La generación subestimada
Son cerca de 13 millones, de los cuales 800 mil, son jóvenes entre 16 y 18 años que votaron por primera vez. Son chicos que no vivieron con conciencia la pelea de Cristina con el campo; no estaban ni en los planes cuando sucedió el defalco al Estado del grupo SOCMA; eran niños que no sabían ni leer, ni escribir cuando Cristina atestaba de cadenas nacionales y 678 usaba la TV pública para hacer propaganda oficialista; no tienen recuerdos de la calle Blanco Encalada con dos metros de agua de lluvia de la cual Macri grita desaforado que no se inunda más; nunca vieron a Alberto Fernández como funcionario público porque nunca vivieron lo que fue el gobierno de Néstor Kirchner, que es la única credencial que presenta en cada oportunidad el actual presidente; no pueden asociar con ira a Larreta con la muerte de Favaloro porque cuando el médico se pegó un tiro ellos no habían nacido; para ellos Ataque 77 y Los Redondos son bandas míticas pero que ya no existen y el indio es un abuelito con Parkinson que le resulta interesante escuchar a todas las personas que tienen de 40 años en adelante.
Estos jóvenes representan el 35%
del padrón electoral y todos los ejes en los que se mueven las campañas
electorales de todos los partidos políticos son ejes que les interesan (y cada
vez menos) a los adultos; a los padres y a los abuelos de estos chicos. Cuando
el presidente dice que hay que “picarle el boleto a los libertarios” estos
chicos que nacieron en la generación digital tienen que entrar a googlear lo
que está diciendo porque es un idioma que no manejan. Alberto para decirse
rebelde cita Los gatos y acusa ser fanático de Lito Nebbia, incluso dice ser
tan rock que le puso de nombre a su perro el apellido de un músico octogenario:
Dylan. Todos personajes desconocidos para estos jóvenes.
Está claro, la campaña, y la
política entera, no tiene un lugar para estos chicos que nacieron en el 2005 y
que no tienen ningún recuerdo consistente, ni tan bueno ni tan malo, de lo que
significó el kirchnerismo o el macrismo cuando fueron gobierno. Cuando les
cuento a los más jóvenes que Aníbal Fernández apretando ciudadanos de a pie por
Twitter
usando datos que el Estado debe mantener como privados, es el típico Aníbal que
nosotros conocimos en 2012 y que incluso le habíamos puesto un nombre a estas
prácticas recontra habituales en él: las “Anibaladas”; todos se sorprenden,
básicamente porque recién están conociendo a Aníbal Fernández.
Cuando después de la derrota en
las PASO el oficialismo leyó que el pueblo quería más kirchnerismo, claramente
no estaba teniendo en cuenta a este sector que no tiene un recuerdo ni glorioso
ni pésimo de esta etapa que les tocó vivir de infantes.
Son la generación subestimada, la
que nadie tuvo en cuenta y un día, cuando menos se lo esperaban, los tenían a
todos con 16 años cumplidos y con ganas de meter su opinión de ellos en una
urna. El ascenso de personajes como Javier Milei con discursos anti sistema, no
debería haber sido una sorpresa si al menos el sistema hubiera tomado nota de
que esta generación existe, tiene gustos particulares, necesidades y pretensiones.
Creer que son una generación de mini fachos o de incels (lo que acá en la
calle decimos “chicos que les falta ponerla”) es subestimar más a los que ya los
venimos subestimando.
Yo me creo joven porque recién
estoy llegando a los 40, pero a veces no me percato que tranquilamente podría
ser el padre de uno de los chicos que este año votaron por primera vez. Lo
mismo le pasa a los medios, a los políticos, más bien, al sistema en general:
parecieran vivir la crisis de la mediana edad. Las discusiones que toman la
agenda pública son las discusiones que nos interesan a los que rondamos los 40
años, a veces creyendo que lo hacemos por las generaciones venideras y sin
embargo lo único que logran es calmar nuestra propia conciencia. Cuando Larreta
hace Tik
Toks se cree fresco y jovial, los tiktokeros lo ven como a un viejito
haciendo el ridículo; cuando Cristina nombra a L-Gante en sus discursos
proselitistas se cree actualizada, sin embargo los más pibes la vieron como una
abuela que quería parecer canchera metiendo una palabra moderna que ni siquiera
pronunció bien; cuando toda la progresía se escandaliza con el nivel de odio que
se maneja en las redes y pretende buscar maneras elegantes de censurarla, Dani
Ribba dice “no leo su hate (odio) entre tanto mensaje” y Lil
Killah “a los haters (odiadores) una fatality (una manera de acabar con
el enemigo)”.
