Un glory hole para los heterosexuales
La noticia que llegó a las manos de todos contaba que un varón trans de veintitrés años se había metido en el cubículo de un baño de un Coto en Lanús, se había sentado para hacer pis (pues para quien aún esté confundido: un varón trans tiene vagina) y del otro lado, un varón cis de diecinueve años metió su pito intencionalmente en un agujero que daba al cubículo donde estaba el varón trans, que al ver frente a sus narices semejante espectáculo se escandalizó al punto de denunciarlo, que se haga público, que se genere un revuelo extravagante sobre tema y que la historia llegue a todas las pantallas de los smatphones en forma de noticia o meme. El mundo estaba conociendo lo que era un glory hole. Cuando digo “mundo” me refiero al mundo oficial, al heterosexual, al que se encuentra a la vista de todos porque está protegido, en el que están quienes son aceptados o soportados sin emitir sonido, por temor a la corrección política.
Esta novedad que toma por asalto a quienes hasta hace muy
poco creían que los baños eran un territorio puramente fisiológico y
desconocían todo el mundo gay que viajaba como ríos bravos tras catacumbas en
una ciudad (y un conurbano, en este caso) que nunca eligió subsumirse ante las
condiciones heteronormadas que nos imponían y buscó las formas que encontró
para poder subsistir. Con esto digo, que, para el mundo gay, los glory holes no
son una novedad, sino más bien una normalidad, que incluso, podría afirmar,
casi con seguridad que, en realidad, fue una normalidad para los homosexuales
de mi generación y que hoy, gracias a la alienación se están extinguiendo.
Para quienes aun no lo saben, un glory hole (agujero
sagrado, en inglés) es un agujero que se encuentra en el tabique, habitualmente
de madera, que separa un cubículo de un inodoro con el otro cubículo, en un
baño público; de hombres, porque lo que hizo el joven de diecinueve años fue lo
que se hace en los glory holes, cuando se escucha que se ocupó el cubículo de
al lado, al que da el glory hole, se introduce el pene en el agujero porque se
entiende que, quien está del otro lado, entró ahí para practicarle sexo oral;
ambos saben que esos dos cubículos están conectados por un agujero y es por eso
que uno se pone de un lado y el otro del otro, para cada uno practicar el papel
que le corresponde. Este caso es bueno para demostrar que ésta es una cultura
en retirada porque el varón trans que entró al cubículo y vio que del agujero
se le presentó un pene frente a su cara se asustó, asombrado de lo que estaba
sucediendo, sin entender de qué se trataba. A los gays de mi generación jamás
nos hubiese pasado eso, todos sabemos qué son y para qué se usan. Podríamos no
saber que había uno en el Coto de Lanús, pero al encontrarnos con ese agujero
en la pared, sabríamos para qué servía.
Un varón trans desconoce la existencia de estos glory holes
porque, a riesgo de que me etiqueten estúpidamente como hicieron con J.K.
Rowlling, ellos no son ni varones gays, ni pakis heterosexuales. Se encuentran
en un intermedio que desconoce como se comportan los heterosexuales en los
baños públicos, donde corren los chistes homofóbicos, se relojean sin
intenciones distintas, están tres minutos y salen y, si pueden, evitan lavarse
las manos. Ninguno de ellos necesita de ir a un cubículo para sentarse en un
inodoro para hacer pis, ni necesita tener papel higiénico ni una logística
distinta. Esto no implica, bajo ningún punto de discusión, que los varones
trans no tengan que ir a los baños de varones o que no los consideremos varones
o que los odiemos o que queramos su extinción, simplemente es marcar que hay
varones de muchos tipos, cada uno con distintas necesidades, que no usan los
baños del mismo modo. Es la aceptación de que dentro del mundo masculino hay
diversidad, no somos una gran bolsa donde todos entramos y con un baño público
con un urinal de pared, ya estamos todos satisfechos.
De la misma forma que los varones trans, los varones gays
no usamos el baño público del mismo modo que lo hacen los heterosexuales ni los
trans. El baño público, para el gay, siempre fue su espacio de resistencia, el
último elemento irreductible donde se podía ejercer una intimidad que nos era
privada. El avance de las mayorías para ejercer nuestra sexualidad con algún
tipo de libertad siempre fue hostil: La ciudad autónoma de Buenos Aires fue la
primera en regular que los hoteles alojamiento estén obligadas a aceptar
personas del mismo sexo, cosa que antes estaba prohibido, incluso el ingreso de
más de dos personas por habitación; y lo hizo recién en el 2017, siete años
después de la ley de matrimonio igualitario. Provincias como Córdoba lo
hicieron en 2018 y en muchas provincias, hasta el día de hoy, se siguen
reservando el derecho de admisión y permanencia. En 2010 aceptaron que algunos
podemos amar a personas del mismo sexo; en 2017, en las ciudades más avanzadas,
aceptaron que, además, esas personas del mismo sexo que se pueden amar, también
quieren coger.
