Pandemia para ansiosos
Vivimos en un contexto pandémico y pesadillesco en el que, después de un año y medio, todos queremos que esto termine. El país con más consumo per cápita de psicofármacos y ansiolíticos redobló los valores que le dieron ese puesto y nos hemos vuelto inalcanzables. La ansiedad nos está matando. Ansiedad por ver a nuestros seres queridos como antes, por vacunarnos, por recuperar actividades perdidas. Básicamente nos mata la ansiedad de que todo esto termine de una buena vez, sin siquiera comprender que quizás lleve mucho más tiempo del que nuestros políticos nos prometen o que quizás nunca termine del todo y algo nos deje en nuestras conductas.
La ansiedad es un tema que
siempre ha ocupado. El psicólogo Walter Mischel realizó por más de 40 años, un
experimento muy conocido, que puede verse en Youtube o incluso la
parodia que hicieron Los Simpsons, que consistió en poner
a los niños de la guardería de la Universidad de Stanford (universidades en la
realizaba sus investigaciones) dentro de una cámara Gesell con un malvavisco
(una golosina muy deseada por los niños estadounidenses) y con una única
consigna: si lograban aguantar 15 minutos sin comerla, no sólo se llevarían el
malvavisco en cuestión, sino que se llevarían otro, o sea, dos. Esperar 15
minutos y la controlar la ansiedad para tener una gratificación doble. Las
reacciones son variadas: están los que prefieren la gratificación pequeña pero
inmediata y se comen automáticamente el malvavisco; los que esperan con un una
voluntad férrea, pero dolorosa, y se llevan los dos; y los vivos que intentan
comer un pedacito para saciarse pero escondiéndolo bien para que luego no se
den cuenta y se terminen llevando el segundo malvavisco.
Tras el seguimiento de esos niños
por 40 años el estudio determinó que aquellos niños que lograron esperar los 15
minutos indicados y obtuvieron la gratificación doble, mantuvieron esa
conducta, lo que les llevó a conseguir mejores empleos, escalar en altos
niveles educativos, obtener logros económicos y sociales más sólidos. En cambio
aquellos que no pudieron controlar su ansiedad y se comieron el malvavisco tuvieron
vidas más inestables, cambios vertiginosos de carreras, inestabilidad laboral,
poco compromiso, y más dramas existenciales. En cuanto a quienes quisieron
esconder la trampa que habían hecho para obtener el segundo malvavisco, algunos
tuvieron más suerte que otros pero a todos los signaba una conducta: la del
atajo como modo de llegar a los objetivos. Por supuesto que, como todo
experimento, tuvo ciertas excepciones, pero básicamente mostró un patrón en
cuanto a aquellos que no pueden controlar la ansiedad.
Cuando en nuestro país vemos que
con cada intento de recrudecer las restricciones sanitarias la población está cada
vez más reticente a cumplirlas, podemos estar hablando de esa incapacidad de
esperar la gratificación retrasada que estudió Mischel. Incapacidad que tenemos
de quedarnos guardados, al menos 9 días, para en el futuro tener mejores
indicadores en cuanto al avance y detención del virus. Esta situación la pude
ver muy claramente cuando se dictaron las medidas de restricción que devolvían
el fin de semana largo del 25 mayo, pero se decretaba la imposibilidad de
realizar viajes y reuniones. Estaba esperando ese fin de semana para visitar a
mi madre, a quien sólo vi cuando los decretos lo permitieron (o sea, muy poco:
porque tiene una edad de riesgo y porque vivimos a 200 km de distancia) para
ponerla al tanto de cosas que siempre son mejor decirlas personalmente que por
videollamada, sin embargo ese fin de semana controlé mi ansiedad y recurrí a
contárselo a través de una pantalla de teléfono. También fue que a través de
esa pantalla de teléfono, vía redes sociales, vi como todos aquellos
coterráneos que nacieron en Arrecifes y viven en la ciudad de Buenos Aires como
yo, se fueron a aprovechar de su familia los 4 días de fin de semana con reuniones
y asados y juntadas varias. Los mismos que en sus redes están constantemente
reafirmando las restricciones impuestas por el presidente, no tenían tapujos en
mostrar en sus redes sociales cómo ellos no podían controlar esa ansiedad (por
supuesto, como sucedió con los vacunados jóvenes, todos tenían un motivos que
consideraban válido para romper la restricción aunque el decreto no lo indicara
como excepción). No esperaron ver a su familia para luego comerse el doble de
malvaviscos, se comieron el que había (el finde de 4 días) y después que sea lo
que Dios quiera.
La conducta del “que sea lo que
Dios quiera” la podemos ver replicada en muchísimos índoles en nuestro país.
