Pinta el mundo y desconocerás cómo pintar tu casa
Un
pueblo inhóspito en el medio de un bosque nórdico, gélido, en el que los niños
envueltos en camperas inflables, gorros, bufandas y guantes, caminando solos.
Un día uno desaparece, los crímenes dibujan el espanto y nosotros, desde
nuestro sillón calentito, sentimos que ese asesino está ahí, a la vuelta de
esquina; sentimos que ese es nuestro barrio, aunque sea un lugar impronunciable
en Finlandia. Le llamamos globalización.
Tras
el éxito de la serie “El eternauta” en el mundo, japoneses googleaban cómo se
juega al truco. Internet primero y los servicios de plataformas digitales
hicieron del mundo ese pañuelo al que aludimos cuando nos encontramos con el
primo de nuestra vecina en la carpa de al lado en la playa. Cada vez hay menos
grados de separación entre el acceso a la cultura de dos lugares interpuestos
por todo un globo terráqueo. A la mañana en la cinta escucho un podcast francés
que habla sobre la educación; con Kindle me compro esos libros que no se editan
ni llegan a mi país; desde que está Starbucks, a la tarde, tomo café de
Sumatra, lo prefiero al colombiano; a la noche miro una serie policial
escandinava; y antes de dormir scrolleo por tik toks de coreanas que lo
pueden hacer todo.
Tener
acceso a la cultura no significa adoptarla. Ahí radica la confusión. Alarmados
por lo que vieron en la serie “Adolescencia”, todos los medios replicaron la
preocupación de padres que temían estar criando hijos asesinos, como si nuestro
país contara con un historial de violencia en la escuelas o violencia per sé:
mientras Argentina se posiciona como uno de los países con uno de los niveles
más bajos de muertes violentas en el mundo, también se plantea (fogoneado por
un gobierno que no oculta su cipayismo) el derecho de a todos tener un arma
para protegernos como si fuéramos un gringo de Texas o viviéramos en el
Medellín de “La virgen de los sicarios”. Miramos el mundo y creemos que vemos
nuestra casa. Nos enajenamos, desconocemos cada vez más lo que sucede en la
plaza del barrio y creemos que nuestros policías tienen las mismas vidas que
los de “True detective”. Vivimos en una irrealidad que nada tiene que ver con
la globalización. El podcast sobre educación en Francia, descontando que me
ayuda a mejorar el idioma, no me sirve de nada si después lo contrapongo con
los debates educativos en mi país, que, si existieran, podría sacar algo en
limpio, y todo habría tenido sentido.
Aborrezco
la idea del nacionalismo, no me considero tal, conozco la derivas autoritarias
y dictatoriales en las que terminaron casi todos los nacionalismos de la
historia universal, pero no dejo de sentirme profundamente argentino, detesto
también la tilinguería de ver el exterior como un lugar mejor. Ver el mundo,
conocer tantos países, me hizo reaccionar que mi país no es tan malo como
sospechaba e incluso podría afirmar que es mejor que otros que tenemos
idealizados. Quiero ver el mundo porque me ayuda a aguzar la mirada sobre mi
país. Los pasos naturales con los que crecí me indicaban que si uno pintaba su
casa luego pintaba el mundo. Hoy el mundo es el objetivo, en el mundo está eso
que en nuestra casa ya ni siquiera buscamos.
Algo
mueve a Greta Thunberg a subirse a un barco y atravesar mares para defender la
causa que lleva a cabo un grupo terrorista como Hamás (está claro que si le
interesa la gente que vive en Gaza no debería apoyar al grupo que inició una
guerra contra un tanque que los está aniquilando). En Suecia no tiene problemas
del tenor de los que suceden en Medio Oriente y por eso veo lógico, también
porque es un rasgo típico de la adolescencia, que se busque un problema real y
una causa por militar, pero como sucede cuando uno termina de ver “Borgen” y
cree que la política argentina podría funcionar igual, existe un problema que
genera esa disociación entre la formación y lo que pretenden. Haber nacido en
uno de los países donde casi no existe la desigualdad, la educación y la salud
están aseguradas y son de las mejores del mundo, además de gratuitas, te pone
en una posición y en una visión de la vida completamente distinta a la de una
mujer gazatí que apenas nació le extirparon el clítoris, la única educación a
la que pudo acceder fue la religiosa y la salud y la seguridad van y vienen
dependiendo de la generosidad de propios y ajenos.
