La era de la propaganda

La era de la comunicación lentamente fue convirtiéndose en la era de la propaganda, el sueño húmedo de Goebbels, el otrora ministro de propaganda del nazismo. La pluralidad de voces que nos regalaron los avances tecnológicos no trajo consigo la democracia más fuerte y diversa que prometía, sino, más bien, todo lo contrario: comunicamos cada vez peor.

La velocidad de la comunicación y transformación de toda nuestra vida en un producto que se debe vender en apenas segundos fue horadando la forma de informar de los comunicadores y por ende la forma de exigir la información de quienes consumimos noticias. Todo se ha volcado a la lógica de una story de Instagram, rápido y para pasar uno tras otro como quien ojea una revista de moda en un consultorio odontológico (quizás debería utilizar el pasado y decir “como quien ojeaba” porque probablemente los consultorios odontológicos ya no tengan revistas impresas en papel en sus salas de espera y los pacientes para matar el tiempo, scrolleen en sus redes o miren de a 4 stories por minuto, sino más).

La novedad que trajo Snapchat de historias de 15 o 30 segundos para mostrar la nada misma haciendo culto al reino de lo efímero, fue adoptada por las demás redes sociales y ya no existe una que no tenga la posibilidad de hacer historias de segundos que al otro día ya no estarán. Comenzamos mostrando qué comíamos, luego cómo nos vestíamos, luego nuestras salidas, y luego se metió el mercado (porque todas las redes sociales son empresas riquísimas que necesitan financiación) y llegaron así, las stories de 15 segundos de una imagen para vendernos porquerías (incluyendo también a aquellos usuarios que las utilizan para vender sus propios productos que, como claramente es distinto, requiere un análisis aparate). Como sucede siempre, la lógica del mercado contagia a todas las esferas y esos 15 segundos de pura efimeridad se empezaron a utilizar con la intención de crear conciencia o de informar. Entonces entre que vemos a alguien que se está tomando un cafecito en el Café Tortoni, nos cruzamos con alguien que se cree en la obligación moral de mostrar su carnet de vacunado para publicitar la campaña de vacunación o intentar crear conciencia, luego con un atardecer, luego con la cuenta oficial del gobierno avisando que ya te podes anotar a para vacunarte contra el covid, y luego con el plato de ñoquis que le hizo a tu vecina su abuela. Todo aquello que requiera detener la historia para hacer una lectura concienzuda de lo que se está mostrando está en la lista de lo menos visto (habitualmente me cruzo con gente que me dice que ve mis historias de recomendación de libros y series pero no lo lee porque “escribo mucho” y “no tienen tiempo de leer tanto”).

Todo el trabajo que durante años venían haciendo las redes sociales por fragmentar la información, hacerla corta, de alto impacto, con títulos rimbombantes, en los 280 caracteres en Twitter o en los links de clickbait que pululan por Facebook, se vio más fragmentado aun por la cultura del zapping que nos brindan las stories que hizo grande a Instagram, y por supuesto las demás redes se alinearon a eso.

Resulta que informarse es bastante más trabajoso que scrollear, likear y compartir noticias por redes sociales o ver un videíto que en un minuto pretende explicar una teoría científica o una noticia de lo que está sucediendo. Esto, que seguramente se hace con las mejores intenciones, en la práctica no es la puerta de entrada a la información, quien leyó ese tweet, vio ese posteo en el muro de Facebook de alguien ya se da por informado, dice saber qué es la teoría de la relatividad porque un científico lo explicó en un videíto de un minuto que le pasaron por Whatsapp.