Coger es difícil para todos los varones, desconozco si a
las mujeres les pasa lo mismo o a los que se dicen fuck boys. Primero hay que
ligar y después hay que encontrar un lugar para ir a hacerlo. Sin telos
permitidos, los homosexuales la teníamos un poco más jodida, porque, en la
mayoría de los casos, los gays de mi generación o todavía no habíamos salido
del clóset o nuestros padres no nos aceptaban, por lo que llevar a alguien a
nuestra casa con el guiño cómplice de nuestro viejo porque “el pibe la está poniendo”
era algo básicamente imposible. No nos quedó otra opción que recluirnos en
antros fuera de la vista de todos: cines de sótanos, parques públicos y, claro,
baños públicos. Cualquier lugar, por más roñoso e incómodo que fuera, valía la
pena para saciar las necesidades de un cuerpo que pedía, por eso tampoco
importó con quien fuera ni el sexo con protección que en los 90’s nos hizo caer
a todos como moscas. Así hicimos nacer el cruising, las teteras, los glory
holes. Digo hicimos como parte de una comunidad que me precede, porque
estos mecanismos lo inventaron otros por mí y fueron ellos quienes se las
tuvieron que ver con regímenes, como la dictadura, para sostenerlo en las
sombras tratando de salir vivos, literalmente. Cuando yo salí a la calle la
policía ya no te llevaba preso por homosexual ni existían los edictos
policiales para los varones gays, pero si los sufrieron y los sobrevivieron quienes
se metían en teteras y glory holes durante los 60’s, los 70’s y los 80’s. El
mundo que vive bajo la luz del día y siempre pudo expresarse su sexualidad tal
como lo sintió bajo este sol sureño, no conoce los distintos tipos de
mecanismos que los homosexuales utilizamos durante bastante más de medio siglo,
bajo sus narices.
El cruising es sexo al aire libre, en plazas oscuras,
parques, detrás de matorrales, donde sea que no te vean, con la adrenalina
lógica del ser encontrados, con un alto porcentaje de voyeurismo y por supuesto
que también, es el terreno más fértil para que se produzca la orgía, por una cuestión
de espacio y porque el que te encuentra y no te denuncia es o porque es voyeur
o porque se quiere prender.
La tetera es el levante en los baños públicos, el relojeo
con otras intenciones que lleva a que dos hombres, que lógicamente comparten el
baño, se metan dentro de un cubículo para que suceda aquello que tienen ganas
que suceda. No todos los baños públicos son teteras, un puto que está en ese
mood, conoce específicamente cuáles son, pueden ser en una estación de servicio
particular, el baño de un Mac Donald’s específico, o aquel baño, de aquel piso,
de la facultad al nadie va, salvo los que quieren tetear. A diferencia
del cruising, no se lleva a una tetera a un levante que se estuvo gestando en
otro lado, la tetera es el lugar propiamente dicho del levante, por lo tanto,
en las teteras se coge lo que hay, el primero que aceptó el juego de miradas en
ese baño público. Esta práctica, como el cruising y el glory hole, no son
inventos locales, se hacían en otros lugares, Nueva York, principalmente, y de
ahí vienen los nombres en inglés. La historia del nombre tetera, la
cuenta muy bien y detalladamente Osvaldo Bazán en su libro “Historia de la
homosexualidad argentina”: al toilet room (baño, en inglés) los gays
norteamericanos lo empezaron a apocopar t-room como código intra comunidad. En
Argentina t-room sonó a tea room (sala de té, en inglés) y como ironía de los
gays de la época se le empezó a llamar así haciéndolo más criollo aun, diciéndole
teteras.
El glory hole se dice que es el espacio preferido de
aquellos gays tapados: homosexuales que no salieron del clóset y/o no quieren
salir porque afuera llevan una vida heterosexual, probablemente casados,
probablemente con miedo a darle un disgusto a sus padres. Como sucede en las
teteras, los glory holes están dentro de los baños de varones, por lo tanto, en
ese espacio no habrá nadie más que otro hombre. El gay tapado o pudoroso que
pretende un rato de placer, hará lo mismo que hizo el chico de diecinueve años,
se ubicará en un cubículo con glory hole e introducirá el pene en el agujero
cuando escuche que del otro lado entró alguien, para que ese otro le practique
sexo oral. Quien pone el pito no verá quien se lo hace y eso conformará su
heterosexualidad ilusoria.
