Chicos BAFICI: el progresismo de Villa Chacalermogiales
El 28 de abril del corriente, en la sala Graciela Borges del Cultural San Martín estuve en el cierre del BAFICI, el festival de cine independiente de Buenos Aires. La última vez que había sucumbido ante tamaño festival de cultura off mezclado con snobismo, había sido hace por lo menos quince o veinte años atrás y el festival, con sus salas apenas ocupadas, eran completamente distinto, tanto, que no puedo definir si eran mejores o peores, sólo distintas. Volví a un lugar que creía conocer y me encontré con un clima absurdamente diferente, poser, elitista como antes y como es el arte, pero enfocado en sentidos que antes considerábamos vacuos. Escribe alguien que pasó la barrera de los cuarenta años y es quizás el “viejo meado” quien se está expresando en este texto, ese en el que indefectiblemente ¿todos nos transformaremos?
La primera diferencia entre el viejo BAFICI y el actual, es
respecto de las proyecciones que se realizan. Antes el cine que se decía
independiente era realmente independiente, se trataba de un director que
agarraba una cámara no muy profesional y salía a retratar algo que quería
contar con su propia familia y amigos como protagonistas o interpretando
papeles, con sus casas como locaciones, acotados a todo aquello que no puede
conseguirse con producciones que otros pagan, es por eso, que en aquellos
tiempos el cine testimonial era lo que estaba de moda: una cámara seguía
durante dos horas de film la vida de una persona común, un barrendero, un
arbolito de la calle Florida. No era muy distinto a la película japonesa que
estuvo nominada a los Oscars, “Días perfectos” que, al salir del cine, lo
primero que dije fue “esto ya se hizo en los 2000. No hay nada novedoso”. Me
resulta extraño que el cine se repita como las modas, que vuelva el testimonial
o el neorrealismo, los prefiero ahí, en el pasado, como marca de época.
Prefiero que la cultura pueda pensar algo nuevo, pueda traer nuevas ideas, y en
apariencia, el nuevo cine independiente parece no seguir una ola definida, cada
director va para el lado que le conviene o le interesa. Esa diferencia me atrae.
Distinto de lo que creen las generaciones actuales, disfruto de la ansiedad de
no saber con qué me voy a encontrar en el cine, si con una pieza artística o
con un bodrio supino; siento que lo predecible achata la función de golpe del
arte.
La curiosidad la encontré en la realización: hoy el cine
independiente es un cine que se asemeja bastante al cine profesional, está
profundamente sostenido por productoras monstruo como la plataforma de
streaming MUBI o el canal “raro” de la BBC, Channel 4, entre otras. Nuevamente,
mi expectativas controladas en base a mis predicciones basadas en un pasado que
hoy ya resulta lejano, fueron refutadas al ver que la creatividad a la que se
veían obligados los directores que solo contaban con tres pesos en una billetera
y cámara casera para filmar, no se vio, en absoluto, socavada por la
financiación de una caja económica que brinda más posibilidades: el nuevo cine
independiente no se reduce a efectos especiales, actores sobre un croma, o
locaciones imposibles; el dinero está puesto a disposición de lo que la
creatividad requiere. Todos los preceptos marxistas con los que me influí
mientras era un fanático de ese cine que no ve nadie, se vieron prendidos fuego
en la hoguera de una sociedad capitalista capaz de producir arte de mejor
calidad cuanto más dinero hay. Los géneros viajan desde humor negro, el
absurdo, el cine autocelebratorio (en el caso de una de las películas que vi,
de la mano del escritor francés Michel Houellebecq), la ciencia ficción o el
docurreality; un banquete para todos los gustos, tantos que uno sale sin saber
si lo que acaba de ver fue bueno, malo, o simplemente no lo entendió. Pero si
algo he aprendido en estas cuatro décadas en las que empecé a ser formado en el
arte cinematográfico under, gracias al canal I-Sat, sus cortos, su cine francés
y escandinavo, es que el arte no es democrático, no es para todo el mundo que
lo quiera consumir; el arte es elitista, requiere de un trabajo intelectual
para captar el matiz exacto, lejos de la sobre interpretación de la que se
quejaba Susan Sontag, pero sutil para entender qué se está proyectando frente a
mí, cuál es el hecho artístico que se desarrolla. No siempre se entiende de
una, no siempre va a gustarnos; al arte también hay que darle tiempo de
proceso, de masticación. No saber si lo que se acaba de ver es bueno o malo,
lejos de ser un castigo, es un desafío, el de exponerse ante aquello
desconocido y dejar que el arte me imprima algo nuevo que no conocía para
pensarlo, celebrarlo o condenarlo.
