El presidente me explica cosas


Como ya me he explayado en otras oportunidades, al término mansplaining se le adjudica el origen en un libro de Rebecca Solnit llamado “Los hombres me explican cosas” donde cuenta cómo los hombres se creen los seres naturales del conocimiento por su género, motivo por el cual se tientan constantemente en explicarle a las mujeres todo tipo de cosa, que saben y que no saben también; Solnit cuenta una anécdota en la un hombre le explica cómo se sienten las mujeres en plena menstruación. Pero el término en sí no refiere a la sapiencia o no de quien lo explica sino el modo en el que lo explica, como cuando se trata varones explicándole a mujeres lo hacen de modos humillantes que intentan exponer su supuesta ignorancia, infantilizándolas y minimizándolas; basándose en que los saberes o las opiniones de las mujeres no son tan valederas como la de un hombre.



Algunas definiciones del mansplaining dicen que se trata de “una mezcla heterogénea de comportamientos que tienen en común el menosprecio del hablante hacia quien escucha por el único hecho de que quien escucha es una mujer y por lo tanto supone una capacidad inferior a la de un varón. Este concepto también incluye situaciones en las que un varón monopoliza la conversación con el único propósito de jactarse y aparentar ser más culto que la mujer que escucha”. Solnit también agregará en su libro del 2014 que no es un “defecto” natural de los varones sino que es una conducta patriarcal por la que no se escucha con la misma atención a una mujer que a un hombre porque se da por sentado que no sabe tanto como un hombre.
Técnicamente mansplaining viene de man (hombre) explaining (explicando) si tuviéramos que buscarle una palabra análoga castellano podría ser algo así como machoexplicación, y aunque en nuestro idioma no hay está esa palabra aceptada y difundida, explica bien que el término man no refiere a hombre en sí sino a macho, porque el mansplaining es un acto meramente machista, o acá podríamos decir que es machirulo. Esto es importante saberlo, ya que el machismo no es un acto exclusivo de los varones, tenemos millones de mujeres criadas en la matriz patriarcal que hoy son machistas, por lo tanto, el mansplaning también se puede dar entre mujeres. Un caso muy típico es el mujeres que pretenden explicarle a otras alguna cosa, tomándolas por tontas o infantiles por su aspecto o su modo de vida.
Un ejemplo bien gráfico de esta práctica machista llamada mansplaining fue la que vivió la periodista Cristina Pérez con el mismísimo presidente de la Nación. Sin entrar en la discusión sobre quien sabe más y quien sabe menos del tema, o a quien el tiempo le terminó dando la razón, lo que importa es el modo, lo que importa es cómo un varón le explica algo a una mujer y lo hace intentando exponerla, humillarla en público, darle a entender que es una ignorante. Suponiendo que en efecto Alberto Fernández estaba en lo cierto (no puedo afirmarlo porque yo soy de aquellos que no leyó, ni sabe de la constitución como así tampoco de leyes) el modo de responder, fue un modo que reproduce los estereotipos machistas. Enseñarle a una mujer cómo debe preguntar o explicarle qué es lo que quiso decir. “Diga yo creo que esto es así, pero eso no es el común, eso es lo que usted cree” le dijo el presidente a la periodista, como si fuera tan tonta que no supiera que es lo que cree o que no es capaz de formular una pregunta; y tranquilamente podría no ser capaz de formular una buena pregunta a pesar de su larga trayectoria pero la respuesta humillante que recibe lo define más a él como un machista que a ella como una mala periodista. El ejemplo se hace claro cuando el mismo presidente ha respondido preguntas peores en cuanto su formulación por parte de varones y en ningún momento les respondió humillándolos, porque para un sano hijo del patriarcado es más fácil humillar a una mujer que a un varón.


