Ayer un viaje, hoy una marcha, mañana una elección
Gaspar, el gordito tucumano que te recibe en el consulado argentino en Tokio, con simpatía exagerada y hambre de hablar en argentino y contarle a quien sea que su devoción por los videojuegos lo llevó ahí, dice que Osaka es a Tokio, lo que Córdoba es a Buenos Aires; "en el fondo, no es el verdadero Japón: el de los ninjas y las geishas" decreta. Es justamente desde Osaka de dónde sale mi tren rumbo a Nara, una ciudad pequeña, en la banquina de las guías turísticas, como última opción, la que hay que hacer si hay tiempo, es una ciudad con zonas que quedaron estancadas en el año 700, rodeada de bosques, ciervos salvajes domesticados por turistas eufóricos de fotos, lagos y santuarios carcomidos por un verdín que se vuelve fluorescente cuando un rayo de sol logra atravesar la espesura de los árboles rojos de momiji; el verdadero Japón: el medieval, el que Gaspar transita en sus escenarios de juegos de Playstation, el que nos mostró, en blanco y negro, Kurosawa en su cine de pulentería chinoca.
Fue en la estación central de Osaka. Unos algunos
personajes con sombreros de cotillón y bolsos con los colores de la bandera
LGTB, rompieron el silencio sepulcral de los trenes japoneses con su escandalosa
presencia, porque en el país del Yaoi y dónde la comunidad gay tokiota reclama
a cara lavada por Tik Tok la escasez de activos, la homosexualidad es algo que
no sale a la superficie, como los homeless del parque Imperial de Ueno.
Lejos de los cuerpos envaselinados cariocas o los
desinhibidos germanos, a la explanada de la estación de Nara llegaron, de
distintos trenes, un somero número de manifestantes de la libre elección sexual
enarbolando la misma rainbow flag que se ven en los gay parade de Berlín o Río
de Janeiro, pero con discreción, golpeando despacito la puerta para que los
dejen entrar. No llegaban a ser cien personas: un par de putos pasivos, un par
de putos viejos, un par de gordas lesbianas, un par de tortas super
hegemónicas, uno todo dragueado, putos masculinos cero plumas, tortilleras enojadas,
parejas que vienen soportando hace años, un par de chicos trans, otro par de
chicas trans, y un grupo no tan despreciable de tapados que se cubrían con
lentes grandes, barbijos y que anteponían un cartel de “no photos please”. Esta
arca de Noé bajo el arcoíris, ocupó media calle principal de Nara, sin
interrumpir el tránsito y haciendo caso omiso al batallón de policías que los
guiaban, descolocados por el desmadre que provocaban en su sociedad adicta a
respetar las reglas.
Yo, que sólo había ido a ese pueblo a ver bambis caminando
por entre la gente, quedé como espectador de una manifestación que tiene todo
por ganar, que busca ocupar esa calle y otras, que necesita ser vista o
respetada en su intimidad, sin necesidad de pegarse glitter, clavarse un crop
top, o flashear ser Lali, porque cuando no te ven, poco importa la devaluación
del yen o la liberación de Milagro Sala. El mundo se ha vuelto tan ensimismado en
el “yo” que las utopías modernas nos prometen ser nuestro propio jefe, trabajar
en nuestra propia casa, crear nuestro propio contenido, satisfacer nuestras
necesidades sexuales con un match sin el garrón de tener que generar un
compromiso; es que pretender ser percibido por el otro como algo más que un efímero
momento, es de tóxico. Quizás es eso lo que me carga quintales de asombro: la
muestra del valor de lo colectivo de reclamarle a quienes los desprecian, que
los vean, no a mí, en una competencia feroz de acumulación de likes, sino que sepan
que existen, que están entre nosotros, formando parte de la sociedad también y
aportando para esto funcione de alguna manera. Sentir que uno es percibido, y
no como algo malo, es casi el destino de vida de todo ser humano sin importar
en qué cama la ponga o la reciba. En Nara, experimenté el año 92 en nuestro
país cuando tampoco eran más de cien con absolutamente todo por perder.
