Navegando en la superficialidad
Por enésima vez en la historia de los dramas de la Argentina, la discusión pasa por un recorte, un picadito de la realidad, la superficialidad de los temas importantes que por fiaca, impericia u oportunismo se tocan de oído para no adentrarse en un tema que quizás es bastante más complejo. En tiempos de esplendor del kirchnerismo esta modalidad tenía un programa de TV insignia y que convenció de que era la forma correcta de analizar un tema. Se llamó 678 y de alguna forma formateó a la sociedad para creerse comprometida con un tema al ver un recortecito de algo. Las redes sociales y su cultura de la fragmentación son el camino perfecto para que esta forma de pensar los temas prolifere: stories, hilos, cuatro o cinco fotos con frases, reels de un recorte de una entrevista; son las nuevas formas en la que la sociedad que se cree comprometida con los temas sociales y de política, la forma que se informa. La mismísima superficialidad. Tocar de oído un poco, eso es motivo suficiente para salir a militar furibundamente.
El último recorte que se viralizó
y que todos los que se auto convencen de tener consciencia social salieron a
atacar, actores famosos incluidos que ya no pueden hablar de recortes a los
jubilados, pagos al FMI o si alcanza para pedir delivery, ni siquiera apuntó al
tema que se ponía en cuestión, sino que reeditó una vez aquella vieja causa
kirchnerista que reza que los medios nos mienten. No importa tanto qué es lo
que se discute de fondo sino cómo lo aborda Clarín (por poner un
ejemplo reciente, a nadie le importó cómo unos pibes le destrozaron la cara a
otro por cheto, les importó que Clarín titulara “discriminación al
revés”). El recorte mostró a una chica en una marcha piquetera diciendo que no
quería trabajar de 8 de la mañana a 5 de la tarde porque esa misma plata es la
que le paga el plan social. Fue gracioso leer a los que pedían ver el video
completo para que nos diéramos cuenta que en realidad decía lo contrario, tanto
que hasta la periodista se emocionó, porque demostraba que ellos mismos no lo
habían visto completo.
El recorte era una síntesis muy
sintética de lo que la chica del movimiento social expresaba, y verlo de esa
forma, en una sociedad tan radicalizada y fanatizada, como la nuestra, era el
alimento para explotar los comentarios más miserables de gente que desprecia a
los pobres. Pero al ver toda la nota completa, uno comprende que básicamente lo
que la chica está manifestando es que un plan social paga lo mismo que un
trabajo formal de 8 horas diarias, entonces cual es el incentivo para ir a
trabajar si gana lo mismo cobrando el plan. La lectura que pretendieron hacer
los que se dicen sensibles a las causas sociales, es que un empleador no puede
“explotar” con trabajo a alguien y pagarle lo mismo que paga un plan social, lo
cual es un buen punto a discutir en este periodo de crisis en el cual los
salarios de despreciaron a niveles de la crisis del 2001, pero la pregunta que
me hago ¿un trabajo formal es sólo un salario lo suficientemente alto que haga
que valga la pena poner el despertador a la mañana para levantarme o es algo
más?
Es cierto que aquellos con CUIL
virgen, los que son “sus propios jefes” o quienes se acostumbraron a la
modalidad pandémica de “yo manejo mis propios horarios” ven como un gesto de
explotación laboral que un empleador te requiera en un lugar al que uno debe trasladarse,
vestirse y estar acorde para estar 8 horas trabajando. Pues así, son los
trabajos. O, al menos, eran. La ilusión pandémica de creer que todo el trabajo
que hace girar al mundo se puede hacer desde la “comodidad” de la casa de uno,
en pijamas, mientras consume hidratos de carbono apoltronado en una silla y
cuando uno lo desea, fue un lindo sueño que se esfumó cuando las empresas
empezaron a notar que los niveles de productividad habían caído
estrepitosamente; y que hoy, volver al sistema anterior se les complica por la
famosa ley tácita de “los derechos laborales adquiridos”. En este contexto,
cómo se le explica a una persona que tomarse un bondi, atender un negocio 8
horas donde pasan clientes buenos, malos, agradables y desagradables, les va a
dar, no sólo un salario que le llevará el pan a su mesa, sino también una
apertura a un mundo que es más vasto que el que encierra las cuatro paredes de
la casa de uno. Cuando el concepto de mundo no refiere sólo al espacio físico
sino a las personas y sus distintas vidas, que habitan en él.
