Chicos BAFICI: el progresismo de Villa Chacalermogiales

El 28 de abril del corriente, en la sala Graciela Borges del Cultural San Martín estuve en el cierre del BAFICI, el festival de cine independiente de Buenos Aires. La última vez que había sucumbido ante tamaño festival de cultura off mezclado con snobismo, había sido hace por lo menos quince o veinte años atrás y el festival, con sus salas apenas ocupadas, eran completamente distinto, tanto, que no puedo definir si eran mejores o peores, sólo distintas. Volví a un lugar que creía conocer y me encontré con un clima absurdamente diferente, poser, elitista como antes y como es el arte, pero enfocado en sentidos que antes considerábamos vacuos. Escribe alguien que pasó la barrera de los cuarenta años y es quizás el “viejo meado” quien se está expresando en este texto, ese en el que indefectiblemente ¿todos nos transformaremos?

La primera diferencia entre el viejo BAFICI y el actual, es respecto de las proyecciones que se realizan. Antes el cine que se decía independiente era realmente independiente, se trataba de un director que agarraba una cámara no muy profesional y salía a retratar algo que quería contar con su propia familia y amigos como protagonistas o interpretando papeles, con sus casas como locaciones, acotados a todo aquello que no puede conseguirse con producciones que otros pagan, es por eso, que en aquellos tiempos el cine testimonial era lo que estaba de moda: una cámara seguía durante dos horas de film la vida de una persona común, un barrendero, un arbolito de la calle Florida. No era muy distinto a la película japonesa que estuvo nominada a los Oscars, “Días perfectos” que, al salir del cine, lo primero que dije fue “esto ya se hizo en los 2000. No hay nada novedoso”. Me resulta extraño que el cine se repita como las modas, que vuelva el testimonial o el neorrealismo, los prefiero ahí, en el pasado, como marca de época. Prefiero que la cultura pueda pensar algo nuevo, pueda traer nuevas ideas, y en apariencia, el nuevo cine independiente parece no seguir una ola definida, cada director va para el lado que le conviene o le interesa. Esa diferencia me atrae. Distinto de lo que creen las generaciones actuales, disfruto de la ansiedad de no saber con qué me voy a encontrar en el cine, si con una pieza artística o con un bodrio supino; siento que lo predecible achata la función de golpe del arte.

La curiosidad la encontré en la realización: hoy el cine independiente es un cine que se asemeja bastante al cine profesional, está profundamente sostenido por productoras monstruo como la plataforma de streaming MUBI o el canal “raro” de la BBC, Channel 4, entre otras. Nuevamente, mi expectativas controladas en base a mis predicciones basadas en un pasado que hoy ya resulta lejano, fueron refutadas al ver que la creatividad a la que se veían obligados los directores que solo contaban con tres pesos en una billetera y cámara casera para filmar, no se vio, en absoluto, socavada por la financiación de una caja económica que brinda más posibilidades: el nuevo cine independiente no se reduce a efectos especiales, actores sobre un croma, o locaciones imposibles; el dinero está puesto a disposición de lo que la creatividad requiere. Todos los preceptos marxistas con los que me influí mientras era un fanático de ese cine que no ve nadie, se vieron prendidos fuego en la hoguera de una sociedad capitalista capaz de producir arte de mejor calidad cuanto más dinero hay. Los géneros viajan desde humor negro, el absurdo, el cine autocelebratorio (en el caso de una de las películas que vi, de la mano del escritor francés Michel Houellebecq), la ciencia ficción o el docurreality; un banquete para todos los gustos, tantos que uno sale sin saber si lo que acaba de ver fue bueno, malo, o simplemente no lo entendió. Pero si algo he aprendido en estas cuatro décadas en las que empecé a ser formado en el arte cinematográfico under, gracias al canal I-Sat, sus cortos, su cine francés y escandinavo, es que el arte no es democrático, no es para todo el mundo que lo quiera consumir; el arte es elitista, requiere de un trabajo intelectual para captar el matiz exacto, lejos de la sobre interpretación de la que se quejaba Susan Sontag, pero sutil para entender qué se está proyectando frente a mí, cuál es el hecho artístico que se desarrolla. No siempre se entiende de una, no siempre va a gustarnos; al arte también hay que darle tiempo de proceso, de masticación. No saber si lo que se acaba de ver es bueno o malo, lejos de ser un castigo, es un desafío, el de exponerse ante aquello desconocido y dejar que el arte me imprima algo nuevo que no conocía para pensarlo, celebrarlo o condenarlo.

