Alma de justicieros
Lamentablemente en nuestro país
pocas mujeres de la historia son reconocidas a excepción de Eva Perón, que
aunque no deja de ser una figura controversial a la que muchos podemos hacerle
furibundas críticas a sus filosofías, es innegable que tuvo la capacidad de
enamorar a millones. Enamorar desde el llano, desde la posición de persona
común que siente lo que le rodea. En sus memorias/manifiesto La
razón de mi vida un pasaje te eriza la piel: “Yo no pude acostumbrarme al veneno y nunca, desde los once años, me
pareció natural y lógica la injusticia social”
Evita siente y a no ser que estés
hecho de piedra es muy posible que al recorrer sus palabras y al rememorar
alguna situación injusta sientas a la par de ella. Simplemente formidable.
Pero entre sentir y hacer tenemos
un océano. Incluso si avanzamos en el libro de quien fuera la esposa de Perón
nos encontramos que su hacer por momentos se torna resentido, vengativo y
dispuesto al todo o nada sin lugar a los matices. No por nada enamoró a
millones.
Como si estas memorias fueran un
pecado original, el sentir a flor de piel alguna injusticia parece que nos
obliga como sociedad a hacer algo, la mayoría de las veces motivados por la sed
de venganza que nos envenena el cuerpo. Es así como el escrache se ha
transformado en nuestra vedette y la justicia por mano propia en la aparente
única salida.
Está claro que esto no es Estados
Unidos donde podemos ir a comprar a un arma a un kiosco y andar por la vida
repartiendo tiros para hacer una oda a la justicia por mano propia pero tenemos
otras herramientas.
Herramientas al alcance de todos
y en apariencia inofensivas. Hoy no tenemos que leer grandes manifiestos que
nos empoderen para andar por la vida jugando a ser justicieros. Hoy nuestro
pecado original es digital y virtual: las redes sociales.
En algún momento de esta última
década un usuario que se hacía llamar “El vengador” copaba los muros de Facebook
con escraches a estafadores y timadores haciendo una especie de justicia
social. Hoy ya no se espera a que un justiciero virtual se encargue de nuestros
problemas, cada quien expone su intimidad para denunciar las injusticias que le
tocan.
Publicarlo es liberador, no
otorga algo de esa justicia que sentimos que nos falta y la arenga y el apoyo
de todos nuestros conocidos nos dan más fuerza para avanzar por todo y a como
dé lugar.
Los dramas no se atraviesan en la
intimidad, se exponen para lograr la empatía y apoyo de los otros. Las
preferencias políticas no son un acto reflexivo interno, se muestran con superioridad
para con aquellos que no las profesan. Las estafas no se denuncian, se
escrachan con un par de fotos colgadas de nuestros muros.
Perdimos confianza en las
instituciones entonces recurrimos a las redes en busca de justicia. Y nos la
otorga, pero como todo en ese mundo, de manera virtual. El drama no se irá a
pesar de haber recibido miles de mensajes de aliento. La superioridad moral
recíproca entre preferencias políticas seguirá estableciendo una grieta. El
estafador seguirá estando libre. Porque si algo no entendemos es que los justicieros
virtuales sólo reciben justicia virtual.
Pero esa justicia además de no
existir tiene algunos daños colaterales que no muchos prevén. Cuando lo digital
deja de estar como intermediario de nuestros picantes comentarios debemos
enfrentarnos a la realidad y encontrarnos cara a cara con aquel que se
compareció de nuestro drama pero nunca vino a tocarnos el timbre, a tener que
saludar a aquel que acusaste de ignorante por no votar como uno lo haría o a
cruzarte con ese que te estafó y sigue estafando. El primer daño que provoca la
justicia digital es que en la vida real no nos animamos a ser tan irreverentes
como en la virtual y es entonces que el otro ya sabe lo que me pasa
internamente porque lo publiqué y ambos tendremos que convivir con eso haciendo
de cuenta que nada ha sucedido. Porque ambos sabemos nuestros nombres, ambos
sabemos quién es quién.
Distinto y más confuso es el caso
de Twitter
donde no tenes a Zuckerberg censurando todo aquello que no gusta pero sobre
todas las cosas no tenes la obligación de llevar tu nombre o acreditar
identidad, lo que logra que cualquier desconocido con nombre de objeto y foto
de paisaje te pueda decir cualquier cosa, hasta las más fuertes. Esto te deja
mucho más expuesto pero al final del día también es menos perjudicial ¿Qué
perjudica más? ¿Que alguien de nombre “El profeta” y con una foto de Harry
Potter te diga que sos un imbécil a que te lo diga tu tía que lleva de perfil
una foto con todos tus primos a los cuales vas a ver en el próximo cumpleaños
de tu abuela?
Por otra parte para transformarse
en un justiciero virtual es muy importante tener lo que en la jerga se llama “tener
el culo limpio”. Porque como nosotros podemos escribir un estado fenomenal
denunciando los males de la verdad y el amor y extender nuestro reino hasta las
estrellas, debajo, otro nos puede enchastrar nuestra oda con un comentario que
nos recuerde cómo hace dos minutos pensábamos distinto, cómo afirmamos cosas
que no chequeamos con dos simples publicaciones que lo contradicen, o cómo
algún familiar nuestro hace eso que nosotros denunciamos pero como pertenece a
nuestro entorno somos más benevolentes. Cuando abrimos el juego en el barro, se
hace el barro y las consecuencias no son aquellas que podemos definir como
justas ni para unos ni para otros, todos pierden.
Por último estos intentos de
hacer justicia de manera virtual lo único que hacen es marcar una línea de
moral que agrupa a unos de un lado y a otros del otro, lo que los obliga naturalmente
a ser enemigos, o sea, se exacerba la idea de grieta. Muchos se enorgullecen de
pertenecer de uno u otro lado de una grieta y llevan eso como bandera. Lo que
no comprenden es que esa propuesta no admite sutilezas, cuando la línea de la
moral de marcó, las cosas son blancas o negras. Y lo más grave es que este
maniqueísmo virtual se traslada muy fácilmente a lo real.
El último viernes un señor mayor
robó de una sucursal de un supermercado COTO un chocolate y un queso. Los
custodios de esa local detectaron el ilícito y los detuvieron a golpes hasta
que el señor murió. Ante un delito no se involucró a la institución
correspondiente, esa alma de justicieros los llevó a actuar de la manera que
creyeron pertinente, esa manera que las redes enseñan: ladrones de todas
maneras o pobres personas que roban por necesidad. Sin sutilezas. Aquí
eligieron la primera opción. Y eso mismo tradujeron luego los muros cuando el
caso tomó estado público.
Si ante la injusticia social
nuestro modo de hacer justicia es sin sutilezas, sin complejidad y por cuenta
propia, de ninguna manera acortará esa brecha que tanto apenaba a Eva Perón,
sólo lograremos desahogarnos pero el problema seguirá ahí o incluso lo agravará
porque hoy, por ejemplo, el abuelito que robó en el supermercado está muerto y
los empleados presos.
Entiendo la desconfianza ante la
desidia de las instituciones pero comprender que no todos estamos capacitados
para todo, no sólo es un acto de humildad sino de cooperativismo ciudadano.
Poner nuestras energías en la
lucha para que las instituciones funcionen, nos dará mejores frutos que poner
las energías en jugar a ser justicieros.
Publicado por Juani Martignone
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