Sin resto

En el día de ayer se estrenaron nuevas medidas de restricciones a la circulación, a la vez que se rompía un nuevo record de casos. Motivos más que suficientes para decretar que estamos durante la segunda ola del coronavirus. Si uno más o menos viene siguiendo el estado de la pandemia en distintos lugares del mundo, el concepto “segunda ola” asusta, mucho más que el primero porque lo que pudimos ver (en países europeos, pero también acá nomás, cruzando el charco) es que, esta segunda escalada de casos suele más catastrófica que la primera.

Casos como Alemania, que sorteó con bastante holgura (si es que ese término puede considerarse cuando se habla de muertos), se vio casi colapsada con una segunda y tercera ola; vimos a una Angela Merkel pidiendo por favor. Portugal que parecía ser un oasis en el desierto covídico que representaba Europa, salió a festejar la Navidad y, desde ese momento, la segunda ola le empezó a cobrar las facturas atrasadas. Y más cerca, Uruguay, el país al que vemos cómo se nos adelanta cien años en progreso, ni tuvo que discutir en 2020 el derecho a la educación, hoy, se vio obligado a hacer cierres momentáneos (siempre con el horizonte de volver a abrir, la gran diferencia con nosotros) porque se vio azotado por esta segunda ola, aun siendo el segundo de los países que más ha vacunado en toda la región después de Chile.

Pensar en segunda ola asusta, o al menos, debería asustarnos, porque sumado a todo lo que sucede en el mundo con una nueva escalada de casos y considerando que somos un país con pocos recursos, debemos tener en cuenta que estamos sin resto. Sin resto económico, sin resto de conducta social, sin resto de capital simbólico.

No queda nada, ni siquiera un poquito para tirar en lo que nos falta; porque si hubiera algo de resto, lo normal sería que dada la cantidad de casos, el bajo porcentaje de población vacunada y viendo como actuaron eficazmente otros países ante la nueva escalada de casos, deberíamos volver a una cuarentena estricta por un tiempo prudencial; un shock para enderezar todo el barco y volver a trazar un plan de acá en adelante, pero en este país donde en la primera ola se gastaron todos los cartuchos, es casi imposible pensar en eso.

Hace un año el leit motiv del discurso oficial era “aplanar la curva”, una especie de objetivo único y común al que quizás le faltó un deadline (fecha limite), si es que lo tenía. ¿Hasta cuándo debíamos aplanar la curva? Acaso cuando esté plana ¿Íbamos a tener que volver a aplanarla? ¿Cuándo podía suceder esto? ¿O aplanar la curva iba a ser parte de la nueva normalidad de nuestras vidas? Ninguna de todas estas preguntas fue respondida con claridad, fue todo una especie de “vamos viendo” constante, lo cual en esta situación de incertidumbre mundial tiende a ser lógico. El problema es que a medida que las preguntas que no gustaban no se respondían, cuando hablaban, tiraban certezas. Y las certezas crean un panorama muy irreal en estas circunstancias de pandemia tan cambiante.

Hoy, viéndolo a la distancia, podemos notar que la propuesta para enfrentar la pandemia tenía fecha de caducidad en 2020: se aplanaba la curva, se extendía la cuarentena todo lo que haga falta, llegaban las vacunas en diciembre y en enero 2021 estábamos todos de nuevo en las calles con las bocas y las narices liberadas. No se tuvo en cuenta aquello de lo que los argentinos tenemos un máster con el sólo hecho de vivir en el país: tener la previsión de que algo puede no salir o salir mal. Y en efecto, algunas cosas no salieron como estaban planeadas o salieron mal, acá y en el mundo, pero no lo previmos. Cuando se le pregunta al ministro de economía por qué no hubo un gasto destinado a covid en el presupuesto 2021, responde que esperaban tener las vacunas en diciembre ¿Y si eso fallaba? No hay plan B, más que volver a hundir la economía con emisión monetaria, cosa que Guzmán ya se mostró enfáticamente en contra. Hoy que ni siquiera tenemos un cuarto de las vacunas que en teoría íbamos a recibir en 2020, tampoco tenemos la plata para paliar económicamente al ciudadano al que se le pide el esfuerzo de cerrar su fuente de ingresos. Nos quedamos sin resto.

Por más que hoy haya canales ultra oficialistas que quieran vendernos que por nuestra culpa, por nuestra grandísima culpa (bien al estilo de iglesia católica) hoy se están muriendo personas de covid a nuestro alrededor, lo cierto es que un año atrás, la sociedad argentina fue la más acató las restricciones de movimiento durante los primeros dos meses de cuarentena, según los registros de movimientos que hace Google a nivel global; nadie en el mundo acató mejor las restricciones de movilidad como lo hicieron los argentinos ¿Y cuál fue la recompensa? Una serie de casos que no son la envidia de países que pusieron en juego mucho menos y un agotamiento social producto de entregar compromiso y recibir siempre lo mismo: retos y más cuarentena. Actuaron como aquellas personas que repiten una estrategia que les funcionó en el pasado creyendo que funcionará siempre por su calidad de fórmula mágica, sin comprender que ante la mutación constante, la incertidumbre y los tiempos que se hacen prolongados es importante innovar.

