Una moda local y pasajera
Existe un argumento muy común
utilizado casi como un mantra por aquellos que se oponen al avancen de los
derechos sociales que habla del feminismo como una moda local y pasajera para
bajarle el precio al reclamo. Decir que sólo en Argentina se discuten estos
temas infiere que en “el mundo” o en “aquellos países más desarrollados” están
ocupándose de cosas más importantes que la equidad de género. En cuanto a lo
pasajero del tema habla de un desprecio tal al que se le pueden encontrar hasta
ribetes homofóbicos en el discurso: desde el trabajo académico de Judith Butler
El
género en disputa hasta la serie de drama adolescente de los 2000 The
O.C. hablan de padres que creen que la sexualidad no convencional de su
hijo es una moda de la adolescencia que cuando madure se irá; o sea que cuando
crezca y adquiera conocimientos del mundo se dará cuenta que debe volver a los
rieles del “camino correcto”.
Algunos ya llevamos casi un mes
del llamado aislamiento social preventivo, cuarentena, y en este momento en el
que ganamos el tiempo que antes utilizábamos en cosas como transportarnos de un
lado a otro, compras de elementos para la vida cotidiana que hoy son
optimizadas, o bien visitas o salidas, hoy nos permite utilizarlo para consumir
más cultura a quienes tenemos la posibilidad (libros, series, películas) y a
pensar mucho más y desarrollar más nuestras ideas. Entre otras cosas, el
acercarse más a la cultura nos permite derribar mitos y preconceptos que teníamos
establecidos, como por ejemplo que “el feminismo es una moda local y pasajera”.
Para quienes venimos hace tiempo
desarrollando estos temas de equidad de género no es una novedad que estos son
mitos infundados que se diseminan por las redes en pequeños videos
sensacionalistas donde utilizan palabras de alto impacto, gritan, menosprecian
pero sobre todo no pueden citar una fuente fidedigna; sin embargo el
confinamiento nos está otorgando aún más elementos para que se comprenda por
qué decimos que estos señores (siempre son señores cis) son unos charlatanes.
Entre las lecturas que tenía
pendientes pude saldar un libro escrito por una de las más grandes ensayistas,
traductoras, editoras, mecenas y por qué no escritoras que tuvo nuestro país:
Victoria Ocampo. Un libro que hablaba ni más ni menos que de una de las grandes
escritoras que tuvo el Reino Unido: Virginia Woolf. En el libro de Ocampo Virginia
Woolf en su diario subrayé frases que encierran el mismo espíritu de
los reclamos feministas actuales “A room of One´s Own y Three
Guineas son la historia verídica de la lucha victoriana entre las
víctimas del sistema patriarcal y los patriarcas (…) Nuestra lucha, la de la
mujeres contra la tiranía del estado patriarcal impuesto por ustedes, es
análoga a la lucha que iban a librar ustedes contra la tiranías del estado
fascista, hitlerista. (…) En esa lucha no se trataba solamente de “a maid and a
handsom cab” ni de la interdicción de fumar cigarrillos (cosas que se vuelven
importantes, inquietantes como síntomas a causa de la interdicción misma), Se
trataba del derecho de elegir marido y carrera”.
Para quienes hablan de modas
locales y pasajeras la cita es un escrito de 1954 de una mujer relevante de la
argentina en el que se refiere a la obra de una mujer británica nacida a fines
del siglo XIX, por lo que podríamos inferir que esta característica “pasajera”
del feminismo lleva al menos unos 100 años “estando de moda” (A
room of one´s own fue publicado en 1928 y Three Guineas en 1938,
pero podríamos citar otras obras de Woolf como Orlando publicada en 1915
que abordó temas como el de la transexualidad). Si alguno además quisiera
correr el argumento como una movida político partidaria, que también es muy
habitual para el desprecio de las políticas de equidad de género, es bueno
recordar que Victoria Ocampo fue enemiga acérrima del peronismo, lo que le
valió pérdida de su fortuna y hasta la prisión; y Virginia Woolf siempre
simpatizó con el partido liberal, eso a lo que en este país se le llama
“derecha neoliberal”.
Ahora bien, existe una oposición
a los derechos de género que cuando se ve acorralada ante tanta evidencia
producida durante tantos años por tantas ramas de la ciencia de distintos
lugares del mundo y de distintas pertenencias políticas, que reclama más
simplicidad, menos teoría intelectual y más teoría popular. Como diría Fantino
en un acto de desprecio, misoginia y populismo rancio “Explicalo sencillo para
que lo entienda María que en este momento está lavando los platos en Curuzú
Cuatiá y no leyó ni tiene tiempo de leer a los intelectuales que citas” como si
todo quien vive en el interior es ignorante, apenas terminó la primaria, vive
en piso de tierra y por supuesto la mujer hace las cosas que una mujer debe
hacer: lavar platos.
