Una caja de herramientas peronistas

A esta altura de la soirée sería bastante estúpido hacerse el pelotudo y no reconocer que vivimos en un país en decadencia, sin embargo, algunos lo siguen negando. Las afirmaciones de que somos un país rico, las noticias que cuentan de un yanqui que conoció Argentina y se quedó a vivir por lo enamorado que quedó del país, que somos campeones del mundo, que Messi, Favaloro, Borges, que la UBA rankeó entre las mejores universidades de Latinoamérica, se contrastan con un país que, para ser buenos y acotar la mirada, evitando desarrollar el germen del pecado original, desde la crisis del 2001 lo único que ha hecho fue decaer en todos sus índices, con más o menos sensación de estar flotando y con pequeñas flotaciones efectivas, pero que al seguir con la herropea y el grillete en el pie, tarde o temprano íbamos a seguir hundiéndonos. Hoy que no hay un solo índice que se muestre positivo, a pesar de que el gobierno y sus militantes finjan demencia, es más fácil de verlo, pero creer que esto empezó con el gobierno de Alberto Fernández es tener una mirada tan cortita como creer que empezó con el gobierno de Mauricio Macri.

Tomemos un solo dato como madre de todos los males (ojo también puede ser padre, es a gusto del lector): en 2003, cuando asume Néstor Kirchner, la inflación, después de todo el desastre macroeconómico del que veníamos, era del 2% y además había superávit fiscal, o sea que además de que los precios aumentaban muy poquitito, casi imperceptiblemente, entraban tantos dólares al país como si fuera una catarata incontenible que Néstor se dio el lujo de ir al FMI y cancelar la deuda de una, con el billete crocante, uno arriba del otro. Doce años después, su mujer, Cristina Fernández de Kirchner, entrega el mando (entrega es un modo de decir, porque técnicamente no lo entregó) con una inflación teórica del 25%, y digo teórica porque el kirchnerismo, a sabiendas de que estaban chocando el barco, quiso tapar la cagada y modificaron todos los índices con liquid paper para que “nadie de dé cuenta”, como sea, si en efecto, fuera del 25%, la década ganada de kirchnerismo aumentó la inflación diez veces más de como la encontraron, y, a diferencia de su marido, no le sobraban dólares para tirar manteca al techo sino que estaba sobregirada en un 6% aun con un cepo prusiano, o sea, no podía ni pagar el mínimo de la tarjeta. Después llega Macri, la derecha neoliberal que, según el kirchnerismo sólo le alcanzaron cuatro años para destrozarlo todo, que, aunque no es tan así aportó sus esfuerzos para que este país no pierda su sendero de declive, y es cierto que en sólo cuatro años duplicó la inflación recibida, le dieron 25% y devolvió 50%, otro que rompió el juguete y se sigue paseando como un gran señor, eso sí, en cuanto a déficit fiscal dejó todo en cero, no necesitaba dólares ni le sobraban, a cambió dejó un pagaré con el FMI, que no hubiese sido tan grave sino no lo hubieran usado para jugar a Game of Thrones. Y ahora tenemos a un Alberto Fernández que, con la misma destreza que su antecesor, en cuatro años duplicó lo que le entregaron y pasó de 50% de inflación al 100% y con un déficit del 2%; otra vez sobregirados, será por eso que cuando el viernes inauguró una nueva terminal de Ezeiza que estaba terminada antes de que él asuma y se encargó de suspender el corte de cinta porque pandemia y sarasa, y ahora la cuenta como logro propio haciendo la salvedad de que por favor la use poca gente porque el país está escaso de dólares para que la gente viaje afuera. Es un sketch de Monty Python que se cuenta solo.