La instantaneidad, lo efímero, el zapping, el título rimbombante y llamativo, la información rápida y fragmentada, no es información, es apenas un esbozo de una idea que es necesario que se explique y se explaye. Al tener 280 caracteres para escribir una información o un título jugoso que atrape suficientemente al lector para que ingrese a la nota, o un minuto para explicar por qué los electrones tienen carga negativa, es lógico que algo de toda esa información va a quedar afuera. Eso que dejamos afuera de nuestro enunciado a veces es desinteresado o por ignorancia propia, pero en otros casos es deliberado, y esta es una nueva (quizás no tan nueva) forma de hacer propaganda disfrazándose de información.

El caso más llamativo de los últimos días, fue el de quien teníamos catalogada como la mejor periodista de ciencia, o al menos yo la tenía catalogada así: Nora Bär. Es la periodista que más veces obtuvo el premio Konex por su excelencia en el periodismo científico, además de recibir cantidades de premios por su manera de comunicar. En mi caso personal, siempre que tenía alguna duda sobre algún avance científico leer a Nora me clarificaba, o más bien, me dejaba más confundido; porque su equidistancia nos mostraba algo que nunca queremos ver y que es que en la ciencia ninguna verdad es absoluta, todo se está estudiando y lo que hoy puede ser considerado como una teoría científica, mañana puede ponerse en discusión y refutarse de cuajo. Nora, con sus artículos desde La Nación representaba eso, y aunque podíamos leer entrelíneas su preferencia hacia el kirchnerismo nunca dejó de ser quien mejor informó sobre ciencia en sus extensas notas. Hasta que llegó a las redes. Allí conoció los algoritmos que la rodearon sólo de científicos que confirmaban lo que ella pensaba previamente de un tema, o sea, acrecentaron lo que hoy se llama su “sesgo de confirmación”.

Leyó, retwiteó y ponderó sólo a científicos como Quiroga y Resnik que sólo publicaban estudios que sustentaban todas y cada una de las medidas que el gobierno adoptaba, incluso las que se contradecían (existen cuentas completas y blogs recopilando las contradicciones y los virajes repentinos de estos científicos). Publicó con loas el informe que prepararon los asesores de Kicillof para explicar que lo mejor que le podía pasar a un país era cerrar escuelas, a pesar de que todos los estudios del mundo iban en la dirección completamente contraria. Pero lo peor, es que empezó a realizar todas las jugarretas que en la redes se hacen con mala intención y que luego aludió a “errores”. Sólo que siempre Nora se equivocaba para el mismo lado, lo que no da mucha verosimilitud a sus pedidos de disculpas.

El ministro de salud de la provincia de Buenos Aires dice que el foco de contagios es CABA y Nora publica una lista en la que la ciudad muestra los peores resultados, pero que “por error” se quitaron los números de la provincia de Buenos Aires. La ciudad de Buenos Aires decide abrir las escuelas en contra del decreto presidencial y Nora publica un estudio inglés de hace más de un año donde dice que es mejor cerrar escuelas, bajo el título de “las últimas evidencias señalan que…” sin contar que el mismo instituto inglés meses después se corrigió porque, en efecto, había sido un error cerrar las escuelas. Sin hacer el trabajo mínimo que debe hacer un periodista que se precie de tal mote: chequear la información que publica.

 



Nora se disculpa, eso es cierto. Pero entre tanta fragmentación lo que menos se leen son los reconocimientos de errores. Cualquiera que haya visto el capítulo de Los Simpson en el que la prensa reconoce el error de haber acusado a Homero de violador con un graph chiquito y rápido, lo sabe. En las redes donde todo pasa rápido, uno lee lo que le confirma su ideología y luego no va a buscar si esa información es correcta o si el mismo autor hizo un descargo asumiendo ese error, es la tierra fértil para el sesgo de confirmación. Y esas prácticas sólo radicalizan más a las personas, incluso a Nora Bär: la pandemia que la develó como una periodista militante y las redes en la que todo es un extremo a elegir o, como diría el ministro Gollan, fijarse de qué lado de la mecha te encontras, la llevó a abandonar el diario La Nación para irse a un diario definitivamente propagandístico que refleja su ideología: El Destape.

