Pusieron a cantar a la niña
Habiendo pasado casi tres años de gestión del gobierno de aquellos que decían volver mejores, es muy difícil encontrar un logro, al menos alguna cosita que le haya mejorado sustancialmente la vida a la gente. Las excusas del estilo “el perro se comió la tarea” o “se murió mi abuelita” pueden usarse una vez, o dos, cuando se hace abuso, te das cuenta que están en pelotas. Y si el kirchnerismo fue el periodo en el que sus seguidores aprendieron a repetir mantras, hoy las excusas son los mantras: la pesada herencia de Macri, la pandemia, la guerra en Ucrania. En 30 meses suena a tomada de pelo, creer que de ahora en más van a hacer algo es como creerle al marido golpeador que esta vez va en serio y que no lo va a hacer más. La maravillosa jugada que había hecho “la reina” al ponerse como vice y elegir a un entonces detractor para que fuera el presidente de los argentinos, demostró ser una buena jugada para ganar elecciones, no para gobernar. Quien pasó la segunda hoja del libro que explica qué significa la democracia sabe que es mucho más que ganar elecciones por mayoría.
Tras la salida del ministro
Guzmán, harto de no poder ejecutar un plan económico por una interna feroz que
no incluye ni la pesada herencia, ni la pandemia, ni la guerra de Ucrania,
muchos se dieron cuenta que aquella promesa de campaña que rezaba que la
economía se encendía con una perilla resultó ser lo que a las claras era un
blef. También, una vez fuera, algunos comenzaron a valorar el trabajo más
destacable del ex ministro de economía, destacable no sólo en su gestión sino
en la gestión de todos los ministros que le antecedieron porque logró cerrar un
acuerdo con los el 100% de los tenedores de la deuda privada. Algo que nadie
había podido hacer a la fecha y en el pasado trajo algunos dolores de cabeza
con lo que se llamaron “fondos buitre”. Guzmán acoró con todos sin dejar
buitres que reclamen en el futuro, pero eso nadie se lo va a reconocer. Quizás
ahí encontremos el primer logro de gobierno que no le llega directamente a la
gente, pero es un problema menos a futuro. Algo difícil de ver en país que vive
el día a día y que los políticos populares son los cortoplacistas.
Algunos, más bien algunas, dirán
que otro de los logros es que Alberto cumplió una promesa de campaña haciendo
del aborto una práctica legal y que instaló una agenda de género nunca antes
instalada. Mucho por decir. La primera es que cuando una ola se genera a lo
lejos del mar, y es potente, tarde o temprano llega a la costa, adelantarla
puede ser un logro, pero no es más que adelantar lo inevitable. Con algunas
marchas en mi haber, recuerdo aquella por el aborto legal en el año 2012 en el
que no se llegaba ni a cortar la vereda del congreso y ningún partido político
se había sumado, ni siquiera la izquierda que nos quiere hacer creer que este
pedido viene desde Marx. Ese año el proyecto de ley fue vetado por la entonces
segunda presidenta constitucional en ejercicio, Cristina Fernández. Una mujer.
No llegó ni a entrar al congreso para que se discuta, lo descartó antes. Luego
recuerdo la primera marcha masiva en Junio de 2015 cuando una grupo de
periodistas mujeres convocó a una marcha para pedir que paren los femicidios al
grito de Ni una menos. Primera marcha masiva que viví sin carteles
partidarios. Después de eso, los partidos se dieron cuenta y empezaron a
abrazar la causa, más por una conveniencia de conseguir adeptos que de idea en
sí, porque a la hora de cubrir a los suyos acusados de violaciones lo hacen sin
tapujos. Incluso, Cristina Fernández, la presidenta mujer en ejercicio en aquel
momento, dijo y reafirmó en su libro que aquella marcha del 2015 no era por una
causa que le ataña a todas las mujeres sino que era una marcha opositora. Después
tuvo un purple washing, cambió de idea y todas entendieron que la gente
con el tiempo aprende, salvo que seas Kevin Spacey o Louis CK o un rugbier o un
varón en general.
