Groupies de la pobreza
Las chicas solo quieren
divertirse decía Madonna y en estos tiempos que corren donde la diversión pasa
por abrirte un vino cada noche, hacer masa madre y mirarse toda la grilla de Netflix
(si es que tenes las posibilidades de acceder a estos privilegios) es lógico
que la gente busque nuevas e ingeniosas maneras para hacer llevaderos sus días.
Es cierto que para esto las redes sociales abren un abanico gigante de
posibilidades y que decisión es de cada uno sobre cómo las maneja según el
perfil que crea conveniente, o le divierte o considere necesario o inofensivo
para mostrar al mundo.
Parece que a las chicas (y a los
chicos también, por supuesto) les divierte hablar de la pobreza, digo
“divierte” y no digo “necesitan” porque si consideramos que es una necesidad
hablar de la pobreza (que personalmente creo que sí lo es) también necesitamos
hablarlo con la seriedad que lo requiere, refiriéndome a seriedad a los
canales, los interlocutores, los datos, los contextos.
Hablar de la pobreza porque
“garpa” o porque construye una imagen de compromiso que quiero dar, no es
legítimo si no conozco de primera mano aquello de lo que hablo. Por lo general
cuando esto sucede, uno aspira a tener empatía; pero la empatía se trata sobre
todo de la escucha del otro, de la solidaridad para con la realidad que me es
ajena, para nada se trata de tomar el micrófono y hablar en nombre de ellos
como si fuera uno de ellos.
Hace muy poquitito Lucrecia
Martel en el festival de cine de Venecia nos dio buenos motivos para no
desligar al artista de su arte, sin que esto signifique cancelarlo por quien es
o viceversa. Atar el discurso a quien lo está diciendo nos da una nueva pauta:
desde donde lo está diciendo. Eso nos enriquece el discurso porque podemos o
bien conocer la legitimidad que posee el hablante para hablar de lo que habla,
o bien descifrar los metamensajes ocultos en su discurso. Por esta práctica fue
que Lucrecia advirtió que Roman Polanski al final de su vida nos quería decir
algo más de él mismo cuando decidía contarnos una historia real de alguien que
fue acusado injustamente.
Es entonces que me pregunto
¿Acaso el cantante de moda Wos habla de la desigualdad y la pobreza porque el
mismo es alguien que la sufre? ¿O simplemente habla de esos temas porque es muy
consiente que apunta a un público que su compromiso social consta de ir una vez
cada tanto a tocar pobres para subir la foto a Instagram con una frase
de Marx de epígrafe? ¿Qué nos quiere decir desde su posición de privilegio al
hablar de los pobres para entretener a chicos bien, pero “comprometidos”, que
están en un boliche bailando y cantando sus temas con una pasti encima? Podrán
decirme que es rap y que el rap es protesta, y que los negros de Harlem
protestaban usando esa música contra un Estado represivo que los
invisibilizaba, tal como nuestro Estado lo hace con los pobres, pero una cosa
es la apropiación cultural (la música, es estilo, la forma de decir) y otra muy
distinta es la apropiación del discurso ¿Qué diríamos entonces si quien
denuncia los males y sufrimientos de ser una persona LGTB en este país es un
hombre cis heterosexual de Marruecos? ¿Es legítimo su reclamo?
Pero decir que Wos o algún otro
producto de la industria musical utilizado para vendernos un lifestyle
específico es el único que se apropia de discursos ajenos para hacer una jugada
a la tribuna es, por lo menos, escaso. La periodista Julia Mengolini es experta
en adjudicarse la voz de los pobres, siendo que ella es una privilegiada desde
su condición social y económica como del alcance que tiene con el poder. Su seguimiento
no es como el que puede hacer el medio La garganta poderosa o La
izquierda diario, es de una chica palermitana que le habla a
palermitanos que quieren ver la pobreza solo por TV para compungirse en redes
sin cuestionarse realmente cuáles son aquellos privilegios que gozan y que
afectar directamente a los más pobres como la evasión o la corrupción. De hecho
protagonizó hace unos días un entredicho con Lizy Tagliani por intentar generar
“conciencia de clase” en 280 caracteres ¿Cómo se puede ser consiente de una
clase a la que no se pertenece y de la que solo leyó en libros tal como su
discurso denota? ¿Estamos hablando de lo que Beaverhausen llama “disforia de
clase”?
Un solo tweet de Julia arrojó
confusiones, malinterpretaciones, activó sensibilidades, cataratas de
explicaciones y ninguneadas al estilo “No entendes de lo que hablo”, como
aquellas películas de neorrealismo italiano populista de los 60 donde un
académico se transformaba en héroe por contarle a un pobre qué se sentía vivir
en la pobreza y el pobre a pesar de vivirlo se deslumbraba y le creía porque lo
decía alguien culto. Probablemente Julia tenga más marco teórico que Lizy pero
lo que no entiende Julia es que temas tan complejos y que despiertan tantas
pasiones encontradas no pueden tomarse a la ligera en algunos pocos caracteres
y en espacios donde todo el mundo lee, interpreta e interpela a como le da
lugar.
