Habrá que decirles sobre derechos humanos

En esta Argentina vertiginosa donde todos los días sucede algo nuevo que tapa lo anterior, todo parece pasado, aunque ni siquiera hayamos llegado a una conclusión todavía. No fue hace tanto tiempo, cuando, por fin, las organizaciones de derechos humanos pusieron los ojos sobre el multi denunciado gobierno totalitario y autocrático de Gildo Insfrán en Formosa. Recuerdo que el fallecido Pepe Nun (histórico abogado y sociólogo de izquierda) siempre usaba el ejemplo de Gildo para explicar que las dictaduras no siempre son precedidas por golpes de Estado violentos o incluso no son vistas como dictaduras en sí, porque hay elecciones, que no es lo mismo que haya democracia, y de ahí derivaba a su tema favorito que rezaba que los argentinos no somos ciudadanos plenos para ejercer una vida democrática. Pepe fue ministro de cultura del kirchnerismo, hasta que la radicalización del movimiento lo expulsó por no replegarse al discurso tal como lo bajaba “La jefa”. Formosa siempre estuvo ahí, pocos querían verlo.

La pandemia que llenó la boca de optimistas que creyeron que nos volverían mejores porque aseguraron que al no estar la mano del hombre cardúmenes se habían visto en el Riachuelo, en realidad solo exacerbó las desigualdades que traíamos de base: Jeff Bezos se volvió más rico de lo que era llevándote las cosas a la puerta de tu casa, lo que le permitió pagar una fortuna para darse un paseíto por el espacio; en nuestro país un millón de chicos pobres quedaron fuera del sistema escolar debido a las restricciones; y los políticos primero pensaron en ellos y después en los que le dieron ese lugar, obligaron a la gente a no trabajar mientras ellos no se tocaban un céntimo de su salario con la excusa de que en pandemia es necesario tener todo un ministerio que se ocupe de articular los pensamientos de la nuevas juventudes a cargo de Maca Sánchez.

En este contexto donde todas las miserias quedaron al desnudo y a la vista de todos, Formosa dejó de verse como una provincia que ama a Gildo Insfrán y que no quiere que se vaya nunca porque todo funciona perfecto, sino que se vio como lo que es: una dictadura. Pueblos originarios marginados al extremo, más de la mitad de la población dependiente de un ingreso provisto por Estado Nacional, leyes modificables para que una misma persona gobierne sobre un mismo territorio cuanto lo desee, cartelización del electorado, restricciones feroces y feroces represiones a quienes no las cumplen. Esto llevó a que Amnistía Internacional y luego la ONU (Human Rigth Watch tenía informes anteriores pero nunca llegaron a buen puerto) denuncien los vejámenes del régimen formoseño y pidan las explicaciones pertinentes al Estado argentino. La respuesta del jefe de gabinete de ministros, Santiago Cafiero, fue “No nos tienen que venir a decir a nosotros sobre los derechos humanos” echando por tierra y tapando de la manera más burda todo lo que en Formosa sucede.

Seguramente Santiago puede decir esta frase evocando al último periodo en el que el peronismo gobernó el país, en el que dos outsiders de los derechos humanos se calzaron la bandera y salieron a hacer lo que mejor saben: publicidad a todo trapo (salvo contadas e importantes excepciones en las que valieron la pena, la reapertura de los juicios a los crímenes de la última dictadura militar olían más a revancha que a establecer un Estado de derecho donde el derecho no cambie según quien gobierne). Cabe recordar que el matrimonio Kirchner no fueron de “los que se bancaron la dictadura” (in Cabandie´s words) estaban ocupando haciéndose ricos durante los 70. Tampoco alzaron la voz durante la vuelta de la democracia ni durante el menemato. Recién en el ocaso de un errante De la Rúa, la senadora Fernández de Kirchner levantaba la cabeza y luego del 2003 conocimos a un Néstor que los santacruceños lo conocían de memoria por sus gobiernos omnipresentes. Toda la lucha por los derechos humanos previa que al país le costó tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas, durante más de dos décadas, se la perdieron. Quizás sea por eso que Néstor Kirchner en el acto de reapertura de la ESMA como museo, anunció que pedía perdón en nombre del Estado argentino a todas las víctimas de la dictadura como nunca antes lo habían hecho, porque desconocía la lucha anterior.

