Pandemia de excusas
El señor está separado de la que
fue su esposa, comparten hijos pero el aislamiento obligatorio los dejó en la
llamada “vivienda principal”, que como en el 99,9% de los casos, esa vivienda
es la casa de la madre. Cincuenta días de encierro, quehaceres del hogar, home
office, una escuela virtual que implica una mayor presencia del adulto
responsable y la distancia física de todo el entorno que siempre ayuda a
cualquiera de nosotros a que nuestra psiquis no caiga. Después de cuarenta y
cinco largos días, el gobierno decide regular la tenencia compartida de los
padres separados durante la cuarentena que el primer feminista que nos preside
no había tenido en cuenta y que el flamante ministerio de la mujer no supo ver
que afecta en su mayoría, justamente, a las mujeres. La señora, que a
diferencia de una madre soltera, cuenta con alguien que le puede dar una mano:
su ex marido. Le solicita el retiro de los niños tal como estaba coordinado
previo la cuarentena pero el señor se niega. Afuera hay una pandemia, en la
calle te encontras con la muerte misma, sacar a los niños de la casa sería
exponerlos a la muerte y como el señor no desea exponer a sus hijos a la muerte,
le responde a su ex mujer que la mejor manera de protegerlos es que no se
muevan de donde están. La madre de esos chicos deberá seguir haciéndose cargo
de esos chicos, los quehaceres del hogar, el home office y las toneladas de
tareas de la escuela virtual por no sabemos cuántos días más ya que vivimos en
un país donde el “vamos viendo” es una modalidad de trabajo incluso para los políticos.
Y deberá hacerse cargo sola, aun teniendo un padre que en los papeles dice
estar presente y aunque un DNU lo habilite a cumplir con su deber.
Otros padres en la misma
situación que el señor anterior desbloquearon un nivel más de este juego
perverso. A sus hijos no los ven por más de cincuenta días, tampoco reclaman para
hacerlo, están desaparecidos y no atienden el teléfono, incluso cuando se llama
para preguntar por la cuota alimentaria; y acá las respuestas son floridas y
variopintas. La primera es la clásica: vivimos en un país en el que el 60% de
la economía es informal, por lo tanto, se maneja plata en negro, plata que solo
va de forma física de una persona a otra pasándola de mano en mano, y eso hoy
representa un peligro. Un psicólogo, un peluquero o un abogado se manejan así
¿Por qué no habría de hacerlo un padre que está separado de la madre de sus
hijos? Hasta las inmobiliarias que son el emporio de la plata negra y en
efectivo se vieron obligadas a pasar un CBU para que podamos hacer una transferencia
bancaria con tal de no perder un mes de alquiler, demostrando que si quieren,
pueden y que hasta ayer se hicieron los osos y nos hicieron partícipes para
evadir ese 0,07% de gravamen, en complicidad con el Estado (porque el Estado se
borra si son inquilino, eso figura en la letra chica del contrato de Estado
presente que nos hicieron firmar). Incluso estos padres que para pedir una
pizza sin moverse de su casa se bajaron una aplicación de mensajería, todavía
no se dieron cuenta que también puede transferir dinero por ahí, eso sí, tiene
un costo y de eso tampoco se hace cargo el Estado (otra de las letras chicas),
entonces ante la duda, no se hace.
El otro tipo de respuestas mezclan,
como si fuese un nuevo género literario, realismo con oportunismo: vivimos en
un país que entre la informalidad, la inflación, la suba de precios
indiscriminada, las desregulaciones en todas las áreas y la poca previsibilidad
(todos ítems que también están en la letra chica de excepciones en las que el
Estado no estará presente), hacen que seamos una sociedad que prácticamente
vivamos al día. Como los indios nómades: hoy comemos si logramos pescar algo.
Por lo tanto, dos meses de inactividad (dos meses sin poder salir a pescar) son
dos meses sin ingresos, ergo, no habrá para los niños cuota alimentaria este mes.
