Instrucción cívica: el derecho a estar informado
Me alegra que el proyecto de ley de etiquetado frontal esté hoy en boca de todos. Hace un año, en octubre de 2020, las senadoras por Tucumán, tanto del radicalismo como del Frente de Todos, se opusieron férreamente a la ley porque independientemente del daño que pudiese generar el azúcar en la salud de la población, consideraban peor el daño que podría hacer a la industria azucarera tucumana, ergo, la afectación de los puestos de trabajos de muchos tucumanos. Lo dijeron así, a viva voz y sin tapujos, en el recinto de la cámara. En ese momento no tuvo tanta trascendencia. Tampoco lo tuvieron los formidables discursos a favor de la ley, de las senadoras Silvia Sapag del Frente de Todos y de la macrista Gladys González. Eran tiempos donde la agenda era otra. Discutíamos si el Congreso debía sesionar o poníamos en riesgo la salud de un grupo de empleados públicos que meses atrás se habían negado a ceder parte de su salario para sostener los gastos que generaba la pandemia, porque ellos vivían de su sueldo; discutíamos si las escuelas debían abrir o permanecer otro año cerradas, mientras docentes se acercaban a Larreta a leerle una lista de docentes muertos por covid, y por su culpa, y a la ministra de educación, Soledad Acuña, un diario nacional la acusaba de nazi en su tapa; y lo mejor, armamos un encono de magnitudes colosales acerca de los helados de Rapanui, porque la vicepresidenta se olvidó el micrófono abierto y preguntó a qué hora cerraba esa heladería. En definitiva, discusiones de alta política. No había tiempo para senadores y etiquetas en los alimentos y derecho a la información.
Reconozcamos que el peronismo
tiene la habilidad de marcar de la agenda. L-Gante no existía más que en las
listas de reproducción de Spotifi de Tamara Tenembaum y de la
mayoría de los jóvenes y de los twitteros hasta que Cristina lo nombró, mal o
como lo haría una abuela que quiere quedar canchera, y L-Gante pasó a ser héroe
nacional, al nivel de discutir si se lo nombra o no ciudadano ilustre. Hoy la
figura de L-Gante está más relativizada, más matizada: una entrevista exquisita
con Eduardo Feinman y ser la cara de Mercado Pago, el archienemigo del
pueblo argentino según la retórica del gobierno, lo bajaron del pedestal en el
que estaba; no tendremos artículo de 42.000 palabras de Anfibia vanagloriando a
un cumbiero que en apariencia es como cualquier otro, pero en realidad en un
ícono. Pero podemos escalar a agendas menos banales, como el aborto que para
algunos legisladores fue un acto endemoniado en 2018 cuando eran oposición y en
2020, cuando eran oficialismo, abrazaron como un oso a la causa. Cambia la
agenda, cambian los ideales. O para ser más gráficos aún, cómo cuando el
peronismo desde oposición marcó la
agenda de la brutalidad de las fuerzas de seguridad que terminaron llevando a
la desaparición de Santiago Maldonado, hecho que hasta el día se recuerda con
actos en la plaza de los Congresos, pero cuando son oficialismo, un acto de
brutalidad de la fuerzas de seguridad como la desaparición de Facundo Astudillo
Castro, no tiene semejante trascendencia, costó meses que llegue a los medios,
más meses que llegue a los discursos políticos, y desde el gobierno
pretendieron cerrarlo regalándole dos cachorros de Dylan a la madre de Facundo
para compensar la pérdida. Hoy pocos se acuerdan.
Como sea, si la agenda que se
impone trata causas nobles, como la ley de etiquetado frontal, enhorabuena. No
debería haber egos ni mezquindades. Eso sí, en adelante, ya sabemos quién tiene
que promoverlas para que las Milis y los Tinchos con supuesta conciencia de
clase, puedan empezar a militarlo.
La militancia actual, en estos
tiempos ultra radicalizados, no exige la formación en política, cultura y
sociedad, como lo hacían los socialistas de fines del siglo XIX y principios
del XX; solo piden que compartas la publicación y travesura realizada. Es por
eso que la bochornosa sesión fallida de diputados para debatir la ley de
etiquetado frontal se llenó de axiomas falaces. Como entiendo que vivimos en un
país donde sólo la mitad de la población está condenada a terminar la escuela
secundaria con calidades de media a baja, traduzco: axiomas falaces son slogans,
frases que se afirman como verdades con vehemencia, pero que en la realidad no
tienen sustento alguno, aunque al sólo escucharlas parezcan verosímiles y que
no haga falta indagar más. Las fake news son un tipo de axiomas
falaces. Pero estos axiomas no sólo están en los medios, los políticos los usan
con distintas finalidades, y el intento de sesión del martes pasado fue el
ejemplo perfecto.
