El quinto kirchnerismo

Lo leí por primera vez en el libro de ensayos de Beatriz Sarlo “La audacia y el cálculo”: el kirchnerismo ganó la batalla cultural. Y a medida que pasa el tiempo, y como ya lo había hecho en “Escenas de la vida posmoderna”, Sarlo volvió a anticiparse a lo que vendría más adelante. Hoy vivimos en una cultura que moldeó el kirchnerismo, desde la llegada de Néstor y que se intensificó luego del conflicto con el campo con Cristina. Lo curioso, o no tanto, porque si algo dijimos quienes, en su momento, nos opusimos al llamado “lenguaje inclusivo”, es que la cultura no se puede moldear, no puede determinarse a dónde llegará ni cómo se usará. De la misma manera que pasó con el “inclusivo” que hoy es símbolo del despotismo progresista, a la par de la cultura de cancelación y la política identitaria, la batalla cultural ganada por el kirchnerismo, fue tan enraizada en la sociedad que, hoy, el movimiento libertario, que dice oponerse a aquellos quienes rinden culto a Néstor y Cristina, usan los mismos elementos culturales que inauguró, a principios de siglo, el matrimonio presidencial: las líneas argumentales, la épica, la retórica, los conceptos, algunos de sus los modos, el desprecio por la institucionalidad; sólo que en la línea ideológica opuesta. No descubrí nada que ya no haya dicho la mismísima Cristina Fernández de Kirchner en su extensa carta de 35 páginas que poquísimos acólitos de su figura leyeron porque su veneración parece no ser por el contenido, sino por la imagen o el recuerdo o el deseo que se proyecta en sus mentes. Cristina afirmó que Milei y su movimiento libertario, son como ellos: también “van por todo”.

 



La batalla cultural se gana cuando una cultura queda instaurada en una sociedad como normalidad. La cultura de gobernar llevándose todo por delante, yendo por todo, con la única legitimidad otorgada sólo por sus seguidores a ultranza, que son la mayoría, sin lugar para el disenso, es la forma en la que hoy gobierna Milei y la que gobernaron los Kirchner. Nos encontramos frente al quinto gobierno kirchnerista. Y como los movimientos culturales son difíciles de torcer de dirección, sólo se cambian con capas y capas de nuevas culturas que se sedimentan. La pregunta que sobrevuela en el aire es, si en adelante, esta forma de gobernar que se habilita, independientemente de la ideología que profese, será la forma habitual de gobernar: ¿habrá más kirchnerismos? Y la respuesta está supeditada únicamente al éxito del gobierno, entendiendo éxito como un proceso que dura en el tiempo, que trasciende varias generaciones. Muchos recordarán los doce años de kirchnerismo como la “década ganada”, aquel tiempo en el que les fue bien, un tiempo de bonanza económica y social sin igual, sin embargo, aquel supuesto andamiaje construido por un kirchnerismo envalentonado, que duró poco menos de lo que se considera el tiempo de una generación, no duró ni cinco minutos una vez que pusieron un pie fuera de Balcarce 50. Fue tan endeble que alguien, incluso con la maldad de la que se lo acusa, lo pudo hacer trizas con apenas soplar durante cuatro míseros años, y no sólo eso, sino que cuando volvió el cuarto kirchnerismo, como Cristina parte fundamental del poder ejecutivo nacional, no pudieron recomponer su ideario de epopeya; solamente empeoraron, más que ningún otro gobierno en la historia.

La juventud maravillosa. Las crisis sostenidas en el tiempo, durante décadas, por más que cuenten con pequeños picos en alza que luego vuelven a caer en el sendero de la malaria, lo primero que hacen es destrozar la idea de horizonte, incinera toda posibilidad de utopía y funde la idea de un futuro mejor, de llegar a subir un escalón en el cual ya no debemos preocuparnos por cuatro o cinco cosas básicas que hoy nos desvelan. Siempre, quienes más sufren esta pérdida, son los más jóvenes. Aquellos cuya piel no está tan dura a golpe de devaluaciones, todavía no se han defraudado por las novedades y creen que eso, que se sale del molde, es simplemente mejor por salirse del molde, por no seguir la manada; allí reside la pequeña revolución que calma la sed de vivir en los restos de una orgía que nunca participaron y que ahora, los quieren hacer limpiar; “vota bien” les dicen.