Es en Japón también, donde la gente deja sus pertenencias
en cualquier lugar público, al alcance de cualquiera y entra a comprar o a
hacer un trámite y vuelve a buscar aquello que dejó donde lo dejó con la
seguridad de que lo va a encontrar donde lo dejó. Cuando un derecho está dado,
se da por sentado y es difícil creer que dejará de existir; difícil para un
japonés creer que al volver a su mesa no encontrará el celular que dejó a la
vista de todos y difícil es creer que de un día para el otro dejarán de vernos
como una manifestación divertida y pintoresca para pasar a vernos como un
peligro para los niños que nos ven bailando en bolas con purpurina y esmalte de
colores en las uñas. La naturalización de los procesos nos incita a la relajación
para meternos nuevos problemas. Para los narenses el peligro de que te roben un
celular en la calle se diluye cuando tienen que pedir que no los expongan en su
intimidad porque pueden perder su trabajo o el techo que le dan sus padres;
para los argentinos cualquier derecho conseguido, luchado, militado, se esfuma
cuando la inflación es todos los días un poquito más mientras aquellos que la
generan se proponen como mesías a sabiendas de que les van a creer, de que los
van a volver votar sin siquiera pensar. Cuando no se sabe cuanta comida se puede
comprar en un supermercado hasta llegar a la caja, el número de desaparecidos hace
más de 40 años, no es tan importante.
Para el 30% de los argentinos a los que nos interesa algo la política argentina, es extremadamente complicado dejar la droga del consumo de noticias, de los videos de los candidatos, las entrevistas, las encuestas, los tweets, ni estando a 18.000 kilómetros de distancia y a 12 horas de diferencia. Vi a un pueblo acorralarse entre verdugos y a perdedores que eligen implosionar porque no quieren perder, desde la distancia territorial y de huso horario que te pone como espectador ajeno de la pieza que al final vas a terminar bailando, te guste o no. Y es quizás por todo el mar que me separa con los votantes que puedo oler en ellos la desesperación de vivir en un país en decadencia con una economía que mancilla, la desesperación del salto a lo desconocido, de abrazar a quien te blanquea que te odia y te mataría si matar putos fuera legal y bien visto.
Gente con plena capacidad de comprender que, por más que todo
el progresismo y la izquierda nos quiera convencer de que Hamas es la respuesta
a la opresión judía, te la cuenten como te la cuenten, Hamas en su carta
fundacional tiene como objetivo claro la eliminación de hasta el último judío
en el planeta; pues entonces se repudia y no se ven en medias tintas, ni se le
quita el peso de lo que eso implica. La misma gente no puede ver que desde el
ground zero de concepción de La libertad Avanza, la premisa fue en
contra de absolutamente todo lo que implique un derecho para la comunidad LGTB,
demonizándonos, haciéndonos responsables un poderío caricaturesco, basándose en
las mismas teorías conspirativas que tanto les gusta usar a sus oponentes. La
pereza intelectual es un mar que inunda, ¿cómo naufragar cuando la explicación más
fácil de creer es que dos pícaros son los responsables de movimientos mundiales?
La primera que se me ocurre es no darles mi legitimidad, con mi voto, bajo
ninguna circunstancia. Esa decisión es mía, quienes comprendemos que vivimos en
libertad reflexionamos sobre cómo utilizarla y comprendemos, aceptamos y nos
complace que otros puedan tomar libremente sus decisiones aunque sean
contrarias a las mías, aunque corra riesgo su vida, porque eso lo hace libres.
Si algo me enseñó leer a Philip Roth es que hasta el más judío de los judíos
puede ser un profundo antisemita, aún con buenas intenciones (el caso más
explícito en Argentina es de Myriam Bregman) ¿Por qué entonces no puede haber
putos que salgan a poner en los estamentos más importantes del Estado a gente
que cree que su homosexualidad es parte de un lobby internacional conspiranoico
como dice en sus libros el ideólogo de LLA, Agustín Laje, o que ir a una marcha
para luchar por nuestros derechos es un lavado de cerebro que nos hizo la “ideología
de género”?
