El violador eres tú: la máscara del feminismo progre.

En Carne, la Coca Sarli interpreta a una chica que es violada en grupo por trabajadores de un frigorífico a plena luz del día que la encierran en un camión de trasporte de reses, y mientras uno hace de campana, los demás van pasando de a uno para cumplir con su turno de lo nefasto. La película es del año 1968 y ya en ese entonces el guión de Armando Bo denunciaba unos de los males que hoy vimos casi patente. Si cambiamos algunos detalles como el frigorífico por Palermo, el camión por un auto y los trabajadores de la carne por universitarios, nos encontramos con el mismo hecho, pero con una gran diferencia: lo sucedido el lunes pasado no es una película sino la pura realidad. Cuarenta y cuatro años después de la denuncia de Bo y Sarli en el cine sobre la cultura de violación y la hermandad machista, el pacto social sigue intacto.

La noticia de la violación en gang por seis chicos en un auto en Palermo y a plena luz del día, cerca de las tres de la tarde, mientras dos de ellos hacían campana afuera, fue el cachetazo necesario para darnos cuenta que a pesar de todos los conversatorios que se organizaron, la difusión que se da a estos temas, los ministerios que se crearon e incluso el grito de desesperación de la sociedad aquel 2015 cuando pidió Ni una menos, seguimos exactamente igual que en aquel 1968. Con otra gran diferencia: ésta no la vimos venir.

Hasta ahora, las Malenas Pichot y las Flor Freijo de la vida nos venían advirtiendo del peligro que corre una mujer frente a un taxista, a un camionero que le grita los hoy prohibidos piropos callejeros, o de todos esos machirulos que creemos que el “todos” en masculino es el genérico que incluye también a las mujeres y no decimos “todes”. Sin embargo esta vez el peligro estaba en la cocina donde se gestan estos discursos, en Palermo, en las universidades e incluso en los partidos políticos que más hacen propias las banderas del feminismo. Entre los seis violadores hay estudiantes universitarios, militantes de agrupaciones filo kirchneristas y hasta alguno se había considerado como no binarie; en definitiva, la burla irónica del “aliado” se hizo realidad. Lo que pasó es que creímos que era una burla y mientras tanto nos estábamos ocupando de pedirle a Uber que ponga más botones de pánico porque nos habían enseñado que todo chofer era un potencial violador.

Miles de papers y miles de videítos de Sol Despeinada sobre la cultura violenta de rugbiers, ninguno sobre la violencia y los abusos que se dan en las agrupaciones políticas del partido con el que simpatizan. El desencajo demuestra que, hasta el momento, direccionaron el pensamiento hacia un lugar, el mismo en el que lo ubicó Carne en 1968 ¿Cómo semejante hecho bárbaro puede suceder en Palermo, la capital del progresismo? ¿Cómo alguien que transita una universidad y por consecuencia se eleva intelectualmente sobre la masa bárbara e inculta puede cometer un acto de esta índole? ¿Cómo es posible que no defiendan los valores que el partido político que se empecina en adoptar como propio al feminismo y no deja que sea de nadie más?

Este caso explota en la cara al feminismo progre porque denota que hasta hoy fueron un cúmulo de prejuicios, que se han transformado en un dedo acusador que nos reta, nos prohíbe, pero sin mirarse a sí mismos, a la vez que encubren y protegen a los propios. Por eso es importante el partido político al que pertenecen los violadores, porque mientras muchas de las que nos bajan las masterclases del feminismo en reels de Instagram, por detrás reciben prebendas del Estado de la mano de violadores y abusadores del peronismo a cambio de silencio.