 


 

Es cierto que si el diario La Nación empieza a transitar los pasos que sigue su canal de televisión La Nación + también se transformará en un medio meramente propagandístico, sólo que con la tendencia opuesta a El Destape, pero ¿qué se logra dejando que un medio se radicalice e irse a otro medio donde todos piensan como uno? La respuesta es obvia: se radicaliza todo aún más; los periodistas se dividen acorde como piensan en los diarios que piensan como ellos y los lectores eligen leer sólo los diarios en los que escriben quienes piensan como ellos.

Los diarios, esos lugares en los que la información estaba ordenada de un modo para que uno se enfrente con ella e incluso le incomode o tenga que leer realidades que no quiere asumir se van pareciendo cada vez más a la lógica de las redes donde solo importa quién pone “me gusta” el “no me gusta” no existe en la ecuación.

¿Podemos afirmar que estamos perdidos y sometidos a la propaganda pura y dura y el acceso a la información ya no es un derecho deseado? Creo que el poder sólo lo tenemos nosotros, porque las redes y los diarios como en definitiva son empresas se adaptan a lo que el lector y el usuario quiere comprar ¿qué pasa si nosotros como usuarios elegimos otras cosas? ¿Qué pasa si elegimos seguir a periodistas con los que no coincidimos? ¿Si leemos no solamente los medios con los que nos sentimos cómodos ideológicamente? ¿Qué pasa si le exigimos a nuestros comunicadores más y mejor información? En mi experiencia personal, aquellos periodistas que son buena gente, que no son pagos o malintencionados, suelen responder, recular y no ocultan la información.

En el día de ayer el periodista Alan Longy publica que desde agosto Argentina producirá la vacuna Sputnik V, sin mencionar que en realidad en agosto en Argentina sólo se realizará una parte de la cadena productiva pero que aún no se produce íntegramente en nuestro país porque todavía dependemos de que el gobierno ruso nos envíe el principio activo (la eterna discusión discursiva renovada que decía que ensamblar televisores en Tierra del Fuego era industria nacional “hecho en Argentina” y con una subida del dólar nos quedamos sin tecnología “hecha en Tierra de Fuego” por la imposibilidad de importar). Menuda aclaración le faltó hacer al periodista en un contexto de ansiedad por vacunarse, escasez de vacunas y un gobierno ruso que si tenemos que juzgarlo por cómo entregó vacunas genera más incertidumbre que certezas. Alan, muy amablemente me respondió haciendo todas esas aclaraciones que faltaban con mucha información con que habitualmente dispone, pero la mayoría sólo leyó que en agosto Argentina produce la vacuna, creerá que ya no dependemos de despegues de aviones relatados por Víctor Hugo Morales para buscar quien sabe cuánto de lo que necesita para poder pincharnos el brazo y estar un poquito más tranquilos. En definitiva, muchos se creerán informados por leer un tweet de pocos caracteres cuando en realidad no lo están.

 


Informarse no tiene que ser un entretenimiento que podemos hacer mientras hacemos zapping en las historias de Instagram. Tomar conciencia tampoco lo es. Tenemos que tener en cuenta que no todo lo que nos rodea debe ser un entretenimiento, no podemos exigirle a la escuela que sea entretenida para el chico no se me aburra o que el noticiero sea entretenido para no tener que cambiar a Masterchef. Educarse, informarse, involucrarse no siempre es entretenido, es más, muchas veces es aburrido, tedioso y hasta a veces nos duele, pero es necesario, porque cuando la promesas no lleguen, la realidad no es como nos la mostraron, la escuela no nos dio lo que necesitábamos y nos veamos presos de un mundo que cada vez nos exige estar más conectados para recibir cada vez menos cosas y del cual fuimos partícipes con nuestros posteos “comprometidos”, nos daremos cuenta que simplemente fuimos usados.         

 

Publicado por Juani Martignone

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