La literalidad revela nuestra ignorancia

 “El arte se muere en la literalidad” me dijo hace muchísimos años un profesor de teatro de un grupo de aficionados al que pertenecía. El teatro tiene eso, esa magia en la que la obra se completa si o si con el público. Uno se daba cuenta que su actuación era buena si escuchaba emocionarse al público cuando se actuaba un texto muy sentido, o cuando escuchaba risas en la sala después de decir algo que pretendía ser gracioso, y sin reírse y sin mirar al público anunciando el remate y a veces hasta actuando como si no se hubiese dicho nada que realmente causara gracia. Si éramos literales, el público no completaba el sentido de la obra, no había tal reacción y entonces no tenía sentido que estuviéramos parados sobre ese escenario.

Así aprendí a valorar el gusto por lo sutil, lo que no se dice, las elipsis que uno debe completar, los finales abiertos. Me pasó, y aún me pasa, que no todo lo que no se dice puedo llegar a completarlo, a entenderlo. Hace unos días terminé de leer un libro recontra recomendado por varios referentes de la literatura, Un verdor terrible de Benjamín Labatut, y resultó que la sensación que me dejó fue la de estar completamente afuera de lo que autor quería contar. Tomando hechos reales de científicos que estudiaron y desarrollaron la física cuántica, Labatut hace ficciones en las que entiendo están plagadas de ironías y de humor sarcástico, pero no las puedo entender por una cuestión básica: la física cuántica es un mundo que conozca.

Esto incorpora un elemento bastante importe a la hora de enfrentarnos a algunas expresiones de arte: la competencia. El conocimiento previo que debemos tener para poder completar en nuestra cabeza todas esas elipsis que las obras tienen y que no nos quieren decir para que no se transforme en un producto ramplón. Por lo tanto, para entender el arte, es necesario estar previamente preparado y tener una mínima capacidad de comprensión y asimilación de los textos (escritos, orales, visuales, etc). Podrá sonar elitista, pero el propósito de que las expresiones del arte sean completadas por quien las consume, abre un abanico fenomenal de posibles interpretaciones, se diversifica, se nutre, se hace más grande y más complejo, como cuando comentamos una serie con amigos y todos pusimos el ojo en distintos lugares. Eso sí, todas basadas en un fundamento mínimo que es la compresión de eso que se consume, percibir el drama, el humor o la ironía aunque le demos distintas interpretaciones. Y para esto se supone que la educación formal (escuela primaria, pero sobre todo secundaria) nos prepara, sin necesidad de que todo venga con un subtítulo que lo explique.

Digo supone porque al ver los resultados de las pruebas de aprendizajes de los últimos 20 años en la educación argentina, la lecto comprensión no es el fuerte; por el contrario, desde hace 10 años la escuela (tanto privada como pública) no produce egresados que puedan comprender un texto de complejidad media. Las obras de teatro corren el riesgo de ser obras incomprendidas porque no están lo suficientemente explicadas para que el espectador pueda comprender sin necesidad de tener competencia o capacidad de análisis. A esto se le suma la paradoja de tener la información cada vez más al alcance de la mano pero la incapacidad de saber buscarla y una moda de literalidad pura, donde todo lo que se dice se toma al pie de la letra sin sutileza alguna, al punto de generar grupos de padres indignados con la serie El juego del calamar por la violencia que se usa para hacer una crítica social; la ven innecesaria. Lejos quedaron los tiempos en los que Quentin Tarantino hacía una película súper explícita y súper violenta como Pulp Fiction (“Tiempos violentos” se tradujo en Argentina), también para hacer una crítica social a la vez que pretendía que no riésemos desdramatizando la muerte. Hoy una escena como en la que al personaje que interpreta John Travolta se le escapa un tiro en el auto y le vuela la tapa de los sesos a un adolescente inocente, sería altamente repudiada, cancelada y tildada de violencia innecesaria para explicar un concepto. Los chicos de mi generación, nos reíamos a raudales con esa parte porque entendíamos que eso era lo que Tarantino pretendía que hiciéramos, no salir a matar pibitos.

En este contexto de cubrir de algodones, limar asperezas y simplificar un mundo cada vez más diverso y más complejo, surgieron portales de internet que lo explican todo. En Argentina, el más popular es Chequeado: un portal que se encarga de revisar por nosotros toda la información y toda la evidencia que hoy tenemos a dos golpes de tecla de distancia, para confirmarnos si lo que se anda diciendo por la tele, por las redes o por la calle es verdadero o no. O sea, el trabajo que una mente crítica debiera hacer si quisiera estar informada, esta página lo hace por nosotros. Eso sí, previamente tenemos que hacer un pacto de fe ciega con Chequeado de que buscará efectivamente toda la información y no lo hará de forma tendenciosa, porque ya que nosotros no vamos a buscar, todo lo que allí se lea, automáticamente se dará por cierto. Poca autonomía, muchísima confianza.

Fue de esta forma que Chequeado salió a verificar los dichos de una cuenta de Twitter que es claramente humorística y que publicó “Kreplak: `Los que tienen varios hijos vacunen sólo al mayor, para ir viendo cómo viene la mano´ #LasMasLeidas”. Al parecer el chiste se viralizó por las demás redes y mucha gente creyó que la noticia era real, a pesar de que la escribiera un tal Licenciado Macoco, con un avatar dibujado.