Reprobable haber mantenido el estilo de imagen de baja
calidad, berreta, que tenía el viejo cine independiente, por cuestiones
técnicas y de financiamiento, sólo para mantener un lazo de sentimentalismo con
aquello que fueron y ya no son. Cuando las oportunidades mejoran, ideal es
expandirse. Mantenerse en un viejo estilo de imagen que suena impostado para
simular que ya no son directores desconocidos sin ricos que confíen lo
suficiente en sus historias para apostar a ellas, cuando la realidad es otra,
muestra al cine como una máscara, como una pose que garpa embargando quizás lo
mejor que tiene el arte, incluso el que no entendemos: su autenticidad.
Sobre poses en el cine independiente es la segunda
observación de este reencuentro con estos festivales en los que apenas los
subtítulos pueden leerse en una pantalla extra porque nunca se traducirán a
nuestro idioma, porque ni en el cinearte bajo el obelisco, al que voy
religiosamente una vez por semana, las van a pasar. Los primeros encuentros que
tuve con el BAFICI, cuando no era más que alguien que buscaba ser un raro, un
snob, las salas estaban apenas ocupadas, la gente era tendiendo a mayor de edad
y la proyección se miraba como un acto sublime, como varias personas alrededor
de un fogón en la noche, embelesados por el ardor de su llama. Suponía que
quienes iban allí eran personas que entendían eso que yo no podía, que
analizaban la composición de la imagen y el sonido y el guion y tenían años de
estudios y experiencia en el tema. Era un poco más que un adolescente neófito,
hambriento, que necesitaba aprehender por osmosis ese ideal de intelectual que
admiraba; aguzaba el oído con los comentarios posteriores a la proyección,
observaba las reacciones ante los efectos de filmes que, en su mayoría, me
parecían aburridos, pero decía que me gustaba porque sabía que me faltaba
competencia suficiente para entenderlas. Luego entendí que al arte se lo
entiende cuando más se lo consume.
Las salas del actual festival no se parecen en nada a la de
aquellos tiempos. Dejaron de ser pequeños cines, antros en sótanos del
microcentro, para cooptar los cines comerciales, las salas de los centros
culturales, los lindos; y todo a su alrededor es un evento en sí. La primera
película que vi del festival se llama “Dans la peau de Blanche Houellebecq”
cine francés puro y duro, con todo lo bueno que significa por el nivel de
debate que tiene una vuelta y media de tuerca, un poco más avanzada que el de
la izquierda yanqui que hegemonizó la progresía argentina; también podía
tratarse de una comedia, con la particularidad de una comedia francesa, con el
humor que no es inglés, ni latino, al estilo “Le placard” o “Dix pour cent”.
Que haya tanta gente esperando en el ágora mercantilista de la plaza Houssay,
en las puertas de un Cinépolis bajo tierra, me sorprendió: el cine francés
nunca es tan comentado, ni aceptado, refiere a ideologías que nuestra progresía
repudia y, sobre todo, en mi experiencia semanal en el cinearte, un miércoles,
que es el día de entradas a mitad de precio, se ocupan apenas cuatro butacas
para cualquier película francesa, que no sea de Godard o Gaspar Noé.
