Espejitos de color verde
El discurso fue rimbombante. El
futuro presidente de los argentinos explicó en México todos aquellos argumentos
que esgrimimos los que pretendemos el aborto legal durante los meses que duró
el debate en el congreso, haciendo especial foco en una palabra: delito. “Siempre
enseñe en la facultad que el aborto no debe ser delito” dijo y estamos de
acuerdo, tampoco es delito tirar toneladas de comida pero lo que muchos
plantean es que es inaudito hacerlo mientras hay gente que muere de hambre.
Exigirle al estado garantías no es lo mismo que pretender que no sea punitivo.
Para ponerlo en otras palabras, exigirle al Estado que no haya gente con hambre
no es lo mismo que pedirle que no castigue a quien tira comida. O bien,
exigirle al Estado que garantice un aborto seguro, legal y gratuito no es lo
mismo que pedirle que no castigue a las que ya lo hacen.
Después del 2015 con el Ni
una menos y después del 2017 con el debate por el aborto legal, el
feminismo logró algo que ninguna agrupación de civiles no organizados haya
logrado antes: instalar temas de agenda. Desde la violencia machista al aborto
y pasando por identidades sexuales y la cultura de la violación, el feminismo
impuso en todos los hogares temas de conversación que nos obligaron a tomar una
postura, pero sobre todo obligó a la clase dirigente a hacerlo. Junto con la
economía, la corrupción, la libertad de prensa y las dictaduras
latinoamericanas, la población exigió saber de cada candidato su postura frente
a la tan esperada ley de aborto legal. Y todos la dieron, en nosotros está
creer o reventar.
El purplewashing (baño
violeta) es un concepto que se usa para definir a aquellos conocidos machistas
que tuvieron que ajustar sus discursos viendo que esta ola feminista (la
tercera probablemente) se los llevaba puestos. En nuestro país el caso más
emblemático podría ser el de Jorge Rial, que de la noche a la mañana empezó a
invitar a feministas ávidas de pantalla de televisión de alta difusión para
“aprender” del movimiento. Hizo un punto y aparte y ahora es una nueva persona
sin pasado del cual avergonzarse, cuestionarse, ni siquiera mencionarlo. Se dio
un baño de feminismo y ya todos lo vemos violeta (o verde para ser más
específicos en nuestro país, solo que en el mundo el violeta es el que se
asocia con el feminismo).
Y no fue el único, Tinelli, el Coco
Silly y montones de actores se vieron en la obligación de mostrarse “sororos”
para que la ola verde no se los trague. Incluso, y sobre todo por lo que
representan, los políticos. Durante ocho años gobernó Cristina Fernández, casi
una década, durante esos ocho años se presentó el proyecto de ley, durante los
ocho lo bloqueó sistemáticamente por motivos personales, por ser muy católica.
Sin embargo a la hora de votar como senadora tuvo una epifanía color verde, o
alguien que le explicó, o algún libro que leyó o algo que le hizo sumarse a la
ola feminista. Este “cuadrazo” político venerada por su aparente inteligencia y
cultura, en ocho años no pudo leer sobre el tema, pensar sobre el tema,
asesorarse del tema, hablar con los más jóvenes (motivos al que aluden la
mayoría de los verdes conversos), en esos ocho años su cultura y su
inteligencia se redujo a un libro que tiene más de 500 años: la biblia. Todo
tiene olor a purplewashing.
Los discursos rimbombantes, las
frases de corte feminista, el mostrarse sororo ante los derechos de las mujeres
hoy se transformó casi en un requisito sine qua non. En nosotros está la
difícil tarea de creer si es auténtico y un simple baño de feminismo para
seducir masas.
Para arrancar, despenalización no
es lo mismo que legalización. Si hablamos de aborto la despenalización lo que
evitará es que las mujeres que se lo practiquen no vayan presas por hacerlo,
eso si logran salir vivas, porque aquellas que no tengan dinero para hacerlo
tendrán que parir o tendrán que hacerlo con curanderas o con perejil pero nadie
les asegurará nada más que no vayan presas. Como sucede con las drogas, la
despenalización que rige en nuestro país con la marihuana desde año 2009 ayuda
sobre todo a aquellos palermitanos que pueden comprar una buena marihuana para
fumarla de forma recreacional sin el peligro de caer presos. Los pobres se van
a meter en el cuerpo cualquier cosa, tampoco irán presos pero llegarán a las
dos décadas de vida con sólo dos neuronas. Con el aborto sucede lo mismo, la
despenalización ayudará a las ricas que se hacen abortos seguros en clínicas
privadísimas para que no vayan presas, las pobres seguirán muriendo en taperas
en condiciones de higiene subhumanas.
