A mí que no me gustan los animales
Ese domingo a la noche volvíamos
después de haber pasado todo el fin de semana en la casa de mi mamá y mientras
nos acomodábamos y desarmábamos los pocos bártulos que habíamos llevado, mi
novio me dijo “Amor, tenes que hacerte a la idea que Tony no va a vivir mucho
más”. Sonó entre serio y consternado pero, sobre todo, sonó como quien le
explica a alguien que no quiere ver, lo evidente. Desde ahí dejé la negación de
lado y entendí que Tony se estaba muriendo.
Como digno hijo de mi padre a mí
no me gustan mucho los animales pero confieso que la revelación de la inminente
muerte del perro de mi casa familiar me generó algún tipo de ruido que se
transformó en una pequeña piedra (imaginaria pero pesada) en la boca del estómago.
De algún modo quedé perturbado, parece que diecisiete años de ese animal no
habían pasado inadvertidos. Tony era un Martignone más y la sola idea de su
muerte implicaba nuevamente despedir a un familiar.
El lunes el whatsapp de mí mamá
lo confirmó: Tony había muerto. Y a mí me no me gustan los animales la noticia
me hizo llorar como un pavo frente a la mirada de todos los pasajeros de la
línea D del subte.
Al decir verdad Tony no era mi
perro, fue el regalo de comunión que le hicieron a mi hermano más chico, a
nadie se le ocurriría regalarme a mí un perro. Más aun siendo un perro tan feo,
digno de su origen de campo, de esas cruzas de varias razas, que dieron por
resultado un bicho negro de torso gordo, trompa alargada, dientes salidos, pelos
muy largos y patas muy cortas. Nunca entendí del todo qué poder tenía pero
incluso a mí que no me gustan los animales de repente me escuchaba decir que
era el único perro lindo que había conocido.
Y ya que estamos en tren de
confesiones, el Tony en realidad no se llamaba Tony, se llamaba “Manchita”,
porque tenía o tuvo una o dos manchas blancas en algunos de sus pies. No me
parecía motivo suficiente para bautizarlo de esa manera, incluso me parecía
ambiguo que un perro macho tenga un nombre femenino. Cuando un amigo de mi
hermano lo conoció por primera vez creyó que se llamaba “Panchita” y eso
fortalecía mis argumentos. Entonces empecé a llamarlo Tony. Por esas épocas me
la pasaba escuchando Red hot chilli peppers y me gustaba
sobremanera su cantante: Anthony Kiedis. “Se llama Antonhy, pero le decimos Tony
cariñosamente” repetía una y otra vez cuando alguien nuevo preguntaba su
nombre. Y quizás también parte de sus poderes era responder al nombre “Manchi”,
pero responder también a “Tony” si y sólo sí era pronunciado por mi tono de
voz. Nunca me hizo caso cuando le dije Manchi, ni tampoco respondió a otros que
lo llamaban Tony. A mí que no me gustan los animales este perro negro y feo se
encargó de que nuestra relación fuera bien personal. Y debe ser por eso que su
muerte me hizo llorar como si se hubiera ido un Martignone más.
Será por eso o será porque Tony
desde hace mucho tiempo nos vino preparando el terreno para que su muerte nos
duela como hoy duele. Era muy chiquito cuando los ataques de epilepsia que
sufría nos paraban el corazón. Estábamos en la cocina y sentíamos un ladrido,
uno distinto a los demás, como un grito sordo y ahí salíamos todos en tándem a
buscarlo. Verlo tirado en el piso con convulsiones y espuma blanca saliendo de
su boca me inquietaba y paralizaba a la vez. Pero sin dudas su mayor super
poder no era responder a distintos nombres según quien lo llamara o hacer que
lo veamos lindo cuando era horrible, su mayor super poder era la resiliencia.
El Tony solito y sin siquiera haber pisado una veterinaria de un día para el
otro dejó de tener ataques epilépticos.
Y si de resiliencia hablamos, su
mayor epopeya fue “curarse” de una parálisis. Una tarde volvió de bañarse a
casa dormido y cuando despertó sus patas traseras ya no le respondían, estaba
paralítico. Algunos se las quisieron cortar, otros lo querían sacrificar, con
mi papá ideamos una pequeña silla de ruedas canina que nunca llegamos a
concretar porque después de varios meses y mientras ultimábamos detalles en los
planos, un día el Tony se levantó y su patas cortitas volvieron a hacer un
millón de pasitos para moverse apenas un metro. Había vuelto a la normalidad.