Llegué primero que quienes me acompañarían a la velada,
siempre intento que sea entre veinte y quince minutos antes. Observé el público
pronto a entrar, lo comparé con el que conocía, el que mis recuerdos moldearon
un prototipo de espectador. La diferencia ahogaba las expectativas de
reencuentro creadas alrededor de una magra experiencia. La extremada ocupación
en un estilo de vestimenta, en el detalle de la forma en la que uno se ve, fue
la primera diferencia, la diferencia evidente: aros colgantes, ropa sin género,
oversize, lentes grandes de marcos gruesos y sin aumento, banderolas, borcegos,
tote bags; aesthetic. Los anteriores habitués hoy también pasarían como
aesthetic, sólo que no lo hacían consientes, eran crotos, desinteresados por un
tema que a estos nuevos habitués les resulta fundamental, los une como tribu,
los eleva intelectualmente, se sienten diferentes, aunque sean iguales a todos
sus pares, le da el pasaporte para pertenecer a ese evento. Esta banalidad,
porque su modo de vestir no es un acto artístico, como podría ser Federico
Klemm o de rebeldía como Coco Chanel, es la banalidad de la moda mainstrean,
del sentirse ser algo por un hecho tan superfluo como imitar un estilo de
vestir; no crear, imitar. Este patinaje sobre la superficialidad pone en duda
el motivo de su presencia en ese lugar, si saben de qué se trata, si van a
entender la dificultad del cine independiente, si aun no entendiendo les
resultará un desafío, o si sólo la asistencia al festival es un ítem más del
starter pack que representa a esta tribu. La trivialidad no ayuda a comprender
el arte, tampoco la imitación de una mera imagen de quien lo comprende.
| Foto promocional del festival de la página del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. |
Durante el momento de la previa sólo habían actuado mis prejuicios; durante el momento de la proyección se confirmaron. En una sala explotada de gente tratando de fagocitarse hasta el último asiento sin numeración para ellos y para sus amigos por venir, solo reinaba el alboroto, como si apurarse para estar en la mejor posición rodeado de tus amigos fuera garantía de una buena película de cine independiente. Nada se diferenciaba de las salas de cine de Palermo ocupadas por Milis, Pilis, Tinchos, Joacos y niñas lino; las mismas vibes, con un agregado: la superioridad moral con la que se mueven por encima de sus coterráneos palermitanos. En estos festivales se come poco pochoclo, más bien, se opta por opciones veganas, amigables con los animales o cafés de especialidad: flat white o caramel macchiato. Pero en el momento que el amigo o la amiga entra a la sala, haya o no haya empezado la película, se levantarán, harán señas, indicarán los lugares reservados para estar, sin importar que detrás uno esté intentando ver la pantalla gigante. Lo que vale, pareciera ser el hecho de estar. El film, la comprensión, llegar a la certeza de si es una pieza artística muy buena o muy mala o muy mediocre, se eclipsa ante la posibilidad de retratar el momento para una story de Instagram y que tus conocidos sepan que fuiste al festival del cine independiente de Buenos Aires, que vas al cine, pero no a ver Hollywood, vas al cine de verdad. Otra pose que se autocelebra por lo mejor persona que se es, respecto del resto de los mortales.
En este mundo cada día más narcisista e individual, la
cuarentena estricta y ridículamente extensa, cavó profundo e instaló bien abajo
todos los vicios que del hijo único ermitaño que, en un punto, todos tenemos:
nos volvimos una sociedad que prefiere estar sola en su casa con todo lo que
necesita sin tener que interactuar, en vivo, con personas; hablando siempre de
aquella pequeña porción de la sociedad que, dentro de su casa, puede contar con
todas las comodidades relativamente satisfechas. “El viejo mundo terminó” dicen
para marcar el cambio de paradigma y el mundo viene cambiando hace, por lo
menos, treinta años. Los optimistas del nuevo mundo digitalizado asumen que
este cambio dejara morir algunas costumbres para nazcan nuevas, lo cual
requiere un cambio de cultura, por tanto, las reglas sociales antes previstas
deberán cambiarse por otras asumiendo que actitudes que antes tomábamos como de
“mala educación” hoy sean la normalidad, incluso aceptar que enfermedades que
antes eran esporádicas y para prestar atención, hoy sean parte de la
personalidad de la gente, lo llamado “normal”.