Sabemos muchísimo de la cultura rugbier que mató a Fernando Baez Sosa, también cuánto perjudica que legisladores como el diputado del PRO Pablo Torello haya dicho a viva voz que las feministas son unas incogibles. Sabemos poco del estado de la causa y del entramado de poder que cubre a José Alperovich en una cómoda licencia que le da el senado de la Nación presidido por Cristina Kirchner para evitar tener que dar explicaciones sobre la denuncia de violación de parte de su sobrina. Tampoco sabemos de cómo es el entramado en las agrupaciones políticas que es permeable a los abusos, como el caso de los 15 militantes de La Cámpora Quilmes acusados por sus propias compañeras y que la sorora Mayra Mendoza mandó a encubrir. Mucho menos, sabemos del caso del profesor universitario y panelista de 678, Dante Palma acusado de violación por sus propias alumnas. Los abusos no pertenecen a un solo partido político, pero llama la atención que haya tantos casos encubiertos en un mismo partido en el que reina la verticalidad y que después se pongan la careta del feminismo sororo.

Si poco sabemos de la denuncia por violación que le hizo la esposa a Raúl Gómez Alcorta es porque el acusado en cuestión no es más que el hermano de la ministra de las mujeres, género y diversidad. Ministra que su única función parece ser la misma que la de Freijo, Pichot o Sol Despeinada: ser comentadora de la realidad; una opinóloga o socióloga de lo que nos sucede como sociedad, alguien que mira todo desde de afuera y repite los latiguillos favoritos del sociólogo “muy interesante” o “es más complejo”. La diferencia entre un sociólogo y un ministro es que unos están para observar y analizar los que le parece interesante y otros están para ejecutar políticas activas que cambien la realidad de la cartera que manejan. La de un ministro no es únicamente opinar o hacer un análisis sociológico de un hecho en particular como si lo mirara de afuera. A la ministra que hace puño con el gobernador que obliga a parir a niñas violadas le falta hacer política.

 

 

Cuando una sociedad se quiebra ante un caso que conmociona no es momento de hacer reflexiones sobre el origen de los males sino actuar, repudiar y mostrar interés. De la misma manera que no tenía sentido ante un caso de inseguridad que la ministra Sabina Fréderic nos citara Foucault o que mientras ardía Corrientes Cabandié nos invitara a reflexionar sobre el daño que le venimos haciendo al planeta. Estando tan a flor de piel, la ministra Elizabeth Gómez Alcorta no debería ponerse a reflexionar sobre la matriz cultural que lleva a que existan seis violadores en pleno Palermo sino contarnos cómo va a actuar el Estado en el caso, qué políticas que llevaron a cabo fallaron y cuáles hay mejorar o cambiar, qué se va a hacer para tratar que de acá a 44 años la historia no se vuelva a repetir como la película de la Coca Sarli. Su cargo es ejecutivo.

Por otra parte, es importante que una ministra tenga en cuenta que cuando habla, habla para toda una población y no para los conversatorios de feminista que organiza su ministerio, que tan caro cuestan y que tan poco cambio ha generado. Dirigirse a un público universitario, militante de la causa o con el suficiente marco teórico hace de su discurso un mensaje selectivo, un mensaje para pocos, un mensaje que llega a los que ya había llegado, un mensaje que no adopta receptores nuevos, por el contrario. Quienes estamos interesados en esta causa y consumimos literatura feminista, podemos entender a qué se refiere Eli Gómez Alcorta cuando dice que le violador es tu hijo, tu hermano, tu primo; para quienes no están en tema, es lisa y llanamente un insulto. Es por eso que se presta incluso para que personajes como Patricia Bullrich la corra por izquierda en Twitter.

 


El grupo feminista chileno La tesis hizo viral un video en el que se hacía una performance con un cántico que rezaba “El violador eres tú”. Mucho alboroto generó en la sociedad que no estaba empapada del tema porque se sintió ofendida por esta puesta artística, al punto de generar voces rancias que creíamos erradicadas. La ministra adopta el mismo discurso después de enterarnos que una piba, que puede ser cualquiera, es violada en uno de los barrios más seguros de Buenos Aires bajo el pacto de machos de seis tipos que durante el día se disfrazan de aliados. Hay una diferencia importante: La tesis es un hecho artístico, que puede gustar o no, que puede generar más o menos discordia e incomodidad en su público, en cambio, no se pone a una persona a cargo de un ministerio para que haga una performance controversial; se la pone para que ejecute políticas activas.

