedida, violenta y repudiable, pero del mismo modo que lo veganos, quedó como el héroe que pudo decirle en la cara lo que pensaba y a su vez, también del mismo modo que los veganos, quedó como la víctima que se bancó la violencia por su moral.
Más grave aún es cuando los escraches se dan en las esferas del poder por la asimetría que representa, porque el derecho a réplica o la reacción siempre es más débil e incluso inexistente. Justamente fue el candidato Alberto Fernández el que tomó el gustito al escrache desde el poder quizás inspirado en su candidata a vicepresidenta, la señora que escrachaba por cadena nacional desde a un periodista hasta un abuelo que quería comprar dólares. Y fue entonces que en un recinto con casi 5000 científicos escrachó con nombre y apellido a una científica que no compartía sus filas logrando el aplauso y la arenga de los allí presentes sin tener en cuenta la diferencia que hay entre un candidato a presidente y una simple científica que piensa distinto. Y sobre todo fortaleciendo este concepto del escrachen en el que no se invita a debatir ideas sino a exponer a una persona o aun grupos de personas con nombre y apellido. Como si lo que estuviera mal no fueran los sistemas sino las personas y como si la solución fuera exponernos y no fundamentar ideas.
¿Acaso el discurso de la abuela de Years and years nos instaba a salir a escrachar aquello que no nos gusta? ¿O simplemente nos quería despertar la conciencia cuando las cosas suceden delante nuestro y las tomamos como normales o inevitables y no hacemos nada? Lo que me lleva a preguntarme ¿Están pasando hoy cosas por delante nuestro y las estamos tomando como normales e inevitables y no hacemos nada?
El día de mañana, por ejemplo, nuevamente estamos enfrentados a una herramienta novedosa para los argentinos creada para tener cada vez más participación democrática y calidad institucional: la PASO (primarias abiertas simultáneas obligatorias). Solo que está vez, tanto a nivel nacional como en la ciudad autónoma y en la provincia de Buenos Aires, estas elecciones no funcionarán como tal, no se dirime ninguna interna partidaria. Aquella promesa reciente que nos hiciera la clase dirigente que instauró estos comicios de que nunca más la clase política armaría sus listas a espaldas del pueblo y sin participación ciudadana, hoy, 10 años después, no se está cumpliendo en ningún caso. Hoy todos los partidos cerraron sus listas a puertas cerradas del pueblo y le ofrecen a la ciudadanía un armado partidario que no pueden modificar. Vivimos exactamente ese problema que la creación de las PASO quería erradicar.
Y si de ideas hablamos, porque muchos decimos que votar se trata de una cuestión de ideologías, nos encontramos con un pastiche de idearios con el único fin de sumar votos. Parece que la idea es que todos los porotos suman, vengan de donde vengan. Entonces nos encontramos con un partido que durante los últimos años criticó ferozmente al peronismo pero hoy lleva como vicepresidente a un peronista. Y nos encontramos con otro político que durante los últimos años criticó ferozmente a Cristina Fernández y hoy la lleva como vicepresidenta. Lo importante no es la ideología, lo importante es sumar porotos. Sumar porotos de donde vengan porque de la misma manera que ocurrió en el 2015 estamos frente a dos “catástrofes”: continuidad o cambio. Por eso dejamos a un lado la idea y nos dedicamos a sumar uno a uno cada poroto. Si nos interesan las ideologías, hoy hacemos como decía la abuela Muriel, las dejamos pasar y seguimos en este sistema, ya sea por fiaca a rebelarse o porque nos asustaron con idea de que el cataclismo es inminente si sucede una u otra cosa.
Para estas elecciones me gusta preguntarles a mis amigos cambiemitas si están de acuerdo con tener a un peronista de raza en sus filas o hubieran preferido que ese lugar lo ocupe un radical de raza. Todos prefieren al radical, aun así todos van a poner la boleta con el peronista en la urna. Se enfurruñan y soportan. Porque es sabido que a ninguno nos gustó que desaparezcan las cajeras de los supermercados pero miramos para otro lado y seguimos en el sistema de por vida.
También hago lo propio con mis amigos kirchneristas cuando les consulto si están de acuerdo con tener entre sus filas a amigo de Rudolph Giuliani como Sergio Massa, que propone más mano dura que Patricia Bullrich con el famoso sistema de “Tolerancia cero” o si prefieren vivir en un sistema que respete las garantías. Todos prefieren el garantismo, aun así todos van a poner la boleta con el amigo de Rudy en la urna. Se enfurruñan y soportan. Porque es sabido que a ninguno nos gustó que desaparezcan las cajeras de los supermercados pero miramos para otro lado y seguimos en el sistema de por vida.
Si siguiéramos con esta tónica el FIT unificado (el partido de izquierda) debería haber convocado a Espert (el partido de derecha) a unirse a sus filas con el mero hecho de sumar porotos para evitar el cataclismo, sin embargo, ambos partidos, fueron los únicos que se mantuvieron con las ideas intactas. Eso sí,  a pesar de querer gobernar para el pueblo, también ambos, le cercenaron al pueblo la posibilidad de elegir sus candidatos. Y aquellos que tengan más afinidad por unos u otros irán a poner la boleta que fue cerrada a espaladas de la ciudadanía, directamente en la urna. Se enfurruñan y soportan. Porque es sabido que a ninguno nos gustó que desaparezcan las cajeras de los supermercados pero miramos para otro lado y seguimos en el sistema de por vida.
El discurso de la abuela Muriel nos incita a mirar la realidad que nos circunda y no dejar pasar así como si nada, a no quedarse contemplando el derrumbe porque mañana en el 2029 puede ser tarde. Nos incita a actuar, a quejarse, a dejar de comprar si es necesario, a no echarle la culpa a un nombre propio sino a un sistema que nos tiene presos del cual no queremos rebelarnos.
Por eso mañana todos iremos a alimentar ese sistema que decimos que no nos gusta pero del cual pertenecemos de todas formas. Creemos que la única manera que tenemos de expresar nuestras ideas es con el escrache pero nunca nos vamos a atrever a escrachar al sistema porque en el fondo sólo sabemos obedecer. Bien hecho. Sí, es nuestra culpa. Este es el mundo que construimos. Felicitaciones. Salud. Y buenos comicios.               

Publicado por Juani Martignone
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