El primer axioma que se repitió
hasta el hartazgo fue el que rezaba que si no se votaba el 5 de octubre, la ley
caía y perdía estado parlamentario. Solamente basta conocer la ley de caducidad
de los proyectos para saber que si una ley ya cuenta con media sanción de una
de las cámaras del Congreso, tiene hasta dos años desde que ingresa a la otra
cámara para ser aprobada o rechazada, sino caduca. En este caso, el proyecto de
ley entró al Congreso en el año 2020 y ese mismo año, en octubre, la cámara de
senadores le dio media sanción. Ingresó a revisarse a la cámara de diputados el
13 de noviembre de 2020, por lo tanto, los diputados tienen tiempo hasta 13 de
noviembre de 2022 para aprobarla o rechazarla. Falta un año para que pierda
estado parlamentario, pero es más cómodo creer que es ahora o nunca, estar al
filo, le agrega el picor necesario para darle impacto a los discursos.
El segundo axioma recontra
reproducido es que Juntos por el cambio no permitió el quórum. Tener quórum en
la cámara significa que tienen que estar al menos la mitad más uno de los
legisladores sentados en sus bancas para arrancar a debatir cualquier proyecto.
El Frente de Todos tiene sólo en sus filas 120 diputados de los 129 que se
necesitan para tener quórum, que sumado al interbloque federal que
habitualmente lo acompañan, suman 10 más, o sea 130. Si le agregamos los
bloques de izquierda y del socialismo, que en esta ocasión se sentaron en sus
bancas, más todos los demás interbloques que podrían haber convencido para dar
quórum, deberían tener un amplio margen para tener tratar el proyecto de ley
con media sanción sin depender de los 117 diputados de Juntos por el cambio. Es
matemática pura, aritmética pura, conocimiento del funcionamiento del congreso.
El quórum no se dio, no sólo porque el Frente de Todos apurado ahora por
debatir el proyecto de ley, que tiene pisado desde julio de este año, no logró
que sentasen los diputados del interbloque de Juntos por el cambio, sino que no
logró que siquiera se sentaran los 120 propios, ni pudo sumar a las pequeñas
minorías para que se sienten. En la sesión fallida del martes, 5 de los 120
diputados del Frente de Todos no estaban presentes por diversos motivos:
licencias, faltazos o bien porque algunos se fueron, a otros los trasladaron a
otros puestos y hasta la fecha no pudieron designar a sus reemplazantes.
Facundo Moyano renunció en agosto de este año y a octubre de este año, Sergio
Massa no tuvo tiempo de convocar a una sesión para que jure el reemplazante de
Facundo, como el de tantos otros, para no tener tantas bajas y que no se les
haga tan complicado obtener el quórum. No hubo quórum por apenas 7 bancas. Es
cierto que si completaban las cinco bajas aun no llegaban, pero también es
cierto que si convencían a uno de cuatro interbloques que no se sentaron a dar
quórum, como el del justicialismo federal, que siempre los acompaña, no tenían
tanto problema y se podían sentar a debatir. Aprobar la ley ya era otra
historia más compleja.
Si nos preguntamos por qué se dan
a correr todos estos axiomas para la gente repita y forme una idea errónea o
poco acabada de la realidad, la respuesta es meramente política.
Hay una jugada política muy
habitual que se usa en temas de alta sensibilidad social pero que a la vez se
cruzan intereses y lobby, como el caso del etiquetado frontal. En estos casos
queda bien que un político muestre ante la sociedad su compromiso por la causa,
pero a efectos prácticos responden al lobby que los presiona y hacen todo lo
posible para que las leyes no salgan mientras dejan a una imagen de haber
intentado todo lo que pudieron.
El primer caso es el del
presidente de la cámara de diputados, Sergio Massa, que los últimos días se vio
tan comprometido con el etiquetado frontal que parecía que no había nadie más
interesado que él en que se apruebe. Sin embargo, cuando un proyecto de ley es
habitualmente girado a dos o tres comisiones para dar el dictamen, Massa lo
giró a seis. Seis comisiones debían ponerse de acuerdo en el texto de una sola ley.
No lo impidió, pero la hizo bastante difícil. En julio de este año, se firmó el
dictamen con la aprobación de las seis comisiones que Massa pidió que se pongan
de acuerdo, al día siguiente podría haberse convocado a sesionar para votar la
ley, sin embargo Sergio no tuvo tiempo hasta el viernes 1 de octubre que ahí se
apuró a convocar a todos para el martes 5 a debatir a carpeta cerrada, se
debate esto y nada más. Es mi cámara y debatimos lo que yo quiero, cuando yo
quiero, aunque en la tele lo veamos apesadumbrado porque quería trabajar y no
lo dejaron. Es muy probable que si estas un trimestre entero sin sesionar, a
fin de año te agarren los apuros. A toda la épica de la urgencia de votar le
preguntaría por qué es tan urgente en octubre y no era tan urgente en julio
¿acaso en estos tres meses la alimentación de los argentinos cambió
radicalmente que se volvió imperioso?
