Empatía grado cero
Corrían los primeros meses del 2020 cuando el presidente junto a un jefe de gobierno opositor y un gobernador miembro de otra facción de su coalición, se juntaban y agarrados simbólicamente de las manos, con calma, armonía y apelando a un fuerte compromiso social, nos pedían que nos quedemos un tiempito en casa. La sociedad puso toda su fuerza de voluntad ante el pedido conjunto y unificado de todo el arco político; el objetivo era preparar el sistema de salud, aplanar la curva y salir de esta situación mundial más fortalecidos que nunca. Algunos pasábamos listas de recomendaciones de libros, películas y series; unos daban ofrecían clases gratis de su espertise; otros saludaban a presidente por su cumpleaños, vía redes y sus cuyos saludos fueron respondidos casi uno por uno; los niños le mandaban dibujitos a Alberto con arcoíris y la leyenda que todo iría mejor, o eventualmente lo colgaban de sus ventanas; y por las noches, salíamos todos los vecinos a nuestros balcones a encontrarnos a cantar “una que sepamos todos”. Algo así como aquello que imagina Lionel Hutz cuando le preguntan cómo sería un mundo sin abogados, en aquel memorable capítulo de Los Simpsons.
La historia parece lejana,
parecen de retratos de esa Argentina que nos cuentan nuestros antepasados que
alguna vez fue, sin embargo, no pasaron ni 18 meses de estos sucesos (sí,
todavía no se terminaron las cuotas de ese colchón carísimo que te compraste con
Ahora
18 y que hoy vale tres veces más) ¿Qué pasó en medio para estar hoy
así? Podemos ensayar un montón de posibles respuestas que nos cuenten por qué
hoy volvimos a estar echándonos la culpa los unos a los otros, creyendo que
cada uno es dueño de la verdad, y probablemente todos tengan un poco de razón.
Lo inevitablemente cierto es que ese capital de confianza y persecución de un
objetivo común, se fue horadando de forma tal, que ya no importa el otro, el
objetivo, los viejos o los niños, sólo importa uno mismo. Y en este derrotero
de profundo individualismo, es que se perdió toda capacidad de empatía por el
otro, por su situación ante la pandemia.
Una madre (casi siempre es una
madre) se desespera porque no sabe cómo va a hacer para seguir yendo a trabajar
si su hijo tiene que estar todo el día en su casa, si tendrá que adelantarse
vacaciones (¿pero y si son más de 15 días?); o tendrá que pedir licencia sin
goce; o tendrá que poner la mejor la cara de póker ante su jefe para pedirle
hacer home office (porque según el DNU la virtualidad es un problema que deben
resolver los padres, docentes y alumnos, no por empresarios); o quizás tenga
que ir a trabajar con su o sus hijos a cuestas intentando trabajar y cuidarlos
y no hacer ni a medias las dos cosas. Esto se agrava si esa mujer es madre
soltera y único sostén de hogar que en Argentina son el 30% de las familias
(tamaño dato que se le pasó al flamante Ministerio de la Mujer que está
ocupado tirando tweets indignados). Sólo basta con hacer el ejercicio de
ponerse en los zapatos de esa madre y pensar cómo es esa vida para intentar
comprender su desesperación. En cambio, las respuestas que se multiplican en
los ámbitos privados y los públicos en redes son del estilo “Ustedes se
agolpaban en los shopping, ahora jodanse, se la buscaron” o “¿Para qué tuvieron
hijos si no se pueden hacer cargo de ellos?” o hablan del “Chat de mamis” de
manera socarrona. Una mezcla entre “te la buscaste”, “hubieses cerrado las
piernas” y “Las minas son todas unas histéricas”, lo que demuestra que el
discurso más rancio de la derecha conservadora vive en nuestra sociedad aunque
se quiera disfrazar de otra cosa.