Greta Thunberg a bordo de la Flotilla de la Libertad abordada por ejército israelí en aguas internacionales y luego deportada, enviada en avión a Francia.
Pasa
algo parecido cuando la gente que gozó toda su vida de la medicina blanca juega
a ser mapuche o los chicos criados con las cuatro comidas quieren convencer al
villero que tenga orgullo de su villa, por eso después no comprenden que apenas
un villero mete un salto económico grande se va a un country de lo más rancio y
aspiracional que encuentra. Porque un gazatí, un mapuche o un villero, se
formaron así, conciben el mundo desde ahí, no desde la comodidad de ser sueca
(que significa que, de base, ya sos más rica que el 70% de la población de
otros países) o de un pibe de clase acomodada con culpa.
No
somos todos lo mismo. La mala interpretación de la globalización tiende a
aplanarnos a todos en una misma masa homogénea, a creer que yo, hombre, blanco,
occidental puedo llevar mi moral a oriente o a una villa, porque “todos somos
ciudadanos de un mismo mundo y todos queremos lo mismo”. Pero lo que no puede
comprender, quizás, Greta y los activistas propalestina de clases acomodadas,
es que quizás una mujer gazatí elige el horror de la ablación del clítoris
porque no lo ve como un horror, siente que así se purifica y expía su pecado
original. Accedemos a la cultura, no la adoptamos.
El
pecado de vivir historias que no nos pertenecen, es que podemos derivar en
luchas inexistentes. Una mirada globalizada, tomada de un mundo que no es el
nuestro, pero aplicada al espacio en que vivimos deriva en piñas al aire, es el
pedido de los padres por políticas contra los tiroteos en las escuelas en un
país donde la mayoría de las personas se muere sin ver un arma de cerca. La
mirada tomada del mundo para ser aplicada a situaciones provinciales no es
globalización sino colonización.
Contrario
al espíritu de sus militantes acérrimos, la causa que cuestiona la cantidad de
gente negra en la Argentina, que habla de racialización y limpieza étnica,
lejos de ser una movida de liberación, demuestra cuán colonizada está nuestra
formar de pensar los temas: esa causa tiene asidero si lo pensamos como un
yanqui que vive en un país racializado con sueños húmedos de limpiezas étnicas.
En la Argentina no se cuentan la cantidad de negros que se ven en la calle, de
la misma manera que no se cuentan la cantidad de chinos o bolivianos o
italianos o españoles o vascos, ese es un rollo yanqui porque a ellos realmente
les molesta, los tienen viviendo en guetos y sólo se agrupan acorde a la raza;
la racialización que nos quieren endilgar. Nuestro país tiene otra historia:
abolió la esclavitud 150 años antes que Estados Unidos, desde 1813 que dejó de
ser negocio traer negros como esclavos a la Argentina; del mismo modo que
sucedió con lo que llamamos criollos (hijos de españoles con nativos) o gauchos
(hijos de nativos con indígenas), los negros no se relacionaron sólo con
negros, el mestizaje, tan común en nuestro país, los fue llevando a marrones, a
más blancos; este país hecho de todas las razas y las nacionalidades
variopintas no fue pidiendo certificado de color o lugar de origen o instauró
un apartheid como Estados Unidos hasta los años ’60. Mirar la cultura argentina
desde Harlem, sólo puede provocar acusaciones injustas.
Entrar
al mundo, zambullirse en él, conocer, fascinarse, es un trabajo intelectual
interesante para ayudar a fortalecer el espacio propio, para mantener su
singularidad y ser un actor particular en el este mundo que pretende que todos
nos diluyamos en el mismo mar.
Publicado por Juani Martignone.

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