Estado presente
Vivimos tiempos de pandemia,
tiempos en los que el mundo no es el lugar que solíamos conocer; y por
consiguiente, el miedo, la incertidumbre, la paranoia y el hastío en la
sociedad deben contenerse de la mejor manera para que todo esto no sea peor de
lo que ya es, o mejor dicho, para que no sea realmente terrible; lo que vivimos
hoy, no es nada comparado a lo que podría ser. Son tiempos en los que se
necesita épica.
Se dice que cuando un Estado se
debilita no hay nada mejor que una guerra, revitaliza a la sociedad, la épica le
da el apoyo necesario al gobierno y el objetivo de ganar una batalla en común
nos une sin importar si mientras tanto estamos comiendo tierra y tomando agua
de la zanja. Si solamente dijera la palabra Galtieri, quien más o menos sabe
algo de la historia reciente argentina lo entendería. Acá no se buscó una
guerra, ni siquiera se comparó con una guerra como lo hizo la premier alemana
para imprimirle esa épica necesaria, la crisis llegó sola en aviones desde
Europa. Como si fuera una paradoja del destino en China la palabra crisis se
entiende como oportunidad.
Vivimos en momentos donde
gobierna el peronismo, conocidos por su facilidad para el relato épico, pero a
diferencia de las comparaciones de Merkel o los discursos de Churchill en la
Segunda Guerra, hicieron lo que mejor saben hacer: tiraron una máxima al aire
que se parece más un lema de campaña que un llamado a la unión de todos los
argentinos para afrontar estos momentos durísimos. En cada comunicación, en
cada spot, en cada uno de los trolleos y en cada post de los que se
autoencolumnan en ejércitos de defensa acérrima al cualquier cosa que sea
peronista, se repite la frase Estado presente. Como siempre, sin
explicación alguna, debemos creer que eso sucede como una cuestión de fe.
En un país donde la población
general (y más aún en los políticos) no conoce la diferencia entre Sociedad,
Estado y Gobierno, lanzar una máxima de ese tipo es al menos capcioso. Los
últimos 30 años fueron gobernados por presidentes que creyeron que por el mero
hecho de haber sido electos por el voto popular los transformaba en amos y
señores del Estado en su totalidad, recordemos sino aquella inefable frase que
pronunciara el entonces jefe gabinete cuando le plantearon un disenso: “al que
no le gusta, que arme un partido y gane las elecciones”. Esta prueba clarísima
demuestra que el argentino promedio asocia Estado con presidente o con gobierno
de turno. Por lo tanto si el Estado está presente quien está cuidándonos hoy es
el mismísimo Alberto. Disfrutemos de su cuidado paternal, agradezcamos,
enamorémonos de él y sobre todo tengámoslo bien en cuenta a la hora de votar.
Resulta ser que el Estado no es
el presidente, el Estado no somos todos, el Estado no es la mayoría, el Estado
no es un padre que nos protege, el Estado no es un policía que nos controla, el
Estado no es una mano caritativa que se compadece de nosotros. El Estado es un
sistema para el cual trabaja el presidente, pero también trabaja la oposición,
trabajan los maestros, trabajan los policías, trabajan los médicos y todo el
personal de sanidad de la salud pública, entre otros.
Cuando decimos que el Estado está
presente no nos referimos solamente a la decisión acertada y oportuna del
presidente de tomar cartas en el asunto ante un virus que estaba infectando el
mundo entero, sino que también nos referimos a ese personal de sanidad que
trabaja históricamente casi sin recursos, sin insumos, expuestos más que nadie
a la enfermedad y además al que todo ese sistema llamado Estado (que muchos de los
que gozan de carísimas prepagas se emocionan al decir que está presente) los
precariza pagándoles salarios que no se condicen con la labor que hacen. Para
ellos, para la enfermera, para el que limpia los pasillos de los hospitales, el
Estado no está presente como para nosotros, aun en tiempos de pandemia; cinco
mil pesos por presentismo en un país que no se puede recuperar de los cincuenta
puntos de inflación del año pasado, es hasta irónico.
¿Qué clase de Estado está presente
si fomenta el linchamiento y la separación de la sociedad? Que la figura máxima
del Estado diga en la TV pública que alguien es un idiota o que él mismo los
cagaría a trompadas (palabras textuales utilizadas) no hace a un presidente más
cercano sino que genera que cualquier hijo de vecino se crea con la
superioridad moral de insultar a cualquiera que uno crea que no está cumpliendo
con la cuarentena como uno cree que se debe, entonces le gritan cualquier cosa
a un viejo de 70 años que está en la calle o a la que está en frente de la cola
del supermercado porque utilizó su salida para comprar apenas un paquete de
papas fritas. A todos esos que se transformaron en el órgano de control
paraestatal que vela para que se cumpla la cuarentena a rajatablas, les tengo
una noticia que el líder en el que sienten contenidos ni siquiera mencionó:
todas las personas no tienen las mismas condiciones que las nuestras. Todos los
viejos no tienen un nieto sororo que le haga las compras, no todos gozan de un
salario aun en inactividad, o tienen una biblioteca florida, o Netflix, o aire
acondicionado, o el profe de yoga online, o una alacena vasta para paliar estos
días de encierro. Poder comprender que no todos pueden pasar esta situación de
la misma manera es tener empatía; en estos momentos también debemos practicarla.