Un ministerio no es un teatro, y a teatro huelen sus declaraciones cuando además de no explicar qué estuvo haciendo gastando el triple del presupuesto asignado además de juntarse con las suyas para conversar sobre la matriz machista de la sociedad, tampoco hace una autocrítica, ni de su partido, ni de su gestión. Se traga el sapo de Manzur sin chistar como le pide el presidente (todo sea por no perder un puesto del Estado) y encubre a más no poder a todos los que son de su partido. Es por eso que cuando un caso así, en el que participan de los suyos, resuena que nos acuse a todos como sociedad porque sin autocrítica parece que quiere diluir la culpa de los antros en los que se manejan, queriéndonos convencer de que fallamos como sociedad; no su partido, no sus políticas, todos.

El colectivismo, la llamada sororidad, parecen una pose, una máscara que se ponen para acusarte de cosas que no son capaces de ver que suceden adentro de sus propias huestes, como buen jefe, como buena estructura verticalista donde todos deberíamos seguir a lo que nos dice el líder. Viven una relación tóxica con el Estado, el macho que las provee del puesto, pero las violenta día a día, haciéndoles creer que son libres porque las dejan juntarse a hablar con las amigas.

Este verticalismo y relación tóxica también la tienen ellas con sus seguidores, replican la estructura de violencia que ellas sufren. Lo primero que hicieron fue retar a todo aquel que usó la palabra manada para referirse a la violación en gang. No tuvieron en cuenta que a muchos el caso nos recordó al de “La Manada” en la fiesta de San Fermín y que se llamó así por el grupo de Whatapp de los violadores. No, manada está mal dicho, nos retaron como si este tipo de delitos se corrigieran cambiando nuestra forma de referirnos a los hechos. Es cierto que la palabra manada refiere a un grupo de animales que no pueden controlar sus instintos sexuales, cosa que eximiría a los seis violadores de Palermo, cuando en realidad el ser humano es un animal que puede controlar y administrar sus instintos en función de la sociedad en la que vive. De la misma forma debería controlar los instintos vengativos y la sed de sangre que corrió por las redes en todos aquellos que compartieron las fotos y los datos de los violadores con deseos de muerte u otras cosas espantosas. El escrache y la justicia por mano propia están más cerca del instinto animal que de la sociedad civilizada que pretendemos ser. Sin embargo, no se nos retó por sacar ese lado animal.

El violador eres tú, no digas manada, cuestionate tus privilegios de macho. Las órdenes imperativas parecen estar dando los mismos frutos que los conversatorios donde se juntan las militantes feministas: un femicidio por día. Además una orden imperativa son lo más fácil de cumplir, podría hacer un decálogo pidiendo perdón por mis privilegios de macho, poner cara de compungido, decir las palabras adecuadas que me indicó Sol Despeinada, pero internamente seguir reproduciendo la matriz social y cultural que fomenta la muerte de mujeres por el hecho de ser mujeres. Eso hicieron los violadores de Palermo, mientras te decían que estaban deconstruidos, se colgaban el pañuelo verde, militaban en el partido que te gusta, se consideraban no binaries, repetían que el violador eras tú, puertas adentro, seguían manteniendo el pacto de machos que mantenían los trabajadores del frigorífico de Carne y se cubrieron entre ellos para violar a una piba a las tres de la tarde mientras a dos cuadras en un bar dos feministas tomaban té de matcha y debatían sobre los estudios antropológicos de Rita Segato.

Probablemente todo esto se soluciones con políticas públicas. Ojala exista un ministerio que se encargue de ellas, porque hasta ahora solo tenemos opiniones, imposturas de indignación y teatro.              

 

Publicado por Juani Martignone

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