Negacionistas de la democracia

Uno observa a simple vista la magnitud de lo que fue la marcha en conmemoración al fatídico golpe de Estado de 1976 y siente que vivimos en un país que tiene memoria, que no olvida, pero que sobre todas las cosas, honra los derechos humanos. Luego escucha las declaraciones del máximo líder del kirchnerismo y siente que todavía estamos en una etapa anterior a 1983. Para Máximo Kirchner y para toda la agrupación que conduce, La Cámpora, confirmado luego por Pietragalla, en la ciudad de Buenos Aires votamos a negacionistas de la última militar, dando a entender o diciendo directamente que desde la ciudad capital del país se avala a los genocidas y a los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado Nacional entre 1976 y 1983.

Deberíamos dejar de lado la poca cintura política que tiene alguien que hace este tipo de declaraciones porque ante sus últimos actos, Máximo demostró que más que un gran político es un adolescente tardío que se mueve a través de impulsos y no de jugadas políticas estratégicamente pensadas como bien podría haber pensado su padre. Enfocándonos solamente en sus últimas declaraciones, damos cuenta que el hijo de dos presidentes de la Nación sabe muy poco de la historia de la Nación que ambos de sus padres presidieron. No tiene la culpa, un rasgo característico de los hijos millonarios de padres millonarios es no tener mucha idea sobre cómo se maneja eso que sus padres manejaron para hacerse millonarios; llámese Macri, llámese Kirchner.

También es cierto que para un patagónico que a los cuarenta se hizo bonaerense es difícil conocer la historia electoral de la Ciudad de Buenos Aires, pero Graciela Fernández Meijide que es madre de un hijo desaparecido y activista por los derechos humanos y que incluso formó parte de la CONADEP (Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas) fue votada en el año 1993 por los porteños para que los representase como diputada en el congreso nacional y luego en 1995 para que represente a la misma ciudad pero como senadora; fue también en el 93 que a Rodolfo Terragno, un exiliado de la última dictadura militar, la ciudad de Buenos Aires lo eligió como diputado nacional; desde 1993 hasta 2003 Alfredo Bravo, un dirigente que fue torturado por los grupos de tareas de la última dictadura militar, representó a los porteño en la cámara baja nacional porque los porteños lo votaron; en el año 2000 los que votaban en CABA eligieron como jefe de gobierno a un fiscal que apeló los indultos de los genocidas, Aníbal Ibarra. Quizás para Máximo la historia de Ciudad de Buenos Aires es sólo la que se circunscribe en los años 70 y luego con Macri, en el medio hay un gran agujero negro del que mejor no hablar.

En esa enorme elipsis temporal que hace el joven que nos vendieron como el gran cuadro político, deja en el cajón del olvido a Ítalo Luder, el candidato del peronismo que en 1982, a diferencia de Alfonsín, no quiso juzgar los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado Nacional y propuso la auto amnistía de los militares; tampoco se encuentra a todo un peronismo unido negándose a participar en el año 1983 de la CONADEP, cuyo informe fue vital, primero para que la sociedad tome consciencia de los horrores sucedidos durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional, como así también para luego poder enjuiciar a todos los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y todo aquel que tuvo algún grado de participación, ya sea torturando o dando la orden para torturar; borra por completo de su discurso y de su recorte antojadizo de la historia que fue un presidente peronista, Carlos Menem, quien apenas asumió decretó que todos los genocidas que fueron condenados a cadena perpetua mediante un juicio justo fueran liberados. Nadie que sepa al menos un poquito de nuestra historia nacional podría acusar al peronismo de ser un partido negacionista de la dictadura militar a pesar de los Luder, los Menem y los que eligieron no juzgar a los genocidas, porque fue, a su vez, el peronismo el partido político que más sufrió la dictadura. Lo hipócrita es que usen el dedo para acusar a un Macri a que no le importó (ni le importa) nada la historia oscura y sangrienta de la Argentina cuando el Estado pasó a ser terrorista, sin antes si quiera hacer un comentario de que negacionistas o colaboracionistas de la dictadura hay en todos los partidos políticos, incluso en el de ellos que bajó con orgullo el cuadro de los presidentes dictadores para borrar la parte de la historia que no les gusta. Alguien que no hace comentarios o pide perdón por la auto amnistía, los indultos y no investigar lo sucedido con la desaparición de personas, no tiene el cuerpo moral para salir a correr a nadie bajo la palabra negacionista.

