Democracia versus nacionalismos y populismos

En una charla de amigos, uno afirmó que la democracia era “el gobierno de las mayorías”. Todos acordaron con que esa es la mejor definición de una democracia, salvo yo, que dije que “la democracia es el gobierno de los acuerdos entre mayorías y minorías”. Nadie acordó conmigo, todos tenían algún ejemplo real y concreto de políticos o políticas de Estado con las que no simpatizaban y sin embargo las aceptaban porque así lo pretendía la mayoría. A lo que arremetí que lo aceptábamos porque previamente habíamos acordado con esa mayoría que así sería. Entonces, el que formuló aquella primera definición de que las democracias son los gobiernos de las mayorías, me preguntó “¿qué pasa si toda la población llega a un acuerdo pero un solo ciudadano está en desacuerdo? ¿Qué hace la democracia?”. “Lo respeta” respondí. La democracia es el único sistema político que pone a mayorías a discutir con minorías para llegar a un acuerdo y gané quien gane respeta a todos, incluso a aquellos que no les gusta este sistema.

La mayoría es apenas un sistema por el cual previamente acordamos que se tomará por válido, pero no es la democracia en sí, porque por más mayoritario que sea un grupo, el sistema democrático lo obliga a sentarse con todas las minorías a debatir todas y cada una de las políticas de Estado a implementar, y aunque esas minorías no tengan la fuerza de torcer el resultado tienen el derecho de expresarse y ser escuchadas. Son incontables los casos de leyes donde el bloque mayoritario no se impuso con su proyecto, sino que las minorías fueron juntándose y acordando, incluso convenciendo a personas del bloque mayoritario. Basta con ver cómo votan los bloques minoritarios y mayoritarios cuando se trata de derechos sociales. También la democracia tiene la representación de otros bloques que escapan a la lógica de la mayoría o minoría, como son los entes técnicos, mejor representados por los jueces, a quienes no les importa el acuerdo de mayorías con minorías, sino que se legal, constitucional. Con ellos, también hay que acordar.

En países ultra presidencialistas como el nuestro es difícil ver que el gobierno no es más que el presidente y todos los asesores que pone a dedo. Indigna que la interventora del INADI sea la encargada de juzgar los dichos discriminatorios del presidente que la puso en esa posición, era obvio que sólo tendría loas para con su jefe. Más aun indigna si esa interventora se apropió del Estado para repartir puestos a gusto y piacere después de haber precarizado durante años a su empleada doméstica boliviana y todavía se mantiene en el puesto. Ver semejante obscenidad e injusticia nos hace repetir “Bueno, ellos ganaron, esto es lo que quiere la mayoría, nos la tenemos que bancar”. Sin embargo, se podrían presentar leyes que cambien la forma de designar a los interventores del INADI para lograr una mayor equidad. Si no se hace, no es un problema de la democracia, es un problema de representatividad: a quienes pusimos en el congreso con nuestro voto para representen nuestros intereses les da lo mismo todo el affaire Vicky Donda porque no hacen nada al respecto. Quizás nosotros deberíamos elegir representantes no para gane uno o pierda el otro sino para que hagan eso que deberían hacer: representar nuestra voz en el congreso.

También es cierto que en el sistema argentino un presidente tiene la capacidad de realizar decretos cuando se le cante bajo la excusa, casi nunca bien justificada, de la “necesidad y urgencia”. Nuevamente, indigna que sólo el presidente acuerde entre gallos y medianoche con cinco gordos sindicalistas (no hay gordas porque hasta en los rubros más feminizados como la docencia, todas las maestras son representadas por un señor gordo apellidado Baradel, otro problema de representación, sólo que los sindicatos no tienen nada de democráticos) que en adelante un empleado que accede a un trabajo pierde la libertad de elección de su sistema de salud al menos por un año para asegurarle la caja (los ingresos) a esos cinco gordos, y todo esto sin que ninguna de la minorías (ni mayorías porque ni siquiera había circulado un proyecto de ley) se entere de este cambio radical en la vida de los trabajadores formales, o sea al 30% del total de los trabajadores porque del resto que está en la informalidad no hay forma de disponer de sus ingresos (esto quizás responde por qué la Argentina es el país donde más se evade). Aun así, este DNU, como todos los DNU, debe ser aprobado o rechazado por el congreso, ese lugar donde acuerdan mayorías y minorías. De nuevo, no es un problema de la democracia sino un problema de quienes nos representan. Sería oportuno saberlo cuando estamos a meses de votar a los nuevos integrantes que representaran nuestros intereses en ese congreso.