La certeza de un presente arrasado y un futuro más árido aún es la tierra en la que nacen los nuevos populismos, de derecha, de izquierda, kirchnerista o libertarios, todos populismos, en fin, que se presentan ante una sociedad extenuada, cansada de confiar, harapienta y famélica, como la solución a todos los males. Algunos, los zorros viejos, ya lo olfateamos, los jóvenes aún sin el hocico ducho para buscarse la comida, tienden a caer en la trampa del líder que nos pide que lo erijan como mesiánico. Los puntos de partida de ambos movimientos (el kirchnerismo y el movimiento libertario) son similares: crisis profundísimas como la del 2001 y la del 2021. En números económicos, la crisis de 2021 fue más grave que la del 2001, sólo que tuvo la “suerte” de no estar acompañada por una crisis institucional y política, porque si hay algo que nos puede proveer el peronismo con eficacia, sin dudas, es la estabilidad política. Por otra parte, la sensación de crisis del 2001 era más generalizada, fogoneada en medios y con una realidad que nadie se calentaba en ocultar; la del 2021 tuvo periodistas muy benévolos y nos pusieron cuanta guita pudieron en los bolsillos para que levantemos la perdiz.

La promesa de sacarte de sacarte del fondo que estás tocando con la cara estampillada es atractiva sólo si viene de alguien que no conocemos, alguien que no fue participe (o al menos no lo vimos activamente, después veremos si no estuvo siempre) de ese drama que nos subsumió en la crisis y en la pobreza: un outsider, alguien que la ve desde afuera, que dice que sabe cómo resolverlo y además tiene el valor de hacerse cargo del problema. En Estados Unidos sucedió con Trump, en Argentina en 2001 nadie conocía a un tal Néstor Kirchner que venía de una provincia rica, cargado de promesas y dispuesto a no dejar sus valores en la puerta de La Rosada; Javier Milei era un desconocido cinco años atrás, y sólo se lo conoció por sus comentarios de panel cuando se lo invitaba como opinólogo a un programa, asegurando que tenía la clave exacta para resolver los problemas. Populismos. Son portadores de la solución, saben endulzar el oído, vendiéndose como hombre de valores (Kirchner) o como un hombre enojado con lo que nos hacen (Milei) y además gozan con el beneficio de tener un curriculum desconocido “por qué no probar ¿no? Si todos los demás fueron los que nos trajeron hasta acá”.

Un populismo no se mueve sin gente que lo apoye, sin masas populares que le den un baño de legitimidad, que acompañen a su líder, confiando, creyendo, militando. Néstor se auto adjudicó haberle devuelto la política la juventud y vimos el nacimiento de un movimiento de jóvenes, masivo, que se dio a llamar “La Cámpora”. Hoy el movimiento libertario que acompaña, sostiene y apuntala a Milei es un movimiento principalmente de jóvenes, en este caso, varones en su mayoría. La juventud, ese divino tesoro, son los primeros que salen a mansalva a creer en la novedad y a darle valor por el mero hecho de ser una novedad.

Es sobre todo a los jóvenes a quienes les cala profundo el discurso idéntico de todos los populismos que antes de su llegada vivimos engañados, pero serán ellos quienes podrán todos los patitos en fila y harán justicia por los crímenes del pasado que sufrimos; crímenes sociales, políticos o económicos, elige a tu propio populista. Y es lógico que sean los jóvenes, principalmente, quienes le crean, porque es la juventud quien más sufre los flagelos de las crisis económicas y sociales: son ellos quienes apenas salieron al mercado laboral y no saben como remar en el fracaso que muchas veces el trabajo trae; son ellos a quienes todavía no les han prometido lo suficiente defraudándolos; son ellos, con la arrogancia típica que les da la juventud, quienes creen que pueden romper todo lo anterior, lo viejo, lo que hicieron sus padres y pretender imponerse: la revolución. Las mismas motivaciones que llevan a un joven a creer, serán las mismas que mantengan la estabilidad y la durabilidad de un régimen populista, porque el líder populista sabe amenazar con sutilezas: “Si no soy yo, vuelven los otros”. Esa política de terror que promete volver al fango del cual, en teoría, te sacaron si no los seguís apoyando, es la que los mantendrá haciendo la vista gorda a todos aquellos vicios que copian de sus predecesores, de los cual decían diferenciarse.