Recién cuando en 2017 entró el
proyecto de ley de aborto legal en el congreso, entró en el debate de todos los
argentinos, no antes. Antes de ese momento no nos sentíamos en obligación de
sentar una posición, a partir de ahí, sí. Sin la pequeña marcha del 2012, el Ni
una menos convocado por las periodistas en 2015, ni todo lo antecedente
al 2012, no se hubiera llegado a empezar a discutir el tema. La ola de a poco venía
llegando. Aquellos que hoy dicen abrazar la causa para conseguir adeptos,
votaron en contra y la ley no salió, pero la ola continuaba con potencia, tarde
o temprano iba a llegar. Dos años después y tras algunas convenientes
panquequeadas y un presidente que procastinó todo lo que pudo la ley porque
quería la foto de una plaza llena que le sirviera como aval de legitimidad, o
sea que usó la causa con fines proselitistas, la ola llegó y el aborto fue
legal. De la misma manera que empezaba a llegar en otros lugares del mundo,
pero acá se lo endilgaban a un señor de bigotes que las dejó abortar en un
hospital (lo cual todavía no está claro cómo se implementó, porque la ley salió
y ya nadie preguntó nada más). Toda la gesta anterior de la ola que fue hecha
por mujeres obstinadas y con una causa entre las manos se borró para generar el
segundo logro de gobierno “Alberto me prometió aborto legal y me lo cumplió”
dijo la escritora Claudia Piñeiro y con ella, hordas de mujeres con mentalidad
monárquica que creen que los derechos se los entrega una persona que es lo
suficiente compasiva con ellas: el rey bueno. Gente que no pasó la segunda hoja
del libro que explica lo que son los sistemas republicanos donde los soberanos
son los pueblos y no un todopoderoso que te da derecho a votar si sos mujer, a aguinaldo
si sos trabajador, a casarte si sos puto, a abortar si tu embarazo es no
deseado. Por eso, luego le agradecen y le rinden pleitesía.
El purple washing llegó con
todo durante el gobierno de Alberto y Cristina Fernández para demostrar
compromiso con una causa que recién les tocaba las manos. Armaron un ministerio
de la mujer, que en estos 30 meses no tiene otro logro para mostrar más que ser
un gasto de dinero público; la pusieron a Luciana Peker a convencernos de que
la cuarentena más larga el mundo y cierre masivo se colegios por dos años, era
una política con perspectiva de género; a Florencia Freijo a contarnos por las
redes que su hijo aprendió hasta francés estando en su casa y sin ir a la
escuela, que se sintió protegida por Alberto como un padre que cuida a una hija
y que las mujeres que ejercen la prostitución son todas víctimas de trata, sin
matices (bueno, algún rasgo de su conservadurismo tiene que ser explícito).
Ahora hay una nueva: el gobierno que está tan corto de mujeres como estaba el
de Macri (hasta aun un poco más si contamos que crecieron la cantidad de
ministerios y entes estatales) nos quiere mostrar como un acto de feminismo el
hecho de que la persona que suple la partida de Guzmán es una mujer y por ende,
eso, lo hace un gobierno feminista. Peker y Freijo aplauden.