Quizás fue que la infancia nunca
fue prioridad, hace un año atrás un perro podía salir entre tres, cuatro, cinco
o diez veces a cagar, mear y oler árboles, pero los chicos no podían salir a
una plaza porque eran “asesinos de abuelos”. Como sea, parece que no hemos
aprendido de la experiencia que parece lejana pero pasó recién ayer. Unicef
asegura que el daño provocado por el cierre de clases presenciales durante el 2020
afectó a 1.500.000 niños en el país, un país en el 6 de cada 10 chicos vive en
un hogar pobre, a ellos les decimos “Conectensé al zoom”; lo que demuestra, ya
no, que no pueden ejercer la empatía, sino que tiene un grado de desconexión
total con la realidad. Su realidad, es la realidad virtual, la que sucede en
videollamadas, en canales de TV y en redes sociales; se les pasan los casos que
tiene ahí, al alcance de la mano: la compañera de laburo, la vecina, la amiga,
la hija. Todas realidades en las que eligen no ponerse en sus zapatos porque
consideran que lo que “ellos ven” es más importante.
Podría explayarme sobre los viles
comentarios del presidente sobre los niños con capacidades diferentes, pero hay
mucho y muy bien escrito de gente que realmente sabe del tema, explicando por
qué un presidente debe hablar como un presidente (con datos, conociendo de qué
habla y sin ofender colectivos) y no como un taxista que te cuenta la verdad de
la milanesa porque él la ve en la calle todo el día desde el taxi.
Un trabajador informal (llamamos
informal a quien no tiene un recibo de sueldo o una forma de facturar los
trabajos que hace) se aterra cuando escucha las mismas palabras, calcadas a las
del año pasado, respecto de los nuevos cierren que afectarán necesariamente a
la economía. Recuerdan un 2020 en el que el pedido de 15 días se extendió hasta
la eternidad, los controles férreos y la amenaza de prisión a quien incumplía
las restricciones (por no entrar en los 200 desaparecidos denunciados durante
la cuarentena) ayudaron a la contracción fenomenal de la economía. Esperar otro
año igual, pero esta vez sin un tercio del salario mínimo para un mes como
ayuda estatal, claramente inquieta. Quienes no tenemos las necesidades básicas
aseguradas de acá a unos años y tenemos que salir a ganárnosla entendemos muy
bien la desesperación que genera la incertidumbre de no saber si mañana nos va
a alcanzar para pagar el lugar que vivimos o el plato de comida que
necesitamos. Esto se agrava si además tenes hijos (aunque ya sabemos que el
discurso de la cultura de derecha que nos gobierna es “¿Para qué abriste las
piernas?”). Ponerse en ese lugar es un ejercicio que debiéramos hacer para
comprender su enojo antes de tirarles un rosario de puteadas desde la comodidad
de nuestro sillón con la panza bien llena. Y si no nos gusta lo que dicen, cómo
lo dice o cómo lo expresan, o se vuelven iracundos, pero tenemos la capacidad
de comprender por lo que están pasando, lo mejor, a veces, es guardar silencio;
no aceptar, pero comprender; o simplemente escuchar.
Tirar máximas desde nuestro
pedestal del privilegio podría ejemplificarse con esa imagen de María Antonieta
que ante un pueblo francés enardecido por la falta de pan, que le recomienda
“pues entonces, que coman tortas”. La actriz Julieta Ortega nacida en argentina
y criada en Miami en el seno de una familia rica, vive hoy una vida acomodada
en su casa en el Palacio de Los Patos en la ciudad de Buenos Aires, se
autodenomina como progresista, empática y feminista. A su vez, dijo considerarse
peronista por tratarse de una mujer que busca la justicia social (recordemos
que su padre, un cantante popular, fue gobernador de la provincia en la que
nació, por el peronismo, con una gestión signada por el escándalo y la falta de
calidad política). No pasando 3 días de enrostrar a todos sus seguidores que es
una persona que vive ahogada en privilegios porque su padre hace un asado para
todo el clan Ortega (seis hijos con respectivas parejas y nietos) y se los
manda por taxi para tener una especie de “asadito virtual”, se puso furibunda
porque la gente de su barrio comenzó a manifestar su enojo, mediante cacerolas,
ante las medidas de cierre de escuelas y restricciones comerciales que había
dictado el gobierno que a ella le gusta. Pero claro, el problema no son las
medidas, el problema es la gente que se queja; me corrijo, el problema no es la
gente que se queja, el problema es la gente que vive en una ciudad que no
gobierna un peronista y se queja. El típico desprecio del peronismo a la ciudad
de Buenos Aires como si quienes viviéramos en ella no fuéramos también
ciudadanos argentinos. Son nacionalistas si se excluye al porteño, aunque
después amen venir a la ciudad por su oferta comercial, cultural y educativa,
en vez de quedarse en sus provincias perfectas. ¿Qué le impide a alguien con la
capacidad de Julieta Ortega mudarse a Aldo Bonzi si tanto le molestan los
porteños? Lo de María Antonieta se comprobó que nunca fue real, lo de Julieta
es tan real que duele.
