El fin de la transgresión

Después de 12 años y varias peleas y rupturas en el medio, volvió Sex and the city, ahora llamado And Just like that (llamada así por un latiguillo que tenía el personaje de Carrie Bradshaw cuando escribía sus columnas de sexo). Si sos de aquellos que tiene un lindo recuerdo de lo que fue la serie en los años 90, o como yo, de los que hizo un rewatch completo para estar a tono con esta nueva temporada, te vas a encontrar con una cosa totalmente distinta; cambió el espíritu por completo. El cambio no se debe a que ya no está Kim Catrall, que encarnaba el personaje de Samantha, o que ahora hay otros escritores o que Sarah Jessica Parker está más vieja, sino que el cambio se da porque la sociedad cambió. La posición que tenían en los 90 estas mujeres hoy es completamente distinta, y no es su culpa. Siguen representando fielmente el espacio que antes representaban, el cambió, fue el espacio: la izquierda neoyorkina pasó de un cúmulo de excesos y transgresiones de panza llena, para convertirse en una izquierda puritana con un decálogo de inclusiones, aclaraciones y pedidos de perdón por tener la panza.

 


Las chicas que en 1998 se prendían un porro en medio de la Nueva York de la tolerancia cero de Ruloph Guiliani y eran detenidas y puteaban al policía y Guiliani y salían y se reían y se compraban el banana split más caro del upper west side, hoy soy unas señoras correctas que se ponen alcohol en gel para todo y hasta guantes para tomarse de un pasamanos porque dijeron que hay que cuidarse de la pandemia. Nueva York ya no es sucia, ruidosa, con barcitos sucuchitos donde se comía bien o con peleas de travestis en la puerta del departamento de Samantha; ahora es blanca, pura, moderna, con restoranes de estrellas Michelin, canchas de tenis techadas y a las travestis ya no les dicen travestis, les dicen trans. Ya no se pelean con ellas sino que las incorporan a su círculo de amistades sin hacerse las preguntas que se supieron hacer en algún momento sobre cómo vivían el sexo, si como hombres o como mujeres. Hoy les dicen, sin equivocarse ni una sola vez, “they”, que es lo que en español es “elles”.

Dejaron de ser cuatro amigas blancas y ricas viviendo en una ciudad rica, citadinas al extremo, frívolas, que hablaban del sabor del semen en un restorán lleno de niños a las tres de la tarde en pleno Manhattan, disfrutando de la variedad de ofertas sexuales y transgresoras que le ofrecía la Nueva York noventosa, haciéndose un lugar a carterazos en un mundo gobernado por hombres y calmando su frustraciones incrementando una colección de zapatos Manolo Blahnik que valían más caros departamentito de un ambiente y medio que alquilaban. Hoy son tres señoras propietarias de casas amplias, cómodas y ordenadas, que dejaron de teñirse el pelo por considerarlo una frivolidad, una imposición. El mundo lo entienden a la perfección, ya no hablan de sexo ¿acaso no existe el sexo en los adultos mayores? Incluyeron a todos, perdón a todes: hay negras, hindúes, chinas, transgenero, sexo fluido. Los incluyen sin preguntarse como lo hacían antes porque ahora, preguntar puede ofender. La serie dejó de ser incómoda para transformarse en un manifestó de todo lo que es políticamente correcto.   

Podría decirse que de los 35 a los 55 uno pierde esa transgresión y entonces la serie lo perdió. Pero algo curioso sucede, y es que la el personaje de Charlotte, que en los 90 era la chica tradicional y pudorosa que soñaba con las bodas que salían en las revistas y la familia que nos vendió la tele, (spoiler alert) hoy de grande es la única que choca con un mundo en el cual su personalidad se convirtió en una personalidad ofensiva al extremo, porque no tiene la suficiente cantidad de amigos negros para que la consideren diversa, porque no cae en la cuenta de que la hija que crió para que sea la princesa que ella soñó, hoy no se siente cómoda con ningún género ni con el espectacular vestido de Oscar De la Renta que ella le compró. Charlotte sigue siendo Charlotte, por eso sufre con un mundo que cambió de forma tal que hoy no la reconoce como la joven transgresora que fue, sino que además la acusa por no poder amoldarse al mundo de hoy, al mundo que “está bien”. Sus cambios, sus adaptaciones, el no considerarse lo suficientemente progresista para el mundo actual, la vuelven el único personaje auténtico de la serie. El único que reflexiona cuando podría mandar todo a la mierda porque ya está vieja para cambiar.