Contamos con un dispositivo de comunicación inmediata todo
el tiempo en nuestros bolsillos, carteras, incluso algunos lo llevan colgados
con una correa, como un blackberry (bien gráfico), sin embargo, la comunicación
es más deficiente, en parte porque pocos saben leer y comprender un texto y en
parte porque pocos pueden producir un texto pequeño de dos o tres líneas con la
ortografía y la puntuación adecuada para que la interpretación de las
intenciones de emisor sean lo más unívocas posibles. En el océano de pequeños
textos que viajan a diario por nuestros teléfonos, desaparecieron las comas,
los punto y coma, los acentos, los signos de interrogación, las comillas,
porque en la inmediatez requerida da paja escribir tanto si sentimos que se va
a entender igual. En este abandono de los signos ortográficos, estas reglas de
viejos vinagres que añoran el mundo viejo, la interpretación y el tono de cada
mensaje la pone el receptor; quien lee, lo leerá como enojado, como cariñoso,
como preguntado o afirmando. No es la comunicación requerida, sino la deseada.
En este defalco comunicativo, otros creerán que se solventa
bien con un mensaje de audio, porque el escuchar la propia voz carga de todos
esos signos de puntuación que decidimos tirar a la basura en nuestra arrogancia
de modernidad rápida. Basta con entrar a páginas como “Gente rota” para
entender cuál es la calidad comunicativa de un audio. Como primera cosa, el
audio se piensa mientras se está grabando, por lo tanto, el emisor hace
partícipe al receptor de todas sus dubitaciones mientras quiere decir aquello
que quiere decir; el mensaje tiene ruido, ruido efectivo, de fondo, ambiente;
el audio puede ser interrumpido sin dejar de grabar por el emisor que resuelve
alguna cosa con sus hijos, su pareja, en la mitad del mensaje que te está
pasando. Esta dictadura del emisor, que es el mensaje de audio, obliga a que el
receptor tenga una mayor concentración en aquello que se pretende decir, que
haga un esfuerzo supremo para limpiar el mensaje de los pensamientos
intermedios, de la palabra que no sale, que mantenga el hilo cuando el mensaje
se entre corta. El emisor dirá “me resulta más cómodo mandar audio” pensando en
su propia comodidad y no en la comodidad y la facilidad de quien pretendemos
que reciba ese mensaje que queremos enviar. El individualismo que prima por
sobre la necesidad.
Sobre la dictadura del emisor se encuentra la ausencia de
horarios en los cuales se envía un mensaje, se asume que el receptor, por tener
un teléfono móvil, debe estar 24/7 full time dispuesto a recibir un mensaje que
muchas veces no está esperando. Yo crecí en la era analógica, cuando había un
solo teléfono en toda la casa y era compartido con los demás integrantes de mi
familia. No teníamos una tabla de horarios pegada frente al teléfono que
indique cuando usarlo, pero existían normas implícitas, una cultura, cuestiones
de respeto por el otro, que hacían que si el teléfono sonaba después de las
22:00 horas todos sabíamos que se trataba de una tragedia, porque a nadie se le
ocurría molestar en el horario en el que las personas se preparaban para ir a
descansar. Nada, excepto la tragedia, no podía esperar hasta el otro día. En el
grupo de whatsapp del edificio en el que vivo, los mensajes arrancan desde las
seis de la mañana con alguien que recién se levanta y pregunta si alguno
recuerda qué día viene el fumigador, y cierran a las dos de la madrugada con
alguno que escuchó un ruido en el pasillo y nos alerta que pudo haber entrado
alguien ajeno al edificio para robar. Porque si hay algo que es despótico,
irracional y que no respeta ninguna regla, son los grupos de whatsapp donde
cada uno dice lo quiere, como quiere, amparado en el supuesto valor de la
honestidad que te lleva a decirle la primera cosa que se te pasa por la cabeza
al que no te cae bien. Terminan siendo espacios de mucho ruido, mucho cacareo,
pocas conclusiones interesantes.
