Estamos en casa y con las puertas abiertas


El confinamiento y la incertidumbre nos tiene aburridos y en muchos casos angustiados también. Aquellos quienes todavía tenemos las alacenas llenas, a quienes aún no se les hizo reducción salarial, a los que no vivían de lo que generaban en el mes, los que no tienen la capacidad de ver que esta baja en el laburo a la larga o la corta afectará los ingresos de la empresa en la que trabaja y por ende sus ingresos, los que no viven lejos de sus hijos y no temen ser criminalizados si quisieran ir a verlos, o simplemente los que están aburridos buscan distintas maneras de divertirse estando en sus casas. Cómo divertirse dentro de cuatro paredes, esa es la clave.
Para los baby boomers y los X (los aproximadamente nacidos entre 1945 y 1965 y los nacidos entre 1965 y 1979 respectivamente) la casa es el templo, la que muestra realmente quien uno es, el lugar donde la vida personal se desarrolla, donde se sienten cómodos y seguros; invertir en la casa de uno era una plata bien gastada, las revistas de decoración estallaban y hasta las mesas de arrime se vestían de gala. La casa además de verse bonita para uno debía estar bonita para todo aquel que cruce sus umbrales; separar al máximo la cocina y sus olores del lugar donde se recibe a la gente era la premisa para mostrar que uno vivía como un rey y que como tal, sus invitados no debían enterarse lo que sucedía en las llamadas “dependencias de servicio”.
Las concesiones indican que aquellos que nacimos entre los primeros años de la década del 80 y hasta mediados de la década de los noventa, somos la generación Y o comúnmente llamados milenials por haber atravesado el cambio de milenio mientras éramos púberes o adolescentes. Por lo general somos los hijos de esos baby boomers y como todo hijo que intenta negar al padre, modificamos el paradigma. La casa de uno dejó de ser el templo seguro e inviolable que se muestra al mundo como la aspiración de la perfección, por el contrario, pasó a ser un lugar más auténtico de lo que uno es: unimos la cocina a un único ambiente general y si recibimos a alguien lo hacemos participes del acto de cocinar como parte de la velada, comemos en sillones frente a la TV, en almohadones en el piso o en barras; básicamente despojamos todo ornamento y compartimento para hacer algo que nos funcione en el día a día y si en algún momento sucede ese evento fortuito llamado “visita” la reacomodamos para el momento o la llevamos para el gran invento milenial: el SUM (salón de usos múltiples).
La diferencia entre las generaciones reside en que antes la vida sucedía en la casa, por eso el sueño de la casa propia, la casa grande, la aspiración de la pileta y el quincho, el espacio para “cuando venga gente”; hoy para las generaciones que vivimos en nuestra juventud (entendiendo que también la plenitud de la juventud se extendió en edad) la vida transcurre fuera de las casas: los contactos humanos los preferimos hacer en algún rincón que nos ofrece la ciudad y después cada uno vuelve solo a su propia casa. Esto explica por qué las grandes ciudades se han vuelto en el mundo un lugar más atractivo para vivir, porque en ellas sucede la gastronomía, la noche, la variedad, la cultura. Nuestra vida consiste en trabajar muchas horas seguidas, a la salida hacer una actividad con otros (gimnasio, cine, recital, bar, etc) y luego volver a nuestra casa sólo para dormir. También esta vida explica por qué la gente prefiere vivir amuchada en un 2x2 en un lugar donde todo sucede, al viejo sueño de la casa grande con jardín pero alejada de la muchedumbre.
El confinamiento obligatorio nos vino a poner en jaque a todos los que no prestábamos atención a nuestra casa porque la vida estaba afuera, hoy la única respuesta que nos es permitida está dentro del lugar que usábamos para dormir y bañarnos, es por eso que la opciones de diversión se nos comienzan a agotar: qué hacer nosotros solos en la intimidad de nuestras viviendas para que el tiempo pase sin que parezca una carga tan pesada. Y fue entonces que llegó la tecnología para alimentarnos esa pulsión por la vida afuera y comunitaria: nos dio los encuentros virtuales.
En estos días de encierro todo se volvió virtual, la escuela, el gimnasio, la clase de yoga, los encuentros con amigos, los cumpleaños y hasta los boliches con DJ incluido. Todos parecemos disfrutar de alguna forma esta simulación de realidad en la que nos sentimos parte de un grupo que está haciendo algo. Lo que nadie nos contó fueron los riesgos que esto implica: abrirse de forma virtual a un evento colectivo me hace partícipe del mismo pero a la vez me obliga a abrir las puertas de mi intimidad, abrir esas puertas de mi casa que tenía cerradas porque la vida sucedía en otro lado.
Podríamos hablar de lo anecdótico cuasi gracioso que son esas reuniones virtuales en la que todos elegimos nuestra pared de la casa que mejor se ve o la que muestra más libros para parecer más cultos, o cuando el otro habitante de la casa que pasó de fondo en pijamas, o al que cree que tiene el micrófono apagado y justo habló mal de otro presente; pero la cosa se empieza a tornar densa cuando somos partícipes de una intimidad que no debiéramos ver.
En esto los famosos hacen punta. Ver a Paulina Rubio es una especie de abstinencia o en un supuesto consumo de cocaína en vivo por Instagram nos hace preguntar cómo es que la están pasando encerrados otros adictos que no tienen la suerte de vivir en la mansión de la cantante mexicana. Porque además de coronavirus el mundo tiene otras enfermedades a las que el confinamiento les es contraproducente como lo es a la economía y dejar a adictos que mueran de abstinencia o a viejos que mueran de soledad no parece ser una salida muy humanitaria.
Abrir las puertas de nuestra casa nos puede traer problemas fenomenales como los que está viviendo Luisana Lopilato que para divertirse y para divertir a los demás decidió hacer Instagrams lives periódicos junto con su marido. Esto le valió que los perversos de siempre en busca del amarillismo constante vean en un gordito frío y sajón un trato y un humor que no se asemeja al del latino para tildarlo de abusador de la actriz. Nunca pensaron que hay otras culturas que se expresan de formas distintas a la nuestra y que nos puede parecer chocante verlas pero no implican necesariamente violencia. Hoy hordas de usuarios de redes buscan mensajes encriptados de violencia doméstica en los vivos de Lopilato y Bublé y sin embargo la violencia de género intrafamiliar de desconocidos se mantuvo y en algunos casos incrementó en alevosía durante esta cuarentena y nadie se ve escandalizado.



