Moralistas de paredes limpias
Las paredes hablan. El escritor
uruguayo Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos” publicó un compendio de
frases que fue recopilando de paredes pintadas en toda Latinoamérica. A esos
capítulos los tituló: “Dicen las paredes”. Tratando de demostrar que detrás de
ese pequeño acto de vandalismo había alguien que por alguna razón necesitaba
mantenerse en el anonimato pero no quería perderse la oportunidad de decirle al
mundo eso que tenía atragantado. Tengo ese libro en papel y lo tengo lleno de
post-it´s con todos esos microrrelatos que me tocaron alguna fibra y me
abrazaron. Comparto algunos Dicen las paredes que más me
gustaron:
En Caracas, en tiempos de crisis,
a la entrada de los barrios más pobres:
“Bienvenida, clase media”
En pleno centro de Medellín:
“La letra con sangre entra”
En Bogotá, a la vuelta de
Universidad Nacional:
“Dios vive”
Y debajo, con otra letra:
“De puro milagro”
En Buenos Aires, en el puente de
La Boca:
“Todos prometen y nadie cumple.
Vote por nadie”
A la salida de Santiago a Cuba:
“Cómo gasto paredes recordándote”
Alguna vez tuve la fantasía de
recolectar yo también esas frases que veía pintadas en las paredes. Apenas me
mudé a Buenos Aires, a la vuelta del departamento en el que vivía, alguien en
pleno 2002 había escrito en negro y con furia “Vivimos la resaca de una orgía
en la que no participamos”. Me pareció genial. Podía entender que era
alguien como yo que con 19 años y recién salido de la escuela secundaria
llegaba a buscar mi futuro a una ciudad enorme que había sido devastada, del
mismo modo que había sido devastado todo el país. Esa pared decía eso que yo
también sentía. Me identifiqué con ese anónimo. Agradecí esa pared pintada. La
recopilación nunca la hice y después el grupo Acción poética se encargó
de que esas frases como la de la vuelta de mi casa o las del libro de Galeano
sean una imagen habitual de la escenografía metropolitana.
Las paredes hablan, las paredes
dicen. Para el Juani de 19 esa pared dijo mucho e imagino que para todos esos
latinoamericanos que leyeron lo mismo que atesoró Galeano, también. Lo cierto
es que para muchos las paredes limpias no sólo hablan más sino que mejor que
aquellas pintadas. Mantener las paredes limpias es un acto que delimita su moral,
es el límite que cuando se cruza traza una grieta inabordable y se lleva todo
el odio desaforado y es motivo suficiente para anular todo un movimiento.
El lunes pasado en Argentina y en
todo el mundo se dio el paro internacional de mujeres que lleva a cabo todos 8
de marzo en conmemoración del día de la mujer, sólo que esta vez un día después
para surta efecto el motivo del paro. Para todos aquellos que no ven cómo el
sistema en el que vivimos pone a mujeres y a las minorías en inferioridad de
condiciones y derechos y las mata de las maneras más crueles como si fueran un
pedazo de carne, no hay manifestación, no hay encuentros nacionales, no hay
debates, no hay performances, no hay canciones, no hay libros, no hay teorías,
no hay ciencia, no hay referentes y no hay una visión historiográfica que se
los muestre. Por eso llegar un día a la escuela y que no esté la maestra,
llegar al hospital y que no esté la enfermera, que la señora que limpia en tu
casa no vaya, que la niñera no te vaya a cuidar a tu hijo, que la telefonista
nunca atienda, que la empleada no te vaya a atender tu local de ropa, demuestra
y pone en evidencia eso que muchos no quieren ver: el lugar que el sistema
patriarcal le da a la mujer y que todos como sociedad consideramos trabajos
menores. Como la última novela de Stephen King que escribió en coautoría con su
hijo Owen, “Las bellas durmientes”, donde una pandemia ataca sólo a las mujeres
y las duerme para siempre, recién la sociedad se da cuenta que el sistema
patriarcal que las redujo a la servidumbre no funciona sin ellas. “Ahora
que sí nos ven” cantan las chicas en las marchas.
Como si fuera la crónica de un
final anunciado, los moralistas de paredes limpias no vieron nada de esto.
Vieron esas cosas que muestran los canales de noticias y plataformas digitales sensacionalistas
que no hacen foco en la noticia en sí, en el mensaje en sí, sino en aquello que
vende, aquello que pueda generar algún tipo de reacción, fomentar el escándalo
para que aquello que se quiera decir quede en un segundo plano. Vieron lo que
querían ver: a esa mujer que rompió o vandalizó algún bien público, pintó
alguna pared, quemó algún tacho de basura, pisó las flores de una plaza, pegó
un folleto en alguna columna de mármol, colgó un pañuelo en alguna estatua. En
fin, todo aquello que no hace al propósito de la marcha y que quien estuvo
presente alguna vez en alguna sabe muy bien que son grupos muy minoritarios y difíciles
de controlar en semejantes masas. En 10.000 personas, 3 rompen el banco de una
plaza, ahí fueron los ojos de la cámara, a ver a esas 3 y no a las 9.997, a ver
esas 3 y no al motivo que convocó a esas 10.000.