Si la llamada no pudo terminar de eliminar la comunicación
epistolar (hasta el día de hoy, algunos, seguimos enviando mails de cierta
extensión, como pudo ser una carta de papel en su momento y adjuntamos fotos
como hacíamos con aquellas reveladas que guardábamos en los sobres, a pesar de
también usar mucho la llamada) la tiranía del mensaje de texto inmediato, con
posibilidad de audio y adjuntar cuantas fotos y videos queramos, terminó por
destruir la comunicación oral vía llamado telefónico y la epistolar por mail.
“Ya le mandé un mensaje” es la única prueba que se necesita para dar alguna
actividad por concluida, dando a entender que el otro, el que lo recibió, ya se
enteró, ya lo tiene en su poder y de algún modo lo acepta. “Reforzame con un
mensajito porque los mails no los leo” dicen para evitar a toda costa tener que
gastar su preciado tiempo en leer menos de una carilla digital. Mandar un
mensaje por un cumpleaños ahorra la obligación de sociabilizar con el otro que
teníamos cuando llamábamos y teníamos que entablar una pequeña conversación con
el agasajado, aunque no nos importara tanto y lo estuviéramos haciendo por
obligación. Entendíamos que obligarse a socializar con otros, con distintos,
con aquellos no tan cercanos, con quienes no nos caían del todo bien, nos
acercaba al diferente, a lo desconocido, nos volvía más empáticos con otro que
si sólo lo cruzo en redes sociales quizás le tiramos hate por sus opiniones.
La empatía, ese bien tan preciado que claman los habitantes
de nuestra progresía criolla que van a festivales de cine independiente
lookeados como dictan las reglas del pertenecer, es lo que se pierde cuando
entre las opciones a elegir, siempre se opta por aquella en la que menos gente
haya que ver. La preferencia de trabajos home office o emprendimientos que
puede hacer uno desde su casa, arrasó con la empatía que se genera producto de
tener que toparse todos los días con gente que sólo comparte con vos el
trabajo, pero que, en algunos tiempos muertos o tiempos que nos hacemos como
escape, conversamos un poco más para entender quién es ese sujeto que lo único
que lo veo hacer es cargar facturas en un sistema: cuantos colectivos se toma
para llegar, los problemas con sus hijos, de qué equipo es hincha, a quien
voto. Obviamente que estos encuentros no son siempre gratos, a veces están
rodeados por el conflicto o el hastío, pero entender que el tipo que no te
cargó la factura, en tiempo y forma para emitirle el pago a tu proveedor,
detrás tuvo que tomarse tres bondis y salió a las cinco de la mañana, que tiene
problemas con uno de sus hijos porque está por repetir de año y que lo único
que quiere es llegar al fin de semana para ver a boquita, no lo exime de sus
falencias laborales, pero le da a uno una perspectiva más amplia de la
complejidad de las personas, complejidad que nosotros mismos tenemos y nos
cuesta ver en otros por la cuestión de la falta de empatía. Complejidad que no
nos va a hacer preguntarnos azorados, parados en nuestros borcegos, con la tote
bag colgada en el hombro, a punto de entrar al BAFICI “¿cómo es que la gente
votó a Milei?”. Asombrarse de un resultado abrumador es parte de no haber visto
que el mundo es más extenso que las cuatro paredes de mi casa, que mi zoom, que
la gente que se viste como yo, que consume cine raro, no come carne, fuma porro
y cigarrillo armado. Afuera hay un mundo distinto que no conocemos porque
estamos más tranquilo dentro del que conocemos. Eso sí, a veces los de afuera,
son mayoría y a llorar a la llorería.