En una carta abierta de la
patronal de grandes compañías norteamericanas publicada en The New Yorker, los CEOs
explicaron todo lo que se había perdido, además de los niveles de
productividad, con la falta de presencialidad en los trabajos. Primero hablaron
de la rutina, el orden que le genera a una persona el hecho de tener que
levantarse todas las mañanas, cumplir un horario, un código de vestimenta, una
serie de tareas predeterminadas. Ese orden, que ya se dicta desde las escuelas,
se suplió por un sistema caótico en que las personas hacen lo pueden, cuando
pueden; lo que lleva al segundo punto: la fuerza de voluntad. En un sistema
virtual el trabajador más eficiente, por ende, el que mejor sobrevive al
trabajo, es quien más fuerza de voluntad tiene. Al no tener una matriz a
cumplir sino la que uno mismo se auto impone, depende pura y exclusivamente de
la persona. El súmmum del liberalismo. El viejo sistema, con sus estructuras,
obligaba a personas que nunca pudieron organizarse, se organizaran, cumplieran
un horario, una fecha de entrega, un lugar asignado, un modo de desenvolverse
con otros. Hoy depende sólo de la persona, una carrera bien meritocrática. También
hablaron la pérdida de empatía, de pensar soluciones de forma colectiva. Los
trabajos enajenados en la casa de uno hizo perder la conciencia de que lo que
uno hace, repercute en otros y eso hace que las decisiones a tomar sean cada
vez más individualistas, más pensadas en función de la lógica personal y no en
la de un colectivo que trabaja en grupo por un objetivo común. Cruzarse con
otras personas de otras áreas en una máquina de café hacía a los empleados a
tomar nota de que uno es parte de algo más grande que contiene a gente con
historias completamente distintas a las propias. Por último, la pérdida de
arraigo. Ya no existe ese escritorio en el que tenemos la foto de nuestra
familia, el cajón con nuestro cepillo de dientes y aspirinas, y la desazón de
que el día que nos vamos, todos nuestros años de trabajo, caben en una caja.
Hoy nuestra casa es nuestro trabajo, para una empresa o para otras, no importa.
Este movimiento hace que ninguna empresa quiera invertir en formar recursos que
perderá fácilmente, por eso, entre otras cosas, paga salarios bajos.
¿Qué se gana yendo a trabajar aun
ganando lo mismo que quedándose en su casa? Rutina, fuerza de voluntad, empatía
y arraigo, entre otras cosas. Además de que se ganan cosas que no están en el
salario que uno cobra en mano, pero que son beneficios que uno goza o gozará,
como la cobertura médica, que en un país con la crisis galopante que vive, no
es menor; y el aporte que hará que en el futuro nos podamos jubilar, un tema
que hoy no es un valor ni un incentivo, porque la jubilación se redujo en estos
último años a niveles de miseria y está sujeta a la buena voluntad de un
decreto presidencial, y además la posibilidad de moratorias, que nacieron para
equiparar años de injusticia y poca cultura tributaria y hoy se transformó en
una práctica habitual, “un derecho adquirido”. Hoy da lo mismo aportar o no
aportar, a larga todos nos vamos a jubilar. Quienes vieron la nota completa de
la piquetera y la periodista saben que este tema se toca y que la chica,
reconoce que está perdiendo esa posibilidad y que quiere jubilarse algún día,
pero para eso necesita que el trabajo le pague más de lo que le ofrecen.