Escuchar que una persona de cuarenta y pico está internada por covid acostada boca abajo para que los pulmones no se le llenen de agua, es comprender la magnitud del problema que estamos viviendo, que no es como dicen los periodistas anticiencia, fans de Chinda Brandolino, financiados por Belocopitt, que paradójicamente es el dueño de Swiss Medical. La situación es grave. No tener empatía por quienes están viviendo esta situación es ponerse a la altura de los comentarios ruines que le hicieron a Jonathan Viale en plena despedida de su padre porque no les gusta lo que opina; o decir en un discurso presidencial, tan suelto de cuerpo, que “el sistema sanitario se relajó” cuando están trabajando a destajo por miserias y hasta ahora solo recibieron, a los premios, un único bono, en 2020, de $5000 (7 kilos de asado, la mitad de lo que tiene que comprar Palito para que Julieta lo reciba en un taxi) sin considerar que debe tener un discurso empático con la sociedad, primero porque le estas pidiendo un esfuerzo y segundo porque ostentas con el título de presidente de la Nación.
También sé que los que ayer nos
pedían que miremos los virtuosos procesos que se daban en Bolivia y Venezuela,
hoy nos piden que miremos a Francia y Alemania. Pero debemos hacer dos
salvedades: una es que no estamos manejando el proceso tan desastrosamente como
Bolivia y Venezuela, a pesar de tener un escándalo de vacunados VIP (que todos
los días se renueva) como lo tiene Perú; la segunda, es que no somos ni
Francia, ni Alemania, no tenemos la capacidad que tienen esos Estados. Francia
tiene prohibido por ley habilitar una actividad laboral si la escuela está
cerrada para evitar que las tareas de cuidado recaigan en la madres, y Alemania
pone en cada lockdown (cuarentena estricta) diez veces más de su PBI de lo
puso Argentina en 6 meses del 2020 para asistir a quienes le piden que no
salgan de sus casas. Así y todo tienen también graves problemas con la pandemia
a pesar de que tiene un proceso de vacunación bastante más ordenado al nuestro
(que vacuna docentes universitarios que dan clases por zoom mientras todavía
queda más de dos tercios de la población de riesgo sin vacunar) y además a
ellos no les pidieron los hielos continentales a cambio de vacunas, del mismo
modo que tampoco lo hicieron con Chile y Uruguay. Somos un país con la mitad de
gente pobre, con un 10% que no come lo necesario, con un déficit educativo que
lleva al menos 20 años, con el 35% de la economía en negro y con una más de la
mitad de la población que vive de un salario provisto por el Estado, entre
empleados, jubilados y asistidos. Creí que ya el 2020 nos había dejado como
enseñanza que las comparaciones con otros países nos hacer incurrir en un error
tras otro.
La situación es compleja. Ponerse
en los zapatos de gente que sufre en esta pandemia es difícil, más aún, es
ponerse en los zapatos del presidente y todos aquellos que tienen
responsabilidad de gestión, que tienen que lidiar con decisiones, en la que es
obvio que algo vamos a perder y que vamos a sufrir. No puedo juzgar decisiones
sino pedir empatía. Hablar prepoteando y porongueando, en este contexto, es
contraproducente.
Y lo peor: cuando perdieron la
empatía los arriba, los abajo nos volvemos cada vez más mezquinos. Todo lo
contario a lo que debería suceder.
Publicado por Juani Martignone
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