Como vimos con el servicio de mensajería digital inmediata,
el home office o aquellos que migraron a ser sus propios jefes con
emprendimientos que se autogestionan y autoabastecen, se produce la eliminación
completa del horario; el objetivo por encima del cumplimiento. Responder desde
tu smartphone un mail laboral mientras estás esperando que empiece la película
en el cine, no te hace más libre debido a la flexibilidad, te transforma en un
esclavo del trabajo que no puede cortar nunca con su obligación laboral,
gracias a la flexibilidad (hablando siempre de gente que no trabaja de
transplantar corazones, aunque en ellos la cosa sea un poco distinta también a
como era antes). Poder llegar a cualquier hora a la oficina o poder conectarse
en cualquier momento importando solamente que se cumplan con las horas
solicitadas y con el trabajo realizado hace que horario de comienzo de algo sea
algo completamente accesorio, algo flexible que se puede elegir. En las tres
películas que vi en el festival de cine independiente de Buenos Aires, sucedió
lo que sucede habitualmente en los cines: una vez empezada la película, hasta
quince o vente minutos de arrancada, siguió entrando gente acomodándose,
tapando el resto, pidiendo permiso, interrumpiendo los primeros minutos de una
trama que te tiene que conquistar para dejarte enganchado hasta el final. Se
llega a la hora que se puede, aduciendo a un tránsito que, cuando se cumplían
los horarios, era peor o a un clima que siempre fue cambiante o a otras
actividades que siempre tuvimos que hacer. Decir que no se puede cumplir un
horario porque es más fuerte que uno, es el producto de una cultura que nunca
se los hizo cumplir, que nunca le quitaron un presentismo por llegar tarde a un
laburo o nunca se quedaron libres por las faltas. Respetar un horario se lee
como el pedido de una preceptora de colegio secundario y creen que ya no
estamos para eso. Respetar un horario es concebir que hay otro, un desconocido
quizás, que está esperando para hacer lo mismo que vos, con vos, que también
pone en juego su tiempo para realizar una actividad colectiva, algo que no sólo
depende de uno sino de un grupo de personas que se juntan para hacer una cosa
específica, que, en el caso del cine, no es juntarse a odiar, sino juntarse a
hacer algo tan maravilloso que tenemos como seres humanos, que es juntarse para
apreciar un arte. Respetar un horario es ser empático.
En el momento de la cuarentena cuando nos hicieron ver que
juntarse implicaba un peligro, el placer de estar en la casa de uno se
transformó en la única forma de placer concebida, eso incluyó a nuestras
aproximaciones al arte: vimos obras de teatro a través de una pantalla,
conciertos, y todo el catálogo de una plataforma de streaming que nos obliga a
definir sólo a nosotros, a nuestra única decisión individual, qué mirar. Atrás
quedó, como cosa de viejo, el hecho de prender la tele y dejarme llevar por lo que
un programador eligió para mí en ese horario, para amarlo u odiarlo o incluso
para esperar el horario en el empezaba lo que me interesaba para ordenar la
cena, los chicos, el baño. El arte es a demanda, nadie puede ponerte encima de
las narices aquello que uno no requirió, y siempre vemos lo mismo. “No hay nada
para ver en Netflix, ya me vi todo” dicen, cuando en realidad vieron aquellas
cosas que se amoldaban a lo que estaban buscando, ese es el ver todo; y
que no haya nada, significa que todo lo que están viendo es exactamente
lo mismo, el arte pasa a ser un hecho predecible y no una vanguardia. Por otra
parte, el consumo del arte que se consume de manera colectiva, como en el cine,
tomó las costumbres, ya no de un evento conjunto, sino de aquellas con las que
me muevo en mi sillón cuando maratoneo alguna serie hypeada. En los cines la
gente se levanta al baño en la mitad de la proyección, come comida ruidosa o
hasta quesadillas, comenta con el que tiene al lado, chequean las
notificaciones de teléfono para ver si ese trabajo flexible que tienen les dejó
una hora y media libre en la pueden olvidarse de todo lo demás y entregarse al
arte que otro nos propone.