L-Gante, Dani Ribba, Lil Killah
son músicos que rondan los 20 años y tienen un público que ronda esa edad
también. En sus discursos no está “la patria grande” o “el neoliberalismo de
los 90” o el “sí se puede”, ni siquiera está la preocupación por el odio en las
redes, saben que existe, pero lo subestiman o lo usan para hacerse grandes:
para ser importante tenes que tener haters, sino fallaste. Es en
entonces que cuando se dice que es un escándalo el trolleo o que le mandaron
los trolls a alguien, se lo dice para aquellos que lo consideran un escándalo,
o sea para los que están en la mediana edad; a los jóvenes, esos a los que
queremos proteger del trolleo, les parece una práctica habitual de redes,
lícita y hasta en algunos casos necesaria para tener algún tipo de
trascendencia. Claramente no estamos luchando por los jóvenes sino por una idea
que tenemos de los jóvenes o aquello que aspiramos a que sean los jóvenes. No los
escuchamos, la peor manera de subestimarlos.
Es cierto que escuchar esta
música es un compendio de banalidades y de aspiraciones de ser millonario (Dani
Ribba dice “Antes era un pobre infeliz, ahora no soy feliz, pero ya no soy
pobre” y L-Gante dice “los rocho joseamo´ hasta hacerno´ millo´ por los
pasillo´”) pero como no los escuchamos es que tampoco nos preguntamos por qué
todas las letras giran en torno a pegarla, a hacerse millonario y mediantes las
redes o los Only fans (plataforma donde se sube contenido, en teoría
erótico, a cambio de dinero en dólares de los suscriptores). Seguimos creyendo
que la aspiración de los jóvenes es encontrar un trabajo formal, con aportes,
obra social y aguinaldo, y que si tienen que ir a trabajar duro a la línea de
producción de una fábrica para ascender, lo harán; para llegar así a comprarse
la casa propia y planear tener una familia. El tema es que esas son nuestras
aspiraciones, o la de nuestros padres, la de ellos es subir una foto y cosechar
muchos likes para ver si pegan un canje de Playstation y tener para jugar un
rato sin haber gastado un peso. Los sueños de la casa propia son imposibles en
un país sin acceso al crédito hipotecario (lo más parecido fue el Procrear
que financió siempre a las clases medias acomodadas). Y el momento de la
formación de la familia está puesto en duda en un tiempo de embriones
criocongelados y vientres subrogados.
Estos 13 millones de jóvenes ven
a todo un mundo que ronda los 40 años que le habla a los que rondan los 40 años
pero dicen representarlos. Les reclaman que se miran el ombligo al mismo tiempo
que no pueden ver que los más chicos no son como ellos ni tienen sus
aspiraciones; se escandalizan porque votan como votan; se horrorizan porque
L-Gante no contempla la igualdad de género en sus letras, y mucho menos el
lenguaje inclusivo que ellos aseguran que funciona. Estos jóvenes ven al mundo
como yo veía al mundo cuando tenía su edad y escuchaba que los Smashing
pumpkings no decían que “sentimos la presión en la tierra de las mil
culpas” (“We feel the pull in the land of thousand guilts” de la canción 1979 y
que le da nombre a este blog) en referencia al mundo adulto. Así también lo
veían mis padres cuando escuchaban “estoy rodeado de viejos vinagre”. Pasan los
años y siguen sin ser escuchados, con una gran diferencia: cuando mis viejos
eran jóvenes sintieron que había que salir a reclamar y hacerse escuchar porque
vivían en un país con 5% de pobres; hoy hay 50% de pobres y nuestras
discusiones giran en torno a si es justicia social que un joven pueda ir de
viaje de egresados gratis o que le den $5000 para ir al cine. Al menos en los
70, y tras ríos de sangre, se tomó nota de los reclamos de una juventud que
sentía fuera de los planes que el sistema pretendía imponer. Hoy mientras 7 de
cada 10 chicos de nuestro país vive en una villa sin acceso a servicios
básicos, la dirigencia argentina los ve como si fueran los chicos de los
orfanatos de Cris Morena que sueñan con ir a Disney y vestirse de John
L Cook, cuando en realidad sueñan con lo que sueña cualquier pobre:
comer al menos todos días. Es entonces que la frase de Dani Ribba “Antes era un
pobre infeliz, ahora no soy feliz, pero ya no soy pobre” no es una banalidad,
sino el reflejo de la sociedad de mierda en la que viven, la que le supimos
conseguir y armar para ellos: una sociedad donde comer es un bien más escaso
que la felicidad que te puede dar cualquiera de las drogas que pondera L-Gante
o Don Patricio para pasar el rato.
En este ambiente, donde tenemos
una dirigencia que sólo quiere discutir leyes dignas de un país escandinavo
mientras que la realidad es más parecida a la de un país de África
subsahariana, es lógico que surjan movimientos que romper el statu quo a los
gritos y groserías como lo hace Milei y sus compañeros defensores de genocidas.