Reprobable haber mantenido el estilo de imagen de baja calidad, berreta, que tenía el viejo cine independiente, por cuestiones técnicas y de financiamiento, sólo para mantener un lazo de sentimentalismo con aquello que fueron y ya no son. Cuando las oportunidades mejoran, ideal es expandirse. Mantenerse en un viejo estilo de imagen que suena impostado para simular que ya no son directores desconocidos sin ricos que confíen lo suficiente en sus historias para apostar a ellas, cuando la realidad es otra, muestra al cine como una máscara, como una pose que garpa embargando quizás lo mejor que tiene el arte, incluso el que no entendemos: su autenticidad.

Sobre poses en el cine independiente es la segunda observación de este reencuentro con estos festivales en los que apenas los subtítulos pueden leerse en una pantalla extra porque nunca se traducirán a nuestro idioma, porque ni en el cinearte bajo el obelisco, al que voy religiosamente una vez por semana, las van a pasar. Los primeros encuentros que tuve con el BAFICI, cuando no era más que alguien que buscaba ser un raro, un snob, las salas estaban apenas ocupadas, la gente era tendiendo a mayor de edad y la proyección se miraba como un acto sublime, como varias personas alrededor de un fogón en la noche, embelesados por el ardor de su llama. Suponía que quienes iban allí eran personas que entendían eso que yo no podía, que analizaban la composición de la imagen y el sonido y el guion y tenían años de estudios y experiencia en el tema. Era un poco más que un adolescente neófito, hambriento, que necesitaba aprehender por osmosis ese ideal de intelectual que admiraba; aguzaba el oído con los comentarios posteriores a la proyección, observaba las reacciones ante los efectos de filmes que, en su mayoría, me parecían aburridos, pero decía que me gustaba porque sabía que me faltaba competencia suficiente para entenderlas. Luego entendí que al arte se lo entiende cuando más se lo consume.

Las salas del actual festival no se parecen en nada a la de aquellos tiempos. Dejaron de ser pequeños cines, antros en sótanos del microcentro, para cooptar los cines comerciales, las salas de los centros culturales, los lindos; y todo a su alrededor es un evento en sí. La primera película que vi del festival se llama “Dans la peau de Blanche Houellebecq” cine francés puro y duro, con todo lo bueno que significa por el nivel de debate que tiene una vuelta y media de tuerca, un poco más avanzada que el de la izquierda yanqui que hegemonizó la progresía argentina; también podía tratarse de una comedia, con la particularidad de una comedia francesa, con el humor que no es inglés, ni latino, al estilo “Le placard” o “Dix pour cent”. Que haya tanta gente esperando en el ágora mercantilista de la plaza Houssay, en las puertas de un Cinépolis bajo tierra, me sorprendió: el cine francés nunca es tan comentado, ni aceptado, refiere a ideologías que nuestra progresía repudia y, sobre todo, en mi experiencia semanal en el cinearte, un miércoles, que es el día de entradas a mitad de precio, se ocupan apenas cuatro butacas para cualquier película francesa, que no sea de Godard o Gaspar Noé.

Llegué primero que quienes me acompañarían a la velada, siempre intento que sea entre veinte y quince minutos antes. Observé el público pronto a entrar, lo comparé con el que conocía, el que mis recuerdos moldearon un prototipo de espectador. La diferencia ahogaba las expectativas de reencuentro creadas alrededor de una magra experiencia. La extremada ocupación en un estilo de vestimenta, en el detalle de la forma en la que uno se ve, fue la primera diferencia, la diferencia evidente: aros colgantes, ropa sin género, oversize, lentes grandes de marcos gruesos y sin aumento, banderolas, borcegos, tote bags; aesthetic. Los anteriores habitués hoy también pasarían como aesthetic, sólo que no lo hacían consientes, eran crotos, desinteresados por un tema que a estos nuevos habitués les resulta fundamental, los une como tribu, los eleva intelectualmente, se sienten diferentes, aunque sean iguales a todos sus pares, le da el pasaporte para pertenecer a ese evento. Esta banalidad, porque su modo de vestir no es un acto artístico, como podría ser Federico Klemm o de rebeldía como Coco Chanel, es la banalidad de la moda mainstrean, del sentirse ser algo por un hecho tan superfluo como imitar un estilo de vestir; no crear, imitar. Este patinaje sobre la superficialidad pone en duda el motivo de su presencia en ese lugar, si saben de qué se trata, si van a entender la dificultad del cine independiente, si aun no entendiendo les resultará un desafío, o si sólo la asistencia al festival es un ítem más del starter pack que representa a esta tribu. La trivialidad no ayuda a comprender el arte, tampoco la imitación de una mera imagen de quien lo comprende.