El trabajo le debe ganar a la
comodidad del plan social. Éste también podría ser un tema de conversación
disparado por esta nota, pero es más fácil navegar en la superficialidad y
salir a despotricar que nos medios nos engañan y nos recortan, porque los malos
siempre son las grandes corporaciones y nosotros siempre están presos de esa
lógica. Mayra Arena, a quien no se le puede adjudicar que milita por las
grandes corporaciones, viene advirtiendo hace tiempo el problema de que el plan
social tan al alcance de la mano esté aniquilando las motivaciones para salir a
buscar una trabajo, salir a estudiar, salir a superarse. Sólo se espera que una
oferta que sea muy tentadora para dejar la vida, no tan cómoda, pero que está
resuelta nivel supervivencia.
Podría compartir acá el link para
que accedan al video completo, pero soy de los que creen que la comodidad no
nos ayuda a pensar mejor, a ser mejores. Si entran a este blog, tienen acceso a
googlearlo. En toda la nota que le hace la periodista que, en efecto, termina
destrozada, se tocan varios temas que es mejor que a los defensores de la
justicia social no los toquen porque se darán cuenta que el gobierno más
festejado por sociólogos terminó destruyendo una matriz social que ya venía
destruyéndose de décadas que no pudo recomponerse de una forma que sea duradera
en el tiempo. La chica cuenta con casa propia, no tiene que pagar alquiler como
el 90% de los asalariados que trabajan 8 horas por salarios también miserables,
que cada vez se parecen más a un plan social. Un buen motivo para no tener que
salir a ganarse el mango, en ella 50 mil pesos rinden más que para aquel que
gana 75 mil trabajando 8 horas y tiene que pagar 30 mil de alquiler, más ropa,
más transporte, más comida fuera de la casas. Por otra parte cuenta que nunca
pudo ir a la escuela, lo que tira por tierra todas las discusiones sobre
educación que rondan en el financiamiento o la cantidad de netbooks repartidas:
el Estado está completamente ausente en educar masivamente a su población
independientemente que cuanta guita invierta. Esto va de la mano, con el deseo
que la piquetera manifiesta de poder pagarle una escuela privada a sus hijos.
El inconsciente colectivo y décadas de destrucción de la que fue la mejor
educación pública de América latina, hacen que una piba de menos de 30 años
sepa que cualquiera que pague por educación va estar mejor preparada que
alguien que vaya a una estatal. Si los sociólogos que se escandalizaron cuando
un presidente durante su mandato dijo “caer en la escuela pública” lo hubieran
escuchado, notarían que esa máxima no es un distintivo de las clases acomodadas
sino una realidad que llega hasta lo que Marx llamó el lumpen proletariado, los
marginales. Por último, la periodista no se emociona por lo poco que paga un
empleador, lo que hace que sea más cómodo un plan social, sino que se emociona
porque la hija de la chica tiene la misma edad que su hija, pero la de ella
seguramente está en su casa o en una jardín o guardería y no tiene que dormir
en una calle piqueteado para no les corten el plan social que los mantiene en
la comodidad de no tener aceptar trabajos que no pagan lo que ellos pretenden.
Algo así como las tres empanadas que le parten al alma a Brandoni en aquella
película icónica.
Es por estos motivos que yo
también me uno a pedir que se deje de ver sólo un recorte y veamos la nota
completa, pero no para machacarle a tal o cual medio el sesgo que tienen,
porque todos tenemos uno, sino para discutir de verdad todos los problemas que se
plantean en 7 minutos de preguntas a un piba que se sincera y dice lo que
piensa sin sobre analizar como harían los guerreros de la justicia social y
deja expuesta un puñado de realidades que no queremos ver porque es más fácil
discutir cómo nos miente Clarín, porque
sabemos que es un batalla que fácilmente ganaremos. Esa afición a pelear
batallar que fácilmente ganaremos con planteos superficiales hizo a algunos
salir a gritar “salud es ministerio” “el Estado te cuida” o “con los jubilados
no” y ahora, en esta crisis, se le hace muy difícil sostener esos slogan que no
tienen ni 3 años.
Ese modo superficial de abordar
los temas sólo nos entretiene hablando, o escribiendo, un buen rato, pero a la
larga no soluciona nada y es por eso que siempre volvemos por enésima vez a los
mismos dramas de la Argentina. Como un loop constante.
Publicado por Juani Martignone
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