Sin lugar para cagones
La historia se repite, algunos
elementos también y entonces, violando todos los principios del método
científico, la sentencia ya está dictada: todo rugbier es un asesino en
potencia. Y dictamos otras sentencias como: todo rugbier es cheto. Entonces
aplicando, ahora sí, ejercicios de la lógica “si A es igual a B y B es igual a
C entonces A es igual a C”, lo que nos da como sentencia final: todos los
rugbiers, y por lo tanto, todos los chetos son potenciales asesinos.
Éste fue el mensaje multiplicado
en redes que todos los que se creen en posición de juzgar a los demás se
encargaron de inundar nuestros timelines de Twitter, feeds de Facebook y
stories de Instagram.
Las pruebas eran elocuentes. Un
grupo de 10 chicos que juegan al rugby de promedio 20 años asesinaron a golpes
y con alevosía a otro de la misma edad a la salida de un boliche en plenas
vacaciones de una ciudad balnearia plagada de turistas jóvenes por estas
fechas. A simple vista y haciendo un ejercicio mínimo de memoria nos recuerda
al caso de Ariel Malvino, el chico asesinado por otros tres jóvenes
correntinos, también rugbiers, en la ciudad brasilera de Ferrugem. Jóvenes,
chicos de clase alta, playas de moda, rugby, alcohol… Eureka! Estamos frente a
un patrón. Pero ¿estamos frente a un patrón?
En primera instancia deberíamos
arrancar por demoler los mitos preexistentes. Si pensamos al rugby como un
deporte de las elites que creen que pueden pisotear a las demás clases, incluso
al punto de asesinarlas, estamos teniendo una visión sesgada y estigmatizante
con sólo propósito de fortalecer un prototipo preexistente.
Tomando como ejemplo el trabajo
de El
Campito y el V31 club que mediante el rugby se
encargó de darle dignidad y un abanico de mundos a chicos destinados a vivir en
las márgenes por haber nacido en la entonces villa 31, el mito queda sin
efecto. El rugby, como todo deporte que se practica en equipo, le da quienes lo
practican contención, sentido de pertenencia, los regula, una responsabilidad,
constancia, objetivos y horizontes, y funciona mucho mejor justamente en aquellas
personas que no encuentran estos elementos en otro lado porque la sociedad y
Estado se los niega. Además podemos agregarle el aderezo que como en nuestro
país el rugby es un deporte amateur no tiene como marketing aspiracional vivir
en Italia, con autos importados, aros de brillantes y las mejores minas de mundo
como sí lo hacen otros deportes. Quienes se acercan a este deporte y persisten
en él lo hacen por otros valores que no son justamente los materiales. Sin ir a
lo académico, basta con sólo ver la película Invictus para entender
como fue el rugby el que unió a un país como Sudáfrica divido por la
segregación racial que significó la terrible política de apartheid.
Decir que es el rugby el
semillero de asesinos es no conocer los efectos que provocan los deportes en
las personas. Decir que el rugby es un deporte que sólo juega la clase alta es
solamente tener los ojos posados en lo que sucede en San Isidro y no ver más
allá.
Sería más fácil echarle la culpa
a una clase social o a un deporte de los generadores de la violencia masculina y
dar por cerrado un caso del cual ya teníamos una sentencia previa y sólo
estábamos esperando el momento. Pero lamentablemente el problema es más grande
y más complejo.
Cuando empecé a leer en el
timeline de Twitter, una vez estallado el caso, que el problema era que el
rugby y que el macrismo te enseñaban a ser violento, compartí en un tweet parte
de mi historia. Esa historia difícil de ser un adolescente gay en un pueblo
donde no había clubes de rugby y donde Macri recién se postulaba para dirigir
un club de fútbol pero donde sí existía un rasgo profundamente homofóbico que
planteaba como divertido “pegarle a los putos”. Nunca entré a un baño público
si no era acompañado porque un año nuevo incluso estando acompañado por amigo,
el novio de una amiga se violentó conmigo y todo terminó en mi amigo peleando
para defenderme, sangre y todos expulsados. Dejé de irme solo del boliche
porque una noche un grupo de varones me agarró en una esquina, me arrinconaron
y uno preguntó “¿Sos puto?” y ante mi negativa me pegó un trompadón que a lo
único que atiné fue a salir corriendo, a lo lejos escuché “No me gustan los
putos, pero menos me gustan los mentirosos”.