Por otro lado es muy importante
entender cómo funciona un sistema democrático republicano. Las intenciones o
expresiones de deseo que pueda tener un presidente no son condición necesaria
para que algo suceda o se transforme en ley. En nuestro país existe un
congreso. Sin ir más lejos el presidente Macri se manifestó en contra del
aborto, sin embargo habilitó el debate para que el congreso lo decidiera,
porque en las democracias republicanas no gobierna un presidente solo, gobierna
un sistema de poderes (en nuestro caso tres). Un presidente que gobierna solo
es un tirano y si el congreso está de adorno y los jueces inhibidos, no
hablamos de democracia, hablamos de tiranía. Con la nueva conformación del
congreso a partir del 10 de diciembre los legisladores que están en contra del
aborto aumentaron sobre todo en la cámara alta (la de senadores, la que lo rechazó
la última vez) allí el número de opositores al aborto creció mucho marcando una
gran brecha ayudado sí por el partido que actualmente es gobierno pero también
por en gran medida por el partido que gobernará los próximos cuatro años.
Si hablamos de gestos y cercanías
podríamos decir que resulta difícil creer en un aborto legal de la mano del
Alberto que es tan amigo de Manzur, el gobernador tucumano que obligó a ser
madre a una nena de 13 años violada. O de la mano del Alberto que utilizó de
articulador y armador político al mismísimo Papa que en cuanto puede se
despacha con gusto acerca del “asesinato” y “genocidio” que implica que implica
el aborto y que además utilizó su propia institución para apretar con mensajes
mafioso a los legisladores en el último debate sobre el proyecto de ley.
Otros gestos quizás más banales o
imperceptibles fueron los de grandes personajes que este último tiempo se
erigieron como “referentes feministas” que en la última semana quitaron el
corazón verde del user name de Twitter, símbolo de la lucha por el aborto
legal, porque consideran que con el cambio de gobierno ya no es necesario
luchar por cosas que puedan parecer oposición al partido político que les
gusta. Los ideales, bien, gracias.
En su debut literario, Cristina
Fernández cuenta que no pudo ver el movimiento de Ni una menos como un
reclamo autentico sino como un intento de desestabilizarla. Esa sororidad sí
que no te la robo amiga o quizás su eximia inteligencia no le permitió ver al
pueblo reclamando no morir sino sólo vio la posibilidad de eso que tanto le
gusta: el sillón de Rivadavia.
Debemos comprender que hay gente
que enarbola bandera de ideales no porque crea en ellos sino porque son la
puerta del poder, un purplewashing. Una vez obtenido el
poder, ese ideal ya no es tan importante. Basta con ver como hoy a los
sindicalistas no lucharán por un bono de fin de año e incluso propondrán
congelamientos de sueldos porque al gobierno que viene hay que ayudarlo aun
jodiendo a los trabajadores que representan. O los docentes que hoy sí creen en
la importancia de no perder días de clase o en hacer el esfuerzo de cobrar un
sueldo paupérrimo por mantener al gobierno que les gusta.
Nos venden que lucharán por
nuestros puestos de trabajo, por nuestros salarios, nos venden que nos quieren
educar, nos venden que lucharán por aborto legal, pero eso son sólo los
anzuelos para vendernos peronismo. Porque siempre prefieren que les robe el
salario un peronista, que los deje sin educación un peronista, que los haga
morir por un aborto mal practicado un peronista.
No les interesan los ideales, les
interesa el poder. Existe un mito que no fue del todo comprobado pero podría
haber existido por lo gráfico del relato que dice que cuando los conquistadores
llegaron a América les entregaban espejitos de colores a los aborígenes para
quedarse con sus tierras y su oro. Se mostraron como benévolos mercaderes que
pretendían hacer intercambios comerciales cuando en realidad solo querían tomar
el poder de esas tierras. No había ideales, sólo pretensión de poder.
En una de sus visitas, la ex
directora del FMI, Christine Lagarde, interpeló a Macri con una frase que lo
corrió por el lado del feminismo “Estas corto de mujeres”. Aun así nada cambio
en su gobierno. Pero el gobierno que viene también está cortísmo de mujeres,
basta con ver las fotos con los gobernadores o con los sindicalistas que eligen
mostrar cómo símbolo de fuerza y unidad. Fuerza y unidad en las que las mujeres
no participan.
El párrafo del discurso de
Alberto en México finaliza con “Los derechos de las mujeres van mucho más allá
que el aborto”. Claro que sí, entre otras cosas poder ocupar lugares de poder. Pero
viendo las fotos quizás eso puede quedar para más adelante. Aparentemente hoy
hay otras prioridades pero no habrá que desatenderlas porque ya sabemos cómo se
ponen, démosle algo, alguito para que se conformen, algo para ir tirando.
Seamos capaces de ver a través de
los discursos porque las palabras pueden ser espejitos de colores: un truco
para obnubilarnos y así conquistar nuestro territorio para no irse nunca más. Y
esos espejitos también pueden ser de color verde.
Publicado por Juani Martignone
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