Nosotros y Ellos. En todo populismo que se precie de tal mote, para su supervivencia, es necesario que, además de una retórica salvadora y mesiánica, también haya un miedo mayor que esté siempre atentando contra el régimen, permanecer en una batalla constante para que el líder populista nos demuestre que está ahí, luchando y luchando por nosotros, que necesita que no lo derroquen, que no le trunquen sus planes. Pero para que no lo derroquen, antes, debe existir alguien que pretenda hacerlo: el enemigo. Un enemigo bien creado, no solo mantiene en el poder al líder populista, sino que también es el chivo expiatorio de todos los resultados que no llegan porque “no nos dejan gobernar”.

Un populista tendrá siempre un enemigo principal y otros que se irán acomodando en función de la necesidad momentánea, lo que no indica que todos los enemigos estén conectados entre sí, incluso, aquellos pequeños enemigos son el producto del enemigo mayor, son esquirlas que fue dejando para destruirlos. De esta forma, podríamos decir que el enemigo principal de kirchnerismo fue el neoliberalismo, un concepto que explicaron vagamente, que muy pocos lo entendieron, pero que se repitió hasta el hartazgo y siempre funcionaba como se lo esperaba. Luego, a medida que lo fueron necesitando, usaron pequeños enemigos de coyuntura: el campo, Clarín, el poder judicial; todos ellos como hijos del enemigo mayor: el campo es neoliberal, Clarín tiene una mirada sesgada por el neoliberalismo, el poder judicial responde a intereses neoliberales. El gobierno de Javier Milei eligió como main enemy a “la casta” concepto también poco explicado, cómo se usa o por que aplica con algunos, pero no con otros que, claramente, serían parte de esa casta que el presidente denuncia que se interpone en su camino. Luego, ese gran enemigo tuvo pequeños enemigos salidos de la misma entraña: Lali, perteneciente a la “casta de los actores”; las universidades públicas, parte de la “casta intelectual/educativa”; el congreso que no le aprueba lo que quiere porque se les acaban sus privilegios de “casta política”. Y entre el abanico de los enemigos grandes y los enemigos chiquitos se ubicarán todos aquellos quienes no acepten sin objeciones lo que el gobierno dice o propone. Un buen termómetro son las marchas: en 2015, luego de la primera marcha de “Ni una menos” (la única en la que no participó ningún partido político), Cristina Fernández de Kirchner se refirió a la misma como una marcha opositora; calcadas palabras usaría Milei al ver la multitudinaria marcha a favor de la educación pública en 2024. 

Como indica la teoría complementaria, siempre que haya un enemigo, debe existir un amigo, uno que funcione como acólito obstinado, que estando al lado del populista marque la diferencia con quien no está, con el enemigo. La cooptación de figuras políticas de otros partidos a través del enamoramiento de la novedad, funcionó con el kirchnerismo, cuando se hizo de varios radicales a sus huestes, los cuales llamaron “radicales K” (un ejemplo bien gráfico es Leopoldo Moreau o Diana Conti, que quien hoy nadie podría imaginárselos más que unos kirchnerista acérrimos, pues eran radicales de origen) y funciona hoy, cuando Milei conquista con cargos a figuras de lo que él mismo llamó “Juntos por el cargo”, y fue así que transformó en la más libertaria de las libertarias a Patricia Bullrich, del PRO, o a Luis Petri, radical, para nombrar algunos ejemplos. Pero los amigos en la política, aunque son útiles, no son los únicos, sin el llamado “apoyo popular” no hay ni Contis, ni Petris, ni político elocuente y amado que fuerce la idea de amigo-enemigo. El séquito, los seguidores, aquellos que te militan en redes y almuerzos familiares, son quienes deben ser protegidos para no se termine la amistad, la legitimidad; y si algo te infunde cercanía hasta la pleitesía, es el sentido de pertenencia: funciona desde un equipo de fútbol hasta una institución escolar. La pertenencia se da brindándoles una personalidad, un estilo que lo distingue como grupo. Aunque para un populista la ideología, a pesar de marcarla como su único norte, es completamente volátil porque deberá amoldarse a la necesidad; se identificarán entonces, por oposición, por aquello que no son. El kirchnerismo pudo ser protector de Menem, ser de izquierda o benefactor de los bancos, pero nunca será “gorila”; los libertarios podrán mantener castas entre sus ministros, fijar el precio de las prepagas, impedir la paritarias libres o “robarle” con más impuestos a las ganancias, pero nunca serán “orcos”.

