Soluciones europeas a problemas argentinos


La bajada de la revista satírica Barcelona propone “Una solución europea para los problemas de los argentinos” referenciando esa pulsión bien argenta de compararse con sociedades y políticas del viejo continente mientras desconocemos cuál es la realidad del vecino de al lado. Creo que nadie discute este rasgo que tenemos y que la revista se toma con humor.
El aislamiento obligatorio exacerbó nuestros rasgos más característicos, desde los más positivos como el sentido de supervivencia o la solidaridad colectiva hasta los más negativos por el aspecto más vigilante y denunciante sin siquiera tener un solo argumento. Tal es así que quienes hasta ayer se nos presentaban como los curadores del progresismo argentino, hoy al estar del lado del poder muestran su lado más fascista. Malena Pichot, la chica que hasta ayer llevaba bien alto estandarte progre palermitano, hoy considera que los violadores no son personas y estaría bien aplicarles pena de muerte.




Ahora bien, si hablamos de cómo llevar nuestras cuarentenas o cómo atravesar esta pandemia de la forma más decente, la que gana es la característica de la que se burla Barcelona: estamos mirando a Europa. Contamos día a día los muertos que hay en España y en Italia, nos reímos de lo tarde que reaccionó Boris Johnson (primer ministro británico) que hasta él mismo se agarró coronavirus y decretamos que Suiza ya no es un ejemplo en el mundo por cómo le pegó la pandemia. Poco miramos qué metodología utiliza Uruguay para sesionar todos los días en el congreso y no tener que cerrarlo por meses; cómo Perú se prepara para que la salida de esta situación sea una crisis lo más leve posible; cuántos puntos de PBI en asistencia social de emergencia destinó Chile triplicando al Estado argentino para estar presente con quienes pierden en esta coyuntura; cómo es que Paraguay tiene el índice más bajo de muertos en relación a la población de toda la región; o cómo después de tantos desaciertos y un Bolsonaro que no quiere pagar los costos de la crisis post pandemia, en Brasil se empieza a fortalecer la democracia con la participación activa de toda la oposición como nunca antes en 31 años.


Parece que cuando una crisis pega fuerte no hay tiempo para el progresismo, hay que ser más facho que antes y aprovechar y darle bala a los violadores como nos propone Male; y tampoco hay tiempo para pensar en “La Patria Grande” hay que ser más cipayos que nunca y mirar a Europa.
Nunca están mal las comparaciones con aquellos ideales que pretendemos (porque al parecer, los argentinos anhelamos ser europeos), lo correcto sería hacer una comparación en términos y relaciones adecuadas. Es extraño comparar números de muertos y medidas adoptadas con aquellos que tienen otras capacidades e idiosincrasias distintas a las nuestras. Argentina no tiene la capacidad financiera que tiene Alemania que compró 23.000 camas de terapia intensiva en el mismo momento que acá se compraron 200 respiradores; no tiene un sistema de salud como el de Inglaterra que curó de coronavirus a su primer ministro Boris Johnson en un hospital público atendido por inmigrantes; tampoco tiene un sistema de seguridad social que puede solventar las pérdidas por inactividad de más del 60% de la población como el sistema noruego; y por sobre todas las cosas el promedio de los argentinos no tienen la capacidad que tienen el europeo promedio al que miramos, que cuenta con ahorros, la alacena llena de latas de conserva, biblioteca, Wi-Fi y Netflix para atravesar uno o dos meses encerrados en sus casas sin percibir un solo ingreso y/o no volverse loco en ese intento.
El politólogo Andrés Malamud, advirtió que nuestra crisis de pandemia está siendo manejada por tres personas que son más porteñas que el obelisco mismo: Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof; de esta forma es lógico pensar que la crisis la querrán llevar como la lleva a un europeo a cómo lleva un paraguayo, porque si hay algo que tenemos muy parecido a Europa y que puede compararse con aquellos lares, tanto en fisonomía como en la gente vive dentro, esa es la ciudad autónoma de Buenos Aires que es gobernada por una figura que se parece más a la de un alcalde que a la de un intendente del conurbano o de un pueblo perdido en La Rioja.
Este instinto por seguir los pasos de nuestros padres europeos se pasan por alto errores garrafales como creer que vivimos en país altamente bancarizado y mandamos a miles de jubilados y beneficiarios de asignaciones a cobrar un mismo día como si acá usáramos en e-commerce como lo hace una abuelita inglesa; como si no supiéramos que vivimos en un país donde el 60% de los trabajadores está en la informalidad y la precarización y calculamos con salario de emergencia (IFE) para 4 millones de personas y se terminan inscribiendo 11 millones, casi el triple; como si no hubiéramos machacado lo suficiente con que en Argentina muere una víctima de violencia de género cada 24 horas para el flamante Ministerio de la mujer inaugurado con bombos y platillos por el presidente que se considera “el primer feminista” reaccione 40 días después de iniciada la cuarentena obligatoria que una mujer puede estar encerrada bajo el mismo techo que su femicida y lance un número de ayuda y socorro a la víctima; como si desconocieran que la gran capa media vive con el ingreso diario y lance una línea de préstamos al cual se pueden inscribir a los 48 días del confinamiento para hacerse efectivo sin fecha cierta pero mediante una tarjeta de crédito, otra vez utilizando el débil e-commerce que supimos conseguir; como si no tuvieran el dato de cuántos divorcios se producen en el país para tomarse unos 45 días para empezar a pensar que quizás un niño necesita ver al padre con el que no vive habitualmente.
Todo este aparente desconocimiento solo comprueba el viejo mito que el porteño no ve más allá de la General Paz pero conoce con precisión las callecitas de Paris, entonces el chiste de Barcelona se vuelve real y la solución más efectiva parece ser la que heredaron del grupo de porteños que nos gobernó antes: se equivocan porque tienen una visión sesgada, desde afuera le avisan, vuelven para atrás, corrigen y después pretenden que los felicitemos por corregir.
La última gran solución europea para problemas argentino fue la liberación de los presos de la cárceles, que es un tema tan delicado a pensar que no se puede tomar con ligereza porque lo que se hace es polarizar las posiciones entre la dicotomía “todos los presos son víctimas de nuestra sociedad” y “Que se mueran todos los chorros” (al estilo Malena Pichot) cuando en el medio hay abanico de grises que estamos obligados a ver.
Es bueno saber que previo a decretarse pandemia el coronavirus, en el año 2018, la ONU hizo un fuerte cuestionamiento al sistema carcelario argentino, a las condiciones de hacinamiento y a la tortura que implica castigar cruelmente a quien cometió un delito en vez de reinsertarlo en la sociedad.