Ahora si el Estado en vez de
fomentarnos la empatía nos fomenta el insulto al que no cumple de “manera
patriótica” aquello que el patriarca ordena, no solo no está presente de forma
positiva sino que convierte a cualquier hijo de vecino en policía de balcón, o
más bien, en un represor, un buchón, un persecuta. Lo peor es que si esto
ocurre con el ciudadano común, da pie a que cualquier empleado del sistema
estatal pueda actuar de la misma manera con el infractor; el Estado es el único
autorizado en utilizar la fuerza y entonces pasamos a ser testigos del uso abusivo
de la misma. Ya vimos como arrestan un chico que salió a comprar una
prestobarba cual asesino, a otros que lo detuvieron a balazos de goma y a otros
que encerraron en jaulas tipo gallineros en los patios de las comisarias por
falta de espacio. El Estado nos muestra su presencia persiguiendo de cualquier
forma y de cualquier manera, violando incluso las garantías que el mismo Estado
debe proteger.
Este Estado está presente si no
sos de los “vivos” que después del 11 de marzo cuando la OMS (Organización Mundial
de la Salud) declaró la pandemia elegiste irte igual de vacaciones cagándote en
el contexto global y local, por lo tanto, vivimos en un Estado que su manera de
estar presente es controlando y castigando a granel a quien no hace caso; a los
insurrectos, mierda.
Eso sí, hay vivos y vivos. Están
los vivos como la vicepresidenta que viajó al exterior cinco días después de
declarada la pandemia, el 16 de marzo, pero con ella debemos practicar la
empatía; empatía por una millonaria que tiene la posibilidad de curar a su hija
en el lugar del mundo que más confianza le da la medicina. También están los
vivos como Marcelo Tinelli que subió a toda su familia a un vuelo privado el 18
de marzo, una semana después de declarada la pandemia y a minutos de que se
declare la cuarentena obligatoria. Pero claro estos vivos no cuentan, vivo es
el surfer que se fue a Ostende en auto, personas como él son parte del discurso
oficial acompañados de epítetos como “estúpido”. Porque sabemos que el hilo
siempre se corta por lo más fino y no caen grandes cabezas, caen ciudadanos
comunes incluso en los gobiernos que se dicen populares.
Pero este gobierno va un poco más
allá, lo escala para imprimirle más épica aún: la épica de la lucha de clases.
Al vivo que se puede subir cuando se le antoje a su jet privado a pasar confinamientos
a cualquiera de la mansiones que tiene diseminadas por el país, si es amigo lo
pasamos por alto; ahora al vivo que trabajó todo el año y se quiso ir de
vacaciones igual porque le salieron caras, o porque estaba ilusionado, o porque
no sabe cuándo podrá volver a irse, aun cagando se en todo y en todos, a ese
vivo se lo llama “privilegiado”. Y más aún, este privilegiado de clase media
que viaja en medio de una pandemia además de estar incluido en los insultos
presidenciales por encima de los invisibles que se van a Esquel o los que se
curan en el exterior, son también los “culpables” de traer la “peste” al país.
Como sucedió en los 80/90 cuando se acusaba a los homosexuales de traer la “peste
rosa”. Sí el Estado está presente, pero para escupirte en la cara.
No quiero un Estado vengativo que
abandone a sus ciudadanos en aeropuertos de países que no los quieren acoger
por ya tienen suficientes con los suyos, expuestos como nadie a un virus que se
multiplica exponencialmente sobre todo en esos conglomerados. Lo que no sé si
quiero es un Estado que se gaste los pocos pesitos que tiene en buscar a todos
y a cada uno, quiero es que le Estado se haga presente dándoles una explicación
clara que les de la tranquilidad suficiente para paliar esta situación, porque
como Estado también se debe proteger a aquellos que cometen actos
irresponsables, es lo que nos diferencia de aquellos que dictan penas de muere
a los delincuentes.
Si crisis es oportunidad, lo que
no quiero es un Estado oportunista que con tal de desplegar su épica para
lograr que suba la popularidad utilice las herramientas todopoderosas que tiene
para lograr ventajas simbólicas y comerciales. Decir “repatriar” cuando el
gobierno prohibió a las aerolíneas a realizar los viajes de vuelta programados
para que la aerolínea de bandera pueda cobrarles otro pasaje a los viajeros
cinco veces más que su valor, es un acto de competencia desleal que es el sueño
húmedo del más vil de los CEOs. Usar la herramienta que el Estado te da para
bloquear toda la competencia y así quedarte con el mercado completo y luego
teñirlo dándole una pátina de “acto patriótico” mientras aprovechas el vuelo
para aclararle a todos esos pasajeros que están volviendo gracias a Perón y a
Cristina supera al Gran hermano de la novela de Orwell.
Mientras el gobierno quiere
quedarse con todo el crédito del aparato del Estado y se enfoca en promover un
Estado paternalista, perseguidor, castigador, vengativo y especulador, los
vivos de siempre te suben los precios de lo único que podes comprar: alimentos
y medicamentos. Cumplir las reglas no es hacerte el vivo pero tampoco es acatar
a como dé lugar con el pretexto de la crisis.
Siempre me asombró ver a toda esa
gente aplaudir sin cuestionamientos a Galtieri creyéndose parte de una guerra a
ganar. Hoy no estamos en esa situación, pero que las guerras a ganar no nublen
nuestra capacidad de ver lo que realmente sucede.
Publicado por Juani Martignone
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