El segundo caso es el de la
oposición. Es inaudito que una ley que propuso Juntos el cambio, que
escribieron los senadores de Juntos del cambio y que fue siempre la bandera que
levantó, promovió y militó el ex ministro y secretario de salud Adolfo
Rubinstein que logró que la obesidad se considerara una pandemia mientras la
actual vicepresidenta se vanagloriaba de ser el país que más tomaba Coca
Cola, que hoy no den quórum. Podemos entender que no quieran ceder al
funcionamiento cual escribanía al que está acostumbrado el Frente de Todos y
que ante estas últimas elecciones se agravó a considerar que por primera vez en
la vuelta de la democracia existe la posibilidad de no manejar el congreso,
pero ¿acaso es una cuestión de egos o les interesa realmente la salud y el
acceso a la información de la sociedad? Haber movido todo para lograr el
dictamen de las seis comisiones a las que lo giró el lobista de Massa y después
no dar quórum ni siquiera para debatirla, es un acto de mezquindad pura.
Por último, podemos entender la
poca experiencia de Máximo Kirchner como diputado, pero pedir una sesión sin
tener asegurado el quórum es como invitar a tus amigos para jugar a la pelota
sin estar seguro si hay turno en la cancha y enterarse cuando están todos ahí
con los cortos puestos ¿ninguno de todos sus asesores le pudo adelantar que si
iba por la sesión no tenía quórum y se iba a prender fuego a lo bonzo? ¿Tan
pocos contemplativos son el millonario heredero del imperio hotelero que goza,
junto a su hermana, de ser los únicos argentinos en la historia cuyos
progenitores presidieron el país?
Podría hacerse otra lectura que
no deja tan neófito al hijo de Cristina sino como un gran estratega. Dicen,
quienes hacen prensa en el Congreso que no había mucha simpatía con la ley de
etiquetado frontal entre la mayoría de los diputados del Frente de Todos, más
ahora que están en modo Manzur, y el hecho de que se debata la ley y se vea que
la mayoría de Juntos por el cambio la apoya y sólo una minoría del Frente de
Todos la aprueba, haría perder esa imagen de progres que alimentan, justo en un
momento en el que gobierno necesita al menos agitar algunas banderitas. Se
alimentaría la idea de que el peronismo sólo está de acuerdo con las leyes si
las presenta el peronismo, muy patente con lo sucedido con la ley del aborto.
De este modo, con todo este circo, Máximo, tendía la capacidad de dar vuelta la
retórica, digno hijo de madre: Nosotros fuimos a votar porque estamos
comprometidos, pero no pudimos porque la oposición no nos dejó (saben que nadie
va cuestionarse por qué una mayoría no puede siquiera votar una ley, ellos
sacaran a rodar el axioma y eso quedará); por otro lado, no estamos apurados a votarla
ahora porque estamos a pasitos de las elecciones y necesitamos lo que sea para
ganar, sino que no queremos que caduque el proyecto (saben también que la
población no entiende bien como es el funcionamiento del Congreso y cuando
caduca un proyecto de ley y sacaran a rodar el axioma y eso quedará). Algo así
como “Los invité a jugar a la pelota pero no nos quieren reservar la cancha”.
Sería más sencillo para todos
creer que en los juegos de la política hay buenos y malos, buenos comprometidos
y malos que obstruyen, pero la realidad es bastante más compleja que un cuento
de Hans Christian Andersen. Más difícil es entender que hay políticos que hacen
movidas estratégicas para mostrar su cara de compromiso a la sociedad mientras
que puertas adentro hacen todo para no que no salga o hacen pocos esfuerzos.
La ley de etiquetado frontal no
prohíbe nada, no infantiliza a nadie, simplemente otorga información para que
uno pueda reflexionar sobre su libertad de consumir o no un alimento, incluso
sabiendo que este le hace mal. Y de este modo no caeríamos en las jugarretas
con las que nos quieren engañar las grandes empresas de alimentos ultra
procesados para vendernos un alimento como light cuando en realidad tiene altos
contenidos de azucares solapados.
Algo parecido pasa con la
política, para no caer en las jugarretas que nos quieren tender los políticos haciéndonos
creer que comemos progresismo mientras lo ponen a Manzur de jefe de gabinete,
lo primero es contar con la información. En mi época se llamaba instrucción
cívica, hoy ya no sé, pero al ver como la población repite axiomas falaces que
con dos golpes de tecla y un Google se desarman, entiendo que la
información no es suficiente.
Siempre es nuestro derecho saber.
Publicado por Juani Martignone
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