Dejar nuestra intimidad al descubierto no solo nos puede provocar que algunos vean algo que no es sino que vean algo que sí somos y se nos persiga por eso. La influencer conocida como Paulina cocina subió un Tik Tok que en fondo de su cocina se veía un pañuelo verde de la campaña del aborto legal, quienes la seguimos sabemos que indirectamente siempre se expresó de algún modo pero nunca había hecho explícita su posición política respecto de esto tema y eso le valió un escrache en redes sociales (el lugar por donde se mueve esta influencer) que terminó con cuentas suspendidas y con la sororidad de Narda Lepes. Capítulo aparte merece citar quienes organizaron el escrache virtual a la chica que cocina por Youtube por sus creencias políticas; la respuesta no los sorprenderá: fueron un grupo de varones “chef” indignados por la popularidad que obtuvo una mujer que estudió sociología y que se atreve a enseñar por las redes qué hacer con lo que el arroz que te sobró del mediodía para no tirarlo y las puertas abiertas de la intimidad le dieron un motivo en forma de pañuelo para juzgarla. Señores que hacen una parafernalia porque prenden el fuego para el asado el domingo y no saben que cocinar a diario es una manera de organizar entre otras cosas la nutrición y  economía familiar, acusaron del modo básico al que nos tienen acostumbrados: “una feminazi que cocina no nos quiere enseñar a cocinar sino transmitir su mensaje feminazi”; que alguien que no “estudió” cocina no puede hablar de cocinar como si habláramos de una carrera de grado.
¿Qué pasa en una sociedad que abre las puertas virtuales de sus casas para que se metan en nuestra intimidad y ver cómo sufrimos, ver cosas que no son o ver cosas para perseguirnos e inhabilitarnos? Le damos el pie a que el Estado también se meta ahí, más aun en tiempos de Estado paternalista que infantiliza a “sus hijos”. Fue así que desde el gobierno salieron a dar recomendaciones de cómo vivir nuestra sexualidad de forma virtual para no romper la prohibición de contacto humano con ajenos a la casa. Pero como toda la política que viene adoptando este gobierno frente a la pandemia es netamente sanitarista y nada social sólo advirtieron acerca de los riesgos de no limpiar adecuadamente los juguetes sexuales, nada dijeron del cyberacoso, el grooming, la sextorsión. Al parecer cuidarse solo implica limpiar con lavandina diluida en agua un consolador y nada tiene que ver con quien tenemos sexo virtual, cuánto debemos conocer a esa persona para que no use en nuestra contra esa intimidad que le estamos brindando frente a una cámara.
Uno decide sobre su cuerpo, cómo lo usa o a quien mete adentro, lo mismo hace con su casa, ambos pertenecen a nuestra intimidad; hacerla pública puede resultar divertido, pero deja de serlo cuando en ella se meten aquellos con quienes no estamos dispuestos a compartirla, incluso el Estado. Recordemos que cuando eso pasa, ya es tarde.              

Publicado por Juani Martignone
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