 

Foto promocional del festival de la página del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.


Durante el momento de la previa sólo habían actuado mis prejuicios; durante el momento de la proyección se confirmaron. En una sala explotada de gente tratando de fagocitarse hasta el último asiento sin numeración para ellos y para sus amigos por venir, solo reinaba el alboroto, como si apurarse para estar en la mejor posición rodeado de tus amigos fuera garantía de una buena película de cine independiente. Nada se diferenciaba de las salas de cine de Palermo ocupadas por Milis, Pilis, Tinchos, Joacos y niñas lino; las mismas vibes, con un agregado: la superioridad moral con la que se mueven por encima de sus coterráneos palermitanos. En estos festivales se come poco pochoclo, más bien, se opta por opciones veganas, amigables con los animales o cafés de especialidad: flat white o caramel macchiato. Pero en el momento que el amigo o la amiga entra a la sala, haya o no haya empezado la película, se levantarán, harán señas, indicarán los lugares reservados para estar, sin importar que detrás uno esté intentando ver la pantalla gigante. Lo que vale, pareciera ser el hecho de estar. El film, la comprensión, llegar a la certeza de si es una pieza artística muy buena o muy mala o muy mediocre, se eclipsa ante la posibilidad de retratar el momento para una story de Instagram y que tus conocidos sepan que fuiste al festival del cine independiente de Buenos Aires, que vas al cine, pero no a ver Hollywood, vas al cine de verdad. Otra pose que se autocelebra por lo mejor persona que se es, respecto del resto de los mortales.

En este mundo cada día más narcisista e individual, la cuarentena estricta y ridículamente extensa, cavó profundo e instaló bien abajo todos los vicios que del hijo único ermitaño que, en un punto, todos tenemos: nos volvimos una sociedad que prefiere estar sola en su casa con todo lo que necesita sin tener que interactuar, en vivo, con personas; hablando siempre de aquella pequeña porción de la sociedad que, dentro de su casa, puede contar con todas las comodidades relativamente satisfechas. “El viejo mundo terminó” dicen para marcar el cambio de paradigma y el mundo viene cambiando hace, por lo menos, treinta años. Los optimistas del nuevo mundo digitalizado asumen que este cambio dejara morir algunas costumbres para nazcan nuevas, lo cual requiere un cambio de cultura, por tanto, las reglas sociales antes previstas deberán cambiarse por otras asumiendo que actitudes que antes tomábamos como de “mala educación” hoy sean la normalidad, incluso aceptar que enfermedades que antes eran esporádicas y para prestar atención, hoy sean parte de la personalidad de la gente, lo llamado “normal”.

Contamos con un dispositivo de comunicación inmediata todo el tiempo en nuestros bolsillos, carteras, incluso algunos lo llevan colgados con una correa, como un blackberry (bien gráfico), sin embargo, la comunicación es más deficiente, en parte porque pocos saben leer y comprender un texto y en parte porque pocos pueden producir un texto pequeño de dos o tres líneas con la ortografía y la puntuación adecuada para que la interpretación de las intenciones de emisor sean lo más unívocas posibles. En el océano de pequeños textos que viajan a diario por nuestros teléfonos, desaparecieron las comas, los punto y coma, los acentos, los signos de interrogación, las comillas, porque en la inmediatez requerida da paja escribir tanto si sentimos que se va a entender igual. En este abandono de los signos ortográficos, estas reglas de viejos vinagres que añoran el mundo viejo, la interpretación y el tono de cada mensaje la pone el receptor; quien lee, lo leerá como enojado, como cariñoso, como preguntado o afirmando. No es la comunicación requerida, sino la deseada.