A esta gente ver una pared
pintada que detrás carga con un trasfondo pesado no les produce lo que a
Eduardo Galeano o al Juani de 19 años, los escandaliza. Y los escandaliza a
niveles siderales como si fueron los verdaderos protectores de los bienes
públicos, sin embargo todos ellos no protegieron a la maravillosa obra
arquitectónica que nos dejó el argentino Clorindo Testa cuando construyeron un
adefesio que tapa el propósito original del difunto arquitecto: la visual
limpia de la barranca y la Biblioteca Nacional volando sobre avenida Las Heras.
Ahí no importó el “bien público” como no importa cuando transforman viejas e
históricas obras arquitectónicas en torres con amenities, o cuando infringen
las normas de urbanización. O cuando cuelgan carteles enormes y ropa a secar al
sol que contaminan visualmente, o cuando no levantan la caca de su pero, o cuando
no mantienen en condiciones la vereda, o cuando sacan la basura cuando más les
conviene y no dentro de los horarios establecidos. Algunos bienes públicos
importan, otros no.
Levantan la voz al grito de “¿Quién
va a limpiar estos destrozos?” “¿Para limpiar lo que las feminazis hacen pago
mis impuestos?” “No permiten ir a trabajar” Lo cierto es que el mayor caudal de
quejas vienen de gente que no vive en la ciudad, por lo tanto no le impide ir a
trabajar; sus impuestos no van a pagar nada porque todo lo que gastamos lo
solventamos los mismos ciudadanos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a los
que cada vez nos dan menos de la torta general del país de la cual somos el
mayor contribuyente; y si la inquietud es quien limpiará los destrozos, les
comento que son los mismos que limpian cada vez que viene a ver un recital
desde Tini Stoessel o de AC/AD haciendo imposible el tránsito y dejando casi la
misma mugre, o cuando vienen a destrozar todo alrededor del obelisco cuando
gana la selección de futbol o el partido político que votaron, o como cada fin
de semana cuando Palermo explota de gente y al otro día hay que limpiar los
restos de las ferias, los vómitos y meos de los borrachos, los pochoclos que sobraron
de los cines.
El último sábado de febrero en
Catamarca Brenda Gordillo discutió con su novio, él quería tener un bebé y ella
no “¿Para qué sirve una mujer si no quiere ser madre? Pues para nada” piensa un
digno hijo de patriarcado. “Y si una mujer no sirve para lo que fue creada, mejor deshacerse de ella” piensa
un femicida, que es un evolucionado
hijo del patriarcado. Así pensó el novio de Brenda y la mató. Cargó con el
cadáver hasta la parrilla del fondo y la prendió fuego para que no quede ni
rastro del rastro. Cuando el cuerpo se empezó a desmembrar, la descuartizó, la
metió en una bolsa y la fue a tirar a la ruta. La policía lo paró pero siguió
de largo porque “¿qué puede tener de malo un varón hijo de reconocidos médicos?”
Naim Vera, el femicida de Brenda, continuó su camino como si se hubiese
deshecho de una bolsa de basura. Llegó a su casa y buscó la complicidad entre
machos que otorga el patriarcado y llamó a su amigo abogado. El padre le falló
y lo entregó. Naim contó su versión de los hechos, la única versión que hoy podemos
escuchar porque Brenda es un cuerpo descuartizado, desmembrado y calcinado. Contó
que la discusión surgió porque ella estaba embarazada de otro y a un macho no
se lo engaña nunca, en esta sociedad patriarcal si la mujer se embarazó de otro
la culpa es de ella por ser tan puta, nunca es de él por no ser suficiente para
ella. Brenda se habría caído por la escalera, lo meterla en la parrilla y demás
detalles responden a que cualquiera
se asusta y se deshace de un cuerpo ¿no? Total ¿qué vale una mujer que pueda
caber en una bolsa de residuos? Ahora fue la ciencia la que le falló y lo
entregó: Brenda no cayó y no estaba embarazada. La asfixió, la mató por ser
mujer. Por no ser su mujer. Por
decidir no ser la madre de su hijo.
Por no pertenecerle. Por no ser todo lo que una sociedad patriarcal espera de
una mujer. Brenda no murió por un asalto, o un accidente laboral, o porque fue
a la guerra, o por una riña a la salida de un boliche, murió porque nació mujer
y las mujeres, para esta sociedad patriarcal, valen menos que la bolsa que carga
sus extremidades calcinadas. Brenda murió un día después que Fabián Tablado podía
recuperar su libertad, porque a pesar de haberle dado 113 puñaladas a una novia
todas con distintos cuchillos y haberla perseguido por toda la casa, para la
justicia lo importante es que la puñalada mortal fue una sola. Brenda murió la
semana en la que se pidió el juicio oral para Waldo Riquelme, el varón que mató
a su pareja mujer tras un engaño y se la dio de comer a los perros en 2019.
Brenda murió la semana que se dio a conocer que ya no muere una mujer cada 32
horas víctima de la violencia machista, sino que muere una cada 23 horas. Una
por día.
La historia de Brenda Gordillo no
escandaliza a los moralistas de paredes limpias, los escandaliza que una piba
indignada y con las tripas revueltas por lo que le pasó a la catamarqueña
escriba con aerosol en las paredes de Cabildo histórico “Justicia por Brenda”
Entre esa gente y yo está la
verdadera grieta, lo demás son banderitas de colores.
Publicado por Juani Martignone
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propiedad de quien firma.



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