El call center de Marquitos. Las batallas entre “orcos” y “gorilas” siempre trascienden la virtualidad y se presentan un domingo de pastas en familia para escupirle a la abuela todo lo vieja retrógrada que es y cuan poco hizo por este mundo de mierda en el que vivimos. Lo que no quita que las redes sociales son un instrumento fundamental para bancar y apoyar a un populismo en vías de extremismo. Las redes sociales gozan de la impunidad de no tener al otro tête à tête, de enfrentarse con un avatar a quien se lo puede insultar en un segundo, o no, o elaborar y producir respuestas picantes para knockear con datos que no importan tanto, porque nadie lo va a chequear del todo, y recibir la congratulación de otros avatar que pondrán “me gusta”. En vivo, las respuestas no son tan rápidas, ni tan ingeniosas, ni tan valientes para decirle a alguien en la cara que es un chorro o un cómplice de la dictadura. Las redes exprimen la violencia más intrínseca de uno para revolearla a un timeline que sentimos inofensivo, pero en el que creemos que puede torcer un rumbo, mostrar al mundo una realidad desconocida, brindarle una epifanía a un idiota que, como nosotros, está tirando en su sillón, panza arriba, scrolleando.

Pocas cosas cambiaron gracias a las redes sociales y casi todas se las llevan las mujeres: la quita del hiyab en los albores de la primavera árabe, Ni una menos, la legalización del aborto, la apertura de las escuelas cerradas luego de dos años de decretada la pandemia. De todas, los resultados sociales son anversos: las mujeres árabes siguen obligadas al hiyab y le seguirán extirpándole el clítoris apenas nazcan; la violencia de género se visibilizó, pero no movió un solo milímetro las estadísticas; el aborto el legal, pero no está asegurado ni acompañado para las mujeres pobres, para quienes se había pensado; y las escuelas abrieron, pero menos del 20% de los que se egresan del secundario entienden lo que leen, al resto, un texto como este, les parece inabordable, sean de la escuela que sean, provincia que sean, clase social que fueran.

Lo que las redes sociales ganan con bastante efectividad es la batalla cultural. Quienes twitteamos asiduamente desde el inicio de la red, cuando todavía se llamaba Twitter y no existía el “me gusta”, añoramos la arena y el barro digital que se daba en el 2008. La comunidad era pequeña, intensa, pero ahí se daban las batallas intelectuales en busca de sentido. Cuando llegó Macri a la presidencia, el kirchnerismo acusó al gobierno corriente de tener un call center de twitteros pagos, que salían a defender a capa y espada cada medida de gobierno, lo mismo que había sucedido desde 2008 a 2015 con cada una de las cadenas nacionales de Cristina, que fueron exageradamente muchas, y que se comentaban y se debatían revoleando tweets de 140 caracteres. El kirchnerismo tuvo un grupo intenso de defensores virtuales que aleccionaban a quien no se plegaba al discurso oficial, que inventaban con ingenio palabras para instalar hashtags como “empresaurio” o “clase mierda”, pero no eran pagos, eran verdaderos convencidos. Tan convencidos e intensos como se los ve, hoy, a los twitteros libertarios que te quieren hacer callar a golpes de “no la ven” o instaurando hashtags graciosos como “Lali depósito”. Para ambos no es un trabajo remunerado, es salir a defender sus ideales, su cultura, y la forma más efectiva es la virtualidad porque es donde más fácil se puede eliminar el disenso: block y a otra cosa.       

