El sexo como pecado
En una entrevista en el programa radial “Vidas prestadas”, la escritora Tamara Tenembaum le contaba a la conductora cuánto la presionó la editorial para que no ponga en el título de su libro la palabra “coger” por tratarse de una palabra chabacana y con reminiscencias soeces. El libro en cuestión se llama “El fin del amor: querer y coger en el siglo XXI”. A la autora, consiente que es mayoritariamente leída por mujeres, le parecía un desafío que una chica deba enfrentarse a un librero y pronunciar la palabra “coger” sin ponerse colorada. Quería que desde el título se amigaran con una palabra que debería ser más natural, ya que refiere a una actividad placentera y, que además, las igualaría a los varones que no tienen ningún tapujo en decir la palabra “coger” sin que se les mueva ni un pelo de la nariz. En cierto modo Tamara estaba instando a perder el tabú sobre el sexo, porque aunque a muchos les cueste pronunciarlo, las mujeres también cogen, y de paso, los y las viejas también.
Si hace 20 años, cuando partí de
mi pueblo a una ciudad enorme, me hubiesen dicho que ya entrando en la tercera
década del siglo XXI, la sociedad sería una sociedad puritana, no lo hubiese
creído. Constantemente se repite el axioma que los jóvenes de hoy son más
libres a la hora del sexo que los del 2000, sin embargo es todo lo contrario.
Existe una aparente libertad
sexual en la que ya no se juzga la intimidad de uno, pero esta intimidad
liberal que se proclama, es meramente individual: uno puede ser lo que desee siempre
que sea dentro de su intimidad. El problema, cada vez más áspero, es cuando
queremos compartir esa intimidad con otro, ahí todo se complica, se reglamenta
y se condiciona al máximo. Para ponerlo en un ejemplo práctico, yo puedo
considerarme “varón masculino cis homosexual gay no queer” (aunque parezca
inverosímil todas las palabras representan una sola definición, demostrando así
la especificidad que se ha logrado a la hora de identificarse uno mismo) sin
embargo si estoy sentado en un bar y una chica trans se acerca a mi mesa a
pedirme el número de teléfono porque le parezco atractivo, podría llegar a
considerar esa actitud como violenta, porque esa chica sin mediar palabra, sin
conocer mi definición se atrevió a asumir que me gustaban las chicas trans. Si
quisiera podría hasta denunciarla por discriminación, lo que demuestra que la
libertad sexual lograda es meramente individual, porque de manera colectiva,
tenemos cada vez más motivos para obstaculizar las relaciones.
Pareciera que la tendencia es que
una relación humana entre dos personas cada vez se parezca más a un contrato
comercial, con abogados y escribanos de por medio. Robarle un beso a alguien,
por supuesto sin su consentimiento sino no sería robar, es considerado un
abuso, basta con ver la cancelación del príncipe de Blancanieves que creó una
horda de pequeños niños canceladores que le dicen a otros lo que está bien y lo
que está mal, usando como regla de base que todo lo que no es consentido por
ellos mismos, es lo que está mal.
El “no es no” que surgió
primitivamente como un freno a los casos de violación, terminó migrando a todos
los índoles de las relaciones humanas y entonces si uno no dice explícitamente
que si besa en la primera cita,
entonces está ultrajando la intimidad del otro. Llegando a extremos
irracionales como pretender que antes de llamar a alguien se envíe un mensaje
de texto para preguntar si está disponible para hablar, porque llamar de una es
violentar la intimidad del otro.
Entre estos pretendidos contratos
sociales previos que debemos hacer para entablar una relación con otra persona
y un abuso real nos estamos perdiendo un montón de cosas en el medio. A algunos
nos gusta recibir de improvisto esa llamada de ese ser muy querido que hace
mucho no vemos y que no esperamos que nos llame. A otros les gusta creer que
ese cumpleaños será un día como cualquier otro y cuando llega a su casa se
encuentra con una fiesta sorpresa montada. En ambos casos no hubo
consentimiento de la persona a la que se aborda y podemos asumir que no se
trata de abusos. Como todo, la vida hay escalas, niveles: no es lo mismo que un
niño se plante en que no dio consentimiento para la madre le haga sopa, a que
se plante porque no dio consentimiento para que un adulto lo manosee. Pero
sobre todas las cosas, en las relaciones humanas también hay algo que solía
llamarse tacto, y era lo que lo debía tener esa persona que pretendía abordar a
otra. Quien se acerca a una mesa de un bar a pedir un número de teléfono
previamente debió haber cruzado alguna mirada de aceptación; quien roba un beso
percibe que la otra persona lo va a corresponder a pesar de que diga que no de
forma inocentona; a quien le vamos a hacer una fiesta sorpresa previamente lo
testeamos sutilmente para saber si es algo que le agrada o le asusta. Quizás a
nuestros niños deberíamos educarlos para desarrollen ese tacto para que no se
abalancen sobre otro que no les da cabida, en vez de educarlos para los demás
respeten a rajatablas todo a lo que ellos dicen que no.