La cultura de la hiper
mediatización y los espacios en los que todos los contenidos se encuentran
mezclados sin un orden organizativo o jerárquico, democratizan, por supuesto,
pero también hacen que todo tenga el mismo valor. Hace 26 años Beatriz Sarlo
escribió un libro (Escenas de la vida posmoderna) en el llamó a ésto la cultura
del zapping: ver 5 segundos de un programa políticos; cambiar; ver 5 segundos
de una señora enseñando a hacer decoupage; cambiar; ver 5 segundos de Marcelo
Tinelli mientras se mete cinco alfajores en la boca; cambiar. Twitter (y las
redes sociales en general) nos democratizan la palabra, todo podemos decir sin
censura y llegar sin obstáculos, pero también es cierto que en el timeline
podemos tener una tweet con un video porno, debajo un tweet par elijamos la
mejor canción de Shakira de la historia y debajo un tweet con un hilo
etnográfico del sufrimiento de la mujeres musulmanas en Cisjordania. Al tenerlo
todo en un mismo plano todo se aplana para un lado o para el otro. O todo es
entretenimiento o todo es solemne, y las pretensiones de quienes las escriben
nunca son las mismas.
Esto puede que no sea un
requerimiento para músicos como Wos o periodistas como Julia que sus
profesiones tienen la dualidad tal que les permite hacer de algo solemne un
producto de entretenimiento, luego podremos discutir desde donde se paran, sus
sesgos y los contextos que tienen en cuenta.
Ahora bien, no es algo esperable
en una legisladora como lo es la joven Ofelia Fernández que eligió el Instagram
live de instagramer Santi Maratea para hablar de un tema tan delicado y
que requiere un nivel de seriedad tal como la relación entre pobreza y
delincuencia ¿Es acaso ese lugar para hablar de ese tema? ¿El vivo de un
instagramer que usa esa red social para crushear todas las noches con Lizardo
Ponce y para hacer PNT de marcas de ropa para palermitanos? ¿Es Santi Maratea
la persona adecuada y formada para tener el debate que Ofelia plantea? ¿Son los
seguidores de Santi los que pueden comprender perfectamente que cuando Ofelia
dice que un pobre sólo tiene como opción de vida robar, vender droga o
cartonear, en realidad no está haciendo apología del delito o considerando que
el 66% de los pobres son delincuentes? Probablemente este subestimando a Santi
a sus seguidores pero cuando leo el repudio a este vivo de las personas que
trabajan mano a mano con la pobreza, puedo afirmar que al menos ese no era el
lugar, por la misma cultura del zapping: después de cortar con Ofelia, Maratea
hizo un vivo con Lizardo con la misma cantidad de visitas para discutir de qué
manera rompen la cuarentena para irse uno a la casa de otro a coger. Todo se
aplana. O todo es serio, o todo es una pavada.
Por otro lado, y aunque no la
voté, celebro tener la legisladora más joven de región en el congreso de la
ciudad en la que vivo, por eso pretendo que esos temas que le interesan a
Ofelia sean los que se lleven a los debates, los mítines, o al recinto mismo y
que deje los vivos con Santi Maratea para hacer lo que hace todas las chicas de
20 años como ella: divertirse.
Aun así, creo que como podemos
soportar la liviandad que pueda tener una canción de rap que pretende
conciencia social, no lo podemos permitir en una funcionaria del Estado. Creer
que vivimos en una sociedad en la que las tentaciones a la delincuencia sólo
las tienen los pobres es desconocer que la delincuencia también se da en las
clases acomodadas que también quieren dinero fácil con poco trabajo a pesar de
ya tener mucho. Creer que la delincuencia sólo se da por un sistema de
tentaciones es desconocer cuál es el rol del Estado, que ella acusa de estar
presente, cuando deja huecos legales o zonas oscuras sin control para que un
rico, un pobre o un clase media se vea tentado a delinquir. O peor aún,
desconoce la convivencia del Estado y delincuencia sobre todo en las clases más
bajas. Seguramente en 2009 Ofelia era muy chica y no conoce cómo desapareció un
chico de clase muy baja llamado Luciano Arruga, pero calculo que sí pudo
enterarse cuando su cuerpo se encontró en 2014 enterrado como un N/N destapando
una red de la policía bonaerense que obligaba a chicos pobres a convertirse en
lo que se conocen como “soldaditos”. Aquí no jugó la tentación de un pobre a robar
en contra de cargar un carro 12 horas, jugó la violencia institucional. Grosero
dato para no tenerlo en cuenta en un tema como este.
Particularmente no puedo hablar
de las necesidades y tentaciones de una clase a la que no pertenezco, sí puedo
ponerme en su lugar e intentar tratar el tema con la mayor seriedad que
requiere, como la de un consultor externo al que llaman para mediar en un tema entre
íntimos.
Si sólo repetimos consignas
vacuas, sin soporte y en cualquier ámbito, poniendo en un mismo nivel temas
delicados con temas banales, defender a los pobres sólo se transforma en un
producto de marketing con su consecuentes groupies. Después no nos indignemos
con la imagen del Che Guevara en los vestidos de Chanel.
Publicado por Juani Martignone
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