Clarín miente. En lo que va del año el presidente Milei metió cinco cadenas nacionales en cuatro meses, un promedio que iguala al de Cristina de 1,2 cadenas nacionales por mes. La cadena nacional no es el problema, de hecho, es un instrumento del poder ejecutivo, el problema es el uso que se da. Si quitamos las cadenas nacionales que Milei realizó por puro protocolo, la de asunción y la de inauguración de sesiones ordinarias, las otras tienen el mismo espíritu que tenían las cadenas de Cristina: hacer anuncios de gestiones que iban a hacer o felicitarse a sí mismos por su propia gestión. Auto laudatorias, onanistas. Es uso de la cadena nacional en ambos casos está movido por la desconfianza de los medios de comunicación “si no lo cuento yo, en los medios, que me odian, no van a decir las buenas noticias o la gente no se enterará que estoy por mandar una ley”, apuntan al contacto directo del líder con su pueblo, sin intermediarios que lo ensucien, que lo mastiquen, que lo editorialicen; el populista se debe únicamente a su pueblo, no da explicaciones a periodistas que son parte del staff de enemigos.

Para que toda republica goce de buena salud necesita periodismo, del bueno, del malo, del mediocre, de ese que nadie consume; más y más variado. Pero los populismos ven en el periodismo un cuarto poder siempre dispuesto a derrocarlos, que esconden detrás intereses espurios, financiamientos maliciosos. La técnica para combatirlos es sencilla: la comunicación se realiza directa entre el líder y el pueblo mediante la cadena nacional; a los periodistas que no se pliegan, se los demoniza, algunos, como Milei, los llamará ensobrados y otros, como Cristina, dirán que les paga Magnetto (no es tan curioso que los periodistas enemigos de uno y de otro sean los mismos: Lanata, Fontevecchia, por nombrar algunos); y luego existirán otro grupo de periodistas acólitos, falderos, los verdaderos ensobrados que impostarán convicción auténtica y defenderán cuanta barbarie salga de la boca del líder populista; con Cristina se llamó 678 y con Milei se llama La Nación+.

La Cerruti de ellos. Los medios necesitan cubrir a diario tapas, hojas, caracteres en sus sites; necesitan la noticia al punto de generarla, porque hablar de Gran Hermano ya no garpa o no hay nada más de qué hablar, más que el mismísimo vacío. El cuarto kirchnerismo, liderado por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner creó una figura que más que un puesto de ñoqui del Estado, fue un estilo: la vocería presidencial demostró su eficacia para distraer al periodismo que, cada vez más, muestra no estar tan lejos de la generación de chicos que no entienden lo que leen.

El estilo que forjó Gabriela Cerruti no fue inocente, sino más bien premeditado. Un estilo pendenciero, dándole instrucciones al periodismo sobre qué preguntar y cómo preguntar y explayándose profusamente sobre los temas más banales y usando respuestas cortas, monosilábicas, o indicar que ya lo había respondido, cuando la pregunta se exigía un grado de explicación de lo inexplicable. Precedido y educado por una fiel militante de su partido, dispuesta a brindar lo que el partido necesite, sea bueno o malo, Manuel Adorni imita al detalle el estilo y las tácticas de Cerruti: ningunea a los periodistas, los putea, les dice que no saben cómo trabajar, a la vez que los llama por su nombre de pila (tal como hacía Gabriela), porque si hay saña que no se note tanto. Tanto Adorni como Cerruti, entendieron bien su papel: disuadir, llevar el tema de conversación a debates inocuos para que mientras, su líder ajuste, haga lo que siente que tiene que hacer, fuera de los ojos de un periodismo que más que inquisidor se ha dejado tomar por el juego de gente que les dice en la cara que no hay tal crisis. Si Cerruti trataba de llevar la conversación a la cuestión género, espacio donde se sentía cómoda y con razón, Adorni, la lleva a los perros del presidente, su existencia, su clonación, etcétera, para que, cómodo y con razón, pueda revolearle en la cara a los periodistas, que se creen sagaces, que sus preguntas son estúpidas.

