A los Tinchos ni sociología
Hace dos años Fernando Báez Sosa moría tras un ataque furibundo perpetrado por un grupo de rugbiers. La prensa, pero más aún, las influencers, sobre todo mujeres, de las redes que difunden sus discursos de estudios de cultura y sociedad, se encargaron de caracterizar la pelea violenta entre Fernando Báez y los rugbiers, en una pelea entre clases sociales. Una pelea entre rugbiers violentos y chetos y un Báez pobre, con ganas de disfrutar las mieles que los ricos no lo dejan, al punto de llegar a matarlo. Matarlo por pobre. Todo lo que se supo sobre una pelea entre varones por una mujer sucumbió ante la caracterización de un grupo social que explicaba el origen de la violencia devenida en muerte.
Los rugbiers se caricaturizaron
como unos chetos, como un grupo compacto de varones con pactos de impunidad y
de silencio incluidos, que despreciaban a todo aquel que no fuera de su clase.
Se los caracterizó con lo que hoy se llama coloquialmente “Tincho”, un varón
que habitualmente se mueve en grupo con sus amigos, que no piensan en otros ni
tienen consciencia y sólo se mueven a través de actitudes violentas que luego
las mantienen en silencio entre ellos y sus entornos que los cubren. El máxime
de la pauperización de los estudios sociológicos y antropológicos que hay en
nuestro país se dio cuando salieron a buscar tweets de algunos rugbiers
conocidos, de hace más de diez años para que de esta forma les dé una prueba de
sus tesis. Tweets sin contexto y sin la posibilidad de derecho a réplica, a
cambio de pensamiento por parte del autor. Lo que escribimos cuando teníamos 15
años en un marco de chiste es lo que nos define a nosotros en la actualidad y a
nuestro grupo social, así lo creen quienes expandieron estas ideas por las
redes sociales para contarnos lo mal que le hacía a la sociedad argentina tener
rugbiers.
Algunas de las influencers con el
discurso más anti hombre, del estilo Sol Despeinada o Flor Freijo, que
disimulan su odio al hombre bajo el paraguas del odio al patriarcado (como
quien se dice de izquierda cuando en realidad es peronista, ellas son dos
buenos ejemplos) trataron de pensar la violencia de los rugbiers con Fernando
Báez con un rango más amplio, como una violencia que se le enseña al varón en
general para gestionar sus conflictos, y al pacto de silencio e impunidad como
el pacto de caballeros, de buenos amigos, de camaradas, de bomberos que no se
andan pisando la manguera. Una mirada más integradora e interesante que no se
queda en el hecho trágicamente anecdótico de la muerte de Fernando Báez y nos
obliga a pensarnos a los varones y a nuestras masculinidades, pensar cómo el
patriarcado nos modela. Ahora bien la siguiente pregunta es si esta matriz de
pensamiento es posible aplicarla a otras situaciones anecdóticas cuando los actores
pertenecen a otros grupos sociales, la respuesta no los sorprenderá.
Semanas atrás la violencia brutal
entre varones a la salida de un boliche se volvió a hacer presente tras
conocerse la noticia, por componente mediático de sus padres porque si no quizás
nunca nos enterábamos, de que el hijo de Valeria Mazza y Alejandro Gravier
había sido golpeado por unos chicos, a la salida de un boliche en Rosario, por
ser un “Tincho” y terminaron rompiéndole la mandíbula en tres partes lo que lo
puso en una situación grave de salud y lo obligó a renunciar a sus compromisos
deportivos. En este caso el componente de clase es bastante más claro que el de
Fernando Báez en el que supuestamente había una chica a la que ambos habían
tomado como posesión, otro punto para analizar la sociedad patriarcal.