En este defalco comunicativo, otros creerán que se solventa bien con un mensaje de audio, porque el escuchar la propia voz carga de todos esos signos de puntuación que decidimos tirar a la basura en nuestra arrogancia de modernidad rápida. Basta con entrar a páginas como “Gente rota” para entender cuál es la calidad comunicativa de un audio. Como primera cosa, el audio se piensa mientras se está grabando, por lo tanto, el emisor hace partícipe al receptor de todas sus dubitaciones mientras quiere decir aquello que quiere decir; el mensaje tiene ruido, ruido efectivo, de fondo, ambiente; el audio puede ser interrumpido sin dejar de grabar por el emisor que resuelve alguna cosa con sus hijos, su pareja, en la mitad del mensaje que te está pasando. Esta dictadura del emisor, que es el mensaje de audio, obliga a que el receptor tenga una mayor concentración en aquello que se pretende decir, que haga un esfuerzo supremo para limpiar el mensaje de los pensamientos intermedios, de la palabra que no sale, que mantenga el hilo cuando el mensaje se entre corta. El emisor dirá “me resulta más cómodo mandar audio” pensando en su propia comodidad y no en la comodidad y la facilidad de quien pretendemos que reciba ese mensaje que queremos enviar. El individualismo que prima por sobre la necesidad.

Sobre la dictadura del emisor se encuentra la ausencia de horarios en los cuales se envía un mensaje, se asume que el receptor, por tener un teléfono móvil, debe estar 24/7 full time dispuesto a recibir un mensaje que muchas veces no está esperando. Yo crecí en la era analógica, cuando había un solo teléfono en toda la casa y era compartido con los demás integrantes de mi familia. No teníamos una tabla de horarios pegada frente al teléfono que indique cuando usarlo, pero existían normas implícitas, una cultura, cuestiones de respeto por el otro, que hacían que si el teléfono sonaba después de las 22:00 horas todos sabíamos que se trataba de una tragedia, porque a nadie se le ocurría molestar en el horario en el que las personas se preparaban para ir a descansar. Nada, excepto la tragedia, no podía esperar hasta el otro día. En el grupo de whatsapp del edificio en el que vivo, los mensajes arrancan desde las seis de la mañana con alguien que recién se levanta y pregunta si alguno recuerda qué día viene el fumigador, y cierran a las dos de la madrugada con alguno que escuchó un ruido en el pasillo y nos alerta que pudo haber entrado alguien ajeno al edificio para robar. Porque si hay algo que es despótico, irracional y que no respeta ninguna regla, son los grupos de whatsapp donde cada uno dice lo quiere, como quiere, amparado en el supuesto valor de la honestidad que te lleva a decirle la primera cosa que se te pasa por la cabeza al que no te cae bien. Terminan siendo espacios de mucho ruido, mucho cacareo, pocas conclusiones interesantes.

Si la llamada no pudo terminar de eliminar la comunicación epistolar (hasta el día de hoy, algunos, seguimos enviando mails de cierta extensión, como pudo ser una carta de papel en su momento y adjuntamos fotos como hacíamos con aquellas reveladas que guardábamos en los sobres, a pesar de también usar mucho la llamada) la tiranía del mensaje de texto inmediato, con posibilidad de audio y adjuntar cuantas fotos y videos queramos, terminó por destruir la comunicación oral vía llamado telefónico y la epistolar por mail. “Ya le mandé un mensaje” es la única prueba que se necesita para dar alguna actividad por concluida, dando a entender que el otro, el que lo recibió, ya se enteró, ya lo tiene en su poder y de algún modo lo acepta. “Reforzame con un mensajito porque los mails no los leo” dicen para evitar a toda costa tener que gastar su preciado tiempo en leer menos de una carilla digital. Mandar un mensaje por un cumpleaños ahorra la obligación de sociabilizar con el otro que teníamos cuando llamábamos y teníamos que entablar una pequeña conversación con el agasajado, aunque no nos importara tanto y lo estuviéramos haciendo por obligación. Entendíamos que obligarse a socializar con otros, con distintos, con aquellos no tan cercanos, con quienes no nos caían del todo bien, nos acercaba al diferente, a lo desconocido, nos volvía más empáticos con otro que si sólo lo cruzo en redes sociales quizás le tiramos hate por sus opiniones.