Después de todo, no es tan grave lo que piense el hijo de una señora rica y con poder que está en ese lugar por herencia de sangre, porque representa a casi un 30% de la sociedad, muy intensa sí, pero que no logra romper ese techo del 30%. Lo verdaderamente grave es que ese discurso es la política de Estado respecto de los derechos humanos. El secretario de derechos humanos de la Nación, Horacio Pietragalla, en una entrevista radial con María O´donnell minimizó el accionar de la UCR en cuanto al juicio a la juntas porque después dictó las leyes de obediencia debida y punto final, las que llamó leyes de impunidad, y de las que aseguró que gracias a ellas una víctima de última dictadura militar podía cruzarse con su torturador, de nuevo, nada dijo sobre el año 1989 en el que Menem liberó a Videla, a Massera, a Galtieri y también uno podía verlos tomándose un cafecito en cualquier bar como si nada hubieran hecho. En el ida y vuelta con la entrevistadora logró reconocer la coyuntura en la que estaba Alfonsín para dictaminar las leyes de impunidad, pero continuó con su visión sesgada cuando se le preguntó sobre una agrupación llamada “Lealtad Montonera”.

 


Para el secretario de derechos humanos de la Nación no importan los métodos violentos de una agrupación guerrillera como Montoneros, ni las víctimas civiles inocentes que se cobró con cada operativo, lo que importa es la valentía con la que se enfrentaron ante una política económica, algo así como que si el rumbo económico no gusta es lícito salir a matar a gente, incluso inocentes porque no se está haciendo desde el Estado. Este sesgo, esta visión tan desigual de la justicia, es la que hace que proliferen agrupaciones realmente negacionistas, que se encargan de ensuciar la historia, denigrar a las víctimas del terrorismo de Estado y que dicen luchar por la “historia completa”, algo así como la teoría de los dos demonios. Está claro que la figura que eligió Ernesto Sábato y que después Néstor Kirchner se encargó de borrar de los libros de historia, y que aludía a dos demonios, uno de ultra izquierda y otro de ultra derecha, es un tanto injusta; pero tres oraciones después en ese prólogo del “Nunca más” Sábato lo dice bien claro: no son comparables los crímenes que cometen civiles con los crímenes que comete el Estado Nacional en representación del Estado Nacional; había que leer un poquito más.

La incorporación de los crímenes de la ultra izquierda en el prólogo borrado del “Nunca más” es importante porque parte de una premisa básica: si hay un crimen, detrás hay una familia que requiere justicia, cometa quien lo cometa. Hoy en día no hay un espacio en el que familiares de aquellos muertos civiles inocentes por operativos guerrilleros puedan pedir justicia, sean parte de una historia, también trágica, que no eligieron, pero que está ahí, que no tiene la misma gravedad que los crímenes del terrorismo de Estado, porque tienen una tumba donde ir a llorarlos y saben cómo murieron pero que hasta el día de hoy el Estado no los reparó ni siquiera con una justicia simbólica porque técnicamente son crímenes que prescribieron, aunque muchos se dieron durante gobiernos democráticos donde se supone que las garantías constitucionales están dadas. Esa gente que también permanece durante años sin justicia hoy cae en la garras de personajes como Victoria Villarruel, que es una activista abiertamente a favor de los genocidas y que hoy tuvo el apoyo suficiente para conseguir una banca en el parlamento.

La democracia tiene esos vericuetos; esas heridas que no son sanadas a tiempo, suelen explotar en formas cada vez más radicalizadas. Por eso, es necesario conocer nuestra historia sin visiones parciales y tratar de ser lo más específicos y justos posibles, sin dejar de reconocer a nadie, sin pasar por alto ninguna lucha, porque si no tendremos visiones más maniqueas, más parecidas a las de un cuento infantil con personajes ultra buenos y personajes ultra malos. Debemos dejar la adolescencia, debemos requerir políticos que hayan dejado de una buena vez la adolescencia.

Para todos aquellos que crean que Macri basura es la dictadura o que los porteños son negacionistas de la última dictadura, les tengo malas noticias: Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner, Cristina Fernández, Macri y Alberto Fernández son y fueron presidentes democráticos, elegidos por el voto popular y en buena ley, nos gusten más o nos gusten menos. Vivir en democracia es poder convivir con quienes piensan completamente distinto sin matarnos en el intento. Negar la dictadura del pasado es un acto vil e ignorante; negar la democracia puede ser la antesala para querer terminar con ella.             

 

Publicado por Juani Martignone

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