En ese momento en el que todos creíamos que ya estaba perdido, el Tony nos
aclaró la garanta y volvimos a respirar. Nos alegramos por él, por volverlo a
ver caminar, por volver a ser el perro cascarrabias de siempre. Fue emocionante
y me emociona recordarlo hoy incluso sabiendo que a mí que no me gustan los
animales.
Y si no me gustan no entiendo por
qué lloré su muerte, por qué con tantas cosas que pasan decido escribir mil quinientas
palabras para un perro feo que me acompañó casi la mitad de mi vida. Quizás sea
eso, que su poder mayúsculo no sea la resiliencia y sea entonces el
compañerismo. Él fue quien como nadie acompañó a mi mamá al lado de la cama
durante esa larga enfermedad que la tuvo sin salir de su cuarto, que estuvo
pegado ahí, en silencio como ninguno de sus hijos lo hicimos y que estoy seguro
que fue quien más se alegró cuando por fin se volvió a levantar y volvió a ser
la mamá de todos que siempre supo ser. Él fue el que me acompaño todas esas
largas noches de verano en las que me aburría estando en mi pueblo natal y nos
quedábamos mirando I-Sat en la oscuridad de la cocina mientras lo acariciaba con
el pie porque a mí que no me gustan los animales no me permitía tocarlo con las
manos. Recuerdo muy bien esa noche que vi por primera vez Irreversible con su
compañía y no sé si es como dicen esas viejas enfermas de los perros que ellos
sientes, lo que sé es que cuando terminó la película yo podía con mi alma y me
fui a la pileta a sumergirme para calmar esa angustia. Cuando salí Tony estaba
ahí, en el borde y me escoltó hasta mi cama.
A mí que no me gustan los
animales, no me entretiene jugar con ellos, ni acariciarlos, ni sacarle mil
fotos, pero con Tony aprendí a disfrutar de la compañía que nos dan, a que
están ahí, a que somos dos aunque de tanto silencio podamos escuchar nuestros
propios pensamientos, a que cuando me levante se va a levantar y a que cuando
me siente se va a sentar porque aunque no me hable está ahí haciéndome
compañía. Somos dos. Como lo fuimos aquel 31 de diciembre en el que yo solo
cociné toda la cena de fin de año mientras él acostado acompañándome obstruía
los cajones “A ver Toni, tengo que sacar el cucharón”. Como sea estaba ahí, por
este cuento de la percepción canina o no sé qué pero sabía que tenía que estar
ahí acompañando cuando uno más necesitaba una compañía ¿Percibía mi angustia?
¿O de alguna forma me quería ayudar a preparar todo porque sabía que papá se
estaba haciendo quimioterapia y mamá tenía que manejar un par de horas para
traerlo justo para la última cena del 2016? ¿O sabía que ese iba a ser el
último año nuevo que pasaríamos con mi papá? ¿O tenía una especie de visión del
futuro y sabía que desde el día que papá no estuviera entre nosotros un tumor
le crecería entre esas malditas patas traseras y lo terminaría matando 2 años
después? Como sea estaba ahí, cómplice y testigo de mis lágrimas mientras
revolvías las salsas y controlaba la carne en el horno.
A veces no sé por qué digo que a
mí no me gustan los animales si después me pongo así cuando pasan estas cosas.
En realidad no sé si me gustan o no, me gustaba este animal. Me gustaba Tony.
Porque aunque fuera un vínculo parco, fue el vínculo que supimos construir
entre los dos y que hoy me hace dar cuenta cuanto voy a sentir su ausencia el
día vuelva a esa casa en la que prácticamente me crié.
Que descanses en paz Tony. Ojalá
estés con papá, al que tampoco le gustaban los animales, en una cocina con bay
window, como la de casa, mientras él desayuna un pan duro y vos estás ahí
acostado y reina el silencio justo cuando los primeros rayos del día
empiezan a salir.
Ojalá te hayas ido sabiendo que fuiste
y que siempre serás una parte fundamental de esta familia clan que se apellida
Martignone. Incluso para aquellos a los que no nos gustan los animales.
Publicado por Juani Martignone
Todo el contenido, como las responsabilidades derivadas es
propiedad de quien firma.


Comentarios
Publicar un comentario