Sin embargo influencers, como las
antes mencionadas, y todos aquellos que pretenden hacer sociología desde los
medios y las redes no tomaron este caso como otra de las pruebas de la
violencia patriarcal, del modo violento al que se le enseña a los varones a
gestionar sus conflictos, ya sea amorosos o de clase o de ambos a la vez. Pues
entonces al no existir siquiera una mención al tema, podemos concluir que
quienes nos hablaban de violencia machista y de pacto de varones, nos hablaban
de varones pura y exclusivamente ricos o de clase media o que no acuerdan con
su ideario político. Si los que perpetran la violencia son militantes de una
agrupación que les cae en gracia, prefieren obviar el tema de la militancia
política para no estigmatizar; si los que perpetran la violencia son de los
deciles social y económicamente más bajos de la sociedad, prefieren obviar ese
dato para no estigmatizar. Ese pacto de silencio que hacen cuando los violentos
son los mismos que coinciden con su línea ideológica o su base social de
sustento, pega más que una piña, pega igual que el pacto de silencio que hacen
los rugbiers que mataron a golpes a Fernando Báez Sosa. No nos confundamos,
cuando estas chicas hablan de machismo y sociedad patriarcal, hablan del
machismo y la sociedad patriarcal que se circunscribe en el sector social que
quieren atacar bajo su lógica de amigo/enemigo. Esto no sociología, es pura
militancia. Es una visión parcial y sesgada. No mirar hacía un sector
históricamente golpeado para no estigmatizarlo es en definitiva tener una
mirada compasiva e infantilizadora de una protección que no se necesita si se
quiere entender de qué se habla. Mirar para otro lado, no tener en cuenta lo
que realmente sucede, es no tomarse en serio el problema. Es la misma mirada
que se tiene con los niños. No hay forma de discriminación más vil que esa.
Dejando de lado el discurso
mesurado de Mazza y Gravier que no incitó a la venganza sino a que los
adolescentes y adultos puedan hacerse responsables de sus actos, incluso cuando
son violentos, y al pedido de merma de todo acto violento, ya sea para con su
hijo como para con cualquier otro, quizás porque no terminó en una fatalidad,
la pregunta que me queda flotando tras ver las nulas repercusiones de este caso
en los medios e influencers auto proclamados progresistas, es ¿Cuánto de odio
al Tincho fue generado por estas caricaturizaciones que se vienen haciendo de
las clases altas como por ejemplo la de los rugbiers tras el episodio Báez Sosa
y luego se expresa con esta violencia que termina rompiéndole la mandíbula a
Tiziano Gravier por encajar perfecto en el estereotipo?
La respuesta quizás tampoco
sorprenda, porque sobre todo ni siquiera es planteada. De la misma manera que
los que pusieron a Alberto Fernández como presidente no se harán cargo de su
decisión, como ya lo hicieron con Menem o con los muertos como Kosteki y
Santillán o Luciano Arruga o los desaparecidos en democracia como Julio López,
no se harán cargo de cómo sus estereotipos infantiles creados a base de tweets
adolescentes y muchas stories de influencer que la juegan de independientes,
terminan en esa violencia que dicen repudiar. Este caso sólo reeditó una vieja
discusión de los 60 que el kirchnerismo volvió a traer en el 2010: cómo titulan
los medios. El problema no son los hechos sino cómo los cuentan algunos diarios
que a ellos no les gustan, porque la sociedad pareciera ser una masa de sujetos
vacíos que puede ser llenada con discursos perniciosos que digitan unos pocos
con intenciones espurias. Kirchnerismo puro y duro en el 2022. El problema no
es si hay una sociedad que enseña a los varones a gestionar sus conflictos a
través de la violencia sean de la clase social que sean, sino que el problema
es que Clarín tituló “Discriminación al revés” y todo el foco fue a parar ahí,
al arbolito que tapó todo el bosque, según sus propios discursos. Me recuerda
al momento en el Beatriz Sarlo fue al pasquín propagandístico televisivo, 678,
y la periodista Sandra Russo, hoy devenida en un cúmulo de antisemitismo y
teorías conspirativas, le explicó que podía ser que 678 titule mal, o sea
sesgado, pero lo importante es que tenía “buena leche”. Ustedes son muy chicos,
pero en ese momento se festejó la frase de Russo porque lo importante era la
buena leche al decir. Parece que Clarín al decir discriminación al revés no
tuvo buena leche, sólo quiso incomodar a Sol Despeinada y poner a escribir a
los psicólogos de El Destape.
Los sesgos existen, son innegables y no hay nada que me parezca más perfecto que cada uno pueda hablar parado desde ahí, sin ser juzgado por el por eso. El problema es cuando no se reconoce el sesgo, cuando se habla de sociedades patriarcales cuando en realidad se quiere hablar de varones cis blancos, heterosexuales y ricos. Estas confusiones, en sociedades como la nuestra tan poco educadas, que vuelven constantemente a debatir problemas resueltos en los años 60 como si el problema recién arrancara, obturan la búsqueda a una solución real y definitiva. Sólo ofrecen miradas compasivas para con unos y no le ofrecen ni la posibilidad de cambio o réplica a otros. Esas sociedades se vuelven facciosas, radicalizadas. Y después un día nos despertamos con un Milei bien posicionado en las encuestas para presidente proponiendo la venta libre de niños y nos preguntamos ¿cómo llegamos a esto? Sí, claro, la respuesta no debería sorprendernos.
Publicado por Juani Martignone
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