Estos espacios de libertad que encontramos a espaldas de
una sociedad que no quería mirarnos, se multiplicaron hasta llegar a los dark
rooms, saunas, o cogederos en las pistas de los boliches gays. No sé si es la
mejor la historia, pero es nuestra historia, que no es la de los varones
heterosexuales y la de los varones trans que habitan los baños públicos. Ambos
desconocen este submundo que desarrolla en un universo paralelo, mientras todos
creen que un baño de una estación de trenes, un martes a las tres de la tarde,
sólo se usa para mear. Esta es una historia y un espacio que debimos construir
cuando nos cerraron las puertas de nuestras familias, de los telos, de la
iglesia, de la sociedad, del Estado. Y la creamos como pudimos, sin más
opciones que deambular por la cornisa del peligro, o de equivocarte y ganarte
una piña bien puesta o de que nos llenemos bichos el cuerpo como sucedió cuando
explotó el SIDA en el mundo. Ese es el punto que no entiende el militante
extremista libertario y cuyas ideologías son la base de las teorías sociales
del presidente Milei, Nicolás Márquez: los gays no elegimos tener prácticas
riesgosas, los hoterosexuales nos empujaron a rebuscárnosla; y sí, eso tuvo
fallas y muchos se quedaron en el camino; otros, para soportar esta vida
secreta, debieron recurrir a la anestesia de las drogas o la del suicidio. El
dato solo que tira Márquez sin contexto es, además de cherry picking, malicioso,
con intenciones de hacer daño, demonizar, domesticarnos, obligarnos a que
sigamos ocultos en las tinieblas. Por lo general son estos personajes, los que
tienen estos pensamientos, los que llenan los glory holes metiendo el pito en
el agujero.
El año 2010 trajo en mí sabores agridulces, fue algo así
como estar años intentando levantarte alguien y que, por fin, te da bola; lo
esperaste, lo ansiaste, llegaste, pero acabas de perder toda la magia y la
adrenalina de la búsqueda, de luchar contra un imposible, la caída, la vuelta a
levantarse, la obstinación para volver a empezar. La legalización del
matrimonio entre personas del mismo sexo provocó en mí la satisfacción de haber
conseguido un derecho por cual veníamos militando una década atrás (logro que
no se lo voy a regalar a ningún político, sino que se lo reconoceré a cada puto
y cada torta que estuvimos en todas esas plazas gélidas y solos), pero por otro
lado la desazón de un objetivo cumplido que nos incorporaba a una sociedad que
siempre nos había odiado, alienándonos, domesticándonos, heteronormándonos.
¿Qué sentido tiene hoy una tetera cuando podemos entrar a un hotel alojamiento,
besarnos en un bar o hasta conseguir garche a través de una aplicación? La
cultura de las sombras empieza a ser agarrada por los albores de la luz del día
y el chiste deja de ser gracioso, pierde el peligro, la adrenalina, la rebeldía
de estar haciendo algo que a todos les molestaba y ni se dan cuenta que sucede.
La denuncia del varón trans que se metió, sin saber, en el
glory hole del Coto de Lanús, iluminó nuestro último reducto escondido de
todos, nos expuso, y, de nuevo, lejos de toda transfobia, lo hizo alguien que
no conoce ni entiende nuestra historia porque no es la suya. Seguramente su
historia y sus luchas son más crueles, más complejas, no imagino lo difícil que
debe ser tener que entrar a un baño que no fue preparado para vos, ser un
extranjero constante; pero es suya y yo, o la comunidad gay, no tiene por qué
salir a acusar de sodomía o asalto sexual. Si algo aprendimos muy bien los
putos, para evitarnos la paliza, es que, si un tipo te dice que no, es no, y no
jodemos más. Sí, claro, habrá algún insistidor, como en todos lados, pero no
son los códigos de las teteras, los cruising o los glory holes.
El deschave nos pone en foco y en boca de todos los
heterosexuales que ahora pasan a opinar y a querer saber más de ese mundo que
siempre estuvo debajo de sus pies y nunca vieron. Nos pone nuevamente en el
mismo llano que los heterosexuales, en la misma mesa de conversación, nos quita
nuestros pequeños secretos bien guardados y no solo eso, nos vuelve a poner en
el ojo de la tormenta, en la acusación de pervertidos, desviados e insultantes
de la moral y las buenas costumbres; le da más letra a Nicolás Márquez. Lo
triste para la comunidad gay, que es positivo para la comunidad heterosexual,
es que este mundo que se acaba de dar a conocer es un mundo que ya se estaba
extinguiendo gracias a sus esfuerzos por aceptarnos en los espacios que antes
nos cerraban. Hoy no es la normalidad, yo ni sabía de la existencia de un glory
hole en un supermercado de Lanús, los creía extintos. Por eso varones pakis,
madres de varones y todos aquellos que se escandalizan con la gente buscando un
hueco que dejan los demás para vivir algo tan maravilloso como la sexualidad
humana, sepan que ya casi nadie los va a mirar libidinosamente en un baño
público o les aparecerá un pito en la pared del cubículo cuando están sentados
en un inodoro. Y si alguna vez sucede aprendan y enseñen a sus hijos que nadie
puede obligarlos a hacer nada que no quieran; dicen no. Y si la cosa se pone complicada,
denuncien, nunca se callen, porque pervertidos hay por todas partes. Mientras
tanto, dejen coger al prójimo.
Publicado por Juani Martignone.
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las responsabilidades derivadas es propiedad de quien firma.

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