Ningún pibe nace violento


Hace ya muchas semanas terminó la que probablemente haya sido la mejor serie argentina del año, por lo que podré explayarme sin aviso de spoiler alert, o mejor dicho sin culpa. Aun así no hace falta aviso alguno porque todos más o menos conocemos de qué va la malograda historia de Carlos Monzón: el indiscutido campeón mundial de box que asesinó a su esposa, fue condenado por ese crimen y luego murió en un accidente de tránsito en una de sus salidas transitorias.
Aunque es cierto que las biopics no son una novedad, el concepto que incorpora la serie Monzón es mostrarnos un pasado reciente en el que la violencia de género no estaba en boca de todos, para poder contrastarlo con el hoy.



¿Qué diríamos si hoy un ídolo mundial nos cuenta con total normalidad que le pega y le pegó a todas sus mujeres por hincha pelotas? ¿Qué diríamos si la madre de la víctima de lo que hoy conocemos como femicido asume con naturalidad que es lógico que el marido le pegue a su hija cuando lo merecía? Lejos de hacer un revisionismo histórico, básicamente lo que la serie nos quiere mostrar, por contraposición, es que ese mundo de hace 30 años atrás cambió radicalmente. Hoy no vamos a llamar “crimen pasional” a un “femicidio” ni vamos a admitir que una trompada pegada a tiempo a mujer le trae menos dolores de cabeza al marido.
La intención no es traer retazos del pasado para ponerlos en el banquillo de acusados y cancelarlos para siempre. La intención es simplemente mostrar con una fidelidad extrema ese pasado que todavía recordamos con claridad para que al pensarlo, al escuchar aquellos diálogos que teníamos, aquella TV que mirábamos, nos haga reflexionar cuánto hemos recorrido en estos últimos cinco minutos de la historia universal. Y como al pasado no lo vamos a juzgar, si podremos tenerlo patente para no volver a él.
Sin embargo, aunque todo este pasado este mostrado maravillosamente desde el guión hasta la técnica, creo que el gran acierto de la serie fue mostrar, con un caso muy conocido, que los violentos, los golpeadores y los femicidas no nacen así por una falla en su genoma sino que se construyen.
Es impresionante cómo la serie se divide todo el tiempo en dos líneas temporales que se tocan recién el capítulo final y cómo en cada una de las líneas logra en el espectador sensaciones encontradas. Logra que nos indignemos al saber que su status de “ídolo nacional” lo recubre de un manto de impunidad incluso después de haber cometido semejante aberración para con su mujer y madre de su hijo, en la línea temporal más cercana. Y en la más lejana logra empatía y compasión al ver que ese pobre pibe, no es más que un rejected de la sociedad, un paria, un excluido más que lo único que busca es que le hagan un lugar en el mundo.
Como ya he dicho antes, la serie no juzga, muestra, y nos muestra la película por completo con sus luces y sus sombras obteniendo así un logro más: mostrar la complejidad del ser humano. Lejos de los cuentos infantiles simples donde el malo es sólo malo y el bueno es sólo bueno, acá te muestran que el victimario de sus mujeres también es una víctima de la sociedad desigual en la que se crió. Poder ver de punta a punta ambas caras de una moneda nos hace elevar el debate, nos hace preguntarnos cómo es que una personalidad convive con la otra, nos hace ahondar en las complejidades del ser humano.
Hace muy pocas semanas también este mismo tema lo abordó la cineasta salteña Lucrecia Martel que, como presidente del festival de cine de Venecia, se negó a participar de la proyección de la última película de Roman Polanski. Ante el pedido de explicaciones, aclaró que de ninguna manera pretende censurar el cine del director polaco pero no puede separar bajo ningún concepto al artista de la obra. En una entrevista radial que le hizo María O´donnell dijo: “El cine de Polanski es esencial para mí, tiene mucha humanidad en sus películas, es por eso que no puedo separarlo de la persona, cada vez que veo uno de sus filmes plagado de esa humanidad me pregunto ¿cómo alguien con esa humanidad pudo violar tan cruelmente a una chica?”. De nuevo, complejizar a las personas y a los personajes, ver sus luces y sombras y comprender que ambas cosas provienen del mismo lugar es un punto vista que hoy es urgente pensar para no caer en calificaciones sencillas y en cancelaciones iracundas.