El proceso de liberación de presos de delitos menores de un sistema preparado para albergar 23.000 personas y que hoy cuenta con 45.000 reclusos fue iniciado por María Eugenia Vidal y debía ser continuado por el actual gobierno de Axel Kicillof, que a diferencia del presidente de la Nación aún no se expidió sobre el tema, no sabemos cómo piensa. Lo cierto es que hacerlo de por sí ya no era una cuestión sencilla mucho menos lo es en una contexto donde el 90% de la población se ve obligada a permanecer encerrada. Creer que la Argentina está preparada para darle tobilleras electrónicas y poder hacer el respectivo control a todo aquel que cometió un delito menor como hizo Italia o liberar a los llamados low-level offeders (la mayoría negros y latinos que los encontraron fumándose un porro en una esquina) como lo hizo el estado de Nueva York, es desconocer cuál es el país en el que vivimos. Lanzar una directiva al aire sin las especificaciones necesarias, activa a una vez más a la justicia patriarcal que venimos denunciando por lo menos desde caso Lucía Pérez, que se toma de un tecnicismo para liberar violadores, femicidas y represores de la última dictadura militar ¿en serio creemos que con una directiva clara pero sin reglamentación iba a primar la cordura de los jueces patriarcales?


En este caso las respuestas no fueron la de un país europeo, sino más bien la que podría haber dado el viejo kirchnerismo y que nos habían prometido que la habían mejorado: que los violadores sueltos son un invento los medios y que la culpa de todos los males está el poder judicial o “partido judicial” como lo llamaba Cristina Kirchner.
La independencia de poderes es una realidad pero no así que cualquier poder pueda hacer sin control lo que se le antoje, los tres poderes se controlan entre sí. Por ese motivo existe un ministro de justicia en poder ejecutivo y un Consejo de la Magistratura que es capaz de remover jueces. Hasta ayer los mismos que decían que Mauricio Macri había metido presa a Milagro Sala, a Boudou y De vido, hoy nos recuerdan que esa facultad es sólo de un juez. Hasta ayer el presidente que se mostraba como el padre que todo lo puede lo puede envió a su viceministro de justicia juan Martín Mena a interceder en el motín de la cárcel de Devoto. Hasta ayer el poder ejecutivo podía mediante Horacio Pietragalla, el secretario de derechos humanos, solicitar la liberación de los ex funcionarios condenados por la tragedia de Once. Hoy mismo resulta que tal división de poderes es medio ficticia porque el poder judicial funciona sólo en emergencias y un poder legislativo en 40 días no pudo organizar apenas una reunión. Parece que ahora el poder ejecutivo no tiene ninguna posibilidad colaborar o regular a la justicia, o hacer cumplir la ley de víctimas; al parecer son compartimentos estancos.
En cuanto a los medios que mienten respecto de violadores liberados, pues entonces habrá que descreer incluso de las fuentes oficiales como la jueza de Quilmes que asegura que con la excusa del coronavirus se liberaron 76 violadores.


Con el debate está instalado, los cacerolazos que suenan y la gente ya hastiada comenzando a cuestionarse, a esta solución europea sólo se la podría reemplazar por una del estilo Cambiemos: volver atrás y corregir (como vienen haciendo hasta ahora); o por una del estilo kirchnerista: ir por todo. Sin lugar para términos medios.
En tiempos de crisis necesitamos respuestas que comprendan quienes somos y cómo actuamos, que no siempre son comparables con las necesidades de un europeo, sino más bien respuestas inclusivas a todas las realidades del país y que eviten desatar esos monstruos adormecidos que viven en nosotros. Ese es el gran desafío, más que decirnos que lo estamos haciendo muy bien y mentirnos como que somos los que mejor lo llevamos en el mundo para seguir convenciéndonos de mantener este régimen estricto. Porque lo que no se dice es que lo peor es lo que vendrá y para eso nuestro país no debe transformarse en una sátira de la revista Barcelona.                        

Publicado por Juani Martignone
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