Hermanos “gemelos” latinoamericanos


“Hermanos latinoamericanos” es una expresión común en la Argentina y es, como todo en este país, muy venerada o muy odiada. A pesar de ser lo más europeo de toda América Latina, nos criaron con un dejo de culpa de ser los más blanquitos de la región y de que lo más autóctono que conozcamos sea un gaucho producto de la mezcla del originario con el conquistador. Es por eso que aunque sea en los papeles nos gusta decir que somos parte de la gran familia de países que están entre la frontera que marca California, Arizona, Nuevo México y Texas y las islas Georgias, Orcadas y Sandwich del sur.
Nos gusta decir que todos somos hermanos latinoamericanos, nos hace sentirnos parte de algo más grande, pero sobre todo, nos protege y escuda de nuestro gilty pleasure: Miami.
Los argentinos además de tener el primer puesto en la culpa de clase también lideramos el ranking de la doble vara. Algunos son hermanos latinoamericanos y otros no tanto. Los chilenos nos quisieron robar tierra, no. Los chilenos tienen a Allende, sí. Los uruguayos son una provincia nuestra, no. Los uruguayos tienen Punta del Este, sí. Los peruanos tienen a Vargas Llosa, no. Los peruanos del Machu Picchu, sí. Los brasileros se creen o mais grande do mundo, no. Las playas brasileras, sí. Y así pendulamos entre unos y otros que por momentos son hermanos y por momentos son enemigos. Siempre se nos hace más fácil con los que menos conocemos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, nicaragüenses, guatemaltecos o mexicanos, esos sí son todos queridos hermanos. Hasta que la arepa y los tacos avancen de manera tal que lo empecemos a dudar como con los demás miembros de esta gran familia latinoamericana.
El motor de nuestra hermandad es la mera culpa, por ejemplo vemos con benevolencia a los paraguayos pero no reflexionamos sobre el desastre que les provocamos con la “Guerra del Paraguay” de la que hasta el día de hoy podemos ver los coletazos como su raíz social profundamente machista. Somos condescendientes pero aun así nos sabemos los mejores. Y ser los mejores nos habilita a interpelar a los brasileros porque votaron a Jair Bolsonaro, a los chilenos a alentarlos a la educación gratuita o a un boliviano a decirle qué está legitimado por el pueblo boliviano y que no.
Los argentinos le explicamos a un chileno como viven y sientes los chilenos y a un boliviano como viven y sientes los bolivianos. ¿Y cuál es nuestra fuente? Nosotros mismos. En nuestro afán constante de mirarnos el obligo, decimos que los brasileros están viviendo un calvario con el presidente que eligieron porque a nosotros nos parecería un calvario si tuviéramos un presidente como el que ellos tienen. Irrumpimos para dar las explicaciones pertinentes a nuestros hermanos latinoamericanos y lo hacemos considerando que nuestros hermanos son hermanos gemelos, que viven, piensan, sienten y sufren como nosotros. Más que un gemelo, un clon. Nunca entendimos que dos hermanos criados por los mismos padres pueden ser diametralmente opuestos. “Cómo no te voy a entender si sos mi hermano”.
Considerar todos los procesos de los Estados latinoamericanos como idénticos dista mucho de ser el faro moral del continente que pretendemos ser. Nos pone en la posición del arrogante más pueril de todos: el arrogante ignorante.
Últimamente Latinoamérica es noticia y nosotros tenemos la explicación de todo sin siquiera haber entrado a un portal de noticias local o al menos wikipediar el nombre del país para enterarnos el sistema de gobierno, sus historia, su carta magna, su composición poblacional, nada. Miramos y abrimos la boca para esbozar nuestra teoría basada en algunos saberes popular que alguna vez tocamos de oído y ya, dictamos sentencia.
El ex presidente brasilero Luiz Inácio Lula da Silva recupera la libertad tras estar preso durante poco más de un año y automáticamente ya sabemos que es inocente. Y como indica la teoría de los casos idénticos automáticamente también asumimos que la ex presidenta Cristina Fernández es inocente de las múltiples causas en las que está procesada. Asumimos que cuando te acusan de ser dueño de un departamento de dos ambientes frente a la playa a nombre de otro es lo mismo que tener una cadena de hoteles de lujo y más de 35 propiedades a tu nombre. Asumimos que vivir en modesta casa del barrio obrero de San Pablo es lo mismo que mansiones en Calafate y pisos en Recoleta. Asumimos que sacar de la pobreza a 30 millones de personas (casi la misma cantidad de habitantes que tiene la argentina entera) es lo mismo que dejar de contar la cantidad de pobres para no estigmatizar. Asumimos y vemos casos idénticos, vemos en nuestro hermano a nuestro gemelo.
Después de cansarnos de cruzar la cordillera para comprar toda la tecnología que pudimos meter en nuestros ropajes para eludir al fisco argentino, hoy miramos a Chile desde un pedestal y les decimos “Eso les pasa por ser tan capitalistas”. Bastante cínico. Asumimos que en el país trasandino los militares se fueron de la misma forma que se fueron por estos lares y por consecuencia que están bien guardados en los cuarteles como los podemos ver acá. Asumimos que su constitución es bien representativa de una democracia liberal y ni pensamos que puede ser un regalito que les dejó Pinochet antes de irse. Asumimos que tienen la misma tolerancia infinita que nosotros tenemos al ver casos de corrupción, de ajuste, de crisis, de baja calidad institucional. Nuevamente asumimos y vemos casos idénticos, vemos en nuestro hermano a nuestro gemelo.



