Hoy cumpliría 70


Últimamente escribo mucho. Escribo más de lo que estaba acostumbrado, menos de lo que me gustaría. Aun así nunca escribí sobre él. Nunca escribí sobre mi papá. No escribí en los aniversarios de su muerte o de su natalicio como sí lo hicieron mis hermanos en sus redes sociales, y no sé por qué. Quizás porque sentí que estaba todo dicho y no tenía nada por agregar. Quizás por evitarle al resto un decálogo de textos de sufrientes de un mismo hecho. Quizás porque quería evitar su recuerdo. Quizás porque todavía dolía.
Todavía duele ¿Todavía? Me preguntan. Si, todavía. A pesar de que vean que mi vida ha continuado y que por momentos es feliz el dolor está, ahí, siempre latente, esperando algún momento para hacerse notar más fuerte. Como el dolor que me dejó ese herpes que hoy hace que la mitad de mi cara esté resentida y que por momentos sin pedir permiso e inoportunamente se vuelve un dolor fuerte que va desde el pómulo izquierdo hasta la coronilla. Después de más de seis años ese dolor está.
¿Qué hay que hacer para vivir, e incluso por momentos ser feliz, cuando un dolor nos aqueja constantemente? Convivir con él. Los dolores del alma y los dolores físicos suelen parecerse. La ausencia a veces duele en el cuerpo y el dolor en el cuerpo a veces desgasta el alma. Debemos entender que nunca se van a ir. Podemos pelearlos todo lo que queramos con ellos pero siempre van a estar ahí recordándonos una muerte o un herpes. Por más que batallemos no podemos eliminar de nuestras vidas algo se hizo parte de ella, como un tatuaje, como una mancha de nacimiento.
No nos queda otra, tenemos hacerlos parte de nuestra vida porque de hecho ya lo son. Cargarlos como podamos en el día a día. La presión diaria, los problemas estacionales, los permanentes y la rutina suelen diluirlos. Para todo lo demás, simular. En esta era donde todos jugamos al juego de la autenticidad, lo mejor que aprendimos es a simular. Simular, a veces, es un acto que nos asegura la paz momentánea. Yo, por ejemplo, simulo que no escucho los comentarios homofóbicos que se dicen por la calle o se hacen en las redes para evitar el conflicto. Pero a veces no queremos simular, a veces queremos vivir ese conflicto, vivir ese dolor con la angustia que se merece. Las personas sufrimos sin importar raza, edad, género o condición social. Permitirnos sufrir es liberador.
Quizás antes nunca escribí porque el día a día me pasaba como una topadora. Quizás no escribí antes porque estaba simulando naturalidad ante un dolor que calaba fuerte y no quería que se me viera en carne viva. Hoy escribí sobre mi papá porque quizás es el momento en el que deseo vivir ese dolor que me acompaña hace más de dos años porque hoy sé vivir con él. Quizás hoy decidí escribir sobre mi papá porque justamente hoy cumpliría 70 años.
No recuerdo festejos grandilocuentes por su cumpleaños, tampoco estoy seguro si le gustaba cumplir años o esa aversión por festejar los natalicios que tengo la heredé de él. Sí recuerdo algunos últimos. Recuerdo más los regalos que los festejos. Recuerdo ese 2010 que en el trabajo tenía una reunión en el centro y salí antes para meterme en una galería de la calle Florida para comprar ese reloj de malla metálica que llevó hasta el día de su muerte. Cumplía 60 y los números redondos tienen en mí esa potencia que le imprime importancia, por eso consideré que era momento de un muy buen regalo. Gasté más plata de la que le conté a mi mamá, me endeudé bastante, pero ahí también simulé. Simulé normalidad porque lo que más quería era poder darle un lindo regalo.
