Dejaron el lugar vacante

Con el último informe de la UTEP (Unión de trabajadores de la economía popular) quedó más que claro lo que se venía advirtiendo desde mayo 2020: el cierre de las escuelas colabora enormemente a aumentar la brecha de desigualdad entre los niños más pobres y los niños más ricos, teniendo en cuenta que el 67% de los niños que viven en nuestro país son pobres según las últimas cifras del INDEC. Si a esto le sumamos el último informe de la Sociedad Argentina de pediatría que indica que el encierro en niños está provocando depresiones tempranas, regresiones y posibles problemas cognitivos a futuro, estamos hablando de una catástrofe educativa y un porvenir desolador. Si lo queremos ver en concreto, quienes gobiernen el país dentro de 30 años, cuando muchos recién estemos jubilándonos, probablemente sean personas con menos educación, más problemas de compresión, más depresivas y con menos perspectivas de un futuro a la mediano y largo plazo.

En un contexto pandémico, el hoy y ahora es apremiante, pero como bien dictaban los cartelitos de los niños en los balcones y las frases motivacionales “esto también pasará” y cuando pase ¿qué tendremos? Preguntarse por el futuro es una tarea que generalmente se la asocian a los filósofos y a aquellos que tienen bien resuelto el presente para “perder su tiempo” pensando en los que vendrán. Pero el mundo viene demostrando que los cambios vienen cada vez más rápido, que el presente es cada vez más efímero, que una persona, aunque haya trabajado toda su vida, no puede pensar en un retiro en paz sino que debe seguir pensando cómo resolver el día a día; porque en definitiva la vida se ha transformado en eso:  una sucesión de resolver el día a día, desde que nacemos hasta que morimos.

Pareciera lógico pensar que un político en ejercicio de funciones ejecutivas debe estar constantemente pensando en el día a día, resolver la minucia que aqueja aquí y ahora. Sin embargo, se considera un buen gobernante a aquel que tiene la capacidad de resolver la coyuntura, como así también, la de generar políticas a largo y mediano plazo que quizás su propia generación nunca la vean.

Hemos visto políticos que se han ocupado de hacer más aceptable la vida durante su gestión y a los minutos que pusieron un pie fuera, todo se desmoronó o fue fácilmente desmontable, lo que indica que no crearon cimientos para un futuro próspero sino un castillo de naipes para que vida sea gloriosa mientras ellos lo sostienen. A esto es a lo que se llama líderes populistas, aquellos que sólo resuelven la coyuntura, ya sea por no tener una perspectiva a futuro o bien para crear una dependencia de ellos y poder mantenerse en la gestión in eternum. Si mientras está el líder el castillo no se cae, pues entonces que el líder no se vaya nunca.

Aquellos políticos o incluso cualquier persona que piensa en que los actos del presente son pequeños ladrillos que se ponen de uno para que las próximas generaciones puedan seguir construyendo y las próximas y las próximas, hasta que en un futuro una sociedad mejor a la actual pueda disfrutar de un castillo de ladrillos fuerte e irrompible, son a los que se les llama progresistas. Son quienes tienen la idea de progreso y que nosotros, nuestra generación, nuestro hoy y ahora, es solamente un escalón hacia ese bienestar buscado.

Tengo la impresión que en nuestro país no podemos hablar de tantas ideas progresistas con visión a futuro, aquello a lo que se llaman “mitos fundacionales”. Lo más cercano pienso es en Alfonsín y su mito de que con la democracia se come, se cura y se educa; a pesar de todas las dificultades, desaciertos y errores que él mismo cometió, la sociedad argentina siempre apostó a la democracia. Lo hicimos incluso en la gravísima crisis social, política y económica del 2001, que, a pesar de todos los males, siempre se siguió creyendo en la democracia como única vía.

El otro gran mito fundacional es referido a la educación y vino de la mano de Sarmiento que creyó que lo único que le podía dar al país más progreso era más educación. Con todos sus desaciertos, plantó la piedra fundacional y luego todos los que le sucedieron fueron aportando su ladrillito para hacer de la educación argentina un ejemplo en mundo y que duró más de un siglo.

Hace tiempo hemos perdido este mito. Las discusiones por la educación se han vuelto banales. Importa más una herramienta de estudio, como un netbook, que los contenidos de estudio que pasan por ella; importa más los puntos de PBI que se aportan del presupuesto que la cantidad de chicos que terminan el secundario y saben comprender un texto de complejidad media; importa más cuán entretenido está un chico en la escuela que quién es la persona que está frente a un aula. La educación es una discusión progresista porque en el aquí y ahora no brinda ninguna gratificación inmediata, es más bien una siembra que se cosechará en un futuro. No importa si hoy se gasta más puntos del PBI o si se entretienen más o menos los chicos en un aula si no hay una idea de que a futuro todo ese esfuerzo será para mejor y colaborará con el progreso.

En esta coyuntura tan compleja, de tanta inmediatez y de cada cambio de último momento son fundamentales las voces progresistas para nos guíen en una idea de qué futuro deseamos cuando todo esto pase. Las voces que bregan por la educación, los padres que por fin se levantaron de su gran letargo, se empezaron a involucrar en algo tan fundamental como el porvenir de sus hijos y de su posteridad, y posaron las miradas en la educación que reciben, son las nuevas visiones progresistas de la época. Aquellas que quieren recuperar el gran mito educativo de Sarmiento pero esta vez incluyendo a uno de los actores que siempre estuvo ausente en la triada educativa de padres, docentes y alumnos.

