Distancia no es distanciamiento


Cuenta la leyenda que durante una temporada de fuertes lluvias que azotaban a un pequeño pueblo, la crecida fenomenal del río que lo atravesaba destrozó el único puente de concreto que unía el norte con el sur y que era utilizado por los vehículos de mayor porte que provisionaban al pueblo de todos los elementos que allí no se producían. Ante la emergencia, y para no tener a su pueblo aislado, el alcalde mando a tirar unas cuantas tablas que unían ambas costas del río y que fueran lo suficientemente fuertes para soportar el paso esencial de los vehículos; esto supliría la urgencia y le daría el tiempo necesario para juntar los fondos para un nuevo y renovado puente de concreto. Después de mucho tiempo las lluvias comenzaron a mermar, el agua a bajar y la vida del pueblo de apoco fue recobrando su ritmo normal, tantos días de inactividad, tantos destrozos producidos por la naturaleza no se resarcían de la noche a la mañana. Algunos, tildados de pesimistas, reclamaban por la nueva construcción del puente, pero como era claro, había otras actividades que atender y por lo tanto fueron motivo de burla por pensar en cuestiones de forma y no estar atentos a la urgencia. Los años fueron pasando, los alcaldes también, y al puente improvisado cuando se lo veía un poco desvencijado se le fue agregando más tablas, barandas, un cartel, señalización; cada agregado merecía un nuevo acto de inauguración con aplausos de por medio. Hasta que un día un camión cargado con un poco más de frutas de lo habitual no logró traspasar el puente y lo destrozó. El camión cayó al río perdiendo las vidas del conductor y el acompañante y toda la carga que llevaban; el puente ya no servía más. En el pueblo comenzaron a preguntarse por qué no había allí un puente de concreto y aquellos que habían sido tildado de pesimistas, que al parecer eran los únicos que conservaban la memoria colectiva, dijeron que mientras ellos avisaron, todos se burlaron y que ahora era tarde, no había ni puente de madera ni fondos para un puente de concreto.
La leyenda podría ser cualquier historia de medidas provisorias que quedaron para siempre, en mi trabajo le llamamos de modo irónico “provisiempre”. Esos parches que indiscutidamente solucionan una urgencia puntual pero que el tiempo y la desidia los transforma en parte de la normalidad cuando no deberían serlo. Todos tenemos o conocemos alguna de estas historias, por eso es lógico, en medio de semejante pandemia azotando al mundo entero, algunos, los pesimistas de siempre, hayan puesto la advertencia de que este recorte extremo de libertades es necesario para un tema puntual pero que bajo ningún concepto debe transformarse en una nueva normalidad.
Muchas de las medidas tomadas, si se extienden largo en el tiempo puede generar o fortalecer en la cultura colectiva rasgos en la sociedad que hasta ayer intentábamos combatir, como por ejemplo, la xenofobia, el racismo o la apatía.
Llamar a un libro de compilaciones de pensamientos de filósofos europeos sobre el coronavirus “Sopa de Wuhan” pone el foco en el lugar donde se originó el virus y no en las prácticas que tenemos para con los animales cuando los transformamos en alimentos acá y en China y los desastres que esto que puede acarrear. Demuestra ser tan racista y estigmatizante como Donald Trump llamándolo “virus chino”. Millones de audios viralizados, de memes y de Tik Tok giran en torno a alejarse de los chinos porque son ellos quienes portan un virus maligno. Claramente estamos hablando de racismo.
Los cierres de fronteras pueden ser muy efectivos y necesarios en algunos casos, para resolver problemas puntuales complejos pero transformar a un país en un territorio de puertas cerradas al mundo indefinidamente no solo preocupa porque no se puede salir de él sino porque ningún extranjero puede entrar; y eso genera en el tiempo rasgos xenofóbicos alimentado por la idea que todo aquel que viene de afuera es un potencial peligro.
Lo peligroso de la xenofobia es que avanza de escalas macro a escalas micro en un pestañar de ojos siempre que se considera un peligro. La prohibición de la movilidad interjurisdiccional para evitar la transmisión comunitaria del virus transformó, 60 días después, a municipios en fuertes cerrados y blindados donde no aceptan a ninguna persona que no viva en sus lares por considerarlos peligrosos, como sucede hoy en Mar del Plata.