El problema de creer que la democracia es solamente una mayoría que gobierna reside en definir quién es la mayoría argentina. A priori podría decir que son los pobres, somos un país donde la mitad de la población es pobre y una franja bastante grande está agarrándose con uñas y dientes para no serlo, pero está ahí nomás. Ahora podríamos pensarlo en términos de mayoría productiva y ahí ya no me queda claro si es el campo, o los petroleros o solamente Marcos Galperín y todo su MercadoLibre. Para saldar este problema, los populistas introdujeron el concepto de que la mayoría es el pueblo ¿y quién es el pueblo? Bueno cada populismo trazará su propio perfil y es así que algunos llamarán populismos de izquierda o populismos de derecha cuando en realidad no tienen nada ni de derecha o izquierda, son populismos. Para Cristina el pueblo es una cosa (que no es lo que ella practica) y para Trump el pueblo será otra bien distinta. En lo que ambos estarán de acuerdo es que donde está ese pueblo está la Nación. Los nacionalistas, los que verdaderamente aman a su patria, son el verdadero pueblo, el pueblo que vale. Todos los demás, son antipueblo, odian su nación, son el enemigo a combatir. El enemigo interno.

El kirchnerismo con su prédica de nacionales y populares encarnó muy bien está idea de ser sólo ellos el pueblo y todo aquel que se le opusiera los antipueblo, los que quieren destruir el país. Pero no son los únicos. En el ala opuesta tenemos exactamente la misma lógica sólo que en sentido contrario.

Los llamados “sectores del campo” son un grupo que cumple con todos los requisitos para ser ese sector populista nacionalista: se adjudican ser la mayoría por ser quienes más producen, “los que mantienen al país”; dicen ser el verdadero pueblo, porque, según ellos, la argentina es la que está en la tierra produciendo y no la que está en la ciudades consumiendo lujos burgueses; se autoproclaman nacionalistas, porque ellos, que son los únicos que trabajan y lo hacen por amor a esta tierra, por amor a esta patria; por consecuencia, quienes no están en el campo trabajando la tierra no quieren a su país, no lo quieren sacar adelante, sólo quieren vivir de planes que ellos dicen bancar, y por lo tanto no son el pueblo, son el enemigo interno, ese al que hay que combatir. Nos vienen a decir que el kirchnerismo nos mintió y ellos son los verdaderos nacionales y populares. En definitiva, todo es una lucha por adjudicarse el título de propiedad de la Nación y del pueblo.

Si realizamos una mirada a vuelo de pájaro o a drone de Infobae a la marcha convocada en la localidad de San Nicolás para defender “los intereses de la república” (sería bueno que esta gente entre cosecha y cosecha estudie bien cuál es el concepto de republica que tanto evocan) podemos ver que todos los presentes vestían ropas gauchescas, el verdadero argentino, el verdadero pueblo. Pero sobre todo, la multiplicación exacerbada de banderas argentinas. El mensaje es claro: ellos son la Argentina. Todos los que no pertenecemos a la pampa gringa no podemos siquiera osar usar nuestro símbolo patrio porque no somos el pueblo, no somos la verdadera Nación, no amamos lo suficientemente a lo nuestro, a nuestra patria. Desde ya que este movimiento, no es una juntada de campechanos autoconvocados sino que también tienen una representación política: Patricia Bullrich salió en primer plano montando un caballo a lo gaucha con una horda de bandera argentinas de fondo. Ella es la política del pueblo, ella es la verdadera nacionalista. Básicamente una nueva configuración de la Cristina Kirchner que solíamos conocer.