 


El portal salió a aclarar que se trataba de algo falso, que el tweet no era más que lo que hacen el 99,9% de cuentas anónimas de Twitter: humor. De todas formas, Chequeado acusa al usuario de la cuenta de no aclarar previamente que se trataba de un chiste y que por eso mucha gente entró en pánico en este contexto actual de pandemia que parece que se va y no se va. En este caso, el público no pudo completar el texto provisto por el Licenciado Macoco para que surta el efecto cómico esperado y lo tomó literalmente. Todo el arte que podía haber en el humor irónico fue destrozado en dos segundos por la literalidad, como me advirtió en aquel momento mi profesor de teatro.

Hace no mucho tiempo la escritora argentina radicada en Francia, Ariana Harwicz, se quejaba con ahínco sobre casos como este, en un debate al que fue invitada para la Feria de editores. Decía que poner advertencias previas a lo uno va a consumir, primero que te condiciona, y segundo crea mentes perezosas, personas ultra protegidas de que una obra te tome por asalto para emocionarte, hacerte reír o producirte desagrado. Apunta a que estos explicadores de realidad y quienes colocan advertencias todo a lo que uno está expuesto, colaboran con tener un futuro más mediocre.

Tal como el caso de los críticos de cine y televisión que advirtieron a los espectadores que están pareja o que están recientemente separados, de no mirar la miniserie Scenes of a marriage (escenas de un matrimonio) porque revuelve conflictos matrimoniales en los que cualquiera puede sentirse identificado y producir la ola de divorcios que produjo en 1973 cuando se exhibió la película original de Ingmar Bergman. Como si a alguien que está en pareja habría que protegerlo de ver las miserias de la vida conyugal, o como si a un recién separado habría que mostrarle un mundo donde no existe tal tristeza luego de la separación. Un matrimonio no se rompe por una serie, quizás da un empujón hacia o inevitable, mientras tanto, gracias a estos críticos, mucha gente que los valora como sucede con Chequeado, se está privando de ver una obra maestra como es esta serie de HBO. 

Claramente estamos ante un problema de poblaciones con poca capacidad de comprender un texto o discernir entre un chiste y la realidad, pero ¿entonces la solución es poner a alguien que pueda comprender y discernir por nosotros para luego explicárnoslo, como Chequeado? Si no podemos hacerlo por nuestros propios medios, nunca seremos efectivamente libres, siempre dependeremos de un explicador que nos cuente cuantos pares son tres botas. Ahora ¿qué pasa si alguna vez ese explicador nos miente? No tendremos la capacidad de discernirlo.

Por otra parte, el humor y la ironía se vuelven más complejos no sólo cuando la población cuenta con pocos elementos para ser interpelada, salvo alguien que se lo explique, sino también, cuando la realidad tiene una vara tan baja que cualquiera puede creer que lo real es lo más parecido a un chiste o a una ironía del destino. En este caso, a diferencia de la brillantez de La guerra de los mundos de Orson Welles que hizo creer a toda una población de un ataque alienígena por lo realista del texto, la verosimilitud viene de un funcionario público al que creemos capaz de emitir comunicados que parecen tomadas de pelo, porque ya lo han hecho en otras oportunidades y fueron muy reales. Tantas veces creímos que era un chiste y era verdad, que nuestra piel está curtida y estamos preparados para cualquier cosa en este país, que a veces parece un chiste. De hecho fue el mismo ministro Kreplak quien colgó en sus redes un video irónico, imitando al ex presidente Macri cuando nadie fue a arengarlo el día que asumió como presidente, en un claro tono humorístico.

Como siempre el problema viene de la cúpula de la pirámide hacia la base. Si los que deben hablar claro, sin ironías ni chistes, con la complejidad que requiere el tema, te hablan como una señora barriendo la vereda, o bajo la lógica de un tweet picante o la lógica del show televisivo; Twitter, la TV basura y los comentarios de la calle van a sonar tan serios como el discurso de un funcionario público, y entonces si o si vamos a necesitar de un Chequeado que nos explique como a un niño qué es chiste y qué no.

Zapatero a sus zapatos, dicen. No todo el mundo puede emitir un discurso político como no todo el mundo puede hacer humor político, de la misma forma que no todo el mundo puede hacerte explotar de emociones parado en un escenario. Es por eso que necesitamos que cada uno haga lo suyo y lo haga cada vez mejor, sin imitar discursos que tiene más punch. La política no tiene que entretener ni ser divertida y el arte no tiene que venir con un manual de explicaciones para no quedarnos afuera del chiste. En ambos casos, nos debe exigir más a nosotros mismos para poder consumirlo, que a su vez nos volverá más exigente para con quienes lo producen.

Si seguimos construyendo un mundo en el que protegemos a los demás de todo lo malo que pueda haber, de todos los chistes o trampas en las que pueden caer, de toda la angustia a la que se pueden someter, nos inundaremos de literalidad. Y la literalidad mata de apoco al arte. Y un mundo sin arte, es un mundo peor.          

 

Publicado por Juani Martignone

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