El arte del buen decir
Estaba en campaña. Las PASO le habían dado un fuerte apoyo, pero lo cierto es que aún no se había dicho la última palabra. En ese contexto el actual presidente Alberto Fernández le concede una nota periodística extensa a la ensayista Beatriz Sarlo para el diario digital Infobae. Una nota, al estilo de las de Fontevecchia en Perfil, que incluía texto y video. La sensación que me dejó la de escuchar a Fernández durante más de una hora y media de preguntas de una intelectual aguda como Sarlo, fue la de un candidato que estaba muy bien coacheado. Y esto lo digo lo como un valor positivo, ya que considero que todo aquel que aspire a sentarse en el sillón de Rivadavia, necesita un asesoramiento hasta para el arte del buen decir, del buen comunicar. Fue la misma Beatriz Sarlo que en medio del escándalo del vacunatorio VIP le recomendó en una carta a Soledad Quereilhac, la esposa del gobernador Kicillof, que uno debe reflexionar antes de decir la primera idea que se nos pasa por la zabiola. El tema es que a veces estamos en medio del fragor, o a veces no conocemos con profundidad del tema en cuestión y sabemos que la pulsiones no se controlan, pues es ahí donde se necesita un coach, o un vocero, o un asesor comunicacional que nos diga cómo decir lo que queremos decir sin que nos carguemos un tendal de quilombos en el mero intento.
En aquella nota con Sarlo,
Alberto Fernández tenía un muy buen coach. Cada palabra parecía cuidadosamente
elegida para incluir a todos, sin ofender a nadie y sin entrar en escándalos
pantanosos que no llevan a nada. Un valor en una Argentina en la que hasta un
corte de carne abre una grieta entre oficialistas y opositores. Alberto se
mostró moderado y muchos le creímos. A pesar de no haberlo votado (son un
votante en blanco hasta que alguien me convenza de lo contrario y con la
calidad última de candidatos es difícil de convencer a alguien que no está
casado con un partido político) cuando Alberto ganó la presidencia sentí que sería
la persona indicada para controlar las pulsiones de imperio e impunidad del
Cristina, a la vez que iba a tener una mirada sobre el pueblo y la cultura tan
despreciados por Macri y también podría hacer los ajustes fiscales necesarios
porque sabemos que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista; y si
un peronista dice que hay que comerse un ajustazo, otro peronista se lo come,
lo disfruta y luego agradece; y como diría el gran Halperin Donghi: nuestro
país es la Argentina peronista.
Me equivoqué, como tantas otras
veces en mis diagnósticos. Todavía me siguen recordando cuando voté a Lilita
para presidenta y a Recalde para jefe de gobierno. Alberto no pudo contener ni
a Cristina ni a cualquier subsecretario de segunda línea; no pudo hacer los
ajustes con amor peronistas que necesita el ministro de economía que él
designó; y tampoco tiene una mirada más compasiva para los sectores populares y
de la cultura que Macri tanto desoyó. Pero lo peor es que ni siquiera puede
contener su propia lengua y reflexionar antes de decir la primera idea que se
le cruza por la zabiola. Lejos quedaron las temporadas en las que asesores le
hacían decir “toda persona que tiene una empresa” para no decir “todos los
empresarios” y evitarse así planteos de por qué excluyó a las empresarias y a
les empresaries y a todo aquel que no se sienta incluido en el sustantivo que
el castellano designa como plural.
Primero tuvieron que hacerle la
misma recomendación que le hacían a Donald Trump: que deje el teléfono, que
deje de twittear, retwittear y de likear como si fuera un comentador más de la
realidad y no el mismísimo presidente. Un like al “gordito lechoso”, un retweet
al gorila vacunado por el culo por él y Putin y dejó un tendal de ofendidos. Los
justificadores seriales usaron el mismo argumento que los Trump supporters: es un
hombre pasional que no se puede contener cuando algo es injusto. Exactamente la
mismo que decía un colorado de Texas que votó a Trump, sólo que en castellano. Después
vinieron las declaraciones “ao vivo” para justificar cualquier medida infundada
que tomó: que vio a chiquitos compartir barbijos o que los chicos con
deficiencias mentales no entienden de restricciones sanitarias. Le revolearon
estadísticas y capacitaciones en cuestiones de discapacidad y cuando pensamos
que de esa forma controlaría un poco más el volcán en erupción contante que es
esa boca cobijada por un tupido bigote, volvió con todo y con el antecedente a
cuestas de haber ofendido a países de “La patria grande” con sus filminas con
datos apócrifos, esta vez arremetió contra los mexicanos diciendo que vienen de
indios y contra los brasileños diciendo que vienen de la selva. Pero para no
escatimar en poblaciones ofendidas, también ofendió a la propia diciendo que
todos los argentinos provenimos de europeos. Desconociendo a los pueblos que
originariamente habitaban estas tierras y aún conservan linaje, la diáspora
africana, el proceso de mestización, las campañas del desierto, la creación de
un Estado criollo. Básicamente desconoce la historia del país que preside.
También desconoce al citado por él en su frase, el premio nobel Octavio Paz,
primero porque esa no es exactamente su frase y segundo porque si al menos
hubiera leído la hoja completa de la cita y no sólo la frase que se encuentra
en memes en redes, se hubiese dado cuenta que el escritor mexicano estaba
diciendo eso a modo de crítica feroz a la idiosincrasia argentina.