Es raro tener que explicarle a alguien del clan Cafiero, parte de la aristocracia política y gobernante de nuestro país, que al peronismo hay bastante por explicarle sobre derechos humanos. Los primeros gobiernos de Perón, aunque sin llegar a extremos, no se caracterizaron por ser respetuosos de las libertades individuales y por tener tratos humanos con sus adversarios, a los que llamaron enemigos. En la lucha armada peronista de los 60/70, que puede tener muchos ribetes que expliquen su existencia, tampoco se puede hablar de tratos humanitarios para con el objetivo que tenían a exterminar. Menos aún la última creación que un viejo Perón nos dejó de regalo la llamada Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A, que inauguró un concepto hasta el momento desconocido: las personas que no estaban ni vivas ni muertas, sino desaparecidas. En la campaña por la vuelta a la democracia se disputaron la elección, un señor llamado Alfonsín que había creado junto con Alfredo Bravo y Alicia Moreau de Justo, la Asamblea permanente por los derechos humanos, al ver la fatalidad de que un gobierno que había llegado al poder por las urnas creara la Triple A, y del otro lado, por el peronismo, un señor apellidado Luder que proponía la autoamnistía de las cúpulas militares, que quiere decir, que los militares se juzgarían a ellos mismos por los crímenes cometido en lo que se llamó Proceso de reorganización nacional; Santiago debería saberlo porque su abuelo estaba ahí, al lado de ítalo Luder. En los 90 fue un peronista, Menem (junto al silencio de todo el arco peronista de la época, que persiste hasta el día de hoy), quien indultó y liberó a todos los militares responsables de la última dictadura militar, reforzando así, que la intención del partido no era condenarlos. Y ya con Duhalde es lógico cuestionarse si era un respetuoso de los derechos humanos cuando su gobierno debió terminar antes por el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la llamada Masacre de Avellaneda.

Quizás bajar un cuadro para eliminar una parte de la historia indecorosa de nuestro país o sentarla a Estela en primera fila en los actos proselitistas o reabrir los juicios para que viejos octogenarios mueran en un calabozo, mientras están cagando, borra todo ese pasado del que hoy no quieren hablar. De la misma manera que no quieren hablar de los, al menos, 200 jóvenes que fueron desaparecidos en situaciones extrañas con las fuerzas de seguridad del Estado. Si la madre de un tal Facundo Astudillo Castro hace mucho ruido, se la lleva a la Casa Rosada, le regalan una cría de Dylan y la señora ya puede reemplazar a su hijo perdido por este cachorro. Caso cerrado. De Tahuel De la Torre no hablan. Quizás gastamos toda una parafernalia económica y de estructura para tener un ministerio de género y diversidad, pero las personas trans siguen siendo ciudadanos de segunda. O quizás tres meses no es tanto tiempo como para empezar hablar.

Con todo este bagaje y en un contexto donde no pueden ofrecer una educación igualitaria, una jubilación digna, una inflación controlada y un sistema de salud que no ande a los tumbos con vacunas que no aprueba nadie y que hay que rogarles a los grandes laboratorios y Estados para que cumplan con sus cronogramas ¿en serio alguien esperaba que el gobierno en nombre del Estado argentino se pronunciara por las violaciones comprobadísimas a los derechos humanos en Venezuela o Nicaragua? ¿Incluso alguien creyó que tras décadas de silencio en esta oportunidad, y tras fuertes protestas sociales, éste sería el momento en el que se expresen por los derechos humanos en el régimen cubano? Desaparece un pibe a metros de la Casa Rosada y miran para otro lado como si nada hubiera sucedido ¿en serio se van a preocupar por los chicos asesinados por el gobierno bolivariano de Venezuela o por los opositores nicaragüenses encarcelados por Daniel Ortega o por los cubanos disidentes al gobierno de su país que son chupados de sus casas e incomunicados?

Perón dijo que a los amigos, todo y a los enemigos ni justicia, y de algún modo sirvió como base para toda la lógica peronista. El caso Formosa no fue denunciado nunca por los cientos de organizaciones nacionales de derechos humanos que son capaces de mover la aguja en nuestro país, por su clara adscripción peronista. Y si a los amigos se les da todo, también se les da el silencio suficiente para gocen de impunidad. Sólo las organizaciones internacionales de derechos humanos pudieron poner el tema en agenda sin que a las autóctonas se les mueva un pelo o sientan que se les escapó la tortuga. Para ellos no prima la humanidad, prima la ideología. Dime como piensas y te diré si mereces gozar de derechos humanos.

La ideología prima en el caso Venezuela (un Chávez amiguísimo de Néstor y Cristina formando la que llamaron “La Patria grande”), en el caso Nicaragua (Daniel Ortega, el actual dictador del país centroamericano, que fue miembro de la revolución sandinista que siguió la línea de la revolución cubana) y por supuesto también prima en el caso cubano. De qué manera explicaría el gobierno que tiene a Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta, que dijo llevar a su querida hija a Cuba por su excelente nivel de salud, durante los años que debió presentarse ante la justicia, cuando el estallido social actual en la isla tiene como puntapié inicial la catástrofe sanitaria que está viviendo con el covid, que no pueden controlar y que los hospitales no dan abasto. Más aun, cómo explicarían a una ministra de salud que viajó a Cuba junto a la “brillante” Cecilia Nicolini para iniciar negociaciones con la famosa vacuna soberana hecha 100% en la isla, de la que aún no tenemos novedades. Cuba es sólo un pueblo al que el coronavirus y el hambre los voltea como moscas.