Hace cincuenta días nos importaba que ningún italiano ingrese al país por miedo al coronavirus, hoy ya nos preocupa que el habitante de la ciudad vecina pueda meterse en la nuestra amparados bajo el miedo de potenciales contagios. La eterna rivalidad entre la ciudad autónoma de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires se vio fogoneada, nada más y nada menos, que por miembros del poder ejecutivo como el ministro de salud de la provincia, incitando a la población que el peligro máximo se encuentra al lado, en su vecino de cual no tiene jurisdicción. Si CABA fuera otro país diríamos que es un rasgo bien xenofóbico del ministro como al que nos tiene acostumbrados Trump con México, pero lo más grave aún es que no lo es. La ciudad de Buenos Aires depende la provincia, porque todos los días el 50% de los que allí trabajan y consumen y pagan con aportes indirectos al Estado, son de los cordones del conurbano; y la provincia de Buenos Aires depende de CABA porque el 50% de su habitantes (del conurbano en su mayoría, por la densidad poblacional que el del doble de la ciudad) utiliza los centros de salud y educativos porteños. Podríamos decir que es una relación simbiótica. Generar el odio y el miedo entre personas que viven autopista de por medio puede llegar hasta ser peligroso.



Pero las escalas micro pueden bajar más en la pirámide e inmiscuirse en el micro del micro y empezar a temer del vecino, del que apenas te separa una pared medianera. El espíritu policía que emergió gracias a la posibilidad que se le dio a la población de denunciar a cualquier civil que no cumple las reglas, creo en las comunidades el miedo por aquel que es distinto a uno y que no acata como lo hace uno y que no lleva la cuarentena como la lleva uno. En definitiva, el miedo a todo lo que no es uno: el miedo al otro.
Un pueblo confinado hace más de dos meses, sin registro de caso alguno del virus y atravesando una cuarentena más restrictiva que otras localidades en las que se confirmó el contagio comunitario, se reúne para despedir los restos de alguien que fue muy importante para ese municipio a modo de homenaje; pero las circunstancias, el miedo al contagio, la restricción impuesta hace levantar la voz unos contra otros, separarse entre los responsables que se quedan en sus casas y los irresponsables que salieron a manifestar su sufrimiento, se los ve como potenciales peligros dentro de la sociedad. El miedo ya no es un extranjero que pueda contagiarme o a un habitante de la ciudad vecina que pueda ser vector de contagio, el miedo es con el vecino que hasta ayer saludábamos todos los días y hoy consideramos que su accionar nos pone en riesgo a todos, nos puede matar a todos.
En el medio de todo esto se perdió la empatía. Se perdió de la misma forma que una importante conductora se burla de un periodista que manifestó un sufrimiento personal. Se perdió como si alguno de nosotros quienes alguna vez perdimos a un ser querido, sea o no de nuestra familia, no nos haya importado ninguna regla más que poder llorar a nuestros muertos. En vez de elegir ponernos en los zapatos del que sufre, elegimos ponernos en las botas del que persigue y condena; porque nos gusta cuando podemos ejercer el poder, aunque sea moral, por sobre los demás.
Entonces salimos a denunciar o a escrachar en redes a la señora que fue a llorar la trágica muerte del médico que siempre le atendió el teléfono, llueva o truene; a la madre sola que no tiene con quien dejar a su hijo y lo expone al virus llevándolo a un supermercado; al hippie que salió a la calle con un barbijo una manta llena de bijouterie que él mismo hace para ver si puede vender algo porque $10.000 cada 60 días no le alcanzan para pagar el cuarto donde vive.
Y como escala la xenofobia, también escala la represión y el escrache en redes; se pasa a la denuncia formal, de la denuncia a la detención o peor aún a la represión, como sucedió en Tucumán. En plena cuarentena Luis Armando Espinoza fue ver una carrera cuadrera, ilegal porque no está permitida en tiempos de confinamiento; tras la denuncia, la policía se presentó en el lugar y reprimió, golpes, tiros, Espinoza desaparece, y se abre una causa de desaparición forzada que terminó en una causa de homicidio: encontraron el cuerpo de Espinoza en una bolsa en un precipicio, aparentemente a la policía se le fue la mano explicándole que debe quedarse en su casa. Otra vez el caso de siempre alimentado esta vez por el rigor de la cuarentena.


Que la distancia social no se transforme en distanciamiento social, creo que es un reclamo pertinente. Alejarse de otras sociedades por miedo, distanciarse del otro porque creemos que carga con el peligro, es el germen de todos los crímenes de odio que se cometen bajo el paraguas del racismo, la xenofobia, como también así la judeofobia, la islamofobia o la homofobia, por ejemplo; y cuando ese germen crece fuerte en una sociedad no lo arreglamos con algo tan simple como no salir de nuestras casas, lleva más trabajo y más tiempo.
Si queremos ser responsables ante la pandemia por los otros, debemos saber que al otro no hay que tenerlo miedo, tenemos que tener empatía.

Publicado por Juani Martignone
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