Habiendo tantos abusos sexuales,
entiendo que las escalas se borroneen y todo pase a ser una única cosa, siempre
la peor: el príncipe de Blancanieves un violador; Juan Darthes, también. Cuando
esto sucede el que más se beneficia es el violador porque lo ponen al nivel de
un tipo que robó un beso. Esta mirada punitiva de todo lo que pueda tener algún
tipo de tinte sexual solo vuelve más puritanas a las personas, más
prohibitivas, más egoístas, y hace que cada vez se aleje más esa idea en la que
una mujer puede decir la palabra “coger” en público a un desconocido sin
intenciones de tener sexo con él, por el contrario, todo pareciera indicar que
si dice “coger” está avalando de algún modo a que la violen.
El caso más reciente fue el del
arquero de la selección argentina que fue asediado por grupos feministas al
decir la frase “mira como te como” con claras alusiones sexuales y luego posó
con la copa ganada como si se la estuviera cogiendo. Podríamos hacer un
análisis hermenéutico e histórico si tener sexo con alguien implica que uno
somete a otro y por lo tanto hay vencedores y vencidos (que en cierto punto
podría ser errónea porque hay personas que gozan siendo sometidas por otras,
siempre que hablamos de relaciones consensuadas), pero algo nos indica cuan
dañados estamos que vemos la imagen de un jugador de futbol haciendo ademanes
sexuales y automáticamente lo asociamos con la idea de una violación y no con
la idea de un acto placentero. La tira gráfica feminista del diario Tiempo
Argentino, lo confirma.
Por supuesto que la excusa del folklore y la pasión no pueden servir de justificativo, no hace falta recordar que bajo esa misma excusa se han cometido los peores vejámenes, y está más que claro que ese mismo folklore no puede ser ponderado cuando un jugador no puede decir abiertamente que es gay, por ejemplo, incluso podríamos hablar de otras culturas que el futbol disemina que son nocivas y no son justamente los ademanes sexuales.
Transformar al sexo como una
cultura nociva sólo nos quita libertades con quienes queremos practicarlo,
porque de nada sirve la libertad individual de uno identificarse como quiere,
si no tiene la libertad colectiva de compartirlo. Y si alguien lo sabe muy bien,
esos somos los gays. La opresión y el ocultismo nos hizo desarrollar ese tacto
para identificar cuando otro es gay y no abordar a alguien de quien podemos
recibir una trompada (porque las hemos recibido).El sexo es casi el rector de
nuestra libido, cuando no podemos identificar algo, lo preguntamos sin
preámbulos: pasivo o activo; chupas o no; buscas para esta noche o para una
relación. Y el abordado no se siente intimidado ni violentado por eso. Tener
sexo nos ha costado, primero porque somos muchos menos y segundo porque nos han
querido enseñar a golpes que era un pecado. No lo vamos a demonizar, no vamos a
perder eso que nos han querido enseñar que estaba mal para que no lo hagamos y
mantener tranquilas sus conciencias. Los gays somos una minoría, las mujeres
no, pero las tratan como tal. A los gays nos violentan tanto como las violentan
a las mujeres, sin embargo no dejamos de salir en culo y con plumas de levante
porque el placer es prácticamente la base de lo que somos.
¿Por qué algunas feministas no se
toman la vida como nos la tomamos los gays? Quizás así no tengan miedo de salir
a calle a pesar de ser el blanco más fácil de algún abuso, quizás no se enojen
si a sus marchas van otras personas que no son estrictamente las que luchan por
ese derecho, quizás disfruten de ver porno, quizás le saquen esos motes que
algunas personas intentan ponerles de amargadas y frígidas y les pongan uno que
signifique alegría, como la palabra gay.
Para empezar, si un gay ve a un
jugador de futbol de cuerpo atlético, transpirado, haciendo un además sexual,
seguramente le enviaría un mensaje a su amigo gay e imaginarían como sería el
miembro del jugador en cuestión, cómo sería en cama y las cosas que le harían,
mientras se dicen “loca” cada dos palabras. Porque eso hacemos hoy. Porque
tenemos la suerte de no ver al sexo como un pecado. Quizás eso pueden aprender
de nosotros.
Publicado por Juani Martignone
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