La empatía, ese bien tan preciado que claman los habitantes de nuestra progresía criolla que van a festivales de cine independiente lookeados como dictan las reglas del pertenecer, es lo que se pierde cuando entre las opciones a elegir, siempre se opta por aquella en la que menos gente haya que ver. La preferencia de trabajos home office o emprendimientos que puede hacer uno desde su casa, arrasó con la empatía que se genera producto de tener que toparse todos los días con gente que sólo comparte con vos el trabajo, pero que, en algunos tiempos muertos o tiempos que nos hacemos como escape, conversamos un poco más para entender quién es ese sujeto que lo único que lo veo hacer es cargar facturas en un sistema: cuantos colectivos se toma para llegar, los problemas con sus hijos, de qué equipo es hincha, a quien voto. Obviamente que estos encuentros no son siempre gratos, a veces están rodeados por el conflicto o el hastío, pero entender que el tipo que no te cargó la factura, en tiempo y forma para emitirle el pago a tu proveedor, detrás tuvo que tomarse tres bondis y salió a las cinco de la mañana, que tiene problemas con uno de sus hijos porque está por repetir de año y que lo único que quiere es llegar al fin de semana para ver a boquita, no lo exime de sus falencias laborales, pero le da a uno una perspectiva más amplia de la complejidad de las personas, complejidad que nosotros mismos tenemos y nos cuesta ver en otros por la cuestión de la falta de empatía. Complejidad que no nos va a hacer preguntarnos azorados, parados en nuestros borcegos, con la tote bag colgada en el hombro, a punto de entrar al BAFICI “¿cómo es que la gente votó a Milei?”. Asombrarse de un resultado abrumador es parte de no haber visto que el mundo es más extenso que las cuatro paredes de mi casa, que mi zoom, que la gente que se viste como yo, que consume cine raro, no come carne, fuma porro y cigarrillo armado. Afuera hay un mundo distinto que no conocemos porque estamos más tranquilo dentro del que conocemos. Eso sí, a veces los de afuera, son mayoría y a llorar a la llorería.

Como vimos con el servicio de mensajería digital inmediata, el home office o aquellos que migraron a ser sus propios jefes con emprendimientos que se autogestionan y autoabastecen, se produce la eliminación completa del horario; el objetivo por encima del cumplimiento. Responder desde tu smartphone un mail laboral mientras estás esperando que empiece la película en el cine, no te hace más libre debido a la flexibilidad, te transforma en un esclavo del trabajo que no puede cortar nunca con su obligación laboral, gracias a la flexibilidad (hablando siempre de gente que no trabaja de transplantar corazones, aunque en ellos la cosa sea un poco distinta también a como era antes). Poder llegar a cualquier hora a la oficina o poder conectarse en cualquier momento importando solamente que se cumplan con las horas solicitadas y con el trabajo realizado hace que horario de comienzo de algo sea algo completamente accesorio, algo flexible que se puede elegir. En las tres películas que vi en el festival de cine independiente de Buenos Aires, sucedió lo que sucede habitualmente en los cines: una vez empezada la película, hasta quince o vente minutos de arrancada, siguió entrando gente acomodándose, tapando el resto, pidiendo permiso, interrumpiendo los primeros minutos de una trama que te tiene que conquistar para dejarte enganchado hasta el final. Se llega a la hora que se puede, aduciendo a un tránsito que, cuando se cumplían los horarios, era peor o a un clima que siempre fue cambiante o a otras actividades que siempre tuvimos que hacer. Decir que no se puede cumplir un horario porque es más fuerte que uno, es el producto de una cultura que nunca se los hizo cumplir, que nunca le quitaron un presentismo por llegar tarde a un laburo o nunca se quedaron libres por las faltas. Respetar un horario se lee como el pedido de una preceptora de colegio secundario y creen que ya no estamos para eso. Respetar un horario es concebir que hay otro, un desconocido quizás, que está esperando para hacer lo mismo que vos, con vos, que también pone en juego su tiempo para realizar una actividad colectiva, algo que no sólo depende de uno sino de un grupo de personas que se juntan para hacer una cosa específica, que, en el caso del cine, no es juntarse a odiar, sino juntarse a hacer algo tan maravilloso que tenemos como seres humanos, que es juntarse para apreciar un arte. Respetar un horario es ser empático.