 


Por el otro lado tenemos al kirchnerismo de la tercera ola, que insiste en su conformación de perfil de un ser nacional y popular aunque esté perdiendo ese olfato del sentir de las masas (basta ver el fallido caso del músico L-Gante que Cristina quiso adjudicarse y luego él la terminó poniendo en su lugar). Y estos kirchneristas que ya son adultos y viven de glorias que tienen al menos una década están cada vez más radicalizados en cuanto a aquellos que no pertenecen al pueblo, se han aburguesado y por su por supuesto, se han vuelto paladar negro. Todo lo que no le gusta a este kirchnerismo tardío, es antipueblo, odia al país, es el enemigo interno a derrotar. Los comentarios desagradables sobre los varados en el exterior por una política intempestiva del gobierno nacional lo dejaban bien en claro: quien vacaciona afuera no es argentino, no es parte del pueblo, no quiere a su país; por lo tanto en la lógica populista es mejor que no vuelva nunca más al país, ya que son el enemigo interno al que hay que eliminar.

Mucho más claro que los comentarios de Úrsula Vargues o el humor oficialista de Pedro Rosemblat, fueron las declaraciones, nada más y nada menos, que del jefe de gabinete del gobernador Kicillof, Carlos Bianco, al afirmar que la oposición era peor que el fascismo o el nazismo porque ellos “odiaban al país”. No sólo insiste con la lógica de que todo lo que no está dentro de sus cánones es antipueblo o antipatria y su única intención es destruir el país, sino que además está haciendo una valoración positiva del nazismo porque dicho en otras modos, “los nazis, al menos amaban su país”. Lo que no percibe Bianco, ni todo el discurso kirchnerista y Bullrrista que tiende a creer que otro, su adversario, odia al país, es que uno de los argumentos que sustentó fuertemente el crecimiento y posterior poderío del régimen nazi fue el hecho de acusar a personas de odiar al país. La demonización de los judíos considerando que no eran verdaderos alemanes y acusándolos de conspirar para un orden que está en un poder del exterior (idea más bien kirchnerista) fue lo ayudó a que Hitler a que se cargara 6 millones de personas.

Para quienes no han tenido la suficiente lectura o información sobre lo sucedido en el período de entreguerras que terminó con la Shoá, conocida como el Holocausto, pueden verlo bien claro en la serie Babylon Berlín que a medida que se pasan las temporadas y que todos los alemanes viven en un sistema que en los papeles es una democracia y todos creer vivir sus libertades sexuales plenamente, va creciendo esa idea de que hay un otro dentro del mismo territorio que en realidad es un enemigo, y de a poco esa democracia fue horadándose, descreyéndose de ella, por prácticas al estilo el affaire Donda, hasta que un día se despertaron y el judío que ayer era un alemán más, hoy era un enemigo infiltrado para servir a los intereses de un poder judío supremo que estaba en el exterior. Había que exterminarlo. Ese es el riesgo que podemos sufrir si discursos como el de Carlos Bianco proliferan, o si discursos como el de Bullrrich se radicalizan más.

La democracia utiliza como método a la mayoría para saldar sus resoluciones, pero estas no tienen el poder absoluto, por lo que no hay que definir donde está la mayoría, si en los pobres del conurbano o en los gauchos de la pampa húmeda. La democracia los aúna a todos para lleguen a acuerdos. No se trata de definir quien ama más al país, quien es más pueblo, quien merece vivir en estas tierras y quien no, se trata de convivir los unos con los otros llegando a acuerdos sin querer exterminarlos en el intento.

Hace casi un mes me mudé a un departamento en el que muy amablemente me incorporaron en un grupo de Whatsapp donde en teoría se debieran hablar de temas relacionados con el consorcio, pero en la práctica es un folletín de la vida de los vecinos. Cuando expresan sus opiniones sobre seguridad, estética del edificio o sobre la gente que está durmiendo en la calle en la vereda de en frente, la primera pulsión que me surge, es la de querer insultar a todos, matarlos y cambiarlos por gente que esté más alineada a lo que yo pienso. Sin embargo, respiro y digo “busquemos la solución porque con esta gente hay que armar un consorcio”. Extrapolándolo, puede que no me guste que el pueblo sea un miserable andrajoso, lumpen proletariado en palabras de Marx, o puede que no me guste que el pueblo sea una pampa gringa que se autopercibe más de lo que es, aun así, con esa gente hay que armar un país. Con todos adentro y respetando incluso a las minorías. Eso es la verdadera democracia, que importa más que el verdadero pueblo.         

 

Publicado por Juani Martignone

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