Poco importa si el textual es de Nito Nebbia, porque si una canción de Nito Nebbia dice que Hitler es bueno, tampoco sería pertinente que el presidente se lo diga a Angela Merkel con la mera intención de chuparle las medias. Porque mi gran equivocación fue que Alberto Fernández no es un moderado, es un obsecuente de baja calidad. Delante de las feministas se declara el primer feminista, delante de Insfran como admirador de su gobernación y delante del presidente español como un europeísta. Obsecuencia que se ve desperdigada también en otros actores del gobierno como Victoria Donda (la funcionaria que durante una década le pagó $5000 a su empleada doméstica por mes aduciendo que le ajustaba la cantidad de horas para no pagar de más) que tildó como “histórico” el hecho de que el presidente haya pedido disculpas como ya sabemos que no es un modo de pedir disculpas. Disculparse si alguien se ofendió es asumir que su discurso no fue ofensivo pero quizás alguien muy sensible se sintió tocado, cosa que después afirma cuando dice que quien no entendió lo que dijo es un botarate, sólo que con palabras más ofensivas, por supuesto. Si yo digo, aludiendo a una canción o a la interpretación que pueda hacer de un escritor, que todos los homosexuales son pedófilos en potencia, estoy cometiendo un acto de ignorancia que además ofende a todo un colectivo. Decir que “si algún homosexual se sintió ofendido con mi declaración merece mi disculpa” no reflexiona sobre el tremendo acto que acabo de cometer. Si realmente siento que estuvo mal diré “Mi propia ignorancia me llevó a decir una frase que ofende, por lo tanto pido disculpas por ello”. Es un básico en el pedido de disculpas que creí que con Macri lo habíamos aprendido, pues no.
La legión peronista, esa masa
comparada con el palermitanismo que goza de las mieles del capitalismo pero
esbozan a viva voz un discurso comunista para dormir tranquilos con su
conciencia, algo así como usar IPhone y viajar Miami pero con la
camiseta del Che Guevara, hoy se corre cada vez más a la derecha y acusa de “generación
de cristal” a todos los que se sintieron tocados por la frase de Alberto, sin
percibir la figura presidencial que lo embiste. No fue una frase de la Tota
y La Porota barriendo la vereda, fue el presidente. Aquellos que hace
unos años hacían cualquier cosa por mandar a sus hijos a una escuela privada
para que no pierdan días de clase o estén mejor conectados para el futuro,
entendían bien la gravedad de frases desafortunadas en boca de un presidente
cuando Macri dijo “caer en la escuela pública”. Hoy se resetearon, o se callan,
u olvidan sus valores si lo dice un peronista porque para ellos no hay nada
mejor que otro peronista.
Más astutos son los intelectuales
que abandonaron la búsqueda de un pensamiento crítico para transformarse en
buscadores de rulos retóricos que justifiquen todo aquello que el partido que
le gusta hace claramente mal. Ellos son expertos en el buen decir. A diferencia
de lo que sucede en distritos no peronistas donde cada decisión de gobierno lleva
nombre y apellido (“Larreta asesina docente mandándolos a trabajar a la escuela”),
cuando se trata del gobierno nacional todo se informa con la lógica de la
información meteorológica. Es algo que está, algo que existe, que no se puede
evitar. Nadie va culpar al presidente si un meteorólogo dice que esta tarde
lloverá y tampoco va a pedirle que haga que salga el sol. Si hoy la noticia es
que muere asesinado un adolescente qom en Chaco, no se dirá que Jorge
Capitanich asesinó a un adolescente qom, porque es un gobernador peronista. Se
dice como el clima: nadie tiene la culpa de que llueva, nadie tiene la culpa de
que un adolescente qom muera asesinado.
Es con esta lógica que la
intelectualidad justificadora del peronismo trató el tema del exabrupto
presidencial: “el argentino desconoce nuestras raíces indígenas y cree que
venimos de barcos europeos”. No es Alberto Fernández quien lo desconoce, es el
argentino, somos todos, es algo general que no puede cambiarse como el clima,
simplemente sucede. El tema es que cuando hacemos hincapié en que todos somos
el mal, nadie es está mal. La pandemia es un gran ejemplo: para qué criticar lo
que acá sucede si en Europa también están mal. Asumimos que ese mal es sólo uno
más de todo lo que está mal como si fuera la mismísima lluvia que sucede y ya,
no identificamos para corregir, dejamos que suceda, nos acostumbramos y siempre
estamos un poquito peor. Cuando nos queremos acordar la lluvia se hizo ácida y
qué podeos hacer si nadie controla el clima. Lejísimos quedaron los extensos
textos de la revista Anfibia y el diario Página
12 que culpaban directamente a Macri y al neoliberalismo de que
intentemos aprender hablar en inglés, acudamos a la quimioterapia o rechacemos
el “Telar de la abundancia”. Hoy el racismo que exuda el presidente, no es
problema de él, es un problema de todos, es un problema tuyo. El presidente
hace una declaración racista y vos sos el que tenes que ponerte a reflexionar
sobre tu racismo en sangre.
Vivimos en la era de las
comunicaciones porque estamos cada vez más comunicados, el problema es que cada
vez comunicamos peor. Eso no lo solucionan ni las redes sociales, ni leer más
noticias, ni la posibilidad de acelerar los audios de whatsapp, ni cambiar el
lenguaje para que incluya a todas y cada una de las pluralidades. Las
herramientas están, sólo hace falta saber usarlas y luego usarlas. Si fuéramos
presidentes de una nación lo deseable sería que tengamos un asesor que nos
indique cómo usar el leguaje y cómo comunicar sin quedar como unos brutos
arrogantes.
Si sólo somos simples personas y
nos alcanza con el consejo de Sarlo a Quereilhac: “reflexionar sobre las
consecuencias de la primera idea que se nos pasa por la zabiola”. Nos ayudará a
tener interacciones más fructíferas y nos evitará la culpa que la
intelectualidad nos quiere adosar a todos cuando alguien que ellos les gusta,
se equivoca.
Publicado por Juani Martignone
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