Con el temple de un kamikaze, los dos últimos voceros presidenciales tienen el mérito de tener una cara impertérrita, sin ningún músculo móvil y actuando con total normalidad cuando niegan lo evidente. Dicen “no” con cara de convencimiento y anulan la pregunta. Aunque la realidad sea otra, el periodista se vio como alguien que acaba de hacer una pregunta simple que se sació con una respuesta simple. El trabajo de los voceros es un muy buen trabajo para el fortalecimiento de un régimen que apunta a la retórica en detrimento de la realidad.   

Los números del INDEC. El funcionario ultra kirchnerista, Aníbal Fernández, me bloqueó de Twitter circa 2010 después de un comentario mío sobre sus dichos que la inseguridad era una sensación. Y aunque muchos podamos seguir creyendo en lo deleznable de sus dichos, fue, nuevamente, como Cerruti y Adorni, terriblemente efectivo porque suplantó una realidad palpable por un sentimiento que atraviesa los sentidos: si las estadísticas indican que vivimos en un país cada vez más inseguro, lo importante es que uno no se sienta inseguro al caminar por una calle, porque si no se siente en la piel ¿realmente sucede?

El sentimentalismo es una práctica política habitual, defender la salud o la educación pública dependerá si la gente tiene algún sentimiento positivo sobre ello desconectado totalmente si tanto uno como otro dan buenos resultados que modifican positivamente la vida de esa gente. Siento, luego existo. Esta práctica se toma de los medios sensacionalistas que apuntan al sentimiento, al dolor, a la ira de quienes lo consumen, para crear así una idea de realidad. Ver la tortura seguida de asesinato con saña que sufre una abuelita pobre para robarle los $200.000 de jubilación me generará la sensación de vivir en un país que te matan para robarte nada, a pesar de que las estadísticas digan que los robos violentos mantienen los índices más bajos de la historia argentina y de la región. Aníbal era vivo, conocía la técnica y la usaba a su favor para pintar una realidad que no se traducía en la esquina llena soldaditos ni en las estadísticas que anunciaban la degradación lenta e inevitable de la sociedad; hablaba de sensaciones.

Del mismo modo, las estadísticas del gobierno de Javier Milei no avizoran las buenas noticias que infunden con retórica que multiplican con sloganes y frases hechas, en cadena nacional, con su vocero presidencial, con sus acólitos en redes sociales. La retórica que da un baño de épica al trabajo de un gobierno que pretende verse como excepcional, aunque el rey esté desnudo.  

No la ven. En los populismos las ideologías son la etiqueta que dice gobernar, los líderes son, simplemente, aquellos medios únicos y estrictamente necesarios, que requieren las ideologías para ser llevadas a la práctica. Y acá podemos encontrar dos estilos entre los populismos del kirchnerato y el libertario. Durante los primeros cuatro kirchnerismos la palabra autorizada era la de los intelectuales, mientras que, durante el gobierno de Javier Milei, la palabra que vale es la de los técnicos. Entre técnicos e intelectuales el debate se vuelve extremista, el péndulo se acerca al mundo de un ideario, utópico por momentos, justificativo por otros, e inmediatamente y sin niveles de traspaso se aloja del otro lado, el de los tecnicismos. Lamentablemente para tecnócratas y soñadores, mi tesis es que la vida es un pelín más compleja, por no decir que es bastante más compleja: no estamos 100% representados por una idea ni por un numero en una celda de Excel; somos eso, somos ambos y somos algo más y la combinación de todo eso junto que muchas veces es imposible, inexplicable e imbécil. Debatir parados sólo de uno de los lados del péndulo solo lleva a alguno de los dos tipos de populismo.

Cuando la realidad apremia, expone al dato técnico o cuestiona la idea que tan bonita suena dicha, los populismos de los Kirchner o el de Milei recurren a otra práctica tan conocida y extendida como tramposa: el cherry picking. Se llama así por su traducción: elegir la cereza más linda de todo un cajón de cerezas en vías de putrefacción. Cuando Cristina decía que el salario argentino era el más alto en dólares de la región, el dato era correcto: la cereza linda; lo que no contaba era que el costo de vida aumentaba mes a mes tras una inflación que, aunque se haya encargado de dibujarla, nunca pudo controlar y sólo aumentó: las demás cerezas putrefactas. Cuando Milei dice que bajó 10 puntos porcentuales la inflación, el dato es fáctico: la cereza linda; lo que se olvida de decir es que en diciembre de 2023 metió una devaluación que aumentó la inflación en 15 puntos porcentuales, o sea que solo bajó lo que él mismo generó y que aún no llega al nivel inflacionario desesperante que nos dejó el abogado de la UB, Sergio Massa: las cerezas podridas del cajón.