A los locos del grado de locura que tiene Milei, los tomo
como se los debe tomar: como locos; Victoria Villarruel no está loca, va
cantando una canzonetta facilonga y
pegadiza de la libertad hasta que a alguien se le ocurre colar en el argumento
la libertad de culto y su son se vira al conservadurismo tradicional que pretende
mantener férreamente a la empresa más grande del mundo que promueve el lobby
internacional más fuerte en contra de la homosexualidad y todo tipo de
diversidad sexual: el Vaticano; sí, el mismo Vaticano que apoyan Grabois y el
padre Pepe. Con la misma lógica que la iglesia nos enseñó a sentir culpa de lo
que somos, nos dicen que nos dan libertad de ser, cerrándonos todas las puertas
para no generar gastos que puedan servir para párrocos que vociferan que la
caridad bien entendida empieza por casa.
Pertenezco a una generación de transición, millenials nos
llaman. Nací en dictadura, pero mis recuerdos son en democracia; crecí
analógico, pero hoy me muevo en digital; me formó la bonaerense de las razias,
pero hoy vivo mi sexualidad con libertad exagerada. Conozco bien lo que son los
cambios radicales, y para aquellos que los agitan, solamente puedo decirles que
son dolorosos y que el miedo de volver al anterior régimen, siempre está
latente; entiendo que en aquellos que leyeron la gesta del matrimonio
igualitario como historia, ese miedo no exista y el piletazo es mejor vivir la
misera estructural que nos deja este gobierno avalado por artistas y curas
villeros y de la misma manera que nos acostumbramos a vivir en un país donde la
mitad es pobre, la mitad no va a la escuela, la fuente de información son reels
y tenemos que sacar un par de títeres para explicar lo que creemos obvio en los
textos ante una sociedad embrutecida de ignorancia y donde lo único que debe
respetarse es la subjetividad de lo que gira en el ombligo de cada uno, también
creen que pueden acostumbrarse, una vez más, a un gobierno de gente que no
respeta la democracia, porque justamente el gobierno que vivimos nunca la
respetó, ni la sigue respetando. De la misma manera que en el año 2010 me
pedían pleitesía por Cristina por haberme dado el derecho a casarme,
derecho que no uso por considerarlo retrógrado, hoy siguen usando todo el
aparato estatal para tratar como paria a quien no les chupa las medias como
ellos consideran justo. A los que disfrazan de democracia su fascismo y
clasismo en sangre para una gesta electoral, tengo para decirles que los
derechos no son dádivas, son derechos que están ahí para igualarnos en
condiciones y tomarlos sólo si uno quiere o los necesita; quitármelos si no te
voto, es la forma más mercenaria de cooptación, de reducción a la servidumbre.
Confieso que lloré en la pequeñita marcha del orgullo de
Nara, me llevó a un pasado que no viví y a la vez sentí, a un futuro que podría
llegar vivir, a un presente que nos sigue discriminando con su violencia
médica, con el techo de cristal en las empresas, con la aceptación, cada vez
más fuerte, de un único modelo de familia exitosa que cada día se parece más al
de un heterosexual tradicional. Estando lejos, pensé en los viles que nos ponen
en circunstancias que obligan a unos a darle el poder a su propio verdugo, me
terminé quedando en lo chiquito, con el uno solito marchando solo, con los
poquitos distintos, porque son terrenos que supe recorrer, caminos ya andados y
porque nuevamente no estoy dispuesto a apostar todo para ser parte de un mainstream
que me pone sus reglas y sus opresiones. Hagan lo que quieran que yo me voy a
acostumbrar, lo voy a resistir, como lo hice con las familias que duermen en
las calles alrededor de mi casa, pero no me pidan que es dé mi aval, porque, para
quienes lo sufrimos, nunca nadie nos pareció más peligroso que un homofóbico.
Publicado por Juani Martignone
Todo el contenido, como
las responsabilidades derivadas es propiedad de quien firma.


Comentarios
Publicar un comentario