En el medio fueron quedados rejected, marginales, gente que nunca fue contemplada en ningún plan y que de algún modo se las rebuscaron para hacer la suya por izquierda. Adolescentes a los que les quitaron toda posibilidad de sociabilización con sus pares (algo fundamental en esa etapa) encontraron su vía de escape en las fiestas clandestinas tras meses y meses en los nadie pensó una puta política para ellos. ¿Está mal lo que hacen? Claro que sí, pero es muy fácil sólo acordarse de estos chicos cuando es el momento de adjudicar responsabilidades después de un año entero que ni siquiera los nombraron porque parecía que no existían, ni ellos, ni sus escuelas, ni sus recitales, ni sus bares, ni sus viajes de egresados que vienen pagando hace dos años atrás. Nada, sólo echarles la culpa. Como ellos encontramos montones de grupos sociales que no fueron ni son contemplados a la hora de definir políticas de pandemia, y sé que es fácil hacer leña del árbol caído cuando no es uno quien debe tomar una decisión, pero pasó más de un año y todavía no hay una reflexión, sólo echar culpas. Para ellos que fueron olvidados y que hoy no sólo se los sigue olvidando sino que además se los reta por cadena nacional, tampoco hay resto.

Algunos le dicen “autoridad moral”, otros podrán hablar de “capital simbólico”, ambos refieren a la capacidad que una persona tiene hablar de cierto tema, algo así, como si predico con el ejemplo, tengo autoridad para hablar de eso y retar a los demás, incluso. Esto es lo que se ve en falta en el presidente Fernández, con una imagen desgastada (además de las encuestas, se ve en su ímpetu, en las marchas que le hacen, en los conflictos intrapartidarios) es muy difícil que alguien como él pueda hablar de ciudadanos responsables que asumen cuidados ante el covid, cuando lo hemos visto en infinidad de veces violar todos los protocolos que el mismo imponía: cumpleaños con Evo Morales en espacio cerrados y todos sin barbijo; asados de queruza con Moyano y familia en plena restricción de circulación; aglomeraciones producto de una mala organización del funeral de Maradona; abrazos cariñosos con todo aquel ministro que vino a asumir el lugar que dejó liberado una mujer por pedido de él mismo. A esto hay que sumarle una disforia entre la realidad y el relato, o el anuncio: cuarentena de 15 días que fueron 5 meses; 20.000.000 de vacunas aprobadas que fueron 200.000 vacunas que todavía estaban por confirmarse; vacunatorios VIP que se terminaron con el desplazamiento de un funcionario y todos los días nos enteramos de uno nuevo que se vacunó con privilegios sin distinguir partido político y sin castigo alguno; el anuncio del fin del patriarcado y ya no nos alcanzan las dos manos para contar la cantidad de mujeres muertas en apenas una semana. ¿Cómo hacemos para creer que esta vez es en serio? ¿De la misma forma que le tenemos que creerle al marido golpeador que esa fue la última vez? Todos los puntos de credibilidad que tenían hace un año el presidente se fueron borrando con cada promesa incumplida. Cada vez que nos daba una orden, detrás era él el primero que la incumplía siendo ellos mismos quienes quisieron hacer del cuidado de la pandemia un producto publicitario con famosos responsables. Cada vez que se borró con la mano lo que ayer se escribió con el codo fue dejando a la sociedad (salvo a los seguidores que no cuestionan) sin un resto, sin apenas un restito de confianza.

 


En estos momentos, que son muy difíciles, se juega sobre todo, la capacidad que tienen los gobernantes para transformarse en líderes, en personas capaces de inducir en la sociedad el comportamiento necesario para que todo vaya relativamente como se tiene planeado. Es muy difícil hacer esto cuando se tiene una oposición que en vez de pensar en el bien común y en la búsqueda de un rol responsable dentro del sistema político, llama a la desobediencia civil arengando la fantasía infundada que vivimos en una dictadura. Si con el tiempo Fernández será recordado como un presidente que no supo liderar ni reconocer errores, hay una oposición (lamentablemente mayoritaria) que debería ser recordada como irresponsable en medio de una pandemia que viene volteando muñecos en el mundo entero y que nadie todavía tiene la solución exacta de cómo combatirla.

Muchos recuerdan a Winston Churchill en medio de una Londres bombardeada, con la segunda guerra mundial a cuestas y a punto de caer en manos de los nazis, cuando se dirigió al pueblo inglés pidiendo el esfuerzo de la población a pesar de que aun iban a perder más de lo que ya habían perdido. Muchos lo dicen sin saber, pero en ese discurso Winston habló de que todavía faltaba mucho de “sangre, sudor y lágrimas” pero aseguró que juntos iban a poder liberarse del ejército alemán. Fue de ese modo que bañó a la población de una positividad heroica y un esfuerzo sobrehumano cuando ya no había resto para nada, que, entre otras cosas, logró que ciudadanos comunes salgan con sus yates propios a rescatar soldados acorralados en Dunkerque, lo que luego se conoció como el rescate más exitoso de la segunda guerra mundial.

Había una diferencia en Churchill: el punto de partida. El premier británico, nunca creyó que estaba gobernando un pueblo de imbéciles irresponsables. Quizás este cambio de visión nos dé el resto que nos falta para seguir tirando.      

 

Publicado por Juani Martignone

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