Cadena nacional de desinformación


La verdad ya no es un valor deseable ni un objetivo. Claramente con esto no he descubierto nada y seguramente es una afirmación que puede extrapolarse a otros tiempos. Podríamos decir para reformular este primer pensamiento que hoy más que nunca la verdad empírica no es un valor, sino que lo que prima es el concepto de “mi verdad”. Es más fácil de digerir, más sencillo de explicar, más entretenido y llega a más gente. Pocos se detendrán en un gráfico estadístico que refleje la cantidad de pobres en la Argentina, sin embargo tocará fibras muy íntimas cuando alguien te cuente que salió de su casa, hizo unas cuadras en su barrio y vio gente pobre, argumento suficiente para activar el llamado state of emergency.
A esta altura de la circunstancia, sabemos porque hay muchísima teoría que lo avala, que la objetividad no existe en los seres humanos, lo que existen son miradas sobre los hechos reales. Si lo llevamos a un ejemplo práctico dos personas pueden ver como un hombre en medio de un huracán decide arriesgar su vida para ir a salvar a un perro, uno podrá ver en este hecho real un acto de locura y el otro lo podrá ver como un acto heroico. Por esta razón es que resulta infantil exigirle al periodismo objetividad completa exenta de una mirada o una posición en la que se paran para ver.
Ahora bien, algo muy distinto a tener una mirada sobre un hecho real es forzar los hechos para sostener una mirada. Si volvemos al ejemplo anterior pero le quitamos el huracán, simplemente vemos a un hombre rescatando a un perro, alguien a favor del rescate animal podría inventar ese huracán para darle un halo de heroísmo y fortalecer esa mirada. El problema es que en este caso mintió, inventó una situación para vendernos su mirada política.
Algo de esto es que viene sucediendo sistemáticamente con el suplemente feminista de Página 12, llamado Las 12. Un suplemento que con el afán de vendernos una mirada feminista es capaz de inventar realidades, ponerlas en duda la ciencia y justificar circunstancias que ponen en riesgo a la población. Incluso ponen en riesgo la misma vida. O sea, desinforman.
El primer descalabro informativo de los últimos tiempos que leímos en este suplemento fue sobre un tema tan delicado como el cáncer de mamas. El texto intenta darle una visión feminista a un tema que ataña principalmente a las mujeres y que es la segunda causa de muerte de las mujeres en el mundo, teniendo en cuenta que si se detecta a tiempo es una enfermedad con altas chances de curarse. Por lo tanto es más que acertado tocar este tema en esta sección y es interesante poder darle una mirada feminista.


El texto tiene algunas observaciones forzosas como el uso del color rosa en lazo de lucha de la enfermedad, transformándola en una lucha netamente femenina (sabemos que los varones también pueden tener cáncer de mamas) y que cae en el binarismo rosa-mujer celeste-varón, sin hacer un racconto histórico para contarnos desde cuando existe ese lazo, cuanto se sabía en ese momento y cuales eran nuestros estereotipos por aquel entonces. Pero también tiene otras visiones muy interesantes sobre la sexualización de la enfermedad, sobre el hecho de tener o perder una teta, sobre la cirugía posterior, sobre la construcción fuertemente sexual que tenemos como sociedad en la asociación de la mujer y la teta, sin que, algunos como yo, siquiera sepamos lo que es cargarlas y cómo influyen en la persona lo que es portar un (mejor dicho, dos) elemento de deseo. Mujer que pierde una teta, mujer que no es deseada como mujer.
Ahora bien, la línea comienza a esfumarse y a ponerse turbia cuando comienzan a plantear el punto de qué sentido tiene salvarse la vida, curarse del cáncer si van a sobrevivir mutiladas, entonces plantean la opción directamente de no tratarse, sin advertir que esa decisión de conservar las tetas pueda también implicar conservar la enfermedad y pueda llevarla a la muerte en el corto plazo. En cambio citan un caso (si, sólo un caso) en el que la quimioterapia no funcionó. Como contrapartida ofrecen mantener intacto el objeto de deseo que son las tetas y acudir a terapias alternativas homeopáticas y vuelven a alejarse de las estadísticas presentando un único caso en el que una mujer tomó unos yuyos y se curó. Por otra parte alientan la teoría conspirativa de que el cáncer es una enfermedad creada por laboratorios millonarios para vender medicamentos y despotrican de la sobretecnologización de las personas porque se le pide que se enfrente a una máquina (un mamógrafo) una vez al año.
Nada más irresponsable. En ningún momento consideran (ni quienes escriben, ni quienes editan) que están escribiendo en un medio de comunicación masivo, que hay personas del otro lado que pueden leer este texto en el que nunca se contrasta con una mirada médico científica y solamente quedarse con eso y darlo como válido cuando la ciencia hoy alienta a la detección y al tratamiento temprano para salvar la vida. Cómo la sociedad ve a un cuerpo mutilado es un debate sociológico que podemos plantear no sin antes estar todos de acuerdo en que el científico es indiscutible.
La escritora Susan Sontag en el año 1978 luego de curarse de un cáncer de mamas decidió escribir un ensayo sobre las recreaciones míticas y románticas que se hacen en torno a las enfermedades a las que llamó “metáforas”. “La enfermedad y sus metáforas” (que luego en el año 1989 se le anexó el ensayo “El sida y sus metáforas”) puede leerse como un texto de profunda investigación científica, sociológica e histórica que entre otras cosas critica el uso del lenguaje de las enfermedades, las falsas creencias a las uno se aferra cuando está enfermo y el cuerpo como un “campo de batalla”. Lo hace desde su mirada de enferma curada pero a su vez alineándose estrictamente a los avances comprobados de la medicina. Susan dirá “Las metáforas patológicas sirven para juzgar a la sociedad, ya no por su desequilibrio sino por su representatividad. Aparecen una y otra vez la retórica romántica, que contrapone el corazón a la cabeza, la espontaneidad a la razón, lo natural a lo artificial, el campo a la ciudad”. Cuarenta años después Las 12 caen en esas metáforas.
Como si fuera poco, hace casi un mes, en pleno repudio al llamado Telar de la abundancia por tratarse de una estafa vieja conocida que hoy se reeditaba en clave de “sororidad feminista” este suplemento decidió hacerle una férrea defensa. Sólo que esta vez ningún aspecto puede verse positivo o debatible si para hablar de sororidad entre mujeres en tiempos de crisis, de índices fenomenales de mujeres pobres, o de carga económica a cargo de mujeres tenemos que convalidad una lisa y llana estafa.