El último trending topic, Bolivia, nos dejó aún más ignorantes que arrogantes. O ambas. De la misma manera que nos gusta compararnos con nosotros como el faro de la moral y buenas costumbres en Latinoamérica, también nos gusta comparar con aquello que por alguna causa del destino consideramos equiparable y es entonces como de la galera pudimos poner el intento de eternizarse de Evo Morales a la misma altura que el cargo de canciller de Ángela Merkel. No importa si a Evo lo votó el pueblo y a Merkel los parlamentarios, porque no importan las diferencias entre un sistema presidencialista y uno parlamentario. No importa si el presidente alemán es Frank-Walter Steinmeier y el cargo de Ángela es designado por los últimos presidentes germanos de los últimos 14 años y de distintos partidos políticos. No. En medio podemos mechar con algún discurso antirracista que siempre nos deja bien parados en el ala progre, eso sí, asumiendo que en Bolivia como acá existe una homogeneidad cultural, racial y étnica donde estos casos si son racionales y nada tiene que ver con intereses. Asumimos que nacionalizar el gas y el litio es lo mismo que nacionalizar la televisación del fútbol. Una vez más asumimos y vemos casos idénticos, vemos en nuestro hermano a nuestro gemelo.



Estos análisis lo hacemos por el bien, pero mirando muy bien a quien, porque como reyes de la doble vara no podemos utilizar los mismos parámetros morales. La excusa: “es más complejo”. Si los chilenos salen a la calle indignados por una desigualdad que los mata, pedir que el presidente renuncie está bien. Ahora si los bolivianos salen a la calle indignados porque les robaron una elección después de violar en 3 oportunidades la voluntad popular, pedir que el presidente renuncie está mal. Si en Chile la policía reprime está mal, si en Bolivia la policía se niega a reprimir, es golpe de Estado al presidente. Si los militares ponen un pie en alguna institución gubernamental decimos que es un golpe, ahora si en Bolivia le “recomiendan” al presidente que renuncie es un mero consejo, no es golpe. Si vemos a Videla al lado de Víctor Hugo Morales es la más cruel dictadura, Si vemos a Jeanine Áñez rodeada de militares en la casa de gobierno están “restituyendo” la democracia.
Si el pueblo se une para destituir a Piñera no es golpe porque es la derecha. Si el pueblo se une para destituir a De la Rúa no es golpe porque atentaba contra la clase media. Pero si el pueblo se une para destituir a alguien con pretensiones tiranas no es golpe, porque es la izquierda.
El caso Bolivia pone aún más en manifiesto la grieta que vive la Argentina, una grieta que no analiza, marca posición. Quien ve golpe, no ve fraude y quien ve fraude, no ve golpe. Así es como dice el manual de la grieta argentina. Nadie tiene la capacidad de pensar que lo que sucedió primero fue un fraude alevoso que desató un cruel y rancio golpe de Estado. Eso no se nos permite pensar.
Analizar Latinoamérica desde la perspectiva del país que históricamente ha sido el menos latinoamericano es analizar desde la lejanía, del completo afuera. Asumir quien uno es nos permite afinar nuestro ojo y nuestro discurso pero sobre todo los parámetros con los que pretendemos analizar. No se puede ajustar los parámetros dependiendo el resultado. Ver a Latinoamérica como vemos a nuestro país no es un acto de preocupación por nuestros hermanos es un manifiesto sobre lo que somos nosotros.
Decir “éste soy yo y así veo al mundo” no está mal pero no confundamos, no es un acto de solidaridad latinoamericana, es marcar la diferencia con los propios, es marcar de qué lado de la mecha te encontras.               

Publicado por Juani Martignone
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