Los Miserables

A fines del año 2023 vamos a haber vivido, como país, 40 años de democracia ininterrumpida, de los cuales el 70% del tiempo lo habrá gobernado el peronismo y el 30% restante lo habrá gobernado el no peronismo, con sus diferentes coaliciones. A 2 años de que esto suceda, nos encontramos con que la mitad de la población es pobre y un 10% no se alimenta lo suficiente. O sea que, desde la vuelta de la democracia, en 1983, ningún político que haya gobernado el país, por mucho o poco tiempo, con más o menos herramientas, puede hacerse el desentendido. Es infame echar culpas a otros, si en los años de cada gobierno no se pudo construir un sistema lo suficientemente fuerte que saque paulatinamente a la gente de la pobreza, sin que el próximo pueda venir y destruirlo en dos minutos, con dos decisiones. Gobernar pensando que a futuro pueden venir otros que no conciban el mundo como uno, es no entender de qué va la democracia.

Mucho debatimos sobre la calidad de democracia que queremos construir, que aun deja bastante que desear respecto de su calidad, ahora bien ¿cómo podemos hacerlo con estos niveles de pobreza? ¿Cómo podemos pensar que en el futuro se continúe con este legado democrático e incluso lo mejore en sus niveles de calidad si la urgencia de la mitad de la población es llegar a fin de mes? ¿En serio creemos que generaciones posteriores peor alimentadas que nosotros y peor educadas que nosotros van a ir camino a un país más justo, más democrático? Son temas que a nadie importa.

Hace apenas unas semanas todas las redes estallaron en reclamos y memes de búsqueda de una niña que vivía en la calle y fue raptada por un cartonero. A la niña la encontraron, todos descargaron su rabia furibunda contra el cartonero, lo apresaron y el tema finalizó. Hoy nos preocupa armarnos una nueva lista de reproducción de Netflix para la cuarentena que suponemos que se viene. Pasó la espuma, pasó el enojo, por ende, pasó el problema; sin embargo, el problema está más vivo que nunca.

El caso de la niña secuestrada es el fiel reflejo de en torno a qué giran nuestras discusiones. Todo el arco oficialista que está empecinado en revisar en revisar cada milímetro cuadrado de política que se haga en la ciudad de Buenos Aires, por haber cometido el error imperdonable por ellos de no ser un gobierno peronista, salió a recordarnos que en la ciudad hay 7.000 personas que viven en la calle. Un escandalo de proporciones siderales. Ahora si pensamos que en nuestro país hay al menos 300.0000 personas viviendo en la calle es un escandalo de proporciones siderales y nacionales, no sólo de la ciudad. Incluso si entendemos que en la ciudad se concentra el 10% de la población del país, podríamos decir que tener un 2% del total de los viven en la calle la deja bastante “mejor parada” que el resto del país. Pero esto sería discutir la miseria de la misera porque nadie puede estar mejor parado cuando el 1% de los habitantes del país duerme en las calles. Tirarse esos números o que la mayor cantidad de pobres la sigue concentrando el conurbano bonaerense, es entrar en un debate de egos que sólo sirve para acariciarle las espaladas a los gobernantes que logren ser al menos un pelín menos malo que el otro.

Actuar como súbditos de los gobernantes no ayuda cuando la situación es catastrófica. En una democracia normal, tendrían que estar en la plaza principal dando explicaciones inundados de la vergüenza que les da estar hacer décadas en la función, tener puestos de toma de decisión y que la cosa sólo haya empeorado, y cada vez más. Sin embargo Duhalde, el creador del parche de los planes sociales que se hicieron eternos, hoy es consultado como un gran estadista; Cristina, que dejó de contar los pobres para que los números concuerden con su relato, fue premiada por la sociedad con un nuevo puesto importante en el poder ejecutivo; y Macri, que pidió que se lo juzgue por la cantidad de pobres que recibía y la cantidad que dejaba, los incrementó en un 10% y hoy se pasea triunfante queriendo más tiempo para gobernar. El resto están muertos, pero aun conservan sus fanáticos.

La realidad es que, aunque todos deberían estar presos porque además de generar más pobres, robaron o rapiñaron el Estado de algún modo, lo mínimo es que no deberían gobernar más. Pero claro, los pobres no debaten, sólo necesitan comer, y los que estamos apenas por encima de la línea que nos separa de ser pobres, estamos ocupados en otros debates. Nos peleamos a muerte por sostener la frase de que en Argentina hubo clases durante todo el 2020 porque todos conocemos un docente trabajando a destajo y sin embargo de repente un día secuestran a una nena que vive en la calle, que apenas sabe hablar y ninguno se cuestiona si para esa nena también hubieron clases, si aún en condiciones normales (de no pandemia, me refiero) también podría haber tenido clases o si sus padres o sus abuelos tuvieron una educación suficiente.

Un tipo que mendiga entre la basura para subsistir, se lleva de un rancho al lado de una autopista a la hija de una mujer, que su vida está presa del paco, y nuestra discusión gira en torno a qué lado de la General Paz se encuentra para no herir la susceptibilidades del que gobierna en cada territorio; no vaya a ser cosa que no estemos adulando a un político en algún momento y nos traten de tibios (porque la tibieza no se mide en el nivel de crítica que uno hace, sino en la capacidad de adular a uno u otro que tenemos). Nunca nos cuestionamos por qué una familia que vive en González Catán elige irse a vivir a la calle, pero la ciudad de Buenos Aires. Eso me hace pensar en mi propia historia, cuando en mi pueblo natal me preguntan por qué elijo irme a vivir a un cuarto chiquito en una avenida ruidosa y en una ciudad enloquecida, cuando podría haber seguido viviendo en una casa grande con patio y con silencio mañana, tarde y noche; en mi caso, la respuesta está en las oportunidades de un lugar y otro, quizás esa es la misma respuesta de la madre de la niña secuestrada.

 


En el siglo XIX el poeta y escritor francés Víctor Hugo escribió “Los miserables” movido la profunda desigualdad y pobreza que vivía su país. Relató un mundo donde los desafortunados y los infames se aunaban bajo la palabra “miserable” preguntándose de quién era la culpa de que esto sucediera. La respuesta era clara.

Unos cuantos años después y por estos lados del Atlántico, todos conocemos la respuesta de por qué cada vez tenemos más miserables, sólo que nuestra condescendencia no nos permite decirlo, acusarlo, interpelarlo.

Los maestros se toman de un caso para extrapolarlo a toda sociedad, con el único propósito de militar escuelas cerradas, violando el principio básico de la estadística. Los actores “comprometidos” se despiertan de su letargo en sus casas fastuosas para oponerse a un proyecto urbanístico para hacer oposición, como si sus saberes fueran más importantes que el urbanista que estudio para ello. Los escritores juntan firmas para censurar toda palabra que habla mal de la dirigente que les gusta y apoyan librerías que invitan a quemar libros de opositores.

Mientras todo esto pasaba, un día nos despertamos y teníamos 19.500.000 millones de pobres, 6 de cada 10 niños pobres y 3.500.000 de personas que no pueden hacer apenas 2 comidas básicas. Traduciendo, tenemos casi la mitad de nuestro país viviendo en la miseria, esa que tanto le indignaba a Víctor Hugo y que nosotros todavía tenemos la infamia de mirar para otro lado.

 

Publicado por Juani Martignone

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