La pregunta que surge entonces es qué facción del espectro político está tomando esta demanda. Naturalmente uno pensaría que se trata de los partidos políticos que se adjudican visiones progresistas del mundo, ampliación de derechos, visión de futuro. Sin embargo si uno navega por la redes se encuentra con otra realidad, y si escucha los discursos oficiales es peor aún. Twitter arde a diario de padres reclamando presencialidad en escuelas y vemos a muy pocos dirigentes tomar estas demandas. Hasta que hace algunos días el político Juan José Gómez Centurión, alineado a la ultra derecha militarizada, homofóbica y racista, recogió el guante que dejaron suelto los autoproclamados progresistas que prefieren estar transando con la aristocracia sindical mientras el futuro se esfuma, y se alineó a los que piden la reapertura de las escuelas.

 


Cuando personajes como Macri o Donald Trump llegan a ocupar el máximo poder en una nación, son inocuas las indignaciones si no pensamos cómo es que llegaron ahí. Eso mismo me pregunto con Centurión ¿cómo llegó un personaje de ideas tan conservadoras a militar una causa que brega por una educación más igualitaria y de mayor alcance a la vez que pide la vuelta del servicio militar obligatorio y la quita de todo derecho a personas de diversidad sexual? La respuesta podría ser oportunismo político. Ocupó el lugar que otro dejaron vacante. Pero tiene poco sentido enojarse con alguien que entra cuando una puerta está abierta, todos los políticos con aspiraciones son oportunistas en nuestro país, la pregunta es ¿dónde estaba el progresismo que descuidó el lugar que naturalmente ocupaba?

En Argentina quienes se llaman a sí mismos progresistas y lo confirman con el aval de la gente que los llama progresistas, son personajes que entre otras cosas tienen la capacidad de adorar ciertas personas e instituciones de modo cuasi religioso. Adoran a personajes multimillonarios, defienden su condición de asquerosamente ricos por el hecho de haberla ganado trabajando como si un obrero no trabajara todos los días a destajo y no tiene la posibilidad de acceder ni a un 1% de lo que los adorados tienen; le justifican su patrimonio desmedido y sus destratos porque dicen que tiene “conciencia social”. Adorar a un rico con conciencia social es como adorar a Bill Gates, un acto de snobismo puro y duro. Adoran también a la clase sindical que está basada en estructuras vetustas donde un grupo de varones (siempre varones) está eternizado en un sillón con una clase trabajadora cooptada que no tiene mucho margen de movimiento. Enaltecen la carencia, la falta de educación formal, lo callejero, la vida en villa miseria, sin intenciones de cambiar esa realidad. Dignifican la pobreza no la combaten (toda persona es digna, lo que no es digno es vivir en la pobreza). Ensayan rulos retóricos intrincados para justificar accionares que son sólo simbólicos y que no se reflejan en realidades. Y todo esto lo hacen parados desde su pedestal de privilegio del que no se van a bajar. Te dicen “mi hijo tuvo clases todo el año por zoom” sin percibir que su hijo pertenece al 20% de niños que pudieron acceder al zoom y que un 80 % no pudo (ver informe de la UTEP). Lo dicen sin tomar conciencia que están ahogados de privilegios. Prefieren autoculparse de los errores colectivos antes que esbozar una crítica a su líder o incluso autosacrificarse con casos summum como el de Florencia Peña.

 


Cualquier parecido de nuestro progresismo con la religión no es pura casualidad, son tan conservadores como aquellos que habitan el Vaticano. Adoran sus riquezas, adoran que se eternicen en el poder, adoran el ser pobre, repiten milagros incomprobables que justifican sus acciones, se culpan a sí mismo (“por mi culpa, por mi grandísima culpa”) y se autoflagelan si Dios así lo quiso. Pero sobre todas cosas insultan la inteligencia ajena haciéndose llamar progresistas.

El problema está cuando uno busca progresismo y se encuentra que ese lugar fue ocupado por la derecha. En su último libro, el economista Pablo Stefanoni, se pregunta “¿La rebeldía se volvió de derecha?” y analiza cómo son hoy los discursos de la derecha y la ultra derecha los que llaman a la revolución, cultural y también en muchos casos violenta. Mi pregunta, que quizás responda la de Stefanoni, es por qué la izquierda se volvió sumisa, adoradora de líderes y dejó de cuestionar las verdades preestablecidas. Porque quizás la derecha empezó a ser revolucionaria desde el momento que la izquierda dejó ese lugar vacante para ser parte del establishment.

Francis Fukuyama en 1992 decretó el fin de las ideologías en su libro “El fin de la historia y el último hombre” auguró que los temas tomarían tintes de izquierda o derecha según la coyuntura. Eso explicaría por qué Centurión puede pensar a la derecha en cuanto a diversidad sexual pero a la izquierda en educación. Al parecer los que dicen pertenecer a una ideología sólo llevan un cartel colgado por cuestiones simbólicas porque eso excita a sus votantes, y es entonces que alguien de izquierda puede poner a las fuerzas nacionales en las calles sin que esto horade su posición de izquierda.

Los que contrariamente a Fukuyama, aun creemos en las ideologías, vemos con pesar al progresismo volviéndose aristocrático y a la derecha volviéndose rock. Y que la respuesta está donde estuvo siempre, no en adorarlos sino en interpelarlos.              

 

Publicado por Juani Martignone

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