Es lógico que se vea a la política como una casta, o sea, un sector de la
población que goza de privilegios por encima de todos los demás ¿Por qué un
joven debería creer que el que le prometió a su abuelo que le iba a cambiar el
mundo para mejor y no lo hizo y después se lo prometió a su padre y no lo hizo,
ahora que se lo promete a él va a cumplirlo? ¿Por qué debería creer en la igualdad
de condiciones si mientras a ellos les abren una causa por fumarse un porro a
los políticos todavía no les pueden encontrar el delito por el cual sus
fortunas se multiplicaron exponencialmente en menos de una década? ¿Por qué
habrían de creer que van a escuchar el mensaje del pueblo y que se ajustaran a
él si cuando en el 2001 les pidieron que se vayan todos, se acomodaron todos y
siguen siendo los mismos de siempre? La palabra “casta”, aunque debería
complejizarse en todos estos casos, suena verosímil, convincente, pega, y pega
fuerte. Sumado a una buena oratoria (virtud que hace unos años muchos exigían
como condición sine qua non para todo político) pega más fuerte aunque esté
plagado de falsedades de argumentos flojos de papeles.
A esos jóvenes, no sólo deberían
escucharlos, también habría que explicarles, pero no con videos ridículos de Tik
Tok o nombrando a L-Gante para lograr empatía, sino tomándolos en
serio, como los seres pensantes que son. Tampoco vale poner a una joven como
Ofelia Fernández en representación de ellos, si esa Ofelia, de joven sólo tiene
la edad que acusa su DNI (basta con escuchar el tono y el contenido de último
discurso de Ofelia en España para determinar que no hay diferencia alguna con
un discurso que puede dar Cristina o de Juan Grabois, como si los intereses de
una chica de 20 fueran los mismos que los de una señora de 70 o de un señor de
40). Todos estos intentos sólo le allanan más el camino a aquellos que prometen
romper con todos esos discursos repetidos y vacuos, que también denunció Greta
Thunberg.
El último debate por las
elecciones legislativas desnudó por completo el discurso del libertario Milei
que se hacía el combativo y no pudo sostener un solo argumento frente a un
grupo de lo que él llama “casta”. El león era en realidad una cabra disfrazada.
El privilegio que tiene esa “casta”, por sobre todas las cosas, es estar
formados para detectar y desarticular discursos de buena oratoria que suenan
revolucionarios y combativos, pero que en realidad son vacíos y parte del
establishment que siempre fueron. Esto demuestra que los jóvenes apuestan por
Milei no por sus ideas sino porque tienen bronca contra los que vinieron
manejando hasta hoy los destinos del país.
La bronca en sí, sin ideas puede
ser traicionera porque nos puede hacer caer en discursos de charlatanes de
feria como feria como Milei. Sería deseable que a los jóvenes, se les dé esa
formación para poder detectarlos. Es más importante que ir al cine o irse de
viaje de egresados con su curso. Pero en un país donde la educación es un
privilegio de ricos (sólo el 50% de la población logra terminar el secundario,
donde 9 de los que terminan son ricos y uno solo es de los deciles más pobres
de la sociedad) es ilógico que se hable sólo de aquellos que lograr terminar el
secundario después de casi dos años de escuelas cerradas. Eso no es justicia
social, sino subrayar las injusticias que ya existen. Es subestimarlos una vez
más.
Querer satisfacer las pulsiones
revolucionarias de la juventud no es tenerlos en cuenta, pero escuchar esas
pulsiones es un buen punto de partida. Según la última encuesta permanente de
hogares los jóvenes que abandonan la escuela lo hacen por varios motivos: el económico,
porque ir a la escuela significa gastar plata a pesar de ser gratuita (sólo la
gratuidad no garantiza la equidad); porque tienen que hacer otras tareas, por
ejemplo cuidar a los hermanitos mientras los padres salen a trabajar para
mantener la familia; y el mayor número de abandono se da por la calidad de
educación que provee la escuela, los jóvenes ven que la escuela pública no les da
los elementos necesarios para el día de mañana tener un mejor porvenir. Esta
subestimación de la juventud está condenando a la más de la mitad de la población
a que en el futuro, obtengan trabajos de cuarta o quinta categoría. Un círculo
vicioso en un país que ya es pobre, no sale adelante si los trabajadores del
futuro ni siquiera pueden comprender un texto de complejidad media y tener
conocimientos básicos de matemática.
Hoy podemos tener la certeza de
que en el futuro vamos a ser indefectiblemente más pobres de lo que somos hoy.
Esto sucede porque a pesar de lo que creemos, estamos subestimando como nunca
antes a las nuevas generaciones.
Publicado por Juani Martignone
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