El concepto precipicio de cristal se
instaló hace muy poco en la discusión feminista del mismo modo que alguna vez
se instaló el de techo de cristal para demostrar que las mujeres tenían un techo
invisible que no las dejaba crecer en sus puestos laborales. Una vez a la luz
este concepto, la denuncia de las mujeres que no lograban ascender, aún con
mayores títulos y skills que un hombre, las empresas tomaron nota y debían
hacer algo ante esta ola imparable del feminismo mundial que acá en Argentina
le agradecen a Alberto. Bañados por el purple washing también varias
compañías pusieron al frente como CEOs a mujeres capaces y bien formadas. La
sorpresa se dio, que tras ciertas estadísticas se comprobó que aquellas
empresas que estaban siendo manejadas por mujeres, eran las que más pérdida
generaban o no generaban los dividendos suficientes. La primera conclusión,
machista a todas luces, fue creer que las mujeres no pueden estar cargo de algo
cuando la responsabilidad es grande. Un segundo estudio, más riguroso aún,
develó que aquellas empresas manejadas por mujeres que estaban en crisis,
traían acarreadas una serie de malas decisiones que inevitablemente
desembocarían en colapso, y que justo antes de ese colapso fue cuando la brasa
caliente se le pasó a una mujer para que se haga cargo. La pusieron en un
precipicio invisible y mujer acostumbrada a que esos puestos nunca le tocan por
el famoso techo de cristal lo tomó porque nunca más se le daría una
oportunidad así. Un acto de machismo explícito que pintan de feminismo. Esto es
justamente lo que sucede con la ministra Batakis. Un grupo de señores (todos
señores) de este y de los anteriores gobiernos, tomaron una serie de decisiones
que nos llevan directamente al choque, pero a minutos de chocar, le pasan el
volante a la mujer. Cuando la mujer se estrole dirán que las mujeres no saben
manejar. El gobierno que se dice feminista y que algunas feministas se sienten
complacidas porque les cumplió lo que ellas pedían, a costo de hambre, puso a
una mujer, la ministra Batakis, en un precipicio de cristal. Quizás pronto
tengamos un paper de Dora Barrancos o un videíto de Sol Despeinda que nos
explique por qué sí eso es feminismo, así Peker, Freijo y Piñeiro pueden
aplaudir complacidas.
Esto mismo hacen con la vocera
presidencial Gabriela Cerruti. Escucharla es exasperante. La mujer que
emocionaba diciendo que eran las hijas de las abuelas y las madres de las pibas
de pañuelo verde, hoy maneja un nivel de prepotencia y grosería que hace que
todos pongamos el ojo constantemente sobre ella todos los jueves cuando da su
conferencia de prensa. No responde,
indica qué es lo correcto a preguntar y qué no, les explica cómo hacer
periodismo, contesta con monosílabos sin responder la pregunta en cuestión, humilla
a quienes preguntan. Verla da asco. Ese es su precipicio de cristal.
Que el asco de las preguntas sin respuesta o de las decisiones inexplicables se
lo lleve una mujer. Un grupo de señores toma decisiones que perjudican a un
pueblo, no se ponen de acuerdo, se pelean entre ellos, pero la que sale a dar
explicaciones al pueblo es la mujer. Me recordó el momento en el los padres de
Milkhouse se estaban peleando en casa de los Simpson a punto de divorciarse y
pusieron a Lisa a cantar para tapar el desastre que se sucedía frente a las
narices de todos. “Pusiste a cantar a la niña” dicen, sabiendo que es el manto
de piedad que nadie juzgará ¿quién va a recriminarle algo a una mujer o a una
niña? Sigamos peleando tranquilos. Un acto de machismo que muchas feministas
festejaron porque otra mujer estaba dentro del equipo de gobierno. Ilusas
víctimas del purple washing. Hoy la prepotencia y la intolerancia a dar
explicaciones tiene cara de mujer: Cerruti; y la crisis y la inflación también
tiene cara de mujer: Batakis. Así pasaran a los libros de historia y no como el
2% de mujeres que integró el gabinete del primer presiente feminista de la
Argentina, como algunas sueñan.
Hace pocos días se viralizó un
video de un niño en pleno acto del día de la independencia en el que una notera
le preguntaba qué le dirían al presidente. El niño tucumano, con total
liviandad, dice que le preguntaría “por qué se deja gobernar por la Cristina”.
Algunas soñaron con éste fuera el gobierno que revindique el rol de la mujer,
sin embargo pasará a la historia como el gobierno de un señor dominado, al que
una mujer, una bruja mala, no lo dejó gobernar. El famoso gobernado por las
minas tóxicas. Flaco favor a la figura de las mujeres en la política. Quizás
las feministas que celebraron con algarabía la llegada de este gobierno que les
dio el aborto legal no lo puedan ver, pero un niño, sí.
Publicado por Juani Martignone
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