Bueno pues, para todo esos Fantinos
que necesitan que se lo expliquen fácil y edulcorado porque el populismo nos
enseñó a ser condescendiente con el pueblo, Netflix subió a su
plataforma de streaming en tandas mensuales algunas de las películas del Estudio
Ghibli. Esta productora de animé japonesa que viene haciendo películas
de animación para niños está lejos de darte una visión edulcorada, por el
contrario, son fuertes críticas al sistema patriarcal pero que están hechos
desde una historia de aventura que cualquier chico y adulto puede disfrutar.
Nada más y nada menos que lo mismo que hace la literatura, pero si yo enviase a
alguien a leer una aventura de 200 páginas en un mundo isabelino y victoriano
que además incorpora la temática de género como Orlando o le diera la
posibilidad de ver una película de una hora cuarenta de aventura con dibujos
animados y también con temática de género, seguramente la mayoría elegiría la
segunda; pero a diferencia de lo que piensa Fantino quien elige ver la película
de animé también está consumiendo literatura.
Estas películas además de ser un
consumo cultural por la buena literatura que mezcla las aventuras del Tom
Sawyer de Mark Twain con los detalles cotidianos que dan cercanía, paisajes,
colores y aromas de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y que a su vez
tienen una bajada ensayística que bien podría dar alguna obra de Virginia Woolf,
nos otorgan una calidad de imagen que emociona hasta las lágrimas. Cuando uno
ve el viento soplando por los prados, lo siente en su cara; cuando ve esos
ollas de bambú humeantes tan bien logradas en los dibujos, puede sentir el
aroma de la comida, la calidez del hogar. Si de imagen hablamos podríamos decir
que estamos frente una mezcla de cuadro de Degas, de Gauguin o de Monet pero en
movimiento. Estamos consumiendo arte.
Otra de las cosas más
impresionantes que surgen de ver estos animé japoneses que van desde 1980 a la
actualidad es que la posición de la mujer no es la de la geisha nipona sino la
de la protagonista empoderada; que la posición del varón no es la del samurái
que arrasa con la tierra sino la un varón que se conecta por sobre todas las
cosas con su sensibilidad. Ya desde Mi vecino Totoro (1988) la
composición familiar no es la tradicional sino la de una familia monoparental
en la que el amo de casa es el papá. En Kiki, entregas a domicilio (1989)
vemos cómo una adolescente se enfrenta ante las dificultades del mundo adulto y
la presión del “deber ser”. Recuerdos del ayer (1991) apuesta
fuerte con una mujer que rememora lo difícil de su infancia en un mundo
machista y se habla sin tapujos de menstruación sin caer en lo escatológico o
lo solemne. Las películas de Estudio Ghibli nos presentan mujeres
que no hacen el trabajo de caridad o cuidado que toda mujer “debe hacer”, sino
que algunas son contrabandistas como en El castillo en el cielo (1986);
otras tienen un taller de mecánica de aviones como en Porco Rosso (1992); y
otras son las encargadas de mantener a flote una ciudad entera y de hacer las
tareas de fundición de hierro como en La princesa Mononoke (1997), sin
contar que en esta última también quienes lideran los batallones de guerra son
las mujeres; sí mujeres más guerreras que cualquier samurái. La mujer se corre
del objeto sexualizado que otorga el gentai (también originalmente japonés)
para mostrarnos como el hecho de dar de amamantar es el acto más tierno del
mundo como sucede en El cuento de la princesa Kaguya
(2013) mientras hacen una fuertísima crítica al rol que deben ocupar las
esposas de los poderosos; basta con ver el final.
Ayer se anunció un nuevo
alargamiento de la cuarentena obligatoria, pero desde el 1 de abril, Netflix subió una nueva tanda de
películas de este estudio japonés para que podamos seguir disfrutando de la
buena literatura, del buen arte y de las bajadas de género a la que nos
acostumbraron.
Entre las funciones del arte y la
literatura también está la de dejar algo en la cabeza de quien lo consume, y
ojala que alguna niña al ver El viaje de Chihiro (2001) entienda
que el mundo es un lugar complicado pero que con algunos objetivos claros,
pueda sortear las adversidades para al menos salir más empoderada, porque los
reclamos que hoy se hacen son los mismos que se hacían en 1920, en 1980, en
Inglaterra, en Japón o en 2020 en Argentina. Porque si persisten por más de 100
años significa que todavía han sido poco escuchados.
Publicado por Juani Martignone
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