El grado de minimización, invisibilización y reducción a la nada a la periodista se ve muy claro cuando no le habla a ella sino que habla de ella en tercera persona, según él le habla al público “La pregunta funcionaría mucho mejor si Cristina deja de lado los adjetivos” dijo. No se dirigió a quien le preguntaba sino a terceros que él supone de su mismo nivel de inteligencia superior al de esa mujer que osó preguntar, algo así como si alguien me preguntara algo y en vez de dirigirme a este interlocutor le hablo a los espectadores aclarándoles que quien pregunta está preguntando mal, no sabe hacerlo, es idiota. Algunos fanáticos de la ley del talión creen que es un modo de defensa ante un aparente ataque, sin embargo en la misma nota tanto Rodolfo Barili como Reynaldo Sietecase también se atrevieron a hacer preguntas muy incómodas, o gorilas como suele llamar el peronismo a todo lo que no es peronista, y a ninguno de los dos les respondió intentando humillarlos en vivo. Lo hizo solo con Cristina porque ella es mujer.
Para ser mujer y querer preguntar hay que saber más, estudiar más, leer más. Y esto se comprueba cuando el mismo Alberto Fernández ha concedido entrevistas a periodistas varones tan o más “gorilas” que Cristina Pérez y digo que son gorilas porque ese pareciera ser el justificativo para la humillación. Cuando el periodista Ernesto Tenembaum, claro opositor, le preguntó al presidente por el mismo tema (Vicentín) Alberto no le dijo “vos pensas que es polémico y no es polémico” sino que le dijo con amabilidad “Comprendo que tengas dudas” y avanzó con la explicación. Si recorremos el historial de entrevistas del presidente, que es muy amplio, encontramos que entre los periodistas que lo entrevistaron están Eduardo Van Der Kooy, Nelson Castro, Joaquín Morales Sola, Diego Leuco, Luis Novaresio, Gustavo Sylvestre y hasta eligió darle una muy amable entrevista al monumento al antiperonismo llamado Luis Majul. Sólo tuvo exabruptos con Cristina Pérez, con Luciana Geuna a la que dijo “Hay que estudiar más y no opinar tan fácilmente” y con Silvia Mercado a la que le respondió en tono socarrón a una pregunta fallida “Me llama mucho la atención la idea que tienen de la angustia de la cuarentena”. Está claro que el problema no son preguntas sino que las mujeres pregunten. Un acto de machismo instalado que tiene hasta nuestro presidente.


El problema no es que aun haya hombres machistas, el problema es fomentar ese machismo. Que un medio digital como Revolución Popular titule “Terrible nocaut de Alberto a Cristina Pérez (…)” carga con una violencia simbólica que nos deja entrever como metamensaje que si un varón tiene razón está en todo su derecho a noquear a una mujer hasta dejarla en el piso llorando; deciden titular así en un país en el que cada 20 horas muere una mujer víctima de violencia de género y todavía “no podemos encontrar las causas”. He aquí una.



Indigna el silencio de todo un arco del feminismo dedicado a detectar micromachismos en el debate público. Ayer todos nos indignábamos cuando Mauricio Macri usaba frases misóginas como “Nos tocó bailar con la más fea” o cómo para explicar por qué estábamos endeudados usaba analogías del tipo “es como darle la tarjeta de crédito a tu mujer”, revisamos en slow cada uno de los videos de sus apariciones públicas para detectar si maltrataba o no Juliana Awada, les criticamos todas esas referencias machirulas que hacía del fútbol. Hoy silencio, porque si el machista es peronista, entonces el machismo está bien; sólo ven el machismo en  los que no votan como ellos. O peor aun cuando tiene que elegir entre defender el feminismo o su afiliación política que machirulea, eligen su afiliación política por sobre su ideal feminista y se dedican a machirulear también, como el caso de la Revista Barcelona.



Cada quien puede elegir su afiliación política y está muy bien, el tema es que el día de mañana cuando salgan a denunciar machismo ¿cómo vamos a saber si es real machismo o si en realidad quieren arruinar a un adversario político? Cuando sos parcial no sos igualitario, por lo tanto no sos feminista.
Por último, y no menos importante, es que si aún no hubiese sido Cristina Pérez quien recibió el desaire y hubiera sido un varón también demuestra la violencia institucional que ejerce la figura más importante de la Argentina, porque marca y utiliza la desigualdad de poder que hay entre un presidente y una periodista; no la humilló un par, la humilló el hombre que tiene a cargo todo el poderío estatal. El único mandatario del mundo que le responde a la prensa en esos tonos es Donald Trump. Esa desigualdad de poder se nota cuando se cometen este tipo de abusos. Para ponerlo en otro ejemplo, todos se facsinan con los dotes de profesor que tiene el presidente, imagínense por un minuto si un alumno hiciera una pregunta y el profesor lo humillara delante de todos sus compañeros por preguntar una burrada ¿qué diríamos? Que ese profesor está abusando del poder que le otorga su posición para agarrársela con los más débiles dentro del aula. Bueno ahora ese ejemplo pásenlo a un presidente de una Nación.
En los países libres uno puede preguntar lo que quiere, puede preguntar bien, mal, con buenas o malas intenciones. Se puede preguntar desde el conocimiento o desde la ignorancia pero sobre todas las cosas cuando se pregunta es porque algo se ignora. Se puede no estar a la altura para preguntar, pero lo que deseable es que un presidente esté a la altura para responder porque si usa su respuesta para humillar, mansplanear, “poner en su lugar” o amedrentar, en realidad lo que está buscando es que de a poco uno tenga miedo de preguntar. Y así no podemos hablar de plena libertad por más entrevistas que se den.            

Publicado por Juani Martignone
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