¿Cómo explicamos a estos
violentos si en la ecuación no encontramos ni rugby ni niños ricos? Muchas
veces me pregunté qué los llevaba a esos varones a querer pegarme o a gritarme
cosas humillantes en la calle y delante todos. Hasta que con el tiempo entendí
que pegarle a un puto, pegarle a alguien más débil era un trofeo, un trofeo de
masculinidad. Pegarle a un puto te exime de la condición de puto, te hace macho.
Y pegarle a un débil te convierte en el macho más de los macho. Todo un símbolo
de masculinidad delante de la manada, pero un mero símbolo porque siempre
fantaseé con hacer pública la realidad de esos que se mostraban como machos humillándote
pero a la noche en alguna calle oscura te buscaban para que les tires la goma
porque “los putos lo hacíamos mejor que las minas”.
La violencia es una demostración
de masculinidad ante una sociedad que te enseña que el varón es violento y que
la delicadeza y belleza son rasgos solamente femeninos. Por eso vemos a varones
matándose a palos para demostrar su hombría a mujeres matándose de hambre para
demostrar su belleza. Menuda carga nos pone en la espalda la sociedad. Ésta es
la sociedad patriarcal que denunciamos y que muchos creen que es un discurso
vacío. Cuando hablamos de patriarcado, hablamos de un sistema que nos pone a
los varones en un rol específico y a las mujeres en otro, no entrar en estos
cánones pone en duda nuestro género, nuestra sexualidad y nos deja en las
márgenes.
A los varones nos criaron para
“no ser cagones”; no defenderse incluso de los actos más irracionales es de
cagón, llorar en público es de cagón, no enfrentar una situación es de cagón no
devolver una piña es de cagón, ¿y saben qué? Los varones también somos cagones
y eso no nos hace menos varones. Permitirnos ser cagones nos libraría de la
carga de tener ser violentos ante todo el mundo para demostrar que somos dignos
de llevar un pito entre las piernas.
Pero este patriarcado está tan
metido en nuestros genes que aun cuando se hace evidente no podemos verlo,
vemos deportes y clases sociales. Hasta llegamos a despotricar en contra de los
males del patriarcado con argumentos bien patriarcales como los que tiene bien
arraigados la periodista Ángela Lerena en un tweet desafortunadísimo. Ángela
permitinos ser cagones, ser cobardes, de la misma manera que exigís que te
permitamos cubrir fútbol como cualquier varón.
Si algo nos enseñó “Las
estructuras elementales de la violencia” de Rita Segato es que la base sobre la
cual nos movemos es una base patriarcal, machista, sexista, misógina y que
promueve la violencia como método de subsistencia, redención y popularidad, por
eso sirvió marco teórico para crear el hit “El violador eres tú”. Un
deporte de contacto físico, de llamados “códigos de caballeros” y súper
masculinizado como el rugby funciona como un lupa de estas estructuras de raíz.
Quizás el rugby es el medio más sencillo para exacerbar eso que ya somos: una
sociedad patriarcal que se mueve a través de la violencia.
Cuando leo lo referido al crimen
de Fernando Baez Sosa en Villa Gesell perpetrado por diez jóvenes rugbiers, veo
al patriarcado en su máxima expresión. Veo a una sociedad sin lugar para
cagones que se tienen que hacer un lugar a los golpes cueste lo que cueste y
caiga quien caiga.
Publicado por Juani Martignone
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