 


El kirchnerismo es bueno con los rulos retóricos y despliega una serie de pensadores sobre escolarizados que afirman que para que algo sea dictadura es necesario que corra sangre. Sería bueno que esa gente escuche todos los podcasts que dejó grabados el Pepe Nun, un ex funcionario del gobierno kirchnerista, en Radio Nacional durante el gobierno macrista, explicando cómo los totalitarismos se ejercen a plena luz del día y con plena complicidad de la población, sin una gota de sangre. Como Formosa. Y sino sería bueno que estudien cómo fue el ascenso de Hitler al poder, ya que no es un tema menor que un político actual deba desconocer.

El kirchnerismo también es bueno en asentar leit motivs para dar como respuesta a toda pregunta que les incomoda. A todos los que hemos intentado hacer algún tipo de crítica a sus gobiernos siempre se nos respondió “vos miras mucho TN”, pues hoy, la respuesta a todos los males de Cuba es “culpa de bloqueo yanqui”. Como se lee, los propulsores del “vivir con lo nuestro” pretenden una Cuba que pueda tener un libre comercio con los cerdos capitalistas. No les basta con que puedan comerciar con todo el mundo, menos Estados Unidos e Israel, quieren un libre comercio bien libre. Y se muestran conocedores de la política internacional y acusan al bloqueo yanqui de la pobreza extrema de Cuba, sin conocer que el gigante China, con quien todo el mundo quiere comerciar, le aplica los mismos bloqueos a Corea del Sur y sin embargo este tigre asiático tiene un ingreso per cápita de 30.000 dólares mensuales, 35 veces más que en nuestra Argentina.

El silencio ante la situación de Cuba por parte del Estado argentino, sobre todas las cosas, es doloroso. Tan doloroso como fue el silencio que Cuba tuvo mientras en nuestro país vivíamos la dictadura más sangrienta de nuestra historia y Fidel eligió mirar a otro lado como si nada sucediera. La dependencia económica que la isla tenía respecto de la Unión soviética, principal país con el que comerciaba la dictadura argentina, hizo que La Revolución Cubana se ponga el antifaz mientras las venas se abrían y se desangraban en toda América latina.

A los argentinos nos encanta ser los primeros del mundo en hacer tal o cual cosa, siempre nos pavoneamos de ser “el primer país en el mundo en…” y eso es el combustible perfecto para después decir “No somos un país de mierda” cuando un país en el que la mitad de la gente es pobre, indefectiblemente es un país de mierda y que debe preocupar por más que sea el primer Estado en el mundo que use el lenguaje inclusivo para no discriminar a nadie.

Para aquellos que desconocen la historia que nos trajo hasta aquí, la Argentina tuvo un momento en que fue realmente pionera en el mundo después de venir de uno de los capítulos más oscuros de su historia, y ese fue el juicio a la junta militar apenas recuperada la democracia. Los militares a dos días de haberse ido del poder y con toda la capacidad de fuego en los cuarteles, fueron sentados en el banquillo de los acusados para ser juzgados por un jurado civil que, con todas las falencias que pudo tener, intentó hacerlo de la manera más ecuánime que en la época se consideraba y sobre todo, con el mayor de los corajes, porque la posibilidad de perder nuevamente  la democracia que tanto había costado conseguir, era real; basta recordar los levantamientos carapintadas de los que participó, el hoy personaje pintoresco, Aldo Rico.

En la región Brasil no pudo juzgar a los militares responsables de su dictadura, del mismo modo que tampoco pudo hacerlo Uruguay que recién entrados los 2000 lo hizo de la mano de Pepe Mujica, y tampoco lo pudo hacer Chile que cuando logró que Pinochet se fuera del poder lo hiciera dejando a toda su gente en el congreso, impune (fue condenado en 1998 y por Gran Bretaña, no por Chile) y con una constitución que recién ahora se intenta cambiar. En el mundo tampoco lo pudo hacer Alemania después del holocausto, porque los juicios de Núremberg fueron posibles porque el país estaba ocupado por los aliados, los mismos alemanes de aquella época no hubiesen juzgado nunca a los jerarcas nazis. Los juicios de la verdad y la reconciliación tras el terrible régimen del apartheid en Sudáfrica no condenaron a nadie, nadie pagó; todos contaron sus historias, se perdonaron y la vida siguió para sufrieron violaciones a los derechos humanos y para quienes las perpetraron.

Nuestro país fue el único en el mundo que se diferenció de todos estos casos. Fue el único país que fue punta de lanza en la forma de juzgar los delitos lesa humanidad. Nuestro país es hoy el que elige hacer silencio cuando estos delitos se siguen sucediendo, puertas adentro y puertas afuera. Probablemente, a este gobierno, sí habrá que decirles sobre derechos humanos.                  

 

Publicado por Juani Martignone

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