Sin lugar para la mediocridad
En un evento familiar, entre copas veraniegas al rayo del sol y más comida de la que uno puede comer habitualmente, me llegó la pregunta que había olvidado junto el día que asumí ser un homosexual hecho y derecho y sin vuelta atrás: “¿Y? ¿para cuándo los confites?”. En el camino pedregoso de vivir abiertamente la homosexualidad, un estereotipo me guio, pero también firmé un manual de renuncias a los ritos clásicos que consagran los valores del Dios, de la patria, y de la familia; heterosexual, por supuesto. Casamientos, despedidas de soltero, lunas de miel, hijos, chats de mapadres, casas color pastel con jardines amplios para que los niños revoloteen con un Golden retriever, son la wishlist de otros que conforman esta tradición que hoy osamos llamar heteropatriarcado; y que de tan ablandado el concepto, de pasar de mano en mano, se olvida o se menosprecia.
Los intentos del mundo heterosexual por asfaltar los
caminos hacia la igualdad viraron a espejos de ellos mismos: nos aceptan en su
sociedad, siempre y cuando nos parezcamos cada vez más a la vida que ellos viven.
Si me recibo, gano mucho dinero, siento cabeza, me caso y le doy nietos a mis
padres, el plan original que tenían predestinado el día que nací, se mantuvo intacto;
que mi pareja sea un hombre en vez de una mujer, es un detalle tolerable si hago
completo el camino de postas.
Peleamos por un matrimonio igualitario para que nos vean
como pares y mientras encontramos al que quiera chantar la firma en la libreta
roja interpretamos, hasta encarnarlo en el cuerpo, el cosplay del puto inteligente,
culto y con buen gusto. A muchos le cuesta nuestra existencia, pero les
costaría mucho más si además de putos, fuéramos vagos, burros, pobres, gordos y
no supiéramos decirle a una mina si está o no bien vestida. Sin lugar para la
mediocridad: o parecido a los que no están fallados o sobresalientes; sino al
gueto.
Hoy es la mayoría heterosexual quien se reserva el derecho
de admisión y permanencia en la sana sociedad de mujeres tóxicas y maridos
infieles que construyeron, y son en su mayoría quien también tienen deferencias
con otros colectivos a los que les pone el mote de minoría si no se le
parecen o no llegan a la vara super alta. Los judíos que nuevamente ruegan que
no los quieran hacer desaparecer sin la obligación moral que les impone el progresismo
de previamente compungirse por los niños muertos en Gaza, entienden de qué
hablo.
Tengo una posición tomada, no creo en ninguna teoría de los
dos demonios y como persona que se crio en un mundo occidental, siempre voy a
creer que los valores que chupé desde antes del chupete son mejores que la
teocracia gazatí, la ablación de los clítoris a sus mujeres, la posesión de esas
mismas mujeres, el azote a los homosexuales, la vida reglada por un libro que
le dicen sagrado. Israel es un Estado judío en el que no es ilegal ni
persecutorio no profesar la religión judía, ni para vivir a diario, ni para
ocupar un puesto de poder; las mujeres caminan tan en pelotas como acá; y los
putos, las tortas, los trans, hacen la marcha de orgullo más grande de Asia, la
única en una región donde gigantes como China o Rusia simplemente nos odian. Pienso
en cómo podría vivir alguien como yo en Gaza, y me convenzo que los valores occidentales,
como los que rigen en Israel, son superiores a los iraníes, los egipcios, los
jordanos, los palestinos. Es fácil para mí tomar una posición.
Recontra dicho está que se discrimina lo que se desconoce, en nuestro país, hasta hace apenas unos años, los homosexuales no podíamos donar sangre porque nos suponían los transmisores naturales del bicho. Bajo el mismo concepto se repite sin revisar un libro, que no sea de dudosa procedencia, la ocupación judía sobre Palestina sin siquiera haberse tomado la molestia de ver los noticieros del año 2005 cuando los judíos se retiraron de la franja de Gaza llevándose hasta los muertos enterrados porque sabían que los iban a profanar, tal como vimos el último 7 de octubre. Se habla de un territorio palestino aludiendo al protectorado inglés que era el dueño de esas tierras y decidió llamar Palestina, de la misma manera que decidió llamar Falklands a las islas Malvinas, y en el que convivían árabes con judíos. Se olvida que cuando los ingleses cedieron ese protectorado, la ONU dividió el territorio en dos Estados: uno judío y otro palestino; pero fue (literal) al día siguiente de la retirada inglesa, que los palestinos los invadieron porque no querían ni un solo judío entre río y el mar, el mismo cantico que hoy entona el nuestroprogresismo.
Gracias a Madonna, Britney, Lady Gaga y Lali, los putos
estamos sobrerrepresentados; los judíos también, por otros motivos; pero si
sacamos las cuentas ni ellos, ni nosotros, ni los que juntan ambas cosas como putos
judíos, somos tantos ni ocupamos tantos lugares de poder; sólo somos más
ruidosos porque necesitamos que nos vean, que nos miren a la jeta y entiendan
que también podemos ser buenos en algo, aunque no seamos iguales a la
muchedumbre. Intentamos sobresalir para que no nos odien, para al menos nos
reconozcan por algo, así y todo, también somos malos, también tenemos las
miserias que puede tener cualquier otro, las maldades, cometemos injusticias;
tanto putos como judíos.
Israel cierra sus fronteras con Gaza de la misma forma que
las cierra Egipto o Estados Unidos con México; pero nadie les dirá a los
yanquis que tienen una prisión a cielo abierto. Israel, por detrás, trata peor
a sus ciudadanos islámicos que al resto, de la misma que lo hace Francia; pero
a los franceses nadie los acusará de apartheid. Israel, en guerra, cometerá
todo tipo de violaciones a los derechos humanos, de la misma manera que los
hace Siria o China o Corea del Norte; pero llamará genocida a un sirio.
Repitamos el mantra: para que una minoría sea aceptada, debe ser perfecta, no
puede ser tan malo como los normales; es nuestro único camino a la tolerancia.
Por es no importa que un palestino meta en un horno a un bebé mientras hace
facetime con la familia del retoño para que lo vean agonizando; todos
comprendemos que un palestino puede ser imperfecto. Ahora si encima de judío
tiras una bomba al país que te ataca desde el día uno de tu existencia y mueren
niños, eso es inaceptable; bien discriminados por la historia han estado. Reflota
la capa vieja del antisemitismo.
De la misma manera que no aceptan que mi proyecto de vida
no sea ni parecido al de los heterosexuales, tampoco aceptan a un judío que no
esté siempre dejándose cagar a palos y agradecer que ya no los matan en cámaras
de gas. Nunca nos aceptaron realmente; no nos aceptan realmente. La idea del
sionismo de un Estado al que puedan recurrir todos los judíos que sean
mancillados en sus lugares de origen como refugio, es el alivio que a veces
queremos sentir quienes hemos sido mancillados en nuestros lugares de origen por
no ser lo que esperaban de nosotros. Querer una casa familiar para volver si
afuera se están cargado a seis palos de los tuyos, es algo simple, algo humano.
Es pretender un lugar para que, nosotros también, podamos ser mediocres.
Publicado por Juani Martignone
Todo el contenido, como
las responsabilidades derivadas es propiedad de quien firma.

Comentarios
Publicar un comentario