Es urgente pensarlo porque aunque claro está (una vez más y como un mantra) que no vamos a juzgar el pasado como bien nos dijeron nuestros amigos de Oasis al cantar “don´t look the back in anger”, si lo vamos a contrastar con el presente para ver cuánto aprendimos.
Es cierto que cambiamos mucho, que tenemos más conciencia de cosas que antes no, pero ¿realmente hemos aprendido algo? Justamente estamos en un momento de polarización extrema donde a los ídolos no se los puede tocar, hacemos valoraciones en figuras públicas que creemos conocer, las ponemos sobre pedestal de los semi dioses o bien en el pozo de las peores basuras. Vivimos en esa adolescencia en la que nos cuesta entender que el ídolo es persona también, que a pesar de darnos tantas satisfacciones también puede tener un lado oscuro y ese lado oscuro puede ser un límite que no debemos cruzar. En la política los casos abundan (Cristina Fernandez, Mauricio Macri, por citar un par) y en el deporte también (Diego Maradona, Ricardo Centurion, por citar un par).
Por otra parte permitirnos pensar que estos victimarios a su vez son víctimas de esquemas más grandes y más complejos nos ayuda a esbozar algún tipo de respuesta a esta problemática. Es sabido que la política punitiva no erradica problemas tan arraigados culturalmente, sabemos que “la letra con sangre no entra”. Meter preso, desearle el peor de los males, cortarles el pito, hacer castración química o algún otro tipo de descargo vengativo contra un femicida no va a terminar con los femicidios. Es por eso que este diagnóstico que hace la serie sobre el origen de la violencia puede ser la punta del ovillo para empezar a pensar la solución.
Debemos partir del punto que un femicida no cae del cielo, a un femicida lo construimos entre todos, es el producto de esta sociedad. Producto de la desigualdad social que llevó a Monzón a hacerse un lugar en el mundo a los golpes, porque así le enseñaron, porque ese es el resultado de años de masticar bronca viendo como otros tenían más facilidades por haber nacido en el “lugar correcto”. Sin dudas no lo justifica, pero lo explica.
Tampoco tenemos que afirmar que sólo la desigualdad social construye varones violentos y potenciales femicidas. Este año también se estrenó la segunda temporada de Big Little Lies, y aunque a mi parecer fue bastante más lavada que la primera, fue necesaria para explicar algunos cabos sueltos que habían quedado de la anterior emisión. Y fue entonces que nos explicaron que ese niño bien rubio de la clase alta de Monterrey era violento con sus compañeritas porque veía como en su casa su padre fajaba sin piedad al personaje que encarnaba Nicole Kidman, su madre. Y que a su vez ese padre había sido víctima de destratos que lo transformaron en un hombre violento. Destratos que no necesariamente fueron producidos por un sistema u otro varón violento, la serie va un poco más allá y nos muestra como una madre (interpretada espectacularmente bien por Meryl Steep) puede criar a un sano hijo del patriarcado con potencial femicida.



Entender que ningún pibe nace violento sino que somos nosotros los que los creamos, nos ayuda a encauzar nuestras energías, ya no en la ira contra los femicidas sino en la erradicación de ellos. Para que no haya ni un femicida más.
Y aunque parezca un debate surgido de la banalidad de las series de moda, es urgente pensarlo en un país donde muere una mujer cada 30 horas. Un país donde el último fin de semana no dejó 4 mujeres asesinadas a causa de la violencia machista y más de 200 en lo que va del año.
Es urgente.         

Publicado por Juani Martignone
Todo el contenido, como las responsabilidades derivadas es propiedad de quien firma.

Comentarios

Entradas populares