De esa gente vestida extravagante que llenó las salas de
los cines del BAFICI, que llegó a la hora que le dictó su corazón o la que
pudo, porque nos exigen que no subestimemos las posibilidades ajenas, que
comió, habló, se levantó, encendió la luz de la pantalla del celular en una
sala oscura para ver cuántos likes sembró, es que se trata el nuevo público de
un cine independiente que hasta el día de hoy me cuesta entender, en algunos
casos. Y me veo movido a preguntarme cuánto es lo que ese arte tan complejo que
nos propone el BAFICI llega a las almas de esos espectadores o si estamos
hablando de una pose que se volvió cool. Con este cambio de paradigma que estos
chicos fomentan y defienden o que tienen elaborados argumentos para
sostenerlos, ¿cómo se puede entender un film que requiere de un proceso de
masticación y maceración en este mundo de inmediatez dónde se conforman con el
primer resultado que les tira Google? En esta sociedad empastillada y
sobreanalizada contra la ansiedad ¿cómo hacemos para exponer a alguien a largos
minutos de una misma escena que en apariencia dice sólo una cosa, pero está
diciendo mucho más, como pasa en “Taxi driver” de Scorsese o en “Irreversible”
de Noé? ¿cómo logramos en un mundo transformado en Disneyworld, hecho para ser
siempre entretenidos, para evitar a toda costa el aburrimiento, que alguien se
someta a las largas escenas sin sonido de imágenes gélidas que tiene “Shoah” de
Lanzmann para darnos el tiempo suficiente para digerir que el Estado alemán de
los años 30’s y 40’s se eficientizó con el único propósito de matar más gente
en menos tiempo y con menos recursos? En este mundo dónde la mala educación
refiere a soltar inmediatamente a quien ya no te interesa sin comentario más que
el obvio y sin la obligación de excusarte con alguien aún desconocido, y que
llaman gostheo, cómo hacemos para someternos al final de una serie como “Los
Soprano” que no tiene el chan, chan típico del tango que nos indica que
el show terminó ¿cómo nos sometemos así a aquella literatura que sus finales se
van en fade, sin más, con mucho más por decir, pero que ya está? ¿De qué manera
calmamos tanta ansiedad y no generamos gente tóxica que necesita contar cuantos
likes tiene la publicación de su pareja o stalkea, como gracia, a quienes le
pone like? Yo vengo de una época en la que esas obsesiones eran parte de una
locura que a uno le costaba asumir e incluso trataba de no caer en ellas; vengo
de una época dónde esas obsesiones terminaban en “Misery” de Stephen King.
En su último libro de ensayos, Beatriz Sarlo, se pregunta
si la cultura contemporánea puede pensar algo nuevo, y habiendo vuelto a las
salas del BAFICI, entiendo que hay gente intentando pensar novedades. Novedades
que no entiendo del todo, que dejaron de ser predecibles para mí y que ni
siquiera estoy seguro si son verdaderas novedades, eso implicará un trabajo
intelectual que no puedo resolver en semanas de terminado el festival. Ahora,
si hay gente que está pensando cosas nuevas ¿hay gente que esté pudiendo
leerlas y asimilarlas? ¿o eso no entra en una historia de Instagram? Estas son
mis preguntas de pedantería intelectual.
Publicado por Juani Martignone.
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las responsabilidades derivadas es propiedad de quien firma.

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