Es cierto que en el contrato del Estado presente este punto se toca con dos
posibles soluciones: una anotarte para percibir un ingreso extraordinario que
apenas te cubrirá los alimentos propios, rogar de ser los que entraron en la
primera tanda de 3 millones de beneficiarios o en la segunda tanda de 5
millones de beneficiarios (porque acá el Estado tampoco se hace cargo de tener
datos fehacientes de la informalidad de su propia economía, otra letra chica) y
además de eso tener una espalda suficiente para cobrarlo recién a los 47 días
de habértelo otorgado, luego vendrá una segunda vuelta “a confirmar” porque
recordemos una vez más que estamos en el país en el que la modalidad de trabajo
que prima es la del “vamos viendo”; la otra opción es anotarte para contraer una
deuda muy flexible, a tasa cero, en la que lo primero que harán serán
descontarte lo que le debes al Estado para que esté presente porque como
siempre es más fácil cobrarle al que tiene alguito que al que tiene un montón
(si nos dan una naranja seca pero blanda y una jugosa pero dura apretemos de la
que nos dé menos trabajo, algo sacaremos) todo esto con la ilusión que de acá a
tres meses van a poder estar aptos económicamente para afrontar el pago de esa
deuda porque aunque no somos un país previsible, si damos confianza, y si
tenemos confianza, vamos para adelante aunque nos estrolemos la cabeza contra
la pared.
Como sea, pudiendo o no pudiendo
mover plata en efectivo, generando o generando ingresos, cobrando o no cobrando
una ayuda social, exponiendo o no a tus hijos a la muerte misma, estos padres
(en su mayoría son padres, habrá madres pero al no ser un número considerable
no podemos decir que es una práctica habitual) eligen deslindarse de la
responsabilidad de hacerse cargo de sus hijos tanto económica como
afectivamente, como si se tratara de hacerle un daño a esa mujer que ya no es
su esposa y no se tratara en realidad de darle una mejor calidad de vida a esos
niños. Una vez más volvemos a la historia de hijos que pagan carísimo las
venganzas cruzadas de sus padres, sólo que esta vez, el contexto de estado de
emergencia de la pandemia fertiliza el terreno para que proliferen muy buenas
excusas difíciles de refutar.
Cuando hablamos de terreno
fértil, hablamos de grandes extensiones de terreno fértil; las buenas excusas
podrán proliferar en el campo del machismo pero también podrán hacerlo en los
campos vecinos, como el laboral o el político.
Una pyme a la que se hace cuesta
arriba mantener el parate productivo se ve exceptuada para comenzar a trabajar
pero sus empleados alegan el miedo al contagio al apenas atravesar el umbral de
sus casas, exigen un transporte que una empresa de ese porte no puede afrontar,
y a su vez se sienten amparados por la prohibición de despidos. Otra pyme, a la
que no le va tan mal, tiene la capacidad de dibujar sus números de forma tal
que obliga al Estado a hacerse cargo del pago del 50% de los salarios de sus
empleados (a los premios y con la eficacia que viene demostrando). Otras
empresas que aprovecharán la oportunidad que le dejan servida en bandeja de
plata los sindicatos (que técnicamente son serviles a los trabajadores, pero en
este país son serviles a un partido políticos, que justamente hoy gobierna) de
hacer reducciones salariales. A fin de este mes cuando se terminen aquellos 180
días de gracia en los que se prohibió despedir empleados quizás nos enteremos
del número de gente que perdió su empleo, si es que ya no lo hicieron de hecho (acá
los números suelen ser turbios), mucho más cuando vemos que en países como
Estados Unidos donde la actividad económica no fue obligada a detenerse ya dejó
a 3 millones de personas desempleadas. Y así saltamos al campo vecino y vemos
como la urgencia hizo que un funcionario público compró alimentos a tres veces
de lo que valen y otro barbijos a nueve veces lo que valen.
El estado de emergencia es real
pero si al ver fuego perdemos calma y hacemos cualquier cosa a tontas y a locas
nos puede ser contraproducente. Los políticos que nos hacen creer que no son
personales normales que cumplen cargos importantes sino héroes que salvan vidas
y nos cuidan, nos vendieron que son los más aptos para pensar con la cabeza
fría una estrategia de evacuación mientras esto se prende fuego sin dejar
librado al azar huecos para que los oportunistas de siempre pongan sus excusas.
Porque tarde o temprano, el fuego se extinguirá pero las excusas no cesarán.
La emergencia que hayamos vivido
nos dará una batería de argumentos que justificarán por qué no hicimos eso que
debíamos hacer, y lo peor, seremos redimidos.
Publicado por Juani Martignone
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