En el momento de la cuarentena cuando nos hicieron ver que juntarse implicaba un peligro, el placer de estar en la casa de uno se transformó en la única forma de placer concebida, eso incluyó a nuestras aproximaciones al arte: vimos obras de teatro a través de una pantalla, conciertos, y todo el catálogo de una plataforma de streaming que nos obliga a definir sólo a nosotros, a nuestra única decisión individual, qué mirar. Atrás quedó, como cosa de viejo, el hecho de prender la tele y dejarme llevar por lo que un programador eligió para mí en ese horario, para amarlo u odiarlo o incluso para esperar el horario en el empezaba lo que me interesaba para ordenar la cena, los chicos, el baño. El arte es a demanda, nadie puede ponerte encima de las narices aquello que uno no requirió, y siempre vemos lo mismo. “No hay nada para ver en Netflix, ya me vi todo” dicen, cuando en realidad vieron aquellas cosas que se amoldaban a lo que estaban buscando, ese es el ver todo; y que no haya nada, significa que todo lo que están viendo es exactamente lo mismo, el arte pasa a ser un hecho predecible y no una vanguardia. Por otra parte, el consumo del arte que se consume de manera colectiva, como en el cine, tomó las costumbres, ya no de un evento conjunto, sino de aquellas con las que me muevo en mi sillón cuando maratoneo alguna serie hypeada. En los cines la gente se levanta al baño en la mitad de la proyección, come comida ruidosa o hasta quesadillas, comenta con el que tiene al lado, chequean las notificaciones de teléfono para ver si ese trabajo flexible que tienen les dejó una hora y media libre en la pueden olvidarse de todo lo demás y entregarse al arte que otro nos propone.

De esa gente vestida extravagante que llenó las salas de los cines del BAFICI, que llegó a la hora que le dictó su corazón o la que pudo, porque nos exigen que no subestimemos las posibilidades ajenas, que comió, habló, se levantó, encendió la luz de la pantalla del celular en una sala oscura para ver cuántos likes sembró, es que se trata el nuevo público de un cine independiente que hasta el día de hoy me cuesta entender, en algunos casos. Y me veo movido a preguntarme cuánto es lo que ese arte tan complejo que nos propone el BAFICI llega a las almas de esos espectadores o si estamos hablando de una pose que se volvió cool. Con este cambio de paradigma que estos chicos fomentan y defienden o que tienen elaborados argumentos para sostenerlos, ¿cómo se puede entender un film que requiere de un proceso de masticación y maceración en este mundo de inmediatez dónde se conforman con el primer resultado que les tira Google? En esta sociedad empastillada y sobreanalizada contra la ansiedad ¿cómo hacemos para exponer a alguien a largos minutos de una misma escena que en apariencia dice sólo una cosa, pero está diciendo mucho más, como pasa en “Taxi driver” de Scorsese o en “Irreversible” de Noé? ¿cómo logramos en un mundo transformado en Disneyworld, hecho para ser siempre entretenidos, para evitar a toda costa el aburrimiento, que alguien se someta a las largas escenas sin sonido de imágenes gélidas que tiene “Shoah” de Lanzmann para darnos el tiempo suficiente para digerir que el Estado alemán de los años 30’s y 40’s se eficientizó con el único propósito de matar más gente en menos tiempo y con menos recursos? En este mundo dónde la mala educación refiere a soltar inmediatamente a quien ya no te interesa sin comentario más que el obvio y sin la obligación de excusarte con alguien aún desconocido, y que llaman gostheo, cómo hacemos para someternos al final de una serie como “Los Soprano” que no tiene el chan, chan típico del tango que nos indica que el show terminó ¿cómo nos sometemos así a aquella literatura que sus finales se van en fade, sin más, con mucho más por decir, pero que ya está? ¿De qué manera calmamos tanta ansiedad y no generamos gente tóxica que necesita contar cuantos likes tiene la publicación de su pareja o stalkea, como gracia, a quienes le pone like? Yo vengo de una época en la que esas obsesiones eran parte de una locura que a uno le costaba asumir e incluso trataba de no caer en ellas; vengo de una época dónde esas obsesiones terminaban en “Misery” de Stephen King.

En su último libro de ensayos, Beatriz Sarlo, se pregunta si la cultura contemporánea puede pensar algo nuevo, y habiendo vuelto a las salas del BAFICI, entiendo que hay gente intentando pensar novedades. Novedades que no entiendo del todo, que dejaron de ser predecibles para mí y que ni siquiera estoy seguro si son verdaderas novedades, eso implicará un trabajo intelectual que no puedo resolver en semanas de terminado el festival. Ahora, si hay gente que está pensando cosas nuevas ¿hay gente que esté pudiendo leerlas y asimilarlas? ¿o eso no entra en una historia de Instagram? Estas son mis preguntas de pedantería intelectual.        

 

Publicado por Juani Martignone.

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