Recuerdo un año, que no sé cuál fue, que hice una “investigación de mercado” y di con una juguetería a unas cuadras de Callao, de esas viejas de barrios, que era atenida por dos señores ancianos que eran pareja. Esa sola situación le dio un respiro a mi corazón que esos tiempos venía convulsionado. Les compré el rompecabezas de más piezas que tenían, mil quinientas, y me lo envolvieron y me llevé una tarjeta del local. Lo cierto es que nunca volví, pero el rompecabezas fue el regalo ideal para un hombre de más de 60 años que disfrutaba de los juegos que requerían el uso de la inteligencia y de ingenio. Durante casi un año la mesa del comedor de mi casa familiar estuvo cooptada por las mil quinientas piezas, la lupa y los contornos armados. Nunca lo terminó. Le faltaban dos o tres piezas centrales que no encajaban por ningún lado “estaba fallado tu regalo” me decía a modo de broma. Al menos se divirtió.
Para su último cumpleaños yo no estaba en el país, hicimos una videollamada, a mí la culpa me carcomía en algún punto porque su enfermedad ya estaba bastante avanzada pero casi una año atrás cuando diagramé el viaje no lo había podido prever. También le regalé algo para armar, una maqueta metálica del Empire State que su construcción fue más producto de mi hermano que de él. Recuerdo que apenas llegué de viaje con mi hermana nos fuimos todos a una pizzería de barrio muy chiquita en la calle Riobamba a unas cuadras de mi casa en la que todavía compro cada tanto y cada vez que entro veo como cambiaron la disposición del local y esa mesa en la que nos sentamos los ocho, ya no está.
Tengo recuerdos. Los recuerdos son a la ausencia lo que el ibuprofeno es al dolor del pómulo a la coronilla. Los recuerdos me hacen comprender que hoy ya no importa que no esté o que no haya llegado a cumplir 70 años, me hacen entender que esos 67 que vivió estuvieron llenos de cosas y de un legado que va más allá de los cinco hijos que dejó que portamos su apellido.
Cada vez que se habla del campo, recuerdo cuando íbamos juntos, recuerdo los fardos de paja, los facones en fundas de alpaca, la manga de las vacas, los asados a las 8 de la mañana, los almanaques de Molinas Campos, su pedido de que le diseñe un buen logotipo para marcar el ganado. Cada vez que se habla de las provincias, recuerdo nuestros largos viajes a Corrientes o el día que paramos en la  ruta a hacer pis la frontera de Buenos Aires y La Pampa y parados en Buenos Aires nuestro pis caía en La Pampa, esa era la anécdota que siempre él contaba y repetía hasta el hartazgo como hoy yo hago con cada simple anécdota que vivo. Cada vez que hablo de empanadas y de mayonesa, recuerdo sus malísimos chistes de “empatodas” o “Marzonesa, si estamos en Marzo” y que hoy mi novio se encarga de revivir constantemente porque los considera buenos chistes.
Por supuesto que también recuerdo las peleas, las cosas malas, su enojo por mi tatuaje a los 16 años, su silencio con mi hermana por haberse rapado, sus ponerme la cabeza debajo del agua fría para que se me pase el enojo. Pero me quedo con que a pesar de tener las diferencias irreconciliables que tuvimos, en el momento en el que tuve que comunicar las noticias más difíciles de comunicar me decía las palabras justas para que comprendiera que iba a estar a mi lado incondicionalmente. Y estuvo. Sin siquiera cuestionarme por qué.



Recuerdo también un almuerzo que tuvimos en un restorán en Córdoba y Scalabrini Ortiz donde me dijo que se estaba muriendo. Yo ya lo sabía pero una vez más simulaba. Recuerdo todas sus preocupaciones: tener la casa llena de nietos, vivir muchos años más, poder dejarnos algo. Se fue con tres nietos y hoy ya son cuatro, y aunque seguramente no sea yo quien se los dé, estoy seguro que tendrá más. No pudimos hacer que hoy festeje sus 70 años pero si nos dejó algo, nos dejó todos estos recuerdos que vuelven a diario para combatir el dolor de su ausencia.   

Publicado por Juani Martignone
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