Los populismos son arrogantes al contar la realidad, explican lo que el otro no sabe, cuando el otro es quien no los votó, y lo explican denigrando, rebajando por no ver el dato de la cereza bonita. Ellos si ven la demás pudriéndose, pero saben elegir porque hay una épica que construir; sino así el régimen no se sostendrá solo. 

Armen un partido y ganen las elecciones. De las cosas más interesantes y complicadísimas que tiene defender la democracia es la representación de las minorías. Sí, gana el que más votos tiene, aprobé con buenas notas todas mis clases de instrucción cívica, pero justamente como las aprobé bien y he leído más que para el colegio la constitución, se que, aunque el que gobierne sea el que más votos saca, todos aquellos que sacaron distintos porcentajes, mínimos o mediocres, también se encuentran representados en un congreso que, para sorpresa de muchos, también es parte del gobierno y de las decisiones de Estado. Un presidente que sólo decide lo que él (o ella, por supuesto) quiere, es como mínimo un déspota, un tirano, un monarca. Los tres poderes gobiernan y se controlan entre sí, aunque como ciudadanos sólo vayamos a golpear la puerta de la Casa Rosada al grito de “señor presidente, tenemos hambre". Yo, acostumbrado a que mis decisiones presidenciales o de jefe gobierno nunca ocupen los sillones de poder (desde 2001 a la fecha ningún presidente que nos gobernó contó mi voto), me enfoco en hacer llegar a los representantes que me interesan al congreso, y los observo, los interpelo, con mis magras herramientas, porque ellos sí son quienes me representan. Nada tuve pedirle a Cristina o a Milei porque nunca esperé nada de ellos, pues no creía en ellos, en cambio sí lo hice y lo hago con Carrizo, Stolbizer o Lousteau cuando ocupan sus bancas, porque son ellos los únicos que me pueden defraudar; los demás ya lo habían hecho antes de asumir. Mi pequeña minoría perdedora eterna de elecciones encuentra en esa gente su representación, aunque al final del día gane la mayoría.

Creer que la democracia es sólo un gobierno de mayorías es no creer en la democracia, no creer en sus instituciones. El kirchnerismo y los libertarios desprecian las instituciones creadas para representar a las minorías, para poner coto a las mayorías arrasadoras. Milei se ofende porque no puede simplemente generar un DNU y que todo se haga como quiere, y que puede ser rechazado por la Corte Suprema o desaprobado por la bicameral del Congreso ¿cómo no puede hacer lo que él quiere si ganó con el 56% de los votos, con la mayoría del pueblo a su favor? Este rulo de pensamiento despótico fue bien representado por el tercer kirchnerismo, cuando Cristina Fernández de Kirchner ganó con el 54% de los votos y lanzó su proclama, con los cadáveres calientes de la tragedia de Once, del “vamos por todo”. Ante tanto atropello de esa mayoría intensa que pretendía fagocitarse a todos los que estábamos dentro del 46% que no la votó, el fiel soldado, digno de subordinación y valor, Aníbal Fernández, dijo que al que no le guste, que se arme un partido y gane las elecciones. Cuatro años después un partido vecinal, como el PRO, con un armado a los apurones y cooptando a cuanto suelto había por ahí, armó la coalición Cambiemos y le ganó las elecciones. El dolor de tal pérdida ante el candidato del kirchnerismo Daniel Scioli, hoy fiel funcionario de Milei, hizo que Cristina, ni siquiera, traspase el mando al presidente electo alojada en tecnicismos; la dictadura de las nuevas mayorías no le gustó. Así de jodida es la democracia, por eso, siempre es más sencillo un populismo, aunque vos no estes dentro de ese “pueblo”.      

 

Publicado por Juani Martignone.

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