Nadie cumple, nadie espera, nadie sigue los procedimientos porque tampoco nadie
le tiene asegurado que ese futuro tendrá esa gratificación prometida. En un
evento TEDx en la ciudad de Rosario, el economista y político Martín
Lousteau, dio una charla titulada “Economía para ansiosos” en la que rememoraba
el experimento de Mischel, a la vez que marcaba todos los indicios que se daban
en la historia del país para creer que esa gratificación nunca llegaría. Se
preguntaba “¿Cómo le voy a recomendar a alguien que la mejor manera de
fortalecer su economía personal es ahorrando una parte e invirtiendo la otra si
cada 10 años una crisis devalúa todos los ahorros y con cada gobierno las
reglas cambian, motivo por el cual todo lo que se invirtió en base a una
reglamentación, hoy ya no sirve?” Hablaba de que es más fácil controlar la
ansiedad y evitar los atajos, las trampas y las estafas, si uno tiene por
delante una ruta clara, recta y sin obstáculos. Cuando la ruta no ve el
horizonte, está llena de pozos, puntos oscuros y uno no tiene la certeza de que
llegará a término ¿cómo convencer a la población de que no tome un atajo o se
gaste todo el combustible pisteando los primeros kilómetros y después “que sea
lo que Dios quiera”?
En nuestro contexto no hay manera
de dejar afuera que el gobierno conspiró en contra de las mismas medidas que
ellos tomaban. Para obtener buenos resultados en cuanto a la gratificación
retrasada lo importante es que las reglas sean claras, se cumplan y la
gratificación sea la indicada por parte de quien propone el esfuerzo. Para
ejemplificarlo: si Mischel propuso esperar 15 minutos para obtener dos
malvaviscos, no puede hacer esperar a los niños media hora o una hora; del
mismo modo que tampoco puede ofrecer 2 malvaviscos para quien espere los 15
minutos y al cabo de cumplirlos sin comerlos no se lo dé porque en realidad no
tenía el segundo malvavisco. Eso sucedió en el país. Las restricciones que se
propusieron como de 15 días, medio mes, terminaron siendo de más de 6 meses, y
en algunos casos, como los cines y teatros, estuvieron más de 12 meses sin
poder abrir sus puertas. Es cierto que todo es impredecible en una pandemia
pero multiplicar el tiempo propuesto en 12 veces como mínimo, sin
gratificaciones intermedias, es al menos un acto de impericia e improvisación.
Por otra parte si nos guiáramos en las gratificaciones propuestas que fueron
incumplidas (se prometió para diciembre de 2020, 21 millones de vacunas que hoy
en Junio de 2021 no las tenemos, aun habiendo comprado a distintos proveedores)
también vemos cómo influye en la ansiedad de la población y en la resignación
de que sea lo que Dios quiera.
El caso de las escuelas es el más
claro para ver. Se suspendieron las clases con la promesa de volver antes de
fin de año y no volvieron. Se vacunaron los docentes como prioridad por encima
de un colectivero para que vuelvan las clases y no volvieron. Se prometió que
la escuela era lo último que cerraba y cuando el número de casos subió fue lo
primero que cerraron dejando abiertos restaurantes, mercerías, comercios que
levantan quinielas y marchas multitudinarias. Se prometió que suspendían las
clases sólo por 15 días en 2021 y fueron más de 60. Nadie se disculpa, nadie
admite el error de dejar a los chicos afortunados con un año y medio sin clases
y a los desafortunados (más de un millón de chicos) fuera del sistema escolar.
Afirman de forma inclaudicable la falacia de que clase hubo, cuando todos los
encuestas dicen que el 70% de los chicos que lograron mantener un mínimo
contacto con la escuela (descontando el millón que se cayó del sistema
educativo) fue rudimentariamente y a través de Whatsapp.
Ante tanta promesa incumplida y
tanta gratificación pospuesta y repospuesta y repospuesta, me hago la misma
pregunta que Lousteau se hacía respecto a la economía ¿Cómo convencer a la
gente que se quede en su casa 9 días que es lo que efectivamente bajará los
casos si después modifican los datos para que le cierre con el discurso? ¿Cómo
decirle a una persona que no truche su declaración de persona de riesgo para vacunarse
porque vacunas hay, si todos los días estamos contando los puchitos que nos
llegan que no son ni el 50% de lo que necesitamos? ¿Cómo explicarle a tu hijo
que tendrá clases por zoom pero en 15 días volverá a la escuela y aprenderá
todos los conceptos en horas extras si vamos año y medio y la ministra de
educación de la provincia de Buenos Aires no se percató que para abrir escuelas
en invierno y con ventilación era necesario tener calefacción y recién el
miércoles se puso a trabajar en ello?
Aún recuerdo los primero días de
la cuarentena en la que todos pusimos nuestro voto de confianza y esperamos
cual niño los 15 minutos esperando recibir el doble de malvaviscos y hoy
tenemos un presidente con un nivel de aceptación bajísimo. Recuerdo los
discursos de Ángela Merkel en el que invitaba a probar estrategias y luego daba
la cara asumiendo haberse equivocado mientras que acá sólo teníamos certezas y
épica (basta ver los flyers del Frente de Todos que anuncian que la
Sputnik se fabrica en Argentina cuando en realidad falta un año con suerte para
que eso suceda). Es entonces que pienso que si la Argentina fuera uno de los
niños del experimento de universidad de Stanford probablemente sea de los que
no se come el malvavisco esperando el segundo (pensemos que somos buenos
cumplidores de las reglas cuando estamos en el extranjero). Quizás nuestro
problema es que nuestro Mischel nos hace esperar más de 15 minutos mientras
busca ese segundo malvavisco que no tiene y nosotros lo sabemos.
Publicado por Juani Martignone
Todo el contenido, como las responsabilidades derivadas es
propiedad de quien firma.


Comentarios
Publicar un comentario