La serie podría quedar en un intento decepcionante para los que fuimos fans de Carrie, Samantha, Miranda y Charlotte, pero demuestra, sobre todo, que este cambio de paradigma que amedrenta con cancelaciones y ofensas, las obliga y nos obliga a todos, a tener que pedir perdón por nuestros pensamientos pasados, a hacer un revisionismo histórico en el cual no se tiene en cuenta ni un poco el contexto. Es injusto acusarlas de no estar a la altura de la moral actual que incluye a “todes”. ¿Y qué pasara si aún hoy no quisieran incluirles, no quisieran seguir las normas del buen pensar que impone la izquierda puritana norteamericana? Estarían transgrediendo. Estarían haciendo eso que hacían en los 90 y hoy nos parece una mera frivolidad. Porque que cuatro mujeres en una serie de televisión expresen que prefieren no tener hijos, ganar mucho dinero, comprarse muchos zapatos y probar cómo es que un tipo les chupe el culo cuando tienen sexo, en plenos años 90, era una verdadera trasgresión, un discurso incomodo que nadie tenía ganas de escuchar en esa época.

Este puritanismo de la izquierda norteamericana es el mismo que caló profundo en nuestra sociedad, la argentina, cuando el programa de radio de Andy Kusnetzoff pasó de ser un Tinder radial, un delirio de fumados, a ser un programa donde todos los días es el día del perdón: perdón por comportarme tan mal en el pasado. Si, en el pasado Andy fue un trangresor, hoy es un woke que, como la nueva Sex and the city, es alguien que hace esfuerzos denodados por no ofender cuando el motor que lo llevó a abrirnos las cabezas a todos en los 90/2000 incomodar a los famosos que vivían en su mundo plástico, para que empezáramos a pensar cuan falso era el star system del cual todos queríamos pertenecer.

Esto mismo pasa cuando Residente, quien supo ser un verdadero transgresor en la música, en la última session de Bizarrap se le tiró con todo a J Balvin por no ajustarse a la cultura woke, por no hacer manifestaciones políticas, por no hablar de otredades, por no reflejar a las minorías más desprotegidas, por cometer el terrible pecado de ser simplemente frívolo. Hablar sólo de sexo, drogas y perreo (en los 90 era rock and roll) es un pecado frívolo si no expresamos algo sobre aquellos que sienten que nacieron en un cuerpo equivocado, o por el hambre que hay en el mundo mientras otros ganamos dinero trabajando todos los putos días. La cultura nos obliga a punta de cancelaciones masivas o canciones incendiarias de Residente, a pedir perdón por haber pensado distinto 20 años atrás, a sentir culpa por lo que nos ganamos con nuestro trabajo, a culparnos por haber nacido en una familia funcional o por tener la piel blanca. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Sí, son una religión dispuesta a evangelizar a todo aquel que los ofenda, con hashtag y banderitas, porque hacerlo de verdad es un poco más difícil, por eso Residente vive en una mansión en Los Ángeles.

Hoy en día la figura de Fernando Peña se ha enaltecido: el viejo puto transgresor de los 2000. Lo cierto es que cualquiera que hoy escuche sus programas de radio podría hacer un listado interminable de minorías y comunidades que se sentirían ofendidas. Escucharlo a Fernando era incomodo, era difícil seguirlo con sus ideas que no iban con los pensamientos de la época. Eso fue lo que a un mí, un puto recién llegado a la gran ciudad en plena crisis de 2001 me hizo pensar, romper los preconceptos, no seguir manadas.

Hoy todos hacen esfuerzos por alinearse a la manada, la chicas de Sex and the city, Kusnetzoff, Residente. Y quienes no lo hacen son cancelados, castigados como J Balvin, la nueva inquisición. Quizás sea esa frivolidad de Balvin la que esté rompiendo el estereotipo, no lo sé. De lo que tengo certezas es que estamos necesitando alguien que nos incomode, alguien que venga a romper a martillazos la hegemonía del pensamiento woke, que nos ofenda, pero que al final de cuentas, nos deje al menos una idea. Como Peña.              

 

Publicado por Juani Martignone

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