En este caso no sólo fue forzosa la mirada feminista sino que más bien fue una mirada de política económica. Claramente podemos discutir las LELIQs o el sistema financiero legal que tiene aspectos usureros, incluso podemos darle una mirada feminista y analizar cómo afecta más a mujeres que a varones estas “trampas” financieras. Lo que no se puede hacer es informar que aunque éstos son sistemas crueles, azarosos y con riesgos altos, como podría ser la lotería, se hace un intento de inversión, un intento de multiplicar el dinero (en la bolsa, con intereses de préstamos, etc) en cambio en el Telar de la abundancia siempre alguien pierde. Siempre. Y siempre son los que están en la base de la pirámide, lo que lo hace un sistema mucho más clasista. Para hacerlo más concreto, yo puedo invertir mi dinero en un fondo de inversión de un negocio que promete pero con el riesgo de que pueda salir mal. En el Telar de la abundancia de la única manera que se gana dinero es cuando ingresaron 8 personas a poner dinero, dinero que sólo irá a parar a mi bolsillo y que los demás recuperarán cuando entren 8 personas por cada uno. O sea, una cadena de estafas. O sea, una irresponsabilidad de un medio que no informa de esto sino que alienta a ingresar movidos por la crisis y la “sororidad feminista”.
Pudiendo hablar de los sistemas de créditos populares que esos si son más parecidos a la lotería y que son los que están proliferando en una sociedad que vive una crisis económica tremenda, estas investigadoras del CONICET elijen acusar a quienes denuncian la estafa y por consecuencia ponerse a favor de la estafa.



Podemos aceptar de los medios que no sean objetivos, podemos aceptar sus miradas aunque no nos gusten, podemos aceptar que elijan tener unas miradas y no otras, pero lo que no podemos es aceptar que manipulen la información confundiendo a la gente al punto de llevarla a cometer locuras. No podemos aceptar la desinformación.
Es cierto que cuando la ignorancia reina la desinformación viaja más cómoda. A mi podrían venir a decirme cualquier cosa de cualquier de un jugador de fútbol y podría darla por válida sin más. Pero hoy que vivimos en tiempos de sobreinformación es nuestra responsabilidad aprender a leer los medios.
Dudar de la noticia que sale en su solo lugar, dudar incluso de quienes tienen credenciales para hablar, dudar de nuestras propias creencias para ponerlas en jaque y no buscar la noticia que confirma nuestras preconceptos, no divulgar aquello de lo que no estamos seguros porque quienes creen que nosotros tenemos credenciales pueden caer también en la trampa.
Nunca jamás alentaría a “cancelar” o censurar un medio, pero si ponerlo en cuestión. Y si las practicas falaces para fortalecer un punto de vista se hacen reiteradas, lentamente dejar de consumirlos. Y así como el patriarcado, ellos también caerán.  

Publicado por Juani Martignone
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