La historia de la decadencia económica del país es el justificativo de por qué todas las demás variables decrecen. La educación desde el año 2000 muestra una clara curva de declive que no repuntó en ninguno de estos veintitrés años, siempre estuvo peor, año a año, y no importaron las netbooks, ni los puntos de PBI, ni el canal Encuentro, ni agregar más días de clases, la educación empeoró siempre, la pública, la privada, la matricula que ingresa, la que egresa y el nivel educativo con el que sale el mejor de los alumnos que puede producir el sistema; y la respuesta es bastante sencilla: es difícil discutir un sistema educativo cuando la gente es pobre. El índice de pobreza desde el 2008 en adelante solamente creció, año a año, sumamos unos puntos porcentuales más de pobres y lo que hicimos fue acostumbrarnos a vivir en una sociedad lumpenizada; con un apartado, los indigentes no crecieron porque lo que supo hacer muy bien el kirchnerismo y el macrismo continuó como política de Estado, fue contener a los pobres, dejarlos que caigan en la pobreza, pero mantenerlos ahí, que no caigan más, tampoco que salgan, simplemente ahí engrosando cada vez más ese número. Si Perón tuvo el mérito de incluir a los trabajos a la escena social, el kirchnerismo tuvo el mérito de incluir a lo que Marx llamó el lumpen proletariado, o Víctor Hugo llamó los miserables, aquellos que viven en la informalidad, con pocas perspectivas de futuro, sobreviviendo de lo que la clase trabajadora desecha; ellos hoy hasta tienen representación en la escena política: Grabois, Navarro, Belliboni, Pérsico. Esa masa de pobres, de excluidos que a la vez están contenidos por planes sociales ad eternum, sólo creció hasta llegar a ser la mitad de la población de nuestro país. Nada es gratuito. La decadencia en la educación, en la salud, en la seguridad, en las oportunidades, en la precarización laboral, vienen de tener cada vez más pobres, no porque ser pobre sea ser ignorante, delincuente o cartonero, como tantas veces nos quisieron retar los sociólogos, sino porque es una consecuencia: cuando uno es más pobre, redirige sus ingresos a comer y no tanto a educarse o a la salud y el trabajo es el que se encuentra, ya sea revisando basura o siendo soldadito de un narco.

Quien fuera el, probablemente, mejor historiador argentino, Tulio Halperín Donghi, vaticinó en uno de sus libros célebres que vivimos “La larga agonía de la Argentina peronista”, un estado constante en el que el pobre parece que estar por caer pero no cae, no sale de esa agonía, no mejora, se mantiene en esa posición como producto de las políticas que el peronismo llama de inclusión de sectores sociales, a los que pone bajo el ala de un Estado Todopoderoso y los acostumbra a eso, el temor de todos quienes lo advertimos es cuándo terminará, porque una agonía siempre termina en fatalidad, la muerte, es la muerte de un país que en cien años pasó de ser uno de los quince más ricos a ser uno de los quince más pobres (aún con Vaca Muerta y Jujuy lleno de litio).

La respuesta de la clase política a la larga agonía de la Argentina peronista es más peronismo. Nada inesperado en el oficialismo que revive sus greatest hits como si la gente no se hubiera cansado. Ya escuchamos Despacito, ya la bailamos, creímos que era un buen tema, nos cansamos, nos dimos cuenta que era una mierda, que simplemente fuimos presos de un impulso y hoy, aunque no odiamos ese pasado, no estamos pretendiendo volver a escucharlo, si alguien lo pone, diríamos ¿no se da cuenta que ya no vas? Bueno, el kirchnerismo no se da cuenta y por eso nos trajo una nueva versión renovada de la tragedia de Once, ahora con colectivos, conurbano y delincuentes de poca monta que viven fisura. Lo que no cambió fue el impulso primero de lavarse las manos ante la desidia de su parte, la desconexión completa, pura y dura de lo que siente el sector de la población que dicen representar y la ya manoseada hasta el hartazgo, cual novela de Claudia Piñeiro, teoría conspirativa.

No hace falta mucho, yo diría que con viajar tres veces al conurbano e interactuar con más de tres personas cada día, uno puede darse cuenta que el crimen del colectivero en la Matanza estaba más cantado que, justamente, Despacito. A nadie que viva o circule ahí le llama la atención, lamentablemente; sólo a alguien tan porteño como Axel Kicillof puede sorprenderle que a las cuatro de la mañana haya gente robando e intuya que fue todo un plan para desestabilizar su brillante gobierno, que no muestra resultados, pero que él, brillante alumno del Nacional Buenos Aires, nos asegura que así es. Basta con ver quienes viajaban en ese colectivo para entender que las cuatro de la mañana puede ser un horario de madrugada para un porteño que tiene viaja en auto a su trabajo o tiene un colectivo cada quince minutos, tiene una prepaga donde llama y le asignan un turno y sus hijos están dentro de la escuela mientras él trabaja, ahora para la señora que iba a llevar a su hija a un hospital público de la ciudad de Buenos Aires es más que lógico salir de madrugada, porque la frecuencia de los colectivos en conurbano son muy espaciadas, el tiempo de viaje es mucho, las colas de hospitales públicos son largas y los trámites pueden llevarle todo un día aún yendo temprano, porque lo ideal es volverse temprano para que no le agarre la noche nuevamente y vuelva a viajar en una franja horaria peligrosa; lo mismo ocurre con los que van a trabajar por ejemplo en una construcción que arranca muy temprano, que quizás es en un country en zona sur, por lo que además de ese bondi que va desde La Matanza a CABA luego tendrá que tomarse quizás otro dentro de CABA, luego un tren hasta zona sur y luego algo más que lo deje dentro de ese country inaccesible para cualquiera, todo esto sin contar que todos esos tiempos pueden retrasarse aun más si las organizaciones de asistidos deciden cortar alguna calle o si vecinos de clase media prenden fuego en las esquinas porque nuevamente no hay luz. Las cuatro de la mañana no es un horario atípico para robar un colectivo, Axel no lo sabe, pero los chorros sí. Y robar, lo que se dice robar, no tiene que ver tanto con el tamaño del botín, sino que es una práctica bastante regada por la oportunidad, el consumo de drogas, la sensación de ser nadie, la venganza contra el que tiene un poquito más que uno, el resentimiento generado por la desigualdad que producen estos tipos que no tienen idea quienes son estas personas que viajan en bondi y son a las que gobiernan y entonces flashean enemigos fantasmagóricos que le quieren hacer daño como si todo el mundo girara en torno a su ombligo.

 


El kirchnerismo demostró, una vez más, que, como decía Borges de los peronistas, son incorregibles, porque nada aprendieron de la tragedia de Once, en la que también demostraron un profundo desconocimiento que cómo viajaba la clase obrera en los trenes que ellos mismos habían librado a la desidia y cuando lo que todo el mundo estaba vaticinando que en algún momento sucediera, sucedió, lanzaron, como ahora, una teoría alocada en la que sus opositores crearon una situación, bastante simple de crear, para tirarles un muerto. La idea de que Patricia Bullrich pagó a dos chorritos fisura para matar a un chofer y que luego pagó a un chofer harto de velar compañeros de trabajo por culpa de la inseguridad, es básicamente un insulto a la inteligencia de cualquier persona con una educación mediocre. Quizás ya no tenemos ni siquiera mediocridad en la educación o es la manera que el peronismo dejó de hablarle a los laburantes, los que se levantan a las cuatro de la mañana para salir a trabajar, y ahora le habla a los asistidos que necesitan de un plan para al menos subsistir, quizás también cambiaron el foco y aunque este sea el gobierno que más apoyo de sociólogos tuvo, hoy eligen hablarle a un público que no puede discernir el dislate de una teoría conspirativa de semejante calibre, por una cuestión simple: esa gente tampoco se toma colectivos a las cuatro de la mañana, ni para trabajar, ni para estudiar, ni para ir al hospital; no les da el cuero para tanto. Lamentable.

A todo esto, la oposición que se la pasa levantando banderitas que puede sostener menos que los argumentos de Cristina respecto de su crecimiento patrimonial, elige jugar con el pueblo de la misma manera que viene jugando el peronismo. La teoría tiene lógica: si desde la vuelta de la democracia, el pueblo le perdona al peronismo el empobrecimiento, la inflación, la baja calidad institucional, la desidia en los bienes y servicios, la inseguridad, porque aun así son el partido político que la gente más eligió en los últimos cuarenta años ¿por qué, entonces, no podría hacer lo mismo la oposición? Incluso viendo que, tras lo hechos del colectivero asesinado en La Matanza, Axel no pagará ninguna consecuencia. Es así que robaron la caja de herramientas peronistas y las empezaron a usar pretendiendo la misma benevolencia que se le otorga a los soldados del General Perón. Lanzaron una campaña furibunda para defender a capa y espada la lista sábana con un único propósito, meter por la ventana en la Ciudad de Buenos Aires al intendente de Vicente López por ser el pariente del mandamás del partido o como aluden ellos, por preservar la pureza de la raza PRO. Listas sábana, parientes, líder, gente que pretende gobernar territorios en los que no vive y pureza de raza. Si cambiamos los interlocutores y algunos hechos que no cambien el concepto de lo que dicen, pareciera que estamos escuchando a un señor feudal peronista o al mismísimo Hitler y su predica de no mezclar la sangre dentro de una misma Nación. Y para no ser menos, viendo que, tras el descalabro fenomenal del país, el oficialismo juega a pelearse entre los hermanos que deben ser unidos y se asemejan a una bolsa de gatos, sin consecuencia alguna, porque Cristina, según las encuestas, sigue manteniendo su férreo 30% que no le ayuda a ganar pero que la va a acompañar aún si propone matar a todos los bebés del país para evitar que haya más bocas que alimentar. Fue así que tal como La Cámpora puso en el centro del target la cara de Alberto Fernández, el PRO puso a Larreta y todo aquel que le tenga simpatía, más aún si no tienen la sangre pura del PRO, como Martín Lousteau, aunque sea el único que suene más o menos racional sin un pasado que lo avale demasiado.

Hay un estire del argumento, cual slime de tu hijo o sobrino, que recuerda a Aníbal Fernández defendiendo por qué dijo que en Argentina había menos pobres que en Alemania. Está claro que se puede o no discutir si corresponde o no el voto electrónico, lo que uno cree, que viviendo en la Ciudad de Buenos Aires y habiendo seguido durante años el debate por la boleta única, es que la lista sábana no va más, que es lo mismo que nos decían hace años los mismos que hoy la promueven para CABA: un instrumento digno del atraso provincial, para perpetuar líderes, para meter de queruza parientes que nadie le conoce el nombre y entran arrastrados por el nombre que tiene el tamaño más grande de la letra, que es un gastadero fenomenal de plata del Estado en impresión de boletas, que evita el robo de boletas, que no requiere de punteros que nos pongan la boleta en el bolsillo. Todo eso se olvidó. Se olvidó antes, en 2019, cuando Macri, tras su final de mandato desastroso, se las veía negras y decidió ser arrastrado por los líderes provinciales y de la Ciudad para sumar votos, y no le fue mal, llegó así, gracias a la lista sábana a un, no despreciable, 40%. Aunque para semejante epopeya, la Ciudad, con Larreta a la cabeza, haya tenido que borrar con la mano lo que había escrito con el codo minutos antes y renunciar a la boleta única, que no sólo era un distintivo del partido, sino que además era una ley porteña, votada por la mayoría, sancionada, celebrada y se pretendía llevarla a nivel nacional, pues todo eso a la basura a la hora de sumar porotos. Otro dato no menor, es que el PRO desde la Cuidad de Buenos Aires siempre luchó cual gladiador de la WWE por la autonomía de la ciudad, nunca dejó que sus gobernantes sean el producto de un arrastre a nivel nacional y siempre desdoblaron las elecciones, para mostrar que la ciudad podía votar distinto a la nación y no se iba a doblegar a lo que gente de otros distritos defina, de hecho, no hubo en la historia de las elecciones en la Ciudad de Buenos Aires, desde que es autónoma, una elección unificada con la nacional, salvo por la del 2019. Esa práctica habitual rota en la última elección hace que ahora los porteños se hayan acostumbrado a lo que sucedió hace cuatro años y no a lo que vienen haciendo hace veinte años y lo más gracioso de todo es que aluden a un tema de comodidad, que es más cómodo votar una sola vez con un solo método. También es más cómodo no votar, sin embargo, si a uno le interesa un poco, se toma el trabajo y va igual y si además pretenden ligar el destino de la ciudad al de otras jurisdicciones, los porteños han demostrado que la comodidad se la pasan por el culo y han ido a votar hasta seis veces en un mismo año. Probablemente Macri crea que el ejercicio ciudadano no es un compromiso sino una tarea que debe ser lo más simplita posible, nada que joda. Más antipolítica que lo que dicen ser los seguidores de Milei.

En un país que parece quebrado en dos esferas, ambos utilizan las mismas herramientas simulando o pretendiendo que la gente no se da cuenta, apuestan a la identificación por el color político, al antagonismo, al “es una mierda, pero peores son los que están en frente”. De ambos lados saben que no están haciendo las cosas bien, un kirchnerista sabe bien que Cristina es parte del gobierno que está llevando al país a la hambruna más grande vivida, pero el recuerdo de un tiempo feliz, la identificación con su relato, hace que la elijan porque peor sería votar a Macri. Los macristas tampoco son idiotas y saben que Mauricio los está haciendo militar como caballo con anteojeras la lista sábana y bombardear a los propios con la técnica del fuego amigo, pero para ellos peor sería votar a Cristina. Para alguien de Boca es difícil ser empático con alguien de River y viceversa pasa lo mismo, el problema es que mientras los grandes están equiparándose en la miseria, otros equipos chicos empiezan a crecer y pueden terminar ganando el campeonato, por claro, nunca son sólo dos.

La gente que se cansó siempre de las mismas herramientas empieza a ser seducida por un vendedor de fantasías, por idiotez o por hartazgo. Mientras los grandes pelotudean en un país destrozado por el descalabro económico, crece Milei